María Elena Molinet y Eduardo Arrocha:
Imágenes del Arte

Jesús Ruiz • La Habana, Cuba

La naturaleza de estos premios que hoy se otorgan a dos de nuestros más queridos compañeros nos obliga a una breve reflexión. Permítanme comenzar con una aseveración aparentemente innecesaria: las artes escénicas son las más complejas de las artes. Complejidad que se origina, fundamentalmente, en que el acto teatral es, y siempre fue, el resultado de una suma de conocimientos y capacidades diferentes.

Cuando sobre la escena se alcanza la categoría de arte, no es sino por la feliz conjunción de diferentes lenguajes: los de la literatura dramática, la actuación, la danza, la imagen y el sonido, que tuvieron un origen casi simultáneo pero con una maduración y desarrollo desiguales a través del tiempo. A este encuentro hay que sumar, por supuesto, el de múltiples sensibilidades, percepciones de la vida y del arte mismo, incluso hasta personalidades muy disímiles. Todo lo anterior recortado sobre el telón de fondo de la economía teatral, que los artistas casi siempre desean ver entre las brumas pese a su importancia decisiva.

No hay espectáculo sin imagen, es cierto; pero la elaboración de esta última como portadora de significados, usados deliberadamente como elementos de valor singular para la construcción de la tesis escénica, es bastante reciente y se debe en gran parte al desarrollo de la tecnología, hoy impetuoso, que deja una huella profunda en la evolución del quehacer humano.

Por tanto, no nos debe resultar extraño que una disciplina como el diseño escénico ande aún buscando que se le reconozca como un igual ante la soberbia, o el letargo, de los lenguajes ya añejados por el tiempo, sacralizados tanto desde la perspectiva del público como la de los propios teatristas.

¿Y será realmente tan importante la visualidad en las artes escénicas y, por extensión natural, en el cine y la televisión, donde existe, dicho sea de paso, una particular reticencia a conferirle el rango que merece por derecho propio?

Si se piensa solamente en la obra de María Elena Molinet y de Eduardo Arrocha tendremos una pronta y contundente respuesta. Lucía, personaje que ha devenido símbolo de la mujer cubana, con su sombrero discreto y elegante, pícaro y provocador, claro como el día, síntesis de todo el personaje, fue soñada por María Elena antes de que deviniera en parte insustituible de nuestra identidad. María Antonia, personaje anclado para siempre en nuestra cultura, vive en nuestra memoria con aquella primera imagen creada para ella por la propia María Elena.

Súlkary y Okantomí, obras cuyo valor crece con el tiempo, aún en contra de la finitud de las artes escénicas, encontraron su plenitud como resultado de la complementación del talento de sus coreógrafos eminentes con el de Eduardo Arrocha. Pero estos no son más que títulos escogidos entre muchos igualmente valiosos, pues en la extensísima obra de Eduardo —más de 300 obras diseñadas—, la danza ocupa un lugar primordial, hasta el punto que podemos afirmar que durante decenas de años la imagen de la danza contemporánea cubana es el producto de la imaginación de este diseñador sin igual en nuestra historia teatral.

Imagen: La Jiribilla

Son varios los rasgos que definen su obra: su poderosa creatividad, apoyada en una singular maestría, su versatilidad y sobre todo un estilo personal pródigo, voluptuoso y sensual propio del barroco, entendido por Carpentier como “un arte en movimiento, un arte de pulsión, un arte que va de un centro hacia afuera y va rompiendo, en cierto modo, sus propios márgenes”. Es, precisamente, por medio de ese estilo que Eduardo encuentra una sintonía natural y profunda con rasgos de las esencias en que descansa nuestra propia manera de disfrutar la visualidad, sin caer en las celadas de la banalidad, el pintoresquismo o la decoración superflua.

Por su parte, la obra de María Elena tiene como ejes la búsqueda de la síntesis, el impulso y la necesidad de expresarse por medio de una paleta dominada por la razón, más que por el placer de la forma y el color. Esta obra, de indiscutible valor, no es sino una parte de su contribución a las artes escénicas cubanas, porque si bien Rubén Vigón fue el ejemplo poderoso al que muchos reconocemos como el punto de partida de nuestro diseño actual, María Elena personifica la batalla perenne e imparable en pro de toda causa y todo empeño que eleve cada día la calidad de nuestro diseño escénico, razón y pasión que la hacen una artista de vocación fundacional con un énfasis especial en el pensamiento teórico y la labor pedagógica.

Imagen: La Jiribilla

A María Elena le deben las artes escénicas cubanas el que el diseñador de escenografía, de vestuario o de iluminación sea considerado un artista y no un técnico, propósito que alcanzó tras una lucha que no estuvo marcada por mezquinos intereses gremiales, sino que fue el resultado de la comprensión profunda de la naturaleza de su profesión. Esto constituye un logro para todos.

Es necesario añadir que la enorme generosidad de Eduardo, su honestidad, su rectitud, unidos a la belleza, la dulzura y los collares legendarios de María Elena son parte de nuestra riqueza, concesiones inestimables a nuestras vidas, rasgos distintivos y aglutinantes de nuestro teatro.

Por lo que ellos son, la entrega de estos Premios Nacionales de Teatro constituye un acto de reconocimiento merecido que tiene, además, la singular importancia de marcar un hito en la madurez de nuestro movimiento teatral al aquilatar no solo la obra de estos compañeros, sino también la importancia que esta disciplina, la del diseño, posee para la creación escénica.

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2007.