Palabras en la inauguración del Premio Casa de las Américas

Cultura y esfera pública en los tiempos del mercado

Ticio Escobar • La Habana, Cuba

La continuidad

Quiero, en primer lugar, compartir mi satisfacción y expresar mi agradecimiento por el honor que significa dirigir las palabras de apertura del Premio Literario Casa de las Américas, que desde hace más de 50 años viene estimulando la escritura de literatos y ensayistas de América Latina y precipitando una excepcional producción editorial: hablo, obviamente, no solo de la cuantía de obras que imanta esta institución y de la diversidad de su espectro temático, sino de la importancia de las cuestiones que moviliza, así como de la calidad estética y el rigor analítico con que las mismas son encaradas. Aspirar a este galardón constituye un estímulo en América Latina: un aval de continuidad, seriedad institucional y respeto del obrar de poetas, narradores y pensadores.

Cincuenta años marcan la historia no solo de Cuba, sino de América toda. Durante este tiempo se han redefinido las cartografías del poder y la cultura. Y este cambio, que tanto cortó procesos esenciales como permitió reinventar nuevas salidas para la institucionalidad editorial, hubo de ser asumido con la suficiente flexibilidad como para, por un lado, cautelar las conquistas de la palabra crítica-poética y, por otro, asumir el dinamismo suficiente para encarar los retos, cuando no las hostilidades, del modelo hegemónico y enfrentar los desafíos afirmativos de la cultura contemporánea.

Su obstinada continuidad a lo largo de estos 50 años da fe de que el Premio Literario Casa de las Américas ha logrado sortear las inclemencias de los tiempos globales sin renunciar a las mejores posibilidades que le ofrece cada presente apurado. Pero también demuestra que el premio supo mantener su compromiso ético con la imaginación y el discurso, con las herramientas que renuevan nuestra visión y nuestra acción sobre la realidad complicada del continente: un territorio zarandeado por vientos hostiles; demarcado por ideas fuertes, sueños porfiados e intensas metáforas. Además de lo recién expuesto, el hecho mismo de ser invitado a esta casa conlleva una significación especial; no solo dispensa una gratificación afectiva y manifiesta un gesto generoso, sino que supone un privilegio y despierta un compromiso: el de seguir sosteniendo lo que creemos y creamos. 

Las otras culturas

Me honra, por otra parte, integrar el jurado correspondiente al Premio Extraordinario, que promueve el estudio de las culturas indígenas, fuente poderosa y modelo de construcción de futuro para nuestro continente. En esta edición, el Premio Extraordinario lleva el nombre de Manuel Galich, el destacado intelectual y político guatemalteco-cubano, subdirector de esta casa y gran defensor de la causa étnica. El reconocimiento de este nombre, que interpreto como un homenaje a Galich, añade un motivo más de complacencia a quien ofrece este discurso.

Una parte fundamental de la creatividad y el conocimiento de nuestras sociedades se moviliza a partir de modelos alternativos que resultan esenciales para promover la integración social, recuperar expedientes tradicionales de pensamiento y ficción y tramar reticulados interculturales a nivel regional y continental.  Desde los lenguajes y figuras, las estéticas, los conocimientos y cosmovisiones que nos legaron —y que nos siguen acercando— las sociedades étnicas (originarias o inmigrantes), América Latina ha logrado configurar modelos culturales inéditos, basados en el sincretismo y el pluralismo.

Tal multiplicidad de mundos coexistentes, en fricción muchas veces, ha enriquecido los modelos culturales de la patria grande y promovido valores de inclusión que hoy sostienen muchos proyectos indispensables para la consolidación de la esfera pública continental. La ética del buen vivir (en guaraní tekó porã, en quechua sumak kawsay, en aimara, sumak qamaña); este valor nada tiene que ver con la complacencia hedonista del bon vivant, sino que nombra un modelo de bienestar basado en la articulación de lo individual y lo social; de la economía, la sociedad y el medioambiente; sistema ideal de transversalidad, de dimensión utópica y de perspectiva holística cuyo cumplimiento desvela hoy a los hacedores de políticas públicas sustentables.

Debe ser considerada, por otra parte, la emergencia de configuraciones mestizas que apelan a nuevas estrategias de apropiación de los modelos hegemónicos readaptándolos a sus matrices simbólicas tradicionales y a sus proyectos propios. La población latinoamericana se encuentra conformada, en considerable proporción, por sectores populares que, sujetos a imperiosos procesos de transculturación, continúan preservando tradiciones rurales de origen indígena. Y, aun, acorralados por la industrialización cultural, o vinculados intencionalmente con ella, siguen sosteniendo con porfía sus figuras y sus discursos, en paralelo a las nuevas modalidades culturales incorporadas con resignación o con ganas. Estos sectores desarrollan, así, formas de resistencia y de acción contrahegemónica, diferentes a las empleadas por las culturas populares urbanas y suburbanas.

