Como dos flores en el mismo tallo:
María de los Ángeles Santana
y Rosa Fornés

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

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Cuando se anunció en enero del 2001 el otorgamiento del Premio Nacional de Teatro a María de los Ángeles Santana y Rosa Fornés, pareció quedar roto un conjuro malévolo que durante años impedía que estas dos mujeres, de inmensa popularidad y trayectorias escénicas indudables, fueran reconocidas con semejante galardón. Hubo que mover muchos criterios y derribar no pocos prejuicios. Recuerdo a Armando Suárez del Villar como uno de los líderes de esa batalla, que finalmente culminó con las sonrisas y la sorpresa que estas dos damas extraordinarias mostraron ante la noticia. Representantes de esa estirpe en extinción que es la vedette, personalidades que han demostrado la valía de sus talentos en la comedia y en el drama, poseedoras de gracia, encanto y fotogenia, la Santana y la Fornés son algo más que sobrevivientes. Mitos aún vivos, seres humanos de una disciplina y un rigor no menos legendarios que los grandes musicales y las revistas que protagonizaron en la plenitud de sus carreras, han devenido defensa de toda una zona del teatro cubano a la que no siempre se le hace justicia, esa que se combina con fiesta, gracia, glamour y música ligera para recordarnos que el escenario es también una celebración. Cada una es dueña de una vida de leyenda. Trabajaron con lo mejor de su época y todavía sus nombres resuenan en el público que les agradecía en Tía Mame o La mamma, en La viuda alegre o Confesión en el barrio chino. Me pregunto qué palabras decir ante dos mujeres que han sabido ser reinas sin exceso de divismo. Y que pueden, como dice la canción célebre de una de ellas, sentirse más agradecidas ante un ramo de rosas que frente a un lujoso y pesado collar de elogios.

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María de los Ángeles Santana ha dicho que comenzó su carrera al revés. Y la frase, referida a que sus inicios fueron en el ámbito cinematográfico al que por lo general se llega tras años de teatro o televisión, es perfecta para hablar de toda su trayectoria, porque mucho hay en ella de insólito. Nació el 2 de agosto de 1914, en La Habana, y desde niña mostró un gusto por la lectura y el canto que resultarían esenciales en su vida posterior. Por su vocación hacia la música, llegó a recibir clases de guitarra impartidas por el célebre Guyún, Vicente González Rubiera. Al oírla cantar, su figura esbelta y su afinación le hicieron pensar a Oscar Zayas, amigo de la familia, que esa joven espigada y de palabra pródiga podía serle útil en un proyecto que pensaba emprender. Y fue así que, en efecto, poco antes de que pudiera darse cuenta de lo que en verdad estaba ocurriendo, María se vio enrolada en la aventura de Películas Cubanas S.A. Es por ello que se integra, incluso por encima de los recelos de su padre que no veía con buenos ojos lo que se le ofrecía a su hija en el siempre problemático mundo del arte, al rodaje de Sucedió en La Habana. En ese filme de Ramón Peón, bajo la guía musical del gran talento resabioso que fue Gonzalo Roig, debutó la Santana, cantando “Si me pudieras querer”, de un joven pianista por ese entonces no tan conocido como compositor y llamado, por sus amigos, Bola de Nieve.

A partir de ahí, se desovilla una existencia fascinante. María tenía la organicidad, la naturalidad necesarias para convencer al espectador, y supo aprender, observando y entrenándose junto con los intérpretes más experimentados que la acompañaron en aquellas películas de trama sencilla, los elementos esenciales de la actuación. De aquella película proviene su primer encuentro con Rita Montaner, quien la hizo vencer mediante un empujón su miedo escénico, en la premier efectuada en Radio-Cine,  el 5 de julio de 1938. El público la acogió con aplausos y no con la rechifla que ella se temía. Era la primera ovación entre todas las que iban a acompañarla.

