José Milián y un sueño de muchos años

Abelardo Estorino • La Habana, Cuba

Parecería que Milián nació para alcanzar en un momento de su vida el Premio Nacional de Teatro. Como se dice, vio la luz en Matanzas, en el barrio Las Alturas de Simpson, título del famoso primer danzón de Miguel Faílde, que hizo a la ciudad y a todo el país bailar un nuevo ritmo. Esto puede ser el germen de su pasión por el arte. Desde su niñez lo persiguieron conflictos de todo tipo. Como le gustaba la actuación, la música o la pintura, a causa de la oposición de su familia a cualquier manifestación que se apartara de la aburrida cotidianidad provinciana, debía esconderse debajo de su cama para dibujar y burlar la vigilancia de su madre. Sin embargo, el sueño que lo acompañó durante muchos años ―y tal vez un pedacito duerme todavía en un rincón oscuro del corazón― fue llegar a ser un gran actor.

Imagen: La Jiribilla

Dice en su Autobiografía: “Una familia como otra cualquiera, al menos eso pienso yo, con obreros, amas de casa, algunos envejecidos, otros con problemas mentales, más mujeres que hombres, enfermedades heredadas, pobreza, divorcios, bodas, pero como un rasgo distintivo, eso sí, nada que ver con el arte. Ni amaban el mismo, ni siquiera asistían al teatro, ni tenían un músico cerca, ni siquiera una prima lejana que fuera pintora”.

Tengo un concepto romántico del artista. Creo, equivocado tal vez, que un hombre feliz no se cuestiona el mundo en que vive, le parece “el mejor de los mundos posibles”, para burla de Voltaire. No hay rebeldía en él, la vida cotidiana le proporciona una placidez que le hace creer en las explicaciones más simples; no se hace ninguna pregunta ante fenómenos inexplicables y basta con esperar que el tiempo transcurra, llegue la noche y el sueño lo haga descansar hasta el amanecer y vivir de nuevo un día idéntico a los anteriores.

En su Matanzas natal tenemos muchos ejemplos de hombres infortunados, inconformes y sensibles que se destacaron como escritores: Milanés, torturado por su amor a la castidad, miembro de una familia de pobres recursos; el poeta Manuel de Zequeira, quien en sus delirios se cubría con un sombrero que lo haría invisible; Plácido, perseguido y fusilado por ser negro y amar la libertad; el infeliz Juan Francisco Manzano azotado por la crueldad de su dueña, la Marquesa de Prado Ameno.

Podemos citar a nuestro Martí: sufrió el presidio con un grillete atado al tobillo cuando solo era un niño; vivió una vida amarga lejos de la Patria que tanto amó y es ahora uno de los nombres imprescindibles en las letras castellanas.

Hay ejemplos de grandes artistas que llegaron a ser reconocidos después de una lucha feroz contra el medio hostil o contra sí mismos. Pensar en el pintor Modigliani, pobre y tuberculoso, viviendo en una buhardilla en Montparnasse o Toulouse-Lautrec en lucha contra su grotesca figura a pesar de sus ilustres apellidos.

Imagen: La Jiribilla
La Opera de Tres Centavos, 1967
 

Así Milián, nuestro dramaturgo Milián, decidió quedarse solo cuando su familia emigró y a pesar de haber sido declarado Hijo de la Patria debe de haber sufrido por el abandono familiar.

Las raíces del país donde se nace son fuertes e inolvidables: el cielo y el mar y las palmas deliciosas de Heredia las llevamos como trofeos, pero la sensación de orfandad nos acompaña siempre y brindamos con la melancolía.

En este momento de felicidad, Milián recordará la oposición familiar y social para decidir, o que le permitieran decidir, cómo deseaba encauzar su destino.

Mientras crecía no cejó en sus intentos: con solo 12 o 13 años escribió obritas para representarlas en la escuela y tomó clases de actuación, asistió a seminarios de dramaturgia, y al fin, años después de batallar pudo acercarse al teatro profesional como asistente de dirección. El director que lo aceptó en el grupo le dijo que “había demasiados dramaturgos en Cuba”, pero aun en esta labor sin posibilidades de crear, se sentía feliz cuando podía pisar un escenario y hacer un extra o un pequeño personaje.

Imagen: La Jiribilla
La toma de La Habana por los ingleses, de 1969
 

Trabajó mucho. Si hacemos un recuento de las obras publicadas o llevadas a escena parecería que nunca dormía soñando un nuevo argumento donde expresar sus inquietudes. Un buen día escribió una pieza de tema histórico, plena de imaginación y un humor ácido, y algunos asesores intransigentes se asustaron al conocer La toma de La Habana por los ingleses, de 1969. Pudo montarla en una sala de larga tradición y prestigio experimental, Hubert D´ Blanck, y el estreno se convirtió en piedra de escándalo. Los tiempos no eran propicios, la lucha ideológica era muy fuerte y la intolerancia encontraba motivos para la censura en cualquier bocadillo, simples movimientos en el espacio escénico o el vestuario usado por los actores, y distorsionaba la intensa eficacia del dramaturgo y director. Por eso ha dicho: “No estoy de acuerdo con ponerle nombre a este periodo. La injusticia solo tiene un nombre”.

Pasó el tiempo y miles de águilas sobre el mar y la vida, como siempre, evolucionó y el muchachito solitario y triste se convirtió en el albatros capaz de volar más alto. Es el mismo artista que ha creado grupos, ganando premios y participando ampliamente en nuestra vida cultural.

Esa desdicha del artista recibe al final una compensación cuando encuentra una manera personal de expresar la preocupación que le provoca el misterio de vivir. Los conflictos del pasado se convierten en una joya invaluable, es el material subliminal para la creación. No importa el elogio de los otros, solo existe el deseo íntimo de alcanzar la plenitud, la perfección, aunque sepamos que resultará inalcanzable.

Milián, nuestro Milián, recibirá este reconocimiento a la obra de toda una vida como si la ciudad se convirtiera en el paraíso que todos soñamos. Milián, esta tarde, las puertas de la ciudad se abren para ti.
 

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2008.

 

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