Der tod und das mädchen: la revolución según Müller y Orizondo

Si algo me agrada de un espectáculo, y sobre todo, de un texto como Ayer dejé de matarme gracias a ti, Heiner Müller, es un saldo de cuentas, tal y como se expone desde el punto de vista autoral, con una determinada serie de referentes e influencias, manejado con cinismo y sentido posdramático, en función de tocar al espectador como vivencia nueva, y no tanto como simple convención teatral. Shakespeare, Müller, Sarah Kane, son algunos de los cardinales de este montaje, que llega desde la ciudad alemana de Constanz, y que es, entre nosotros, la segunda estación en tanto puesta en escena del libreto con el cual Rogelio Orizondo obtuvo el Premio Virgilio Piñera. Cómo no pensar también en Piñera, devorador de modelos, rabioso nombre del avant-garde cubano (si tal cosa es real como vibración y legado), ante un acto teatral que se replantea una y otra vez, agotando un tanto sus propios recursos, para decirnos que también esos gestos, esos insultos, esa rutina, ha sido un cáncer para la escena. Y que propone que al menos lo veamos como síntoma de otras enfermedades, políticas incluidas, desde la perspectiva de uno de los más talentosos autores de la escena cubana de estos días.

No pude ver una sola función del espectáculo que levantó, a partir de esos parlamentos, el actor y director Mario Guerra; cosa que lamento. Y al mismo tiempo, eso me permite ver con la mirada fresca esta reapropiación del original de Orizondo, traspolado por los acentos y las palabras del idioma alemán, lo cual, teniendo al autor de Medea, material como eje, resulta un doble juego de espejos. Müller, con su poética dislocada, con su postura radical ante los módulos parasitarios del teatro, discutía Hamlet a fines de la década del 70, anunciando en su HamletMachine la agonía de ideales y utopías que el Muro berlinés, al caer, se llevó, si no al fondo, al menos sí a otra dimensión. A otra nostalgia de la imagen del hombre. A otra bitácora del fracaso, o a libros donde aprenderíamos, escribiendo letra con sangre, a sobrevivir esa tragedia no soñada por tantos filósofos y mártires. Orizondo, nacido en 1983, moviliza su lectura de Shakespeare y Müller desde el paisaje en que ya esa guerra sucedió, y la entiende como escenario demolido, como sitio donde la carne debe sustituir a la máscara, y donde la biografía es el único libreto posible.

De esa actitud proviene lo mejor, y también, lo más previsible de Ayer dejé de matarme gracias a ti, Heiner Müller. La puesta de Andreas Bauer para el teatro Konstanz es un buen ejemplo de lo posdramático. Apela a la imagen de video, sabiendo que el espectador de hoy tiene ya una conexión con ese recurso mucho más inmediato, quizá, que con el artificio de lo teatral. Emplea generosamente el espacio y los niveles  de la sala Tito Junco, y recurre a la cámara en mano que los actores intercambian para crear, dentro del montaje, otra concepción del mismo, interactiva e implacable. El texto, ya cargado de ira, suena en alemán a descarga aún más violenta, como tributo a Müller, Dea Loher y otros dramaturgos germanos que hemos puesto de moda con esa fuerza más que nos da de cuando en cuando. Vale recordar que lo posdramático es un concepto que proviene de la década del 80, aunque nos hayamos enterado no hace mucho aquí. Ya en 1986 Jan Fabre aplastaba ranas vivas en su memorable The power of theatrical madness. Acá una foto de Hitler hace sexo oral con la muñeca que representa a una niña. Nadie es Ofelia, nadie es Lear, nadie es Laertes, mucho menos Amlet. La amiga cubana va de un cuerpo a otro. Le tocará a ella dar nuevos nombres a los cadáveres de esta otra parodia amarga de la tragedia. Es así como el espectáculo proyecta una memoria de la revolución.

En medio del espectáculo, está Clara de la Caridad González, una actriz cubana que fue invitada a ser parte de esta producción alemana sobre el texto de un autor que le es cercano. Fue una de las actrices del espectáculo que prefiero entre los que Rogelio ha dirigido, Perros que jamás ladraron. Ella está poderosamente cerca, con su presencia, su decir, su fluir de la violencia al desamparo, de lo que el autor quiere decirnos: lo transmite sin esfuerzo aparente, lo ha vivido como rostro de una generación que encuentra en esos parlamentos su sentir, por doloroso o incómodo que sea. Junto a los actores alemanes, todos de profesionalismo loable (Julia Philippi, Jonas Pätzold y Geog Melich), ella no desmerece elogios. Aporta algo más que una nota exótica entre los parlamentos que nos bombarde