Oriki (elogio) para Hilda Oates,
sol negro de la escena cubana

Rogelio Martínez Furé • La Habana, Cuba

Hoy, día de fiesta de la cultura cubana, nos reunimos para homenajear a Hilda Oates, gran artista galardonada con el Premio Nacional de Teatro 2004, como reconocimiento a toda una vida dedicada a las artes escénicas nacionales, donde ocupa lugar cimero desde hace casi cuatro décadas.

Hilda llegó, actuó y conquistó los corazones de los públicos más exigentes de nuestro país y del extranjero, que han reconocido desde el primer momento el talento excepcional de esta actriz. Capaz de dar nueva vida a los personajes más disímiles del teatro universal: desde la trágica María Antonia de Eugenio Hernández Espinosa, (que la elevó a la celebridad más rotunda), hasta las inolvidables interpretaciones de obras del martiniqueño Aimé Césaire, Federico García Lorca, José Martí, y otros.

Proteica arcilla negra entre las manos de algunos de los más importantes directores y directoras teatrales cubanos (entre los que no podremos nunca obviar al inolvidable Roberto Blanco y a Bertha Martínez), no obstante, esta artista, nacida de las capas más humildes de nuestro pueblo, siempre ha sabido imprimir a cada actuación su sello más personal e irrepetible, cual carimba de fuego.

Toda su vida es ejemplo perfecto de uno de esos talentos que la Revolución salvó del anonimato al que estaban condenados por una sociedad injusta, y que a partir de 1959 se fueron alzando a la luz del reconocimiento más merecido.

Dueña de una voz, a veces, sensual y envolvente como las brisas caribeñas, y otras, desgarradora como torrentera desdeñada, Hilda personifica la disciplina profesional y el talento en búsqueda constante de la perfección interpretativa. Hoy es referencia imprescindible en la historia del teatro cubano, desde aquella noche —a mediados de los años 60 del pasado siglo― cuando irrumpiera en la escena del habanero teatro Mella para “encarnar” un personaje ya casi mítico de la dramaturgia nacional: María Antonia, la trágica mujer negra de la época republicana, que se rebela contra los dioses, los hombres y su “destino” adverso, en búsqueda constante de su realización y libertad.

Esa noche que marcó un hito en la vida de Hilda Oates, y en el devenir del teatro cubano, todos los allí presentes comprendimos que estábamos frente a una gran actriz, que había llegado para permanecer por siempre en nuestros corazones. La voz desafiante e insumisa de María Antonia/Hilda o de Hilda/María Antonia ―como queráis― aún relumbra en nuestra memoria: “¡Hay María Antonia para rato!”; “¡Hay María Antonia para rato!”. Sin duda que sí.

A veces las palabras no alcanzan el justo vuelo para expresar los sentimientos y las ideas, y un silencio oportuno suple los vacíos. Callemos pues, y que los aplausos expresen lo que no puede la boca torpe: nuestra admiración y reconocimiento a Hilda Oates, Premio Nacional de Teatro 2004, Sol negro de la escena cubana.

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2004.

 

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