Consumo y hegemonías

Rolando Pérez Betancourt • La Habana, Cuba

Allá en los años 80 del pasado siglo, vi un letrero pintado en el lateral de un camión de transporte colectivo en Panamá —sin  duda  escrito por su feliz propietario— que decía lo siguiente: “Es cierto que no puedo acostarme con todas las mujeres del mundo, pero al menos debo hacer el intento”.

Un concepto sexista, machista y todo lo que se quiera, pero que parafraseándolo se presta para afirmar que: “si bien es cierto que no puede aspirarse a alfabetizar culturalmente a todos los hombres y mujeres del mundo, al menos, debe hacerse el intento”.

Un esfuerzo que requiere del concurso inteligente de muchos, porque en él nos va una responsabilidad civilizadora y de difícil recuperación, una vez las musarañas del más abaratado consumo se nos instale en la cabeza.

En nuestro país no faltan los que critican cualquier empeño de alfabetización del gusto, o como se le quiera llamar a ese intento de hacernos culturalmente más plenos, mejor preparados y, por ende, más activos frente a las vidriera del consumismo ramplón, y lo califican de controlador y continuista de una política cultural envejecida y signada por