La resistencia

La ductilidad del Premio Literario Casa de las Américas permite que estas formas diferentes ingresen, de igual a igual, con todas las otras, en el gran circuito de las culturas continentales. El Premio Extraordinario se dirige específicamente a estimular los estudios relativos a estas modalidades alternativas que sellan con fuerza la diferencia latinoamericana.

Por eso, la Casa de las Américas significa un espacio de resistencia cultural único en nuestro continente. Y cuando hablo de “resistencia cultural” pienso en una plataforma firme de creación y pensamiento desde donde seguir afirmando valores, debatiendo ideas y reimaginando en conjunto las muchas maneras de abordar nuestras realidades complejas y renovar las apuestas de sentido que las impulsan y sostienen.

Estas operaciones suponen el aval de la cohesión social: ajustadas en torno a historias propias y orientadas a metas compartidas, las sociedades tienen mayores chances de reinscribir simbólicamente y de recrear imaginariamente sus realidades específicas. Y cuentan con mayores oportunidades de resistir, aceptar o reformular las señales hegemónicas según los requerimientos de las memorias y los sueños propios. 

La cultura del mercado

Sacudido por tensiones históricas fuertes y asediado por intereses adversos, nuestro continente resulta muchas veces duro de ser vivido (quizá el mundo entero hoy lo sea). Grandes proyectos han sucumbido en nuestros países ante las desventuras de diversos signos o las decepciones que provocan la desidia estatal y su complicidad con la expansión avasallante de los modelos globales.

En algunos de estos países —incluido el mío—, donde existen debilidad  de Estado y sociedad y demasía de mercado, las industrias del entretenimiento, la información y el espectáculo amenazan con socavar las bases del pensamiento crítico y de la imaginación insumisa. Se ablandan palabras y figuras, presionadas por el avance de un frente tan banal como poderoso, capaz de neutralizar el potencial transgresor de las formas alternativas.

La concertación política/cultura/mercado se traduce en circuitos transnacionales basados en el show business, el marketing y la cotización internacional. Ante esa alianza del capitalismo globalizado se alteran la coreografía urbana y el diagrama de los espacios públicos y se acomodan las agendas de la institucionalidad democrática. Ante esa coalición capitulan muchas formas de la cultura popular, indígena y erudita; se diluyen mundos de sentido y se aflojan los vínculos sociales.

Las políticas de la diferencia

A pesar del citado acoso globalizador, se están gestando en América Latina condiciones favorables para revertir los efectos disolventes de la hegemonía del mercado. Por un lado, la presencia de Estados con aptitud efectiva de gestión, capaces de fijar metas públicas y regular la acción de sectores heterogéneos en función de los intereses públicos. Por otro, la progresiva consolidación de sociedades organizadas y participativas. Ambas condiciones resultan propicias a la relocalización de lo público a escala continental. Desde esa posición podrá esquivarse el riesgo de que las industrias culturales agraven las desigualdades, aplasten las diferencias y vuelvan a relegar las posibilidades de integración cultural.

Por eso, referido a la cultura, como a otros ámbitos sociales, el espacio público debe incluir un enfoque de derechos y, desde el mismo, apoyarse en las sociedades y ser regulado por el Estado; las políticas culturales no han de quedar libradas al juego de la oferta y la demanda, sino estar sujetas a las razones del interés público: deben no solo garantizar jurídicamente los derechos culturales, sino asegurar las bases necesarias para un desarrollo cultural democrático. Las políticas neoliberales —hegemónicas a nivel cultural— operan en términos de rentabilidad y apuntan al desarrollo de los negocios transnacionales; vale decir, alientan un modelo de cultura no dirigido al provecho de las sociedades, sino a la utilidad de las megacorporaciones.