Luego, en el set de Romance del Palmar volvieron a cruzarse la Única y la Santana, lo cual ha desatado anécdotas de rivalidad. Cansada de las pullas que le disparaba Rita, se dirigió a ella en plena sesión de maquillaje para preguntarle qué podía ella envidiarle siendo ya una figura respetada y popularísima, enorme ante la dimensión incipiente de quien solo se consideraba una aprendiz. “¡La juventud, carajo!”, le gritó en respuesta la dueña de “Ay, Mamá Inés”. La propia María lo ha contado con su locuacidad característica, su sentido del humor y el apego a la verdad que la han acompañado siempre. También con el respeto que aún inspira Rita Montaner. Todo ello le sería necesario para la carrera que se le avecinaba.

En esa carrera hay otras películas (Mi tía de América), y éxitos teatrales y televisivos. A partir de 1940, cuando finaliza en bancarrota la historia de PECUSA, se traslada a la radio, en la famosa CMQ, junto al maestro Ernesto Lecuona, convirtiéndose en una de sus intérpretes favoritas. Las enseñanzas del maestro de canto Lalo Elósegui también serán definitorias en aquellos momentos. En 1943, tras divorciarse de su primer esposo, María contrae matrimonio con Julio Vega, quien la apoyará a lo largo de su entrega al arte. Aquella mujer que se paseaba por La Habana en motocicleta fue una adelantada con respecto a no pocas convenciones. Lo demostró también en México, donde la nombraron “una mujer inteligente que sabe actuar”, y donde trabajó en cine, cabaret y teatro. Jorge Negrete, Stan Laurel y Oliver Hardy, entre otros, la tuvieron a su lado en los mismos espectáculos. A su retorno a Cuba toma parte, en 1946, de una de las primeras pruebas de la televisión en Cuba. Pero este medio no se instalará definitivamente en la Isla sino entrada ya la década siguiente. En 1947 debuta en el teatro dramático, con una obra titulada La Bayamesa, sobre las tablas del Auditórium. En 1948 es Reina de la Radio. En 1951 el mundillo de la farándula va al Teatro Martí a despedirla: contratada por la compañía de Antonio y Manolo Paso la Santana se dirigirá a España. El empresario, tras haberla visto actuar y cantar en La Habana, decide apostar por esta desconocida deslumbrante a la que Armand retrató con ojo siempre cariñoso. De esa fecha en adelante, la cubana podría haber cambiado su nombre, haberse llamado sencillamente Tentación.

El 9 de febrero de ese año se estrena en Madrid la revista Tentación. Junto con la argentina Celia Gámez, la Santana se revela como una vedette dispuesta a resucitar el espíritu del vodevil desde tierras latinoamericanas. La revista es un éxito que sobrepasa las 1000 funciones. Por el camerino de María desfilan los artistas deslumbrados: quieren conocer a la cubana que renuncia al exceso de maquillaje, plumas y prendas para esplender con solo lo necesario, una mujer natural que se mueve en la escena con una gracia enteramente inusitada. Aparecerá en otras producciones: Eres un sol, y ¡Conquístame! Cuando pone nuevamente rumbo a su Isla, deja una estela que otras intentarán copiar inútilmente.

En la Cuba de su retorno está ya la televisión, y María se une a ella de manera intensa. Volverá a los conciertos, al teatro, al cabaret. Es parte, en 1955, de la Compañía de Comedias Modernas. En 1957 vuelve a España como parte del elenco de la revista Tropicana, que se aplaude en el Cómico de Barcelona durante más de 300 funciones. A su regreso, interpreta un tema de Lecuona que será su carta de presentación desde esos tiempos de madurez: “El jardinero y la rosa”. El 11 de diciembre de 1958 se roba nuevamente el favor del público cuando aparece en la escena de la sala Hubert D´ Blanck: es la Cristal de Mujeres. Dirigida por María Julia Casanova y Cuqui Ponce de León, la obra tendrá más de 300 representaciones. El frenesí revolucionario se confunde con el frenesí de su entrega al trabajo: canta en La viuda alegre, en el célebre concierto de Lecuona en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, se integra a la primera temporada de teatro lírico en 1961: es aplaudida en Doña Francisquita, La revoltosa, Cecilia Valdés y La verbena de la paloma. Es una de las figuras que rinde tributo a las estrellas del Alhambra durante el revival de La isla de las cotorras que se programa en el Primer Festival de Música Popular Cubana, efectuado en 1962. Hace comedias en IDAL, en la sala Arlequín bajo la guía de Rubén Vigón: allí tiene otro éxito clamoroso con La mamma. Y en 1963 se reinventa a sí misma como la Alcaldesa Remigia de San Nicolás del Peladero junto con un elenco de primeras figuras, algunas de las cuales la acompañarán durante los 20 años del memorable programa televisivo.

