Malucha Pinto y la memoria de un pueblo convertida en arte

Narmys Cándano García • La Habana, Cuba

Aracataca Creaciones, de Chile, es uno de los protagonistas del XVI Festival de Teatro de La Habana. Se trata de un colectivo multidisciplinario formado por artistas, sociólogos, productores y facilitadores que desarrollan talleres por todo el país sudamericano con el objetivo de rescatar la memoria histórica de sus pobladores, y reconstruir, desde el arte, su identidad y posibilidades creativas.

Malucha Pinto, su directora, conversó con La Jiribilla durante el taller Teatro y Memoria, una de las propuestas de Aracataca… para el Festival que se desarrolló con excelentes resultados en la sede del Conjunto Folclórico Nacional durante el 14 y el 15 de octubre. Participaron en su mayoría artistas cubanos, una actriz mexicana y un colombiano.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles fueron los objetivos del taller?

La idea era compartir con personas de otras latitudes nuestra metodología, que está en construcción permanente, y que ayuda a elaborar, transformar y convertir en material creativo la memoria histórica y personal de distintas comunidades.

El trabajo consistió, primero, en constituirnos como comunidad, como tribu, desde nuestras propias diversidades. Trabajamos el cuerpo, las emociones… los artistas experimentaron en el poco tiempo que tuvimos la integralidad del método que tiene que ver con la cabeza, el corazón, el cuerpo, el espíritu desde lo ritual, lo onírico, integrando los mundos de adentro, mezclándolos con lo de afuera.

El primer día se hicieron varios ejercicios, entre ellos distintas maneras de narrar, y terminó la sesión con un viaje a la memoria de los participantes y de ahí extrajimos material para el montaje final, en el que utilizamos personajes, frases, situaciones, recuerdos, sensaciones. Los artistas trajeron un monólogo y con todo el material armamos una pequeña obra de teatro con la historia de la comunidad creada.

Aracataca Creaciones presentará La Pasionaria en el Festival de Teatro, hábleme de la obra.

El grupo trabaja en comunidades siempre. Trabajamos desde el diálogo, la conversación, poniendo al servicio de distintas comunidades humanas el lenguaje artístico para ayudar a que estas comunidades se reconstruyan, reflexionen sobre su presente, recogiendo su pasado y hagan compromisos de trabajo colectivo hacia el futuro.

En mi país el tejido social está muy roto, la gente está muy atomizada, individualista, cada uno trabajando por su cuenta en un olvido de sí mismos, en la locura de las nuevas tecnologías, la mediatización, el consumo, con un sistema político además al que le conviene tener una población dormida. Entonces nuestro trabajo consiste en volver a encontrarnos, a conocernos, sentir nuevamente la importancia y la fuerza de la cultura colectiva que también es necesaria a nivel global, pues el planeta está igualmente en una tremenda crisis y requiere que nos volvamos a sentir especie humana.

Hemos trabajado en muchas poblaciones en Chile, las cuales son sectores populares muy marginados y excluidos, que tuvieron un pasado muy importante, fueron personas que se organizaron y lucharon por tener viviendas, salud, educación, electricidad, agua… y esa lucha dio a luz un amplio movimiento cultural en el que se imbricaron profesionales y artistas que hicieron música, teatro y que se vieron interrumpidos con el golpe de estado del 11 de septiembre, el cual se tradujo en falta de democracia, en la desmovilización, en una nueva estigmatización y exclusión más perversas.

Imagen: La Jiribilla

Ahora ya no existen los mismos problemas económicos, pero la cultura, la capacidad de gravitar en el mundo y sentarse a la mesa a poner su voz está muy resquebrajada. Entonces nosotros hemos rescatado todo ese material y lo hemos reflejado en La Pasionaria: la obra parte de los años 50, habla sobre las raíces de esas poblaciones, en su relación con la crisis del salitre —un hecho tremendo para el país—. La obra recoge esos testimonios que escuchamos, y que, por supuesto, pasan por nuestro corazón y nuestra creatividad.

Trabajamos con música en vivo, con una banda de cuatro integrantes, con imágenes audiovisuales que ayudan a ambientar la historia que también tiene que ver con el pasado de los pueblos latinoamericanos. Después de terminada la mostramos en las comunidades donde se gestó, digamos que nació con vocación de calle, pues hemos intervenido en varias ocasiones el espacio urbano, aunque también la hemos presentado en salas. Desde que la hicimos queríamos venir a Cuba con ella, así que es un sueño cumplido poder compartir la historia con el pueblo cubano.

Es la tercera vez que participamos en el Festival de Teatro de La Habana. En la primera oportunidad presentamos un trabajo de rescate de la memoria histórica de las mujeres: era la historia de Chile a través de las cartas de las mujeres desde el año 60 hasta la posdemocracia.

Posteriormente presentamos Me desordeno amor, un homenaje a la poetisa Carilda Oliver. También es una obra sobre mujeres, pero que indaga en el derecho al placer femenino, a los misterios e incluye muchos boleros y poesía.

¿Qué proyectos tiene la agrupación actualmente?

Seguimos trabajando en las comunidades, haciendo talleres, y en el 2016 vamos a armar un nuevo montaje que va a rescatar la memoria de familiares de detenidos desaparecidos en Chile y de personas que sobrevivieron los campos de exterminio. Nuestro objetivo es, a través de sus testimonios, rescatar ese país por el que ellos murieron, esa nación donde prevalecía lo indomesticado, el enamoramiento, el proyecto común, donde la gente vivía con el corazón abierto, creando, dándose muchos permisos.

En los años 60 y 70 Chile vivió un amplio fervor de creatividad en el que los artistas se tomaron muchos espacios, y sentimos que en la fuerte crisis de confianza que vive ahora el país es fundamental poner esa energía en la población.

En su opinión ¿cuánto representa el Festival de Teatro de La Habana para el movimiento de teatro latinoamericano?

Para Aracataca Creaciones y creo que para el resto de los grupos latinoamericanos es una gran oportunidad. Amamos venir por muchas razones: porque es una oportunidad de encontrarnosentre pares de todo el mundo, la posibilidad de ver que están haciendo otras y otros, de participar y ofrecer talleres, de escuchar otras ideas y miradas.

Por otro lado, el público cubano es realmente extraordinario. Son personas muy cultas, que conocen el teatro; son exigentes y a la vez generosas. El Festival es como una fiesta que se coge La Habana y un andar durante diez días caminando las calles desde el teatro.

Me gustaría reconocer y apoyar profundamente esta labor de resistencia que representa el festival, porque sé lo difícil que es de hacer cada edición. La porfía, la convicción, el empeño de seguir haciéndolo y brindar al mundo la posibilidad de este encuentro habla también muy a favor de Cuba. Creo que hay algo muy en lo profundo del alma cubana que sigue ahí y tiene que ver con la solidaridad, la generosidad, con poner algo luminoso en el mundo.

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