Flora Lauten:

“Mi piel es mi país...”

Raquel Carrió • La Habana, Cuba

Varias veces he hablado o escrito sobre el teatro de Flora Lauten. Su trayectoria personal, sus métodos de trabajo, la fundación de Teatro Buendía o la significación de su obra como actriz, directora escénica y maestra de actores y directores cubanos. Pero hoy prefiero hablar sobre su relación con una Vanguardia teatral que irrumpe en los años 60 y llega a nuestros días.

En realidad, esa Vanguardia teatral cubana no nace en los 60. Tiene su origen en los lejanos años 30 en que un grupo de personas se propuso, al calor de un movimiento de renovación en el país, crear un teatro nacional y popular, capaz de integrar orgánicamente las líneas diversas de la tradición. Es decir: la intención culta o refinada, inspirada en la lectura de la dramaturgia universal y el impulso apremiante de rescatar y re-valorizar una escena popular, rica en potencialidades expresivas (la música, el canto, la danza, la gestualidad) pero, frecuentemente, reducida a la condición paródica, caricaturesca o vernacular.

Imagen: La Jiribilla
Flora Lauten y Helmo Hernández en Pasado a la criolla.
Teatro Estudio, 1962, director Roberto Blanco
 

Sin embargo, ya en los años 50 estuvo claro para esta Vanguardia que un teatro nacional debía ser no solo la réplica más o menos cubanizada de un repertorio internacional, sino la búsqueda profunda y esencial de las complejas raíces de nuestra nacionalidad y sus formas de expresión. Así nace el Teatro de Investigación en Cuba. No por una moda, o un deseo de “estar en tiempo con el mundo”, sino como una necesidad de reconocimiento más allá de la simple reproducción de las costumbres o los caracteres externos.

Fue un largo proceso de “rebeldías solitarias” y agrupaciones efímeras, intentos que duraban poco tiempo en las condiciones difíciles de las primeras décadas republicanas. Pero estos intentos llevaron a un grupo fundador. Cuando en 1958 se crea Teatro Estudio, hay una clara conciencia en esta Vanguardia teatral —y así lo demuestra su Manifiesto fundador— de que solo investigando en profundidad nuestros modos de “ser” y de “hacer” podríamos llegar a la conformación de una verdadera escena nacional.

Creo que toda la obra de Flora Lauten parte de este impulso que encuentra, como todos sabemos, su escenario natural en la llamada eclosión teatral de los 60. Pero creo también que lo que la hace excepcional en el contexto del Teatro cubano por más de cuatro décadas es, además del talento natural y una voluntad de creación a toda prueba, la indiscutible fidelidad a sus orígenes.

Imagen: La Jiribilla
Berta Martínez y Flora Lauten en Contigo pan y cebolla.
Teatro Estudio, 1964, director Sergio Corrieri
 

Pero CUIDADO: fidelidad para Flora no significa estatismo, subordinación u obediencia a los modelos (de pensamiento o de creación) establecidos. No significa la estéril dicotomía de técnicas, tendencias y sistemas (Stanislavski o Brecht, Grotowski o Creación colectiva, Antropología o folclore), sino todo lo contrario: significa el proceso continuo de investigación y aprendizaje a través de fuentes y experiencias diversas en la búsqueda de un conocimiento renovado de la herencia, la tradición, las continuas mutaciones de una identidad.

Creo que es la clave que explica el teatro de Flora Lauten y la extraordinaria vitalidad de sus espectáculos y su magisterio. Porque, ¿de qué herencia hablaríamos si no fuéramos capaces de renovarla, es decir: experimentar en carne y sangre propias los latidos y tensiones de cada etapa que nos toca vivir?

Actriz de Teatro Estudio en los 60, participante en la experiencia del Grupo Los doce en los finales de la década, en los comienzos de los 70 estrena La Vitrina en Teatro Escambray, funda el Teatro de Comunidades en La Yaya donde escribe y dirige sus piezas y ya en los 80 es la Fidencia de Huelga, texto de Albio Paz y dirección de Santiago García, y poco después la Maestra-directora de La emboscada, puesta en escena con jóvenes estudiantes del ISA y que, sin duda, marca el inicio de un movimiento renovador en la escena cubana de las últimas décadas.

Imagen: La Jiribilla
Raquel Carrió y Flora Lauten imparten un taller en la sede del Buendía
 

Más que una carrera meteórica—como gustan los cintillos sensacionalistas— es un lento batallar con las extrañas paradojas, y los cambios, de una época rica en transformaciones y rupturas. Pero hay siempre un hilo conductor: — “Mi piel es mi país, mi corazón en el centro de mi tierra...”

