Alejandro García Caturla

Un remediano universal

Leonardo Depestre Catony • La Habana, Cuba

Fue la de Alejandro García Caturla una personalidad excepcional. La palabra es exacta y se explica por numerosos motivos. Si fuera de lo común resultó su talento musical precoz, su comportamiento social —léase su negritud, su gusto por la mujer, la música y la cultura negra en tales tiemposlo fue igualmente, así como su probidad en el ejercicio de la carrera judicial.

Nos centraremos aquí en el componente artístico, al cual debe su celebridad este, el más universal de los remedianos, y “el temperamento musical más rico y generoso aparecido en la Isla” [1], según la autorizada opinión de Alejo Carpentier, calificativos ambos,  a los que muy pocos pueden aspirar cuando se han vivido solo 34 años.

Más allá del entorno de su natal Remedios, el hijo de Diana y don Silvino, cual le identificaban “los mayores”; el joven doctor Caturla, como otros le decían, o sencillamente Alejandro, Alejandrito para sus compañeros de infancia y familiares, era desde antes de cumplir los 30 años —para sorpresa de muchos de sus conciudadanos— uno de los compositores sinfónicos cubanos de mayor relieve, insertado plenamente en el ámbito musical de España, Francia, Alemania, Norteamérica y otras naciones de nuestro continente.

En la casa todos los hermanos mostraron aptitudes para la música. Pero las de Alejandro se revelaron extraordinarias. Nació el 7 de marzo de 1906 y cursó estudios de piano con la profesora María Montalván, que encauzó su talento artístico y lo inició en el conocimiento de los clásicos: Mozart, Beethoven, Bach. También los contemporáneos poblaron el mundo sonoro de aquel discípulo singular. Aunque lo cierto es que de la música todo le resultaba fácil y de interés. Así, de estudiar, pasó a tocar (piano, violín, viola), a componer, a cantar. Óperas, arias, criollas y danzones penetraron en su oído y fueron asimilados por el desprejuiciado talento artístico del adolescente, siempre abierto a las más inimaginables sonoridades.

Entre el marfil y el ébano

Pero sobre todo, escuchó los tambores del bembé desde su niñez, con los negros, él, el hijo de Don Silvino y Doña Diana, más que blanco rosado, por cuya sangre —lo decía su fisonomía de perfil europeo y lo pueden verificar hoy quienes observen su fotografía— no corría ni un miligramo de sangre negra. De veras que Alejandro, también en esto, probaba su excepcionalidad, confirmada por el hecho de su elección para el amor: dos mujeres negras y hermanas, que le proporcionaron una prole de 11 hijos.

La capacidad para hacer muchas cosas es otro de los privilegios que caracterizan su persona: estudia Derecho en la Universidad de La Habana, dirige una jazz band, profundiza sus conocimientos musicales, escribe crítica, canta en ocasiones y comparte con los intelectuales del Grupo Minorista, con el cual se identifica en postulados y acciones. Juan Marinello, José Antonio Fernández de Castro, Alejo Carpentier, Eduardo Abela y varios más son sus amigos.

Tiene 22 años y el título recién expedido de abogado cuando en 1928 parte hacia París con un buen número de composiciones en el equipaje: Obertura cubana, Tres danzas, Guajireñas, Poema de verano, Poema de ambiente cubano... Son en total más de 40 las que ha compuesto en 1927: obras de cámara, para violín y piano, voz y piano, chelo y piano, banda, órgano, piano solo, además de las compuestas en años anteriores, que incluyen danzones y danzas, música para cine, criollas, tangos, boleros, lieder con textos de poetas latinoamericanos y propios.

En la Ciudad Luz, el músico llegado del trópico es un torbellino de inquietudes. La profesora Nadia Boulanger lo acoge, pero más que darle clases, ella prefiere sostener con aquel aventajado alumno un intercambio de criterios, lo orienta y estimula. Le comentaría a Alejo Carpentier: “Pocas veces he tenido que vérmelas con un discípulo tan dotado. Por lo mismo no quiero deformarlo: le hago componer y analizo sus partituras dándole consejos. Nada más. Es una fuerza de la naturaleza”.

