Latinos, identidad in crescendo

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

A pesar de que casi todos los hispanoparlantes, o una inmensa mayoría esparcida por varios continentes, poseemos aunque sea una noción de los varios conceptos que registra el término latino, lo cierto es que la historia del vocablo tiene orígenes inciertos, según el caso. Todavía recuerdo con vivacidad los debates sobre el tópico que se suscitaron durante la celebración, a mediados de la última década del siglo XX, de un seminario que tuvo lugar en un prestigioso ámbito universitario en la región de Extremadura, al sur de España, concretamente en la diminuta y hermosa localidad de Jarandilla de la Vera. Allí un número considerable de especialistas reflexionaba sobre la naturaleza de las Américas, marcada como sabemos por la existencial distancia del Océano Atlántico; una naturaleza diversa, compartida, que se fue transformando entre las proverbiales dos orillas y que estableciera una relación hacia dentro y otra, a la vez, hacia el resto de las latitudes atlánticas del globo.

El término América Latina acaparó el centro de las observaciones, de las disquisiciones que llevaron a los participantes hacia una convicción: por mucho que nos quisiéramos alejar de los varios conceptos que indica la América Latina, lo importante es su entorno, su realidad social, siempre cambiante, su propio origen, elemento que, incuestionablemente, nos obliga a aceptar un conjunto de culturas, diferentes en su origen pero amalgamadas en su quehacer y, sobre todo, en los territorios geográficos, o lingüísticos, que componen de modo particular la cosmovisión más rica del llamado mundo occidental.

Imagen: La Jiribilla

Cuando nombramos a América Latina —del Río Bravo a la Patagonia, incluyendo el arco de islas antillanas, mayores y menores— estamos aludiendo a un conglomerado aparentemente homogéneo cuyo denominador común, en el mejor de los casos, es la lengua española.  En las escuelas y en los programas oficiales de educación de infinidad de países, hemos escuchado durante dos o tres centurias la afirmación de que la lengua que se habla y se escribe, como primer vehículo de civilización y comunicación es el castellano. Esta es una verdad parcial.  Lo sabemos. No sólo en referencia a la torre de Babel existente en el Caribe, desde el Golfo de México hasta las costas de San Luis de Maranhâo, al este de Brasil, sino a las numerosas lenguas indígenas —mezcladas o no— órganos de expresión sobrevivientes al genocidio de la Conquista cuyas raíces se alimentan, por supuesto, de las culturas originarias de todo el continente desde sus extremos al Norte o al Sur, pasando por sus zonas centrales.

Las Américas son volcanes de sus propias culturas y, aunque hayamos aceptado que el origen del término América Latina se produjo en París, hace siglos, y presenta una innegable dimensión política, la verdad es que sabemos a que nos referimos cuando hablamos de América Latina;  archipiélagos, cordilleras, paisajes, colocados en dirección opuesta a la América del Norte, mayoritariamente anglófona. 

Las Américas son volcanes de sus propias culturas y, aunque hayamos aceptado que el origen del término América Latina se produjo en París, hace siglos, y presenta una innegable dimensión política, la verdad es que sabemos a que nos referimos cuando hablamos de América Latina;  archipiélagos, cordilleras, paisajes, colocados en dirección opuesta a la América del Norte, mayoritariamente anglófona.  Pero como en el seno de esa América —mediante un incesante flujo migratorio por causa de varias razones— se han instalado eso que nombran ciertos antropólogos metropolitanos como minorías, debemos estudiar esos desplazamientos, sus resultados y el cambiante rostro cultural que albergan. América del Norte reservó un espacio económico y, de hecho, social a esas minorías, muy particularmente aquellas que integran los llamados latinos; es decir, aquellos emigrantes de toda la América Latina y el Caribe que se establecieron, sobre todo en los dos últimos siglos —incluida la crisis global que caracteriza al planeta en nuestros días— en las más espléndidas ciudades, cosmopolitas casi siempre, de un sistema imperial; el cual, por cierto, no deja de tener raíces coloniales y, claro, dependientes.

El habla popular, en cualquier idioma, designa a los latinos como una enorme mayoría mixta, transculturada, esparcida por Nueva York y Washington DC, Chicago y San Francisco, Toronto, Vancouver y Montreal.  Al frío de sus rascacielos se yuxtaponen tapices, sones, tangos y cuentas multicolor. Los latinos son un carácter hayan perdido su lengua original o hayan adoptado, para sobrevivir, las respectivas lenguas metropolitanas del Norte.

En pleno siglo XXI, la Casa de las Américas comenzó a dar cabida a una serie de manifestaciones socioculturales, literarias y artísticas que desbordaban un concepto de lo latinoamericano forjado a través de las independencias del siglo XIX. En el centro de sus proyectos, apareció el dinámico Programa de Estudios sobre Latinos en Estados Unidos que dirige Antonio Aja y secunda en labores la investigadora Ana Niria Albo.

Imagen: La Jiribilla

Para el Programa, ser latino implicaba una ruptura; no exactamente con las tierras de procedencia sino con las diversas culturas amasadas en terrenos muy urbanos, marcados hoy por un movimiento económico creciente por globalizado. Ser latino es una identidad in crescendo que no quiere dejar atrás el rumor de las sierras, el de los ríos profundos, ni el de la nieve enquistada en las crestas de las montañas en los Andes. Los latinos merecen una mirada autóctona y a la vez cosmopolita para que podamos asumir la dignidad plena del hombre.

Por todo lo cual, ha sido un acontecimiento la celebración, durante los días 13 y 15 de Octubre de 2015, en la Casa, del III Coloquio internacional Más allá de los bordes y las fronteras: transnacionalismo y creación en donde expusieron sus criterios, puntos de vista y resultados investigativos más de 45 especialistas provenientes, entre otros, de países como Colombia, Puerto Rico, Cuba, Argentina, Guatemala, Venezuela, República Dominicana y México.

 

 

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