Vicente...

Se escapó del zoológico, sí

Roxana Pineda • La Habana, Cuba
Foto: Kike

Tengo una imagen muy nítida del terror delicioso que me causó mirar por primera vez la cabeza del monstruo negro. El monstruo, al decir de los actores de la comedia del arte, es ese espacio lleno y vacío que ocupa el público y que el actor, desde el escenario, a veces no ve. No olvidaré nunca esa sensación de pérdida de la noción del tiempo y el espacio, el vértigo concentrado y el deseo de permanecer frente a esa sensación de desvarío intenso. Ese instante se lo debo a Vicente Revuelta. Yo estaba en el Lunes de teatro dedicado al estreno de la versión de Galileo Galilei que otra vez,  bajo la dirección de Vicente, Teatro Estudio estrenaba.

Imagen: La Jiribilla

Creo que era 1985, porque trabajaba en mi proyecto de tesis para graduarme como teatróloga en el Instituto Superior de Arte. Esa visión del hoyo negro me dejó sin dudas: yo quería ser actriz. Ahora mismo estaba entre los “jóvenes inquietos” del Coro que en la nueva puesta en escena de Galileo Galilei acompañarían contradictoriamente a los actores establecidos de Teatro Estudio. Vicente intuyó que esa mezcla podría desentumecer algunos gestos dormidos, y que también podría poner en riesgo la audacia de estos jóvenes que de pronto tenían un espacio de verdad para afirmar sus ganas. La idea no nació así desde el principio, creo yo. (Y todo cuanto aquí registro puede ser puesto en duda, transcribo los efectos de mi memoria, que cual la Historia con mayúscula, a veces selecciona y a veces omite u otras magnifica según le roce el alma).

Era 1984 y éramos un grupo pequeño de estudiantes de Teatrología. Teníamos una ansiedad particular por salirnos de los marcos de la academia y encontrar una experiencia creativa donde poder probar zonas desconocidas, que no se parecieran a los caminos que el panorama teatral nos brindaba. Creo que fui yo quien sugirió buscar a Vicente. Y lo buscamos. Y dijo Sí. Así nació el Taller La Maza, que durante algunos meses trabajó con Vicente en el tabloncillo pequeño de la planta baja de la Casona de Línea. Lo que queríamos era tener delante un buen líder, alguien en quien confiar. Por eso Vicente me pareció, sin conocerlo personalmente, la persona indicada. No era una persona común, tenía un aire de extraña concentración en sí mismo y obviamente no cumplía muchos de los patrones que nos hacen reconocer a una persona “común”. Era extraño y melancólico, y le cubría una aureola que se me antojaba atractiva, imposible de reducir a palabras. Recuerdo mucho sus manos, huesudas, siempre apoyando su discurso con movimientos lánguidos que llegaban hasta el extremo de sus largos dedos. Lo recuerdo mucho con las piernas cruzadas, y la mano apoyada en la barbilla mirando intensa y atentamente lo que cada uno de nosotros hacía. Teníamos entre 22 y 23 años y la mayoría de nosotros nunca se había subido a un escenario y nos formábamos como teóricos del teatro. ¿Por qué estábamos allí con Vicente, encerrados durante horas en ese pequeño espacio, buscando horarios convenientes fuera de nuestros estudios en la Facultad? Yo estaba allí para hacerme preguntas y porque quería robarme parte de la energía de ese ser humano enigmático que era Vicente, yo esperaba recibir de él no una sabiduría del oficio, en esos momentos no me planteaba eso así, lo que esperaba era una mano larga que me obligara a vivir una experiencia.

Las pequeñas cosas a veces encierran los actos más conmovedores. Aprendí a quitarme los zapatos para entrar al lugar de trabajo. Aprendí a limpiar el espacio antes de usarlo y a cuidar la limpieza. Bebíamos té con un líquido mentolado chino que Vicente traía y era delicioso. Una vez que el trabajo comenzaba una atmósfera de silencio se apoderaba del lugar y nadie osaba hacer chistes o romper la lógica de lo que se desarrollaba. Nunca se interrumpía por causas externas. Nadie pedía permiso para ir al baño, había un receso para eso. Nadie llegaba tarde. Nadie preguntaba por qué. Contra la pared, un actor hacía evoluciones y otro de espaldas intentaba adivinar hacia dónde se movía.