Tal vez todo ello bastara para comprender la magnitud de esta mujer. Pero sería injusto si no se mencionaran sus desempeños en roles dramáticos asumidos para la pequeña pantalla, entre ellos algunos tan exigentes como los de Lady Macbeth o Blanche Dubois; o su presencia en La pérgola de las flores; o su Tía Mame de 1970, con la cual demostró que podía ser una vedette capaz de cantar, bailar y trasmitir emociones dramáticas como pocos entre nosotros. El cine post 59 no la tuvo en cuenta: y es una pena. Los tiempos de la parametración la alejan de las tablas: sus directores y colegas son víctimas de esa maniobra; y ella se refugia incansable en la televisión. Allí encarna a una campesina en La peña del León, teleserie donde acompaña a Reinaldo Miravalles cuando este crea a su Melesio. En 1981 se estrena Una casa colonial, y María de los Ángeles Santana llega a la cima de sus logros: hace de Amparo algo más que un personaje, crea un ser vivo a partir de los diálogos de Nicolás Dorr y convence al espectador más exigente en su retrato de este personaje que poco a poco, entre las reliquias de su mansión pinareña, regresa a la vida. Cuando cantaba “Mariposa”, de Lecuona, se imponía un homenaje sutil a toda una tradición cultural. Fiel a sí misma, marcará con su personalidad el rol de Lidia, en Comedia a la antigua, donde se une nuevamente a Enrique Santiesteban, sobre el escenario del Teatro Mella.

Y no es todo. Ahí están sus grabaciones, que esperan ser recogidas en disco alguna vez. Y sus memorias (Yo seré la tentación), profusas y conmovedoras, transparentes como el ser humano que las protagoniza, reunidas por Ramón Fajardo Estrada con algo más que simple rigor y devoción: un homenaje a la nación que esta mujer ha visto a lo largo de su vida, también a la espera de una edición cubana. Y está ella. El ser humano que aparece en una nueva puesta de Andoba, en un corto de la Escuela Internacional de Cine o sale a su balcón de la Calle Línea para recordar un color o un aroma. Se ha entregado al teatro, a la cultura, con tanta naturalidad como a la vida misma. Tal vez por ello a alguno le haya sorprendido la entrega del Premio Nacional que la honra como figura relevante de nuestra memoria escénica. El mismo público que regala ¡bravos! puede ser olvidadizo. De pocas personas he oído hablar siempre con tanto cariño como lo hacen acerca de la Santana incluso los menos dispuestos al elogio. En España, a fines de los 80, los respetables señores cuyas noches de juventud iluminó con sus piernas, su figura despampanante y su gracia criolla, volvieron a aclamarla. Que no nos falte ante ella ese ánimo de aplauso. Que podamos reconocer entre sus manos, aunque nunca la coloque en su cabeza, la corona auténtica que tal vez, reina segura de sí misma, no necesite lucir para convencernos.

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Para ella todas las mañanas parecen ser un halago: Rosa Fornés ha atravesado décadas y aplausos con la misma elegancia. Junto con la Santana, encarna entre nosotros la máxima expresión de una vedette. No en balde fue ella quien se añadió al elenco del Teatro Cómico de Barcelona cuando María de los Ángeles regresa a Cuba en 1957, para protagonizar una obra titulada Linda Misterio. Allí, como en México y otros puntos del planeta, la Fornés demostró ser poseedora de esa gracia, no tan abundante, de hacer creer al público que lo más complicado puede realizarse sin que falte una sonrisa en los labios. Y así lo ha hecho hasta hoy, cuando logra que el público se ponga de pie ante el simple anuncio de su nombre.

