Andersen, Martí y Dora Alonso:
títeres y cuentos eternos

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba

La historia titiritera de nuestro país, encuentra en el repertorio de las distintas compañías y conjuntos teatrales, a tres autores de una armónica e intensa conexión: Hans Christian Andersen (Odense, Dinamarca, 2 de abril de 1805 – Copenhague, Dinamarca, 4 de agosto de 1875)  ), José Martí (La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895) y Dora Alonso (Máximo Gómez, Cuba, 22 de diciembre de 1910 – La Habana, Cuba, 21 de marzo de 2001). El escritor danés, tan conocido por las numerosas referencias a su obra narrativa en los medios literarios, teatrales, fílmicos, radiales y televisivos, es uno de los autores extranjeros que Martí selecciona para aparecer en La Edad de Oro, la revista latinoamericana para niños, que el Apóstol funda en 1889, mediante una traducción de su narración “Los dos ruiseñores”. Se confirma así la admiración del intelectual cubano por la obra literaria para niños de Andersen. Lo mismo le sucede a la creadora matancera Dora Alonso, quien al elegir su personaje de cuentos preferido para aparecer en el libro Cartas a Fantasía, escogió sin dudar “El patico feo”, otra de las historias nacidas de la pluma del autor nórdico.

Imagen: La Jiribilla

Los tres literatos se enlazan con sus obras en los teatros de títeres cubanos, a través de diferentes versiones dramatizadas. El repertorio del mítico Teatro Nacional de Guiñol, se enriqueció en los años 60 con la escenificación de la versión musical para voz y piano que compuso el ruso Serguei Prokofiev, en 1914, a partir de “El patico feo”, de Andersen. Carucha Camejo, quien tuvo a su cargo la puesta en escena, elaboró un espectáculo representado con la entonces novedosa técnica de la luz negra. Textos de Martí (“Los zapaticos de rosa”) y la Alonso (“Pelusín y los pájaros”, “El sueño de Pelusín”, “Tin Tín Pirulero”) formaron parte también de los títulos representados por la principal agrupación de la Isla. El Guiñol de Santiago de Cuba realizó en los 80 un delicado montaje con actores y títeres sobre el cuento de Martí “La muñeca negra”, con dirección artística de Rafael Meléndez. El Guiñol de Camagüey estrenó en la misma década y con mucho éxito, un  montaje  con muñecos sobre “El patico feo”, que incluía momentos danzarios, pocas palabras y títeres animados con influencias técnicas de los países de Europa del Este, donde estudió su director general y artístico Mario Guerrero.

Imagen: La Jiribilla
Feo. Teatro Papalote, 1999
 

En los 90, otro Patico feo subió con los mismos laureles a las tablas del Teatro Papalote, de Matanzas, bajo la atenta mirada del maestro René Fernández. El Guiñol de Santa Clara lleva al retablo con igual reconocimiento, una muy titiritera puesta en escena de Allán Alfonso,  a partir del cuento “El caballito enano”, de Dora Alonso. Este pequeño personaje es traído nuevamente a escena por el Guiñol de Guantánamo en los comienzos del siglo XXI. Bajo la dirección de Armando Morales, los juglares del Oriente cubano, exhibieron muñecos de piso confeccionados con telas de vistosos colores y la utilización de música en vivo. Avanzado el comienzo de un siglo convulso, el matancero Teatro de Las Estaciones estrenó su visión espectacular de “El patico feo”. El paisaje musical en cuatro tiempos para títeres planos, máscaras y sombras, obtuvo el reconocimiento de la crítica especializada y el público, hecho que se repetiría con la dramatización del poema “Los zapaticos de rosa”, de Martí, y en la representación de “El caballito enano”, como parte del paseo escénico por la poesía para niños de Dora Alonso, que bajo el título Una niña con alas, dirigiera para mi colectivo en la Ciudad de los puentes.

Imagen: La Jiribilla
El patico feo. Teatro de Las Estaciones, 2006, foto R. Hernández
 

El patico de Andersen es feo, la muñeca de trapo de Martí es negra y el caballito de Dora Alonso enano. Todos son personajes víctimas de señalamientos superficiales respecto a criterios estéticos, la pigmentación de la piel o características físicas. Son héroes excluidos, protagonistas pertenecientes a una otredad social que ha provocado disímiles preguntas en los públicos infantiles y adultos de las diferentes décadas: ¿Es en verdad tan feo el patico que nace por error en un nido equivocado? ¿Qué tanta diferencia hay entre la rubia muñeca de porcelana de Piedad y la muñeca negra de trapo ataviada con vestido artesanal? ¿Es Pirulí, el caballito enano, un ser inútil en la vida por ser tan pequeño? ¿No es este un mundo donde patos, cisnes, blancos, negros, grandes y pequeños podrían convivir y respetarse mutuamente?

Los niños para los cuales escribieron Andersen, luego Martí y posteriormente Dora Alonso, son activos receptores en el presente de productos audiovisuales y de videojuegos con altas dosis de violencia, historias de segregación racial, mentiras históricas manipuladas en forma de arte. Las historias de estos tres autores no han perdido un ápice de vigencia, siguen siendo un espejo en el cual todos podemos reconocer nuestras propias experiencias. ¿Qué significa ser feo, negro o enano en un mundo minado por las ambiciones y las guerras, un mundo clasista donde se pierden e irrespetan las identidades y tradiciones culturales para imponer maneras de vivir con criterios estándares de una impersonalidad pasmosa? Son todas estas, preguntas a responder escénicamente por los grupos teatrales de títeres y para niños de nuestro territorio y del planeta. El teatro de títeres también ha sido tildado de feo, de ser caricaturesco gratuitamente, de no tener sentido; de negro, como metáfora injusta de un teatro deslucido, oscuro, sin concepto alguno; de enano, como alegoría equivocada de un teatro minúsculo, sin ambiciones. Vivimos un presente donde el abarcador significado del teatro de figuras debe ir a la conquista de un público y un espacio mayor, a la búsqueda de un sitio que se dilate para incorporar, en fraternidad con la esencia transgresora del títere, nuevos elementos creativos, zonas de un sentido visual que sea capaz de entrar por los ojos y no quedarse solo allí, sino viajar al corazón y al cerebro en doble viaje enriquecedor, sin desdeñar a ningún arte.

Devolver una y otra vez al retablo, las fábulas de estos tres literatos, es contribuir a que no desaparezcan del imaginario teatral del niño cubano esas preguntas cuestionadoras del ser y el estar: ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? Estoy seguro que en los cuentos infinitos de Andersen, Martí o Dora Alonso, encontraremos siempre palabras-respuestas colmadas de luz.

 

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