Héctor Quintero: Aplausos de vuelta

Amado del Pino • La Habana, Cuba

El inolvidable actor y director teatral español Adolfo Marsillach hablaba alguna vez de que si triste es una sala llena de tontos, peor es una vacía de inteligentes. Héctor Quintero ha buscado y encontrado con creces salas repletas de inteligencia, complicidad y reconocimiento. En un arte como el teatro, en el que el público forma parte de la estructura artística, resulta casi imposible ubicar solo en la categoría de cantidad las cifras rotundas de espectadores que alcanzan los títulos de Héctor. El cubano medio respalda su teatro no solo porque ríe, sino porque piensa, sufre, se esperanza y hasta se contradice frente a lo que ve sobre las tablas.

Sobre sus dos obras más conocidas, Contigo, pan y cebolla y El premio flaco, se acumula ya una notable bibliografía que crecerá, sin duda, en el futuro. Quintero ha confesado la presencia de elementos autobiográficos en Contigo... y el reflejo de la historia de su familia en el personaje de Lala Fundora, una de las criaturas escénicas más conmovedoras de la dramaturgia cubana. Su tragicómica lucha por mantener las apariencias, su ternura no confesada por el marido y ese deseo, casi quijotesco, de que sus hijos sean “otra cosa” le confieren una especial categoría dramática. Los recursos de lo cómico fluyen con naturalidad y van desde el chiste verbal hasta las situaciones ingeniosas o insólitas. La escena en la que la familia se esconde de la vecina para comer sus huevos fritos, resulta de un dinamismo y un encanto ejemplares.

Imagen: La Jiribilla

Por una de esas paradojas de nuestra vida escénica, algunos críticos de los 60 pedían a Quintero, a raíz del estreno de El premio flaco, que estuviera más atento a los autores de vanguardia, que se pareciera más, por ejemplo, a Ionesco. Pues bien, cuando El premio flaco obtiene el importante galardón del Instituto Internacional del Teatro, trasciende que uno de los jurados fue el propio Ionesco.

En El premio... coexisten el naturalismo casi fotográfico y su deformación. El solar o ciudadela donde transcurre la acción está lleno de objetos, personajes y situaciones apegados a la más inmediata realidad. Pero dentro de la casa de Iluminada y Octavio está la vieja carpa del circo, que viene a representar la semilla de la inevitable escena grotesca del último cuadro. Los suicidios constantes de Octavio tienen también una dinámica bastante paralela a la cotidianidad de los vecinos del solar. Aquí no se alternan las escenas ridículas y los choques emocionales, sino que se mezclan y —de una forma que recuerda la huella de Brecht en nuestra escena— se privilegia la toma de distancia que propicia la reflexión. La vía del sentimiento nos lleva a compadecernos de la protagonista, pero la de la razón propicia que nos riamos de ella.

El final del primer cuadro puede servir de ejemplo de la situación voluntariamente contradictoria, de raigambre brechtiana:

“ILUMINADA. (Se pone repentinamente seria) Octavio... Ay, a lo mejor, en estos momentos se está muriendo, el pobrecito. Yo aquí riendo y dando saltos... Mi marido se envenenó... ¡pero yo me saqué una casa! Y ahora no sé si reírme o llorar. ¡Ay, Santa Bárbara bendita, qué feliz soy…! ¡Qué ganas de llorar tengo!”

En Sábado corto, con aplausos aún frescos por su regreso, parecen yuxtaponerse la pasión por el personaje, tejido en detalle, de una Lala Fundora, y algo de los contrastes sentimentales de la buena gente Iluminada. En otros títulos, como Mambrú se fue a la guerra, Si llueve te mojas como los demás, El lugar ideal y Te sigo esperando, las búsquedas apuntan a dar testimonio de una época, a dejar las huellas de cómo nos comportamos o de qué manera enfrentamos las colas o el amor. Esa vocación de cronista es una de las obsesiones de este dramaturgo auténtico.

Entre las fijezas de Héctor podría hablarse del tema de la soledad, asumido casi siempre en un tono que no escapa a cierto raigal optimismo, aún en una comedia casi olvidada y más bien amarga como La última carta de la baraja.

En momentos de recuento y celebración no debe olvidarse la labor de Quintero al frente del Teatro Musical de La Habana. Esos años de laboreo entre orquestas, coreografías, textos ajenos y grandes dificultades, aunque disminuyeron su producción dramática, lo ratificaron como hombre de teatro. Gracias a la tropa dirigida por él, en más de una década tuvimos esa escena musical que ahora tanto echamos de menos.

Actor desde niño, director insistente, exigente y consecuente, Héctor Quintero ha conseguido convertirse en sinónimo de convocatoria, familia reunida, risa que ampara y hermana a desconocidos. Ante esas evidencias el teatro cubano no tiene otra opción que volver a aplaudir.

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2004.

 

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