Entretejer una tradición

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

De manera imperceptible, el siglo XX, tiempo en que nacimos, luchamos e intentamos dejar huella, se nos va quedando atrás. El presente de ayer se transforma, día a día, en pasado histórico. Asumimos la tradición como un legado, surgido en etapas remotas, trozo de mármol esculpido alguna vez de manera definitiva. Sin embargo, también nosotros, en la sucesión de nuestros actos, estamos construyendo y renovando tradiciones. Es lo que salta a la vista ante el impresionante desfile de nombres reconocidos por los premios nacionales de teatro. La vanguardia emergente en la época de Teatro Universitario, de ADAD, de Prometeo, de Atelier, de Teatro Estudio, de las precarias salitas de los 50, es ya el referente necesario para los jóvenes de hoy. Su contribución es objeto de análisis en el programa académico de nuestros centros de enseñanza.

En la arrancada de la tradición que ahora asumimos como herencia, hubo gestos de ruptura matizados por un radical inconformismo ante lo establecido. Como había ocurrido antes con los protagonistas del vernáculo, los iniciadores crecieron en el ejercicio de la práctica, pero sintieron el apremio de la formación académica y establecieron un singular nexo entre la escena y el aula. Así, el Seminario de Artes Dramáticas de la Universidad de La Habana mostraba al público sus funciones de teatro clásico. La desesperación de Medea traspasaba el silencio de la noche en el pórtico de la Facultad de Ciencias. Y la ADAD —Academia de Artes Dramáticas— dio nombre al grupo matriz de las corrientes divergentes que tomaron el relevo de las funciones mensuales en la salita Valdés-Rodríguez. Las clases eran tan precarias como los recursos disponibles; pero incentivaron inquietudes, búsquedas, tentaciones experimentales.

La innovación implicaba entonces un auténtico proceso revolucionario. Entre las sombras, tomaba cuerpo un nuevo protagonista, el metteur en scène. Desapareció la concha del apuntador. De la mano del director, intensas jornadas de ensayo y de trabajo de mesa precedían los estrenos. La cuarta pared se derrumbaba en una aproximación al realismo aparejada a la defensa de un repertorio de vanguardia. Ibsen y Bernard Shaw fueron cediendo el paso a Arthur Miller, Tennessee Williams hasta llegar a los más transgresores Jean Genet y Eugenio Ionesco, sin renunciar por ello a la continuidad de la presencia lorquiana. Junto al Director, el Diseñador empezaba a adquirir perfil propio, aunque en sus tanteos iniciales se limitara a concebir el decorado para una atmósfera creíble. Los cambios impusieron la necesidad de estimular la reflexión teórica.

En la escena todo estaba dispuesto para recibir a los nuevos dramaturgos. La bien conocida tríada, Piñera, Ferrer, Felipe se situó de un solo salto en lo más avanzado de la contemporaneidad y encontró un lenguaje diferente para captar los conflictos y el perfil de la nación.

Con sus tanteos, con su tozudo empeño por salvar, contra viento y marea, un espacio para la modernidad, los teatristas acompañaron, sin saberlo, los cambios que apuntaban en el entramado social de la Isla. Por eso, no hubo fractura con el triunfo de la Revolución. Con el terreno ganado en el oficio y con el aval de un pensamiento inscrito en las demandas concretas de la práctica, se proyectaron hacia los cambios requeridos por el momento. Desde distintas perspectivas, se plantearon los términos de un vínculo dialogante con el espectador. Dejaron atrás su condición periférica en el contexto del espacio de la ciudad. Participaron en el proceso descolonizador, tercermundista e integrador de la voz de loa excluidos. Le dieron sentido al múltiple rostro de lo popular, desde la impronta del teatro español del Siglo de Oro hasta las vertientes campesinas, de la tradición afrocubana y de la compleja realidad urbana. Todo no fue miel sobre hojuelas. Como suele suceder en toda familia extensa, hubo contradicciones entre distintas posturas estéticas y también, lamentables errores en la aplicación de la política cultural.

Efímero, el teatro perdura en la densa subjetividad de la memoria cultural, en las imágenes que se solapan en el recuerdo de los espectadores en el saber trasmitido a través del trabajo cotidiano de los colectivos de creadores, en la insustituible relación viviente entre el maestro y sus discípulos. La relación de los premiados en los últimos 20 años constituye la síntesis de un legado de medio siglo de tradición instituida por la modernidad. Muchos no llegaron con vida a la hora del reconocimiento público. Pero su obra recorre la sangre de quienes alcanzaron a sobrevivir.

 

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