Banderas y banderas

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Entre las imágenes de mi infancia recuerdo cómo en los días posteriores al triunfo de enero era frecuente ver a muchachas vestidas con los colores de la enseña nacional o de rojinegro en alusión al 26 de Julio.

Un notable compositor cubano, Eduardo Saborit, viajó en 1959 al Séptimo Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, en Viena, y en ese periplo halló inspiración para escribir “Cuba qué linda es Cuba”, canción que por aquellos años se multiplicó como emblema sonoro de la Patria recuperada por la Revolución.

Al conocer la carta de despedida del Che, Carlos Puebla compuso su más famosa canción y cobró dimensión universal la foto que Alberto Korda le tomara al comandante guerrillero en el sepelio de las víctimas del sabotaje al barco La Coubre.

Estos hitos que acabo de mencionar tienen que ver con el patrimonio simbólico de la nación cubana, desde una perspectiva en la que va por delante la defensa de la identidad y la confirmación de los ideales de libertad y justicia que nos han llevado a ser lo que somos y lo que queremos ser.

Canciones, banderas, íconos integran un tejido que no se reduce a esos símbolos. La cubanía es algo mucho más profundo. El sabio Fernando Ortiz se refirió a ello cuando expresó: “No basta para la cubanidad tener en Cuba la cuna, la nación, la vida y el porte; aún falta tener la conciencia. La cubanidad plena no consiste meramente en ser cubano por cualquiera de las contingencias ambientales que han rodeado la personalidad individual y le han forjado sus condiciones; son precisas también la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser. (…) Pienso que para nosotros los cubanos nos habría de convenir la distinción de la cubanidad, condición genérica de cubano, y la cubanía, cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable”.

Apelo a las palabras de ese gran intelectual para llamar la atención acerca de la necesidad de preservar y promover nuestro capital simbólico más entrañable. Lo que comienza siendo una acción no premeditada —esos que no solo ahora, sino desde hace tiempo visten prendas con la bandera norteamericana, o cuando llega diciembre enfundan sus cabezas en gorros de Santa Claus en un país que nunca ha conocido la nieve, o incorporan a sus hábitos festivos prácticas ajenas a nuestra idiosincrasia—, de algún modo va dejando huellas espirituales que alejan a las personas de sus raíces identitarias.

Ante la proliferación cotidiana de la bandera de las barras y las estrellas —también en autos modernos, almendrones, y bicitaxis— da la impresión de que algunos siguen las directivas que obran sobre las producciones de Hollywood, donde abundan las secuencias donde aquella se exhibe reiteradamente aunque no venga al caso.

Asimismo por momentos pareciera que los suvenires sobrantes de la olimpiada de Londres se han vendido todos en La Habana. Prendas de vestir y accesorios con la bandera británica se han puesto de moda. Incluso gente de la cultura fueron entusiastas portadores de esos símbolos en una mención publicitaria televisiva sobre la Semana de la Cultura Británica en Cuba.

Deben ser la escuela, la familia y los medios de comunicación los principales baluartes en la forja de nuestros valores ciudadanos, que incluyen nuestros símbolos e íconos. Es una misión esencialmente educativa y cultural, de la que depende en grado sumo el que demos jerarquía a lo que nos define e identifica. Nuestra sensibilidad no está adormecida. Tengo esa certeza al escuchar miles de compatriotas seguir el tema “Me dicen Cuba”, de Alexander Abreu.

Recordemos siempre las palabras pronunciadas por José Martí el 26 de noviembre de 1891 en Tampa cuando dijo: “Yo no sé qué misterio de ternura tiene esta dulcísima palabra, ni qué sabor tan puro sobre el de la palabra misma de hombre, que es ya tan bella, que si se le pronuncia como se debe, parece que es el aire como nimbo de oro, y es trono o cumbre de monte la naturaleza. Se dice cubano, y una dulzura como de suave hermandad se esparce por nuestras entrañas…”.

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