Entre peones y pachucos

Karla E. González • La Habana, Cuba

En años recientes se ha despertado el interés por el estudio del alcance de la Revolución Mexicana de 1910, fuera de México y su trascendencia más allá de las fronteras. Uno de sus grandes impactos es el inicio de uno de los mayores éxodos migratorios de México hacia EE.UU. durante las primeras tres décadas del siglo XX. Los estudios del sociólogo Gilbert G. González en su libro Culture of Empire, señalan que entre 1900 y 1930, aproximadamente un millón y medio de mexicanos filtraron la frontera estadounidense. Es así como el país pierde a más de un 10% de su población durante la Revolución, no solo como resultado de los decesos durante el conflicto, sino también como parte del fenómeno migratorio.  México glorifica a los héroes, pero aquellos que huyeron y se refugiaron en el país del norte han quedado muchas veces sepultados en el silencio y en el olvido. Es imposible soslayar el impacto transfronterizo del proceso. De hecho, el historiador Raúl Ramos en su ensayo “Understanding Greater Revolutionary Mexico. The Case for a Transnational Border History”, señala muy acertadamente que la verdadera complejidad de la Revolución Mexicana reside precisamente en el alcance transnacional que esta tiene en EE.UU., a lo cual el historiador Arnoldo de León observa que existe aún una gran laguna histórica —y me atrevo a añadir que también hay una laguna literaria— acerca del impacto de la Revolución Mexicana en los EE.UU. y la vida del inmigrante en el lado norte de la frontera durante esta época.

Imagen: La Jiribilla

Mi interés particular es precisamente este alcance transfronterizo, sobre todo la literatura que nace en los grupos de intelectuales y periodistas durante su estancia en EE.UU., particularmente en Texas entre 1910 y 1935.  Estas novelas que se escriben durante el exilio en Texas y a la par de la Novela de la Revolución en México, tienen como tema central las reflexiones de mexicanidad en el exterior, la visión del México de afuera y el desencanto de una patria perdida.

Por otro lado, los personajes descritos en estas novelas nos muestran los atisbos de una nueva identidad que surge en la comunidad inmigrante mexicana —sobre todo campesina, que al vivir en esa zona de contacto de la franja fronteriza entre México y EE.UU. sufren una transformación de hibridez lingüística y apariencia, y cuyas características se filtran y se proyectan en expresiones de la cultura popular y en personajes como Tin-Tán el “pachuco” de la época del cine de oro mexicano de las décadas subsiguientes.

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Mi investigación parte del estudio de tres novelas escritas o concebidas en el exilio desde Los Ángeles, California y San Antonio, Texas y que son: Las aventuras de don Chipote de Daniel Venegas (1928), El sol de Texas de Conrado Espinoza (1926) y La patria perdida de Teodoro Torres (1935).  Sin embargo me centraré principalmente en el análisis de las obras de Daniel Venegas y de Conrado Espinoza. Estas novelas escritas o concebidas en el exilio y en español por los intelectuales-periodistas mexicanos, son fundamentales porque se convierten en la bisagra de conexión entre la Novela de la Revolución en México y la literatura mexicoamericana emergente en las siguientes décadas. En ellas se narra la vida del inmigrante mexicano que arriba a EE.UU. durante la época revolucionaria y que paulatinamente es absorbido por el sistema capitalista y la influencia de la cultura anglosajona. El inmigrante que huye del conflicto revolucionario para encontrar mejor suerte en EE.UU. con la falsa ilusión de hacerse rico y pertenecer a una mejor clase social, se convierte en una simple herramienta de trabajo, en un ser deshumanizado, en un objeto y una pieza más del engranaje de esa gran maquinaria industrial del creciente sistema económico estadounidense que no se detiene y continúa enriqueciéndose sin importarle su condición paupérrima.

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(...) vivir dentro de un espacio donde convergen las fronteras en una bisagra que une a dos zonas de contacto, crea una amalgama que resulta en hibridismos de identidad cultural e ideológica y también lingüística. 

La difícil realidad del inmigrante que huye de la Revolución hacia El Paso del Norte, era entregarse a la suerte de las “compañías de enganche” que con promesas de fortuna y sueños de riqueza los llevaban a una vida de trabajo arduo en la construcción de la vía férrea Union Pacific —o como mejor lo describe la novela Las aventuras de Don Chipote— ese tren, era un “animal, máquina asesina”—en donde los trabajadores muy a menudo tenían la desventura de morir mutilados y triturados. Por otro lado, El sol de Texas muestra al campesino que trabajaba en los calurosos campos tejanos de algodón donde el inmigrante “se soñaba pizcando mucho algodón, llenando sacos y sacos de aquella rica blancura, viviendo una vida suavecita, suavecita, como los capullos”. La realidad era otra. El dejar la patria y emprender el viaje hacia EE.UU. para buscar la riqueza anhelada construye en los personajes de ambas novelas una falsa esperanza de barrer dólares en la calle, que les permitiría dejar de ser pobres y los incorporaría a una mejor esfera social —la élite— un mundo completamente irreal y fuera del alcance del inmigrante mexicano. Tanto Daniel Venegas como Conrado Espinoza —intelectuales en el exilio desilusionados de la Revolución— proyectan en sus novelas el desencanto del inmigrante ante la falsedad y el “espejismo” de una vida de riqueza, pues advierten que el sueño americano en EE.UU. para el campesino no existe.