Las políticas públicas tienen, justamente, la misión de articular y equilibrar los intereses sectoriales desde una perspectiva de Estado y con vistas al bien común. Esa tarea supone una concepción del papel de la cultura en el conjunto social. Las políticas culturales tienen un carácter básicamente formal: cautelan los derechos culturales, alientan la creación y la participación ciudadana, protegen el patrimonio, regulan la acción de las industrias culturales y controlan sus impactos. Es decir, gestionan procesos culturales cuidándose de no implicarse en sus contenidos. Tanto la tendencia autorreguladora promovida por el mercado como el empoderamiento de los sectores sociales, privilegian este carácter formal de las políticas en menoscabo del papel del Estado. Pero el hecho de que tales políticas tengan una condición adjetiva (eximida de producir la “sustancia” cultural, a cargo de la sociedad); tal hecho no exime al Estado de sus responsabilidades en los asuntos culturales ni determina su neutralidad con relación a los mismos. Las políticas públicas son rectoras en el ámbito de sus gestiones: tienen la función no solo de avalar las condiciones de producción cultural y custodiar el patrimonio, sino la de establecer líneas que aseguren la institucionalidad democrática de la cultura y la comprometan con el desarrollo social.

Cultura, desarrollo

Como queda señalado, en América Latina —desde América Latina— se promueven hoy modelos diferentes de cultura ligados a la figura del desarrollo. Las representaciones, los discursos y los imaginarios sociales no constituyen aditamentos de las sociedades, sino principios configuradores suyos. La cultura es, así, la sociedad considerada desde la perspectiva del sentido colectivo: del conjunto de quehaceres orientados a sostener el pacto social; comprender de la realidad lo que se puede comprender, e imaginar o inventar el resto.

Desde este punto de vista, los procesos culturales constituyen principios de sustentabilidad y consolidación social. Por un lado, este hecho permite cuestionar tanto una visión productivista de desarrollo como una idea meramente instrumental de lo político. Por otro, descubre la inviabilidad de modelos sustentables de desarrollo y proyectos democráticos de sociedad, planteados al margen de los argumentos que la cultura provee.

Me cabe la suerte de conocer de cerca la política de Casa de las Américas. Y poder afirmar que ella se basa en el convencimiento de que la producción cultural debe conectarse con diversos niveles de ámbitos y expectativas del quehacer colectivo. Y que la cultura ha de ser considerada como un vector transversal que cruza las distintas instancias de la esfera pública, cuya legitimidad institucional se sostiene, en gran parte, en figuras oriundas del ámbito cultural: la credibilidad pública, los diagramas complicados de la diversidad, así como las fuerzas que mueven la adhesión social, el consenso y el disenso.

Asumiendo esa dirección, la agenda de debates sobre políticas culturales, desarrollada con fuerza hoy en América Latina, concibe el desarrollo como componente esencial de la cultura. Y, obviamente, acá no se emplea el término “desarrollo” en sus acepciones economicistas o desarrollistas: se lo está vinculando con procesos que involucran creencias, lenguajes y concepciones del mundo y activan mediaciones imaginarias complejas.

A modo de conclusión

Ante ese panorama complicado, riesgoso, Casa de las Américas constituye una reserva de diferencia cultural capaz de impulsar la producción de modelos propios de sensibilidad y pensamiento. La América entera, en palabras de José Martí, constituye un gran proyecto emancipador nutrido de la diversidad cultural de nuestros pueblos. Nuestra Casa de las Américas ha logrado consolidar durante décadas un espacio plural de encuentros en torno a los grandes principios que nos reúnen, más allá de las divergencias y coincidencias de territorios y de historias. Acá, en esta casa, nos hemos sentido protegidos en nuestras ideas y ficciones cuando las dictaduras militares buscaban aniquilar los sueños disidentes y, después —ahora— mientras la racionalidad acumulativa del mercado intenta aplanar los terrenos de la cultura o segmentarlos según la pura lógica de targets.

Desde acá, desde esta casa, seguiremos produciendo símbolos, imágenes y discursos a contramano del sentido único señalado por la cultura hegemónica, la del mercado. Seguiremos resistiendo el esteticismo liviano promovido por la publicidad y los estándares del espectáculo. Y seguiremos, por eso, pendientes de las preguntas últimas; atentos a las demandas de nuestras realidades difíciles, de nuestros pueblos postergados; alertas ante la codicia de los intereses transnacionales. Pero continuaremos haciéndolo sin descuidar las graves verdades que acerca la belleza, sin olvidar el compromiso con el rigor del concepto ni el silencio que requieren las palabras para que resuenen con más fuerza. Y para que puedan mantener el compromiso ético de nombrar lo que no puede, pero debe ser nombrado. A gritos, tantas veces.

  

Palabras en la inauguración de la edición 54 del Premio Literario Casa de las Américas. Casa de las Américas, La Habana, 21 de enero de 2013.

 

Comentarios

La vocación por la unidad latinoamericana desde la integración de sus raíces culturales comunes desplegando toda la creatividad que potencialmente porta en sus genes mestizos es la única adarga que nos protege contra la invasión del imperio contracultural y sus medios de distracción, desinformación y enajenación de masas.

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