Son palabras de Flora. Las huellas, las señales, que van dejando Lalita, Cuca, Ana López, Fidencia, la Flora de la película Lucía, y luego las búsquedas empecinadas de una renovación escénica a través de las versiones de El principito, El Lazarillo de Tormes, Lila la mariposa, Electra Garrigó, y Las perlas de tu boca en los 80.

Imagen: La Jiribilla

Personalmente, veo estos años del ISA y de la fundación del Teatro Buendía como el Taller de integración de las artes en que se fraguó, en el tránsito de los años 80 a los 90, una nueva sensibilidad en el tratamiento de la herencia. Para decirlo claramente: una voluntad de ahondar en la memoria secreta, sumergida de nuestra historia para encontrar las metáforas que pudieran nombrarnos.

No importa si se trataba de una obra cubana o de otras latitudes; un clásico o un texto contemporáneo. Importa la manera en que el cubano —resultado de mezclas y cruzamientos de culturas diversas— realiza la apropiación e integración de sus fuentes. Porque no basta decir que nuestro arte es sincrético. En realidad, ¿qué significa este sincretismo más allá de sus formas aparentes y sus rasgos visibles?

Para encontrarlo, no basta el registro de las costumbres, las acciones o los gestos. Hay que investigar de otra manera: buscar, en el cuerpo y el alma del actor, en la memoria secreta y sumergida, los cruces finísimos, los signos ocultos, y las huellas invisibles de una historia vivida.

Sé cuánto de nuestra historia, de nuestra manera de andar y de mirar, cuánto se cuenta sin contar de nuestra vida en las imágenes de La Cándida Eréndida, Otra tempestad, La vida en rosa y Bacantes. Porque el Taller inicial de integración de las artes se fue transformando, cada vez más, en un intenso Laboratorio de imágenes que han recorrido el mundo pero llevan en ellas los secretos, los pequeños rituales, los signos y las huellas de nuestra Iglesita-Teatro de La Habana.

Bastaría la belleza y la profundidad emocional y conceptual de sus espectáculos, o el magisterio ejercido durante años dedicados a la formación de jóvenes actores, directores y técnicos de la escena —es decir, a la trasmisión práctica de nuestra cultura teatral— para merecer el reconocimiento de su obra.

Pero hay algo que me conmueve especialmente en el trabajo de Flora y lo considero su mejor legado: la conciencia de ser parte de ese poderoso movimiento de creación y renovación en su país del que hablé al inicio, un largo y difícil camino por la afirmación de una identidad que no es una foto fija, o una manera única de pensar y de mirar.

Precisamente, por ser un país formado por tanta diversidad, la defensa de su mejor tradición es ese impulso —inscrito en el cuerpo y la sangre del cubano— de libertad, de cambio, y de continua renovación de sus raíces.

De este impulso renovador y liberador está hecha su obra. De allí también su reconocimiento permanente a la obra de los Maestros que la precedieron. Vicente, Raquel, Berta, Roberto, Sergio, Gilda, y muchos más. Sin esa generosidad, sin esa conciencia de pertenecer a una tradición y el empeño de renovarla en cada etapa que nos toca vivir, no se puede enseñar, ni fundar, ni sembrar las semillas de nuevas generaciones que seguirán las huellas de un largo y difícil camino.

Arte fugaz, el teatro se inscribe en la memoria del espectador: en ese instante en que el cuerpo y el alma de la escena, y del actor, logran sembrar en la mirada del espectador la duda, la extrañeza, la evocación o la certeza de ser y de estar.

No importa si las semillas se esparcen por el mundo. Llevan en sí (consciente o inconscientemente) el sentimiento de amor y de justicia de Nuestro experimento. El Laboratorio de Próspero, la Carpa errante del Amor de la Abuela desalmada, las Palabras de Ágave o Las travesuras del Ariel/ Elegguá son parte inseparable de nuestra historia vivida y sentida por más de 40 años.

Gracias, Flora, por tu permanencia y por tu siembra. Gracias por tus trabajos y tus días; por la risa y la profundidad, por la irreverencia y la sorpresa. Pero sobre todo, por tu rebeldía frente a lo caduco o lo estancado; por tu sentido de libertad creativa y tu capacidad de riesgo, porque creo firmemente que son los valores que encarnan la mejor tradición de todos los cubanos.

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2005.

 

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