 

Había debutado como profesional en 1941, en una obra titulada El asombro de Damasco, que se anunció en el hoy desaparecido Teatro de la Comedia. Nacida en 1923 en Nueva York, con ascendentes españoles, la joven Rosalía Palet se acercó a la recién fundada Academia de Arte Dramático de la Escuela Libre de La Habana, donde llamó la atención de sus condiscípulos por su interés y belleza. Ellos mismos se quedarían atónitos al saber que esa casi adolescente aún a la que muy pronto perdieron de vista, se transformaba en uno de los personajes de aquella pieza ligera. Desde 1938, sin embargo, ya el nombre de Rosa Fornés empezó a reclamar publicidad, cuando ganó en La corte suprema del arte cantando “La hija de Juan Simón”. También fue la Doña Inés de una de las tantas puestas en escena del Don Juan Tenorio, con Otto Sirgo. Y el cine nacional la reclamó para que apareciera en Una aventura peligrosa y Romance musical, donde compartió roles con Rita Montaner quien, fiel a sus recelos, la tuvo por enemiga durante varios años hasta que la diplomacia de la joven vedette pudo más e intercambiaron ramos de flores.

Aquella muchacha parecía tener todo lo necesario para una vida cómoda: era bella, simpática, atractiva, con una voz de soprano lírica que le permitía aparecer en vodeviles, revistas y zarzuelas. Tenía, sin embargo, algo que podía hacer más profunda esa impresión: talento de veras y confianza en sí misma; se impuso a los criterios paternos para elegir un destino de artista. Aprendió sobre la marcha a ser cada vez más orgánica, sin despreciar propuestas de diverso carácter. Hizo obras del género chico, lidió con Eugenia Zúffoli, tuvo la guía de Enriqueta Sierra, la amistad de Mario Martínez Casado y recibió consejos de Roig y Lecuona. Los micrófonos de la radio siempre la reclamaban. Del cine cubano pasó al de México, una tierra a la que llegó en 1946 y que ella considera su segunda patria, y donde aún sus admiradores pueden reconocerla como parte de una era dorada para las producciones de los años 40 y 50, entre las figuras siempre cimbreantes de Ninón Sevilla y Rosa Carmina, reinas entre las rumberas de ese tiempo. En 1948 se casa con Manuel Medel, dejando atrás las anécdotas de sus romances con René Cabel y Mario Moreno. El matrimonio, del cual nace su hija Rosa María, terminó en 1951 de manera tempestuosa. Una Rosa Fornés desapareció tras esos acontecimientos. Otra, de vuelta a Cuba, emergió para convertirse ya, definitivamente, en la actriz y cantante integral que aún aplaudimos.

La televisión tiene a la Fornés entre sus favoritos desde 1952. Hace La casta Susana, un papel que, como la Ana de Glavary, está ligado a su carisma de manera inseparable. Su figura, su encanto, su vocalización precisa sin llegar a ser estentórea ni estridente, así como un glamour natural, le permitieron hacer creaciones enteramente personales de esos roles que otras notables cantatrices han encarnado. En el set televisivo conoce a Armando Bianchi: como esos roles que menciono, el joven galán será también una imagen indivisible de esa Rosa Fornés que ve su popularidad multiplicada en una escala extraordinaria gracias al nuevo medio. Sus apariciones en Mi esposo favorito, versión tropical de I love Lucy, la publicitan en toda la Isla. No por ello dejó de hacer teatro, cine, cabaret, o de aparecer en recitales junto con grandes nombres de la época. Interviene también en el célebre suceso del platillo volador que amaneció en la Ciudad Deportiva, en 1955, como publicidad de la cerveza Cristal: una anécdota que daría para todo un libro. En 1957 está en España, triunfando con la compañía de Joaquín Gasa. En Barcelona, en Madrid, en Valencia, recoge aplausos como vedette: pareciera que allí la vida y la fama le serán seguras. Pero llega el 1ro. de enero de 1959 y siente que debe regresar a la Isla.

