Lucía Fernández, Lucifer: la Diva del pueblo

Carlos Gámez

Las historias que nacen de experiencias personales tienen dos condicionantes: una para bien, sobre la base de la cercanía de lo representado; y otra en contra de la primera; por la imposibilidad de otorgar toda la ficción que necesita el relato para alejarse de la fuente referencial. Mía Bonita. El cabaret de los afectos, del colectivo ecuatoriano Zona Escena, bajo la dirección de Jorge Parra, es una obra confesional.

El 16 Festival Internacional de Teatro de La Habana trae en su curaduría una selección de obras de las más lejanas, inhóspitas, cercanas y vecinas tierras. De la diversidad de orígenes llegan los espectáculos en completa proporción con sus contextos, y de tal manera, vistos en la escena desde ellos. Esta característica implica, para quienes vayamos a presenciar una puesta con los códigos predeterminados nacionales, la estrategia de mirar sin la sugestión diaria.

Imagen: La Jiribilla

El espectáculo Mía Bonita… de la autoría y composición musical de Mario Suárez, se inserta dentro de las corrientes de teatro musical gay. Con la narración de una historia que despierta la curiosidad de los asistentes, el performer se desplaza durante la hora y 20 del espectáculo, por su historia de vida, aristotélicamente, sin movimientos forward ni flash back. Razón por la que la experiencia de vivir las anécdotas contadas por el protagonista, perennemente en el tocador, tal parece que ocurrieran en tiempo real.

Cuando se trata de mover el espectáculo con una propuesta musical que alterne con el corpus narrativo, se espera la mirada coherente de una directriz fluctuante entre cada tema musical. Sin embargo, las propuestas del montaje de Jorge Parra, no siempre seguían esta condición, de hecho, entre las canciones, pocos fueron los bocadillos que demostraron su valor por encima de la dupla coreografía-música. Por lo que, la forma de construir la historia a través de una ampliación de la cita, previa presentación de la Drag Queen Mía Bonita, se torna la serenata de un gay melancólico ante su pasado de sufrimiento.

Pero el espectáculo también lleva una fuerte carga en el diseño de vestuario, maquillaje y luces. En tanto es una obra que pretende atarse al imaginario del cabaret, se representa con sus códigos. Precisamente ahí estriba otra de las inoperancias de la puesta. Los diseños de vestuario llevan un alto grado de complejidad visual, al estar cerca de la estética Drag así lo demandan, pero este detalle funciona con el filo contrario. Los conjuntos utilizados por los actores y por el protagonista, han sido hechos con las texturas erróneas, el color y las líneas trasmutadas. Para una adecuada elaboración de la visualidad, el espectáculo debió utilizar prendas menos agresivas al tacto y más preciosistas en su ejecución factural, de ahí que la experiencia de la fantasía en los diseños Drag de los grandes festivales de España, se inserten en las pasarelas de alta costura.

Ahora bien, la puesta en escena consistía, además, en la imbricación de videos documentales en el cuerpo de la dramaturgia del espectáculo, alternando con los temas musicales acompañados de una coreografía, que se oponía a las versiones de la mayoría de los ítems escénicos que incluyen la partitura danzaria como otro locus discursivo. Los movimientos que realizaban los cuatro actores restantes en el espectáculo se concentraban en figurar cual coro de cantantes en un cabaret. Por otro lado el video, de una densidad visual y conceptual profunda, se alejaba del resto de la puesta en tesitura formal y temática.

Las piezas que componen el resto de la obra: actuación, interpretación musical y texto dramático; componen una tríada en la misma cuerda de los otros elementos analizados. Para realizar una puesta en escena que marque la investigación antropológica sobre un contexto determinado y su particularidad en el modo de asimilación de los lugareños, se necesita más que el gesto de “salir del closet”.

Los productos artísticos comprometidos con una inclinación sexual determinada, o una militancia política, o una etnia o racialidad específica, precisan de los referentes hilvanados en la nota musical por la que se trabajó el arreglo. No basta con la intención en el arte de compartir una experiencia. Para el discurso coherente del teatro, se deben analizar los puzles de la escena y sobre ellos materializar la tesis.

El espectáculo Mía Bonita… se mantiene al margen de la representación artística profesional. Con una fuerte historia a contar. Prefirió la satisfacción personal de la confesión pública descuidando las herramientas del lenguaje teatral. Zona Escena reduce su performance a la muestra de un imaginario queer, sin enunciar una idea dramática, ni escénicamente construida.

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