Por otro lado, el vivir dentro de un espacio donde convergen las fronteras en una bisagra que une a dos zonas de contacto, crea una amalgama que resulta en hibridismos de identidad cultural e ideológica y también lingüística.  Se da paso a la transformación de los personajes que sufren una hibridez, o bien —según la teoría de Néstor García Canclini— esta última es el producto del “proceso sociocultural en donde las estructuras o prácticas, que existían de forma separada, se combinan para generar nuevas estructuras, objetos y prácticas”. Los personajes en las novelas de mi análisis dejan atrás las características del inmigrante mexicano recién llegado a EE.UU. Daniel Vengas por ejemplo, al inicio de Las aventura de Don Chipote, describe al personaje como un campesino del centro de México, de vestimenta rústica, tímido y de poco hablar, ajeno a las grandes ciudades, pues no conoce nada más allá de sus sembradíos y la humilde choza en la que vive. En el proceso de filtrarse a través de la frontera y vivir en EE.UU. se convierten en un sujeto híbrido—en “pocho”. Por ejemplo en El sol de Texas, Conrado Espinoza describe a los inmigrantes mexicanos ya transformados a otra ideología, como aquellos que siempre reflejan “la necedad de pretender, de aparentar con candor monumental, querer agringarse hasta tornar amarillo el pelo negro, alabastrina la bronceada epidermis y gutural el lenguaje”.

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Los sujetos híbridos en estas novelas cambian su manera de comportarse —porque el campesino pierde su inocencia y su humildad. Su manera de hablar —porque ahora hace una amalgama del inglés y el español. Su vestimenta —porque el inmigrante ahora viste a la usanza de la moda anglosajona. Las mujeres, por ejemplo, dejan de ser dóciles, religiosas, recatadas y hogareñas. Se rebelan convirtiéndose en “pelonas” o “flappers” —la corriente de los años 20 donde mujeres de pelo corto, faldas cortas y maquillaje recargado noche a noche van de bar en bar celebrando su libertad y retando las normas sociales y sexuales impuestas a las féminas mexicanas de la época. Los autores de Las aventuras de don Chipote y El sol de Texas critican y rechazan a los inmigrantes en EE.UU. que dejan de lado la identidad nacional promovida por la filosofía del México de afuera durante el exilio a través de la prensa de Ignacio Lozano en San Antonio, Texas. Para ellos, los sujetos híbridos van en contra de la identidad colectiva mexicana y de los esfuerzos nacionalistas necesarios para la reconstrucción del México post-revolucionario. Las aventuras de don Chipote y El sol de Texas muestran cómo estos personajes híbridos vuelven a México después de su paso por EE.UU. —quizá como resultado de la repatriación de los años 30— pero a la vez, son un reflejo de la falsedad del sueño americano, del inmigrante fracasado, rechazado por el sistema capitalista y la cultura anglosajona porque no pudo nunca adaptarse por completo al sistema y a esa sociedad. Es obligado a volver a su patria, a una patria que ya no reconoce porque su identidad está disuelta y fragmentada. Estos personajes híbridos son alienados tanto en México como en EE.UU. Viven de la apariencia porque reflejan lo que no son. En las novelas se describe a estos personajes híbridos con fenotipo mexicano pero con vestimenta estadounidense a forma de disfraz como si fuera una máscara para ocultar su verdadera identidad. Son las características de vestimenta de los pachucos, o los grupos de jóvenes mexicoamericanos de Texas y Los Angeles de los años entre 1930 y 1940. Sin embargo las novelas de Daniel Venegas y Conrado Espinoza desde la década de 1920 ya describen a estos mismos personajes que se asemejan a los pachucos. Se observa cómo el inmigrante campesino mexicano se transforma en una figura caricaturesca de visible pobreza pero que en su afán de aparentar elegancia, porta traje de saco, pantalón y corbata, no bien coordinados y que provocan risa. Han cambiado el sombrero que porta el campesino en los campos de algodón por el sombrero que usan los hombres de clase, con pluma y ala ancha. Caminan con una seguridad aparente, y dan uno y otro paso con un ritmo que proyecta alegría. Sonríen y se comunican con la más exquisita acrobacia lingüística que salta de un lado al otro entre el español y el inglés. Su vida se convierte en un constante imitar, en un aparentar, en caracterizar un personaje que disfraza y enmascara de humorismo y comicidad la melancolía de la identidad que se desvanece cuando la Revolución arroja en los brazos del exilio a sus ciudadanos.