En la primera gran temporada de teatro lírico que se organiza tras el triunfo revolucionario, la Fornés demuestra su innata habilidad para el género. Alternará escenas de El conde de Luxemburgo y Luisa Fernanda con su retorno a la televisión y el cabaret. No hará mucho cine tras esas fechas: por razones de simple mezquindad no se le reclama desde ese medio, y no será sino en la década del 80 cuando se asoma al lente de una cámara cinematográfica. Ella ha sido el centro de grandes pasiones entre dos bandos visibles que la aman o la detestan, y a ratos los últimos han tenido el poder por breve tiempo. Su belleza y su relación con géneros tildados de frívolos y burgueses le costó la desconfianza de los nuevos funcionarios. A uno que le criticaba las plumas, los encajes, los tules, en anécdota que la retrata, se le encaró con una frase terminante: “Yo puedo venir mañana en ropas de cortar caña y seguiré siendo Rosa Fornés. Yo, hasta en harapos, seguiré siendo Rosa Fornés.” Es un icono de la comunidad gay latina: no solo en Cuba tiene devotos que la reconocen como una imagen a adorar. Los que profetizaron el fin de las vedettes en aquella época deben callar hoy ante su permanencia: ella ha demostrado que bajo el maquillaje sutil tiene madera de sobreviviente.

Vio salir de la Isla a muchos mientras ella seguía aquí. Soportó recelos y cancelaciones, antes de poder viajar a la Europa socialista, donde dicen que sedujo con su transparencia y exuberancia a rusos y búlgaros. Y en Asia, hasta los mongoles fueron víctimas de su hechizo. Se reinventa como actriz total en los años 80, y gana los roles de La permuta y Confesión en el barrio chino, demostrando que su talento histriónico no se reduce a un set de televisión. Con esa pieza de firme exigencia dramática, escrita y dirigida por los hermanos Dorr consigue premios y renovadas ovaciones. El cine al fin la reclama, y aparece en Se permuta, versión de la obra teatral que Mario Balmaseda convirtió en uno de los grandes éxitos del Teatro Político Bertolt Brecht. Su desempeño es uno de los más loables en la memoria cinematográfica de la Isla: deja a un lado las plumas y abanicos para transformarse en esa mujer enloquecida por cambiar de casa, junto con una debutante Isabel Santos, incorporándose como rostro de una hilarante crónica del país en aquel tiempo; su transición durante el famoso chiste acerca del color de los teléfonos es irrepetible. Se le dedica una gala en el concurso Adolfo Guzmán, de quien ha cantado como nadie “Magia de amor”. Comienza a trasmitirse Cita con Rosita, un estelar fijo en la pequeña pantalla que concibe su admirador Joaquín M. Condall. Deslumbra con Hello, Dolly!, en el escenario del Karl Marx, dirigida por Octavio Cortázar y con vestuario de Eduardo Arrocha. Se enlaza a Roberto Blanco, quien tanto la respetó, en una arriesgada versión de Canción de Rachel. En México es nuevamente bienvenida. En todos esos compromisos se muestra con un rigor de acero, es una profesional que no descansa hasta lograr la aprobación de sus directores. La fuerza escondida tras las lentejuelas se revela ahí, en una persistencia disimulada por el perfume y el maquillaje.