Es en París donde edita sus danzas Lucumí y Del tambor. El encuentro con el compositor Edgar Varese y con el escritor Louis Aragon, las funciones del ballet, los conciertos... son momentos inolvidables. Aun así, el 25 de octubre está de vuelta en Cuba.

Tampoco da la espalda a la situación política que vive el país. A Carpentier le dice: “Aunque yo no esté en La Habana, si se trata de un manifiesto o declaración contra Machado, pongan mi firma entre las suyas, sin consultarme. De antemano estoy de acuerdo”.

En 1929 le llega una segunda oportunidad de viajar a Europa. Va como delegado cubano, junto a Eduardo Sánchez de Fuentes, invitado al Festival Sinfónico Iberoamericano, en Barcelona, donde se escuchan sus Tres danzas cubanas. De paso, se detiene en Madrid, en Sevilla y sigue hacia Francia, ahora acompañado del compositor mexicano Manuel Ponce. En la Sala Gaveau de París se estrenan en noviembre Dos poemas afrocubanos. Al mes siguiente, en función dirigida por el maestro Marius François Gaillard, se escucha su Bembé. Él, que no presencia la segunda de tales funciones, está de regreso en Remedios, donde a finales de año se le confiere el título de Hijo Eminente y Distinguido de la ciudad. Para Caturla no es válido aquello de que ‘nadie es profeta en su tierra’.

En 1932, Leopold Stokowski estrena en Nueva York las danzas Del tambor y Lucumí; Nicolás Slonimsky dirige audiciones de varias obras de Caturla, tanto en el exterior como en Cuba. Se cuentan entre ellas: Bembé, Tres danzas cubanas y Primera Suite Cubana.

Los maestros Pedro Sanjuán, Gonzalo Roig, Amadeo Roldán y José Ardévol dan a conocer, en el país, las partituras de Caturla.

Desde el centro de la Isla

Mientras, el remediano ilustre también hace lo suyo con la obra de clásicos y contemporáneos. Desde su cargo de director de la Orquesta de Conciertos de Caibarién  divulga la música de Mozart, Debussy, Falla, Vivaldi, Ravel, Gershwin, Stravinsky, Cowell... amén de la suya.

El catálogo de las composiciones de Caturla comprende piezas para piano, violín, órgano, violonchelo, saxofón, conjuntos de cámara, formatos vocales, banda, música para el teatro y de manera ocasional —en años de adolescencia— para filmes silentes. Con Obertura cubana gana en 1937 el Premio Nacional convocado por la Dirección de Cultura de la Secretaría de Educación. Mientras tanto, trabaja y culmina la ópera cómica Manita en el suelo. Es uno de los primerísimos compositores sinfónicos cubanos de su tiempo.

Dinámico, liberal en sus concepciones sociales y políticas, artista de vanguardia e innovador auténticamente nacional, Caturla alternó su gran amor, la música, con el ejercicio de su trabajo como juez.

De un primer atentado a tiros en Palma Soriano escapó ileso el probo juez Caturla. No así de un segundo, en suelo natal. “Tu cabeza huele a pólvora”, es la amenaza contenida en un anónimo. Y transcurren solo unos días para que el homicida (un custodio de la cárcel), seguramente inconsciente de la trascendencia de su acto brutal, ejecutara un doble crimen: el del funcionario judicial intachable y el del músico genial.

Aquel martes 12 de noviembre de 1940 —hace ahora 75 años— pudo haber sido un día rutinario, como otro cualquiera, en la apacible villa de San Juan de los Remedios de no ser por los disparos que se escucharon a la caída de la tarde y que segaron la vida de Alejandro García Caturla.

“Con el juez —expresaría Carpentier— moría el creador, el artista que, tras de la toga, no había dejado de manifestar su irrefrenable vocación de sonar, de sonatear en son, en sonera, y hasta en sinfonía de sones, tan alto y tan bien que después de muerto el juez Caturla, sigue vivo y habitando entre nosotros el compositor Alejandro García Caturla como ejemplo de un temperamento musical como pocos se han dado en nuestra América”.

 

Nota:
1. Alejo Carpentier, en La música en Cuba, Editorial Pueblo y Educación, 1989, p. 29

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