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El personaje híbrido producto de la inmigración a EE.UU. durante la Revolución, como el Pachuco, y como Tin Tán, imitan y cubren de humorismo la melancolía de su soledad y de su identidad fragmentada. 

La caracterización tan peculiar de este personaje híbrido que se describe en las novelas Las aventuras de don Chipote y El sol de Texas para representar al inmigrante mexicano en EE.UU. durante la Revolución, resurge en las producciones culturales que promueve el gobierno del México postrevolucionario durante el período de bonanza económica que siguió al conflicto armado. Se muestra en los esfuerzos de reconstrucción de la identidad nacional colectiva a través del cine de carácter nacionalista, el melodrama como alegoría de la nación, y las producciones fílmicas de carácter cómico durante la época del Cine de Oro en México que tuvo su mayor auge entre 1935 y 1958 según arrojan los estudios más recientes de Charles Ramírez-Berg (2015) sobre el cine mexicano.  Es Tin Tán —el rey del barrio, el personaje cómico representado durante el Cine de Oro por el actor Germán Valdés oriundo de la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, la misma que se convirtió en la puerta principal a EE.UU. durante la Revolución y que se menciona también en las novelas que sirven de análisis para esta ponencia. Los personajes híbridos de Las aventuras de don Chipote y El sol de Texas son el proto Tin Tán, la descripción y caracterización que después se desarrolla en la figura del Pachuco, que domina el caló y la jerga entre el uso del español y el inglés típico de los inmigrantes mexicanos de la época.

El personaje híbrido producto de la inmigración a EE.UU. durante la Revolución, como el Pachuco, y como Tin Tán, imitan y cubren de humorismo la melancolía de su soledad y de su identidad fragmentada.  El filósofo, Samuel Ramos (México, 1897-1959) en su libro El perfil del hombre y la cultura en México, dice que la imitación o el mimetismo es mediante el cual se escuda el carácter mexicano, como una forma de defensa, no con el propósito de aparentar por vanidad pues al imitar y “al crear se libera de aquel sentimiento deprimente”.  Esto es lo que el pensador Roger Bartra señala en su ensayo “La jaula de la melancolía” como una búsqueda constante, el vestir, el disfrazar, o enmascarar esa inferioridad a través de la caracterización de otros.  Octavio Paz (México, 1914-1998) por su parte en su libro de ensayos El laberinto de la soledad (1950), señala que el mexicano se vale de apariencias para enmascarar la soledad y la melancolía que lo invaden. Al igual que Samuel Ramos, Octavio Paz habla acerca de la imitación en el mexicano para disfrazar su sentimiento de inferioridad, señala que recurre a la simulación. Por otro lado, en cuanto a los sujetos híbridos Paz habla en su ensayo “El pachuco y otros extremos” de aquellas personas con antepasados mexicanos que viven en EE.UU., con “aire furtivo e inquieto, de seres que se disfrazan, de seres que temen la mirada ajena”.  El pachuco vive en un estado ambiguo porque “no quiere volver a su origen mexicano; tampoco—al menos en apariencia—desea fundirse a la vida norteamericana”.

Tin Tán el pachuco, como don Chipote y los personajes de las novelas escritas por los intelectuales en Texas durante la Revolución, representan la hibridez cultural, lingüística y social del inmigrante que se disfraza con máscaras de comicidad para ocultar la melancolía o para cubrir esa soledad de una identidad fragmentada aunque externamente se muestre una alegría muchas veces colmada de espejismos. Las producciones culturales durante el México postrevolucionario tuvieron como fin promover la re-integración de la identidad nacional colectiva a través de la re-implementación del nacionalismo mediante la cinematografía. La comicidad presentada en el Cine de Oro mexicano durante la época post-revolucionaria, muestra esa máscara que cubre la melancolía y el dolor de la herida de la Revolución.  Por otro lado, a pesar del silencio que se guarda acerca de los inmigrantes que abandonaron la patria durante la Revolución, la incursión en la pantalla de la figura del pachuco caracterizado por el personaje de Germán Valdés Tin Tán, nos muestra lo que sucedió con el mexicano que inmigró a la frontera norte durante la Revolución. Vuelve a México convertido en un sujeto híbrido, producto del exilio y del contacto transcultural y transfronterizo que sufrieron las comunidades inmigrantes mexicanas durante el conflicto armado.  Así, Tin Tán, como su nombre lo dice, disfraza de alegría y pone una máscara de comicidad para cubrir al producto fragmentado e híbrido sucumbido en la soledad, que surge del resultado de vivir entre fronteras.

 

La autora es profesora de la Universidad de Mary Hardin-Baylor, EE.UU. El texto fue publicado originalmente en el portal La Ventana, de la Casa de las Américas con motivo del III Coloquio de Estudios sobre Latinos en EE.UU. celebrado en La Habana, del 13 al 15 de octubre de 2015.

 

 

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