Si todavía alguien dudara de su calidad como actriz, y aun cuando ella ha confesado no haberse sentido satisfecha con los resultados, recuérdese su encarnación de Rosa Soto, la diva teatral de Papeles secundarios. Mi generación tiene en ese filme de Orlando Rojas una clave para comprender ciertos estados de ánimo, nuevos reclamos de cambio que se avizoraban en el umbral de los 90. La Fornés se sobrepasa a sí misma, a la imagen edulcorada que otros y acaso también ella, participando en proyectos que no alcanzan la verdadera altura de su nombre, han diseminado; y logra momentos que rivalizan con los de algunos grandes actores en la pantalla nacional. Sigue en los escenarios, haciendo teatro (Nenúfares en el techo del mundo, Para matar a Carmen), o revistas (Vedettísima, Ser artista…). Su llegada al DF., a Miami o a cualquier sitio de la Isla despierta curiosidad. Sobrevive a las bromas crueles sobre su edad o su insistencia sobre las tablas. Habla de sí misma con relajamiento y sentido del humor en el delicioso documental Mis tres vidas, de Luis Orlando Deulofeu. Ve finalmente reaparecer sus canciones en formato de CD; tal vez algún día se edite el playback de alguna de sus grabaciones de La viuda alegre. Ha aprendido a esperar. Repasa su memoria y no deja de verse en ese espejo, mientras reconoce triunfos y fracasos. Sin resentimientos ni falsas disculpas, consciente de lo ganado, del cariño y de su popularidad. Sin que la detenga demasiado el repaso de pérdidas. Sabe que volverá a ser aplaudida mañana. Y espera su momento de salir a escena. Sin un reproche. Sin borrar de su rostro esa sonrisa que parece ya eterna.

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En un libro que relata su vida (y que a mi juicio no consigue dar la veracidad de todo lo que ella representa), Rosa Fornés se queja de haber pasado desapercibida por algunos críticos de tendencia intelectualoide. Sin ánimo de polémica, y tampoco de disculpa, quiero inclinarme ante ella y María de los Ángeles Santana para, desde el mismo oficio de la crítica, limar cualquier posible aspereza. El talento, sea cual sea la expresión de quien lo exprese, cuando es auténtico resulta innegable. Estas dos mujeres han logrado trascender más allá de cualquier criterio caprichoso. Tal vez no hayan sido líderes de ruptura violenta con la tradición. Tal vez no se hayan vinculado a vanguardias, procesos novedosos, revoluciones artísticas más o menos pasajeras. Otros han cumplido esa misión, y nos alientan y nos alertan. Pero ellas aportan ese elemento sin el cual no tendríamos una imagen cabal del teatro entendido como gozo y espectáculo. Son las herederas que nos hacen saber las claves de una parte de nuestra escena que no debe ser tenida a menos, las depositarias de una expresión que no por humilde debe dejar de alimentarnos. Versátiles como lo han sido no muchos, nos hacen pensar el teatro en términos de disfrute y encanto: esa cualidad que Jorge Luis Borges reconocía como fuente de su admiración por Oscar Wilde. En la tarde de presentación del volumen Yo seré la tentación, estas dos damas extraordinarias compartieron la escena por breves momentos. Me confieso incapaz de describir aquí las emociones de ese instante: María lanzaba bromas a la Fornés, que cantaba más temas de lo anunciado y no cejó hasta hacer corear al público un tema de Meme Solís. Al final, unidas, celebraron el buen humor, la risa inteligente, la gracia y la seducción sin la cual el escenario puede no ser emotivo ni digno de recuerdo. En la memoria colectiva de la Isla nadie puede arrebatarles el sitio que ocupan. Reinas en su propio territorio, dominan un espacio que nos recuerda que el teatro es (ya lo supo Brecht a su manera) diversión. Habría que inventar nuevas flores para agradecerles tanto, a ellas, que como dice Shakespeare de dos de sus personajes, han esplendido juntas sobre el mismo tallo. Y cantan, a veces sin saberlo, la misma canción para recibir el más amoroso de todos los aplausos.

 

Nota: Este texto fue originalmente redactado antes de que falleciera, en febrero de 2011, María de los Ángeles Santana. El autor, agradecido por la estela de gracia con la cual esta figura se manifestó entre nosotros siempre, ha preferido mantener intactas sus palabras, para recordarla en la misma fórmula de vida con la cual ella llenó tantos escenarios.

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