En un pequeño recodo Vicente puso una silla, y el que quisiera podía entrar allí y despojarse de alguna de sus prendas mientras revelaba algo esencial para él. El límite era voluntario. Apenas me quité las mallas y temblando hablé de mi padre. No tenía miedo, pero no quería decir o hacer más. Otro día incorporábamos personajes, sin estridencias, desde el sitio. Vicente entró al espacio de pronto y todos comprendimos que una energía extraña lo embargaba. Era él pero no era él. Quedamos mudos cuando comenzó a moverse por el espacio diciendo palabras que no eran suyas. Algo de Vivian Leihg en Lo que el Viento se llevó pude reconocer, era ella, se movía como ella, giraba como ella. De pronto se borraba y ahora era otro que no sabía reconocer y de pronto, en un salto, está delante de una joven a mi lado, y la mira fijo, muy fijo, y ella un poco turbada, no entra en el juego, pero él le habla, la insta a seguirlo, ¡¡¡es Hamlet, claro, es Hamlet que busca a Ofelia!!! Y Ofelia lo echa todo a perder porque es muy joven y se aterra. Se escuchó la bofetada en el rostro de la muchacha que salió disparada del lugar mientras Vicente turbado terminaba muy solo su escena, como el propio Hamlet. Todos teníamos la respiración alterada, pero habíamos presenciado algo inusual. Yo no lo olvidaré, y en mi biografía, los misterios han tejido escenas de otra Ofelia que de buena gana le hubiese respondido.

Las visitas a su apartamento frente a la oficina de intereses de los EE.UU. eran siempre una aventura. Allí, en un pequeño armario ví por primera vez, en fotos, el registro completo de La noche de los asesinos. Y las imágenes que mis ojos percibieron me hablaban de un teatro diferente con actores que movían otra forma de ser en el escenario. Mientras miraba las fotos e imaginaba la puesta de Vicente crecía en mí la preocupación por el cuidado de ese patrimonio, acosado por tantos jóvenes diversos. Sentada sobre un sofá raído miraba el mar azul intenso y escuchaba a Vicente hablar, o leer. Muchas veces nos llevaba a la Cinemateca como parte de los estudios del Taller. Y  me parece recordar que, en algún momento, hicimos un ejercicio de silencio durante todo un día que incluyó una visita a la Cinemateca.

Sin darme cuenta, he guardado para mí algunos recursos del oficio que aprendí con Vicente. Son esos detalles que se aprenden de un maestro como algo natural y que, diminutos, ofrecen sin embargo un hacer preciso. Nunca me aprendo un texto en voz alta. Se vician las intenciones, se congela en todos los clichés conocidos antes de descubrir un sentido inteligente o las posibilidades que el texto propicia. En silencio primero. Vicente también recomendaba practicar el texto una vez aprendido de memoria en todas las circunstancias cotidianas en que uno se encontrara: en la calle, en una cafetería, con el novio, en la taquilla del cine, “no importa si creen que estás loco”, decía.  Fue la primera vez que escuché hablar de resonadores, y la primera vez que lo practiqué, también el ohm, que iba cargado de una zona de misterio que nos hacía viajar más hondo.

La relación no era la de un profesor de escuela que enseña una materia, era la del maestro que se hace cargo del futuro del discípulo. Y ahí nacía el problema. Una verdadera relación maestro/discípulo implica una responsabilidad de dos, y una actitud de entrega, de elección. A veces he pensado que Vicente no encontró sus discípulos, o que en el camino, las relaciones que proponía eran tan poco comunes que algunos se asustaban o lo creían absurdo.

Las conversaciones formaban parte de ese magisterio informal. Ahora me pregunto qué encontraba Vicente allí para permanecer con nosotros sin aburrirse del todo. Lo recuerdo recordando su niñez, su habilidad para dibujar, su atractivo por la historieta de Tarzán, por las formas del protagonista. Lo recuerdo hablando de una niña que se decía su novia, muy limpia y correcta. Recordaba la rectitud de su madre. Y, a veces, entraba en un mutismo que todos respetaban y daba miedo. Pero a decir verdad la imagen que guardo de aquellos días es de alegría. Vicente enseñaba de soslayo, de soslayo aprendías a quererlo y de soslayo él mostraba su amor. A veces también estaba deprimido, a veces el mundo no le parecía tan cómodo o las personas ya no lucían igual, el piso temblaba y entonces había que ausentarse un poco hasta que la desilusión pasara.

Me dijo que los mejores objetos son los que aparentemente no sirven, esos que cualquiera echaría de su casa, gastados y viejos. Y los mejores perros los callejeros, son más inteligentes y cariñosos. Algún perro ví con él. No lo recuerdo comiendo, solo tomando té. Como si la comida o el interés de alimentarse estuviese en otro sitio más mundano. Años después, cuando ya estaba yo en Santa Clara e iniciábamos el trabajo en el grupo, lo encontré en el ISA y su preocupación mayor era si nos alimentábamos bien, y después de preguntarme por el trabajo me aconsejó que cuidásemos la alimentación porque con tanto training había que alimentarse. Era 1992 y él estaba muy flaco.

Nuestro idilio con Vicente se vio interrumpido por la orden que recibió de montar una obra en Teatro Estudio. Era necesario, dijo. Y no quería dejarnos. Entonces nos propuso que nos insertáramos en el proceso de Galileo Galilei para el que pensaba hacer un trabajo de reposición que incluía algunos cambios. No sé si lo tuvo tan claro desde el principio, pero los ojos le brillaban tentando esa nueva apertura. Como ya daba clases en el ISA llamó también a su grupo de actores con los que daba clases de actuación. Y así, sin quererlo, murió nuestro hermoso Taller.

En esa misma pequeña salita de la Casona nos encontrábamos con los actores de Teatro Estudio para intercambiar visiones. A veces trabajábamos por separado y Vicente nos explicaba lo que quería del Coro de jóvenes. Yo creo que en silencio, él también sabía lo que pensaba de ese Coro supuestamente transgresor. Para nosotros era algo especial el hecho de vernos envueltos en aquella aventura, pero pronto las cosas, para mí, dejaron de ser totalmente interesantes y percibí que para muchos se trataba de la simple oportunidad de aparecer en el escenario con figuras reconocidas. No creo que todos estuviéramos preparados para asimilar o responder lo que nos estaba proponiendo Vicente, y así, la trampa fue doble. Tuve que tomar una decisión y con tristeza, decidí retirarme del proceso. Tenía un argumento preciso, estaba preparando mi tesis y necesitaba todo el tiempo. Pero no fue cierto. Miraba las funciones con dolor y nostalgia, y me imaginaba haciendo Señora Sarti, que era el personaje que asumía en los ensayos en la Casona.

Recuerdo uno en especial, en el que Vicente nos orientó asumir el personaje que más nos interesara de la pieza, pero sin decirlo a nadie. Con ese personaje salimos todos a la calle, literalmente a la calle, e interactuábamos con la gente y entre nosotros. Nos sentamos en el Carmelo y la gente reía y se asombraba sin saber qué hacer o decir. Era una feria de sujetos raros que deambulaban por la calle Línea haciendo y diciendo cosas que nadie comprendía bien. Allí, alguien me miró y asombrada me dijo: “¡Tienes mucha fuerza, debías ser actriz!”

Unos tres años después, durante la primera visita de Eugenio Barba a Cuba, cociné para Eugenio y todos los talleristas que bajo la mirada de Helmo Hernández Trejo y durante varios largos meses experimentábamos en la Facultad de Artes Escénicas. Allí estaba Vicente. Como siempre fuera, como en una burbuja, como mirando desde lejos para ver mejor. Me senté a su lado y me tomó la mano y me dijo: “Tú deberías ser actriz de cine; sí, de verdad, te transformas tanto…”

En Camagüey, en uno de sus festivales, hacíamos una visita a la fábrica de cerveza Tínima, y un guía explicaba el proceso de confección de la cerveza. Entramos a la cámara de refrigeración donde se guardaba creo que el lúpulo, y era verdaderamente fría. Vicente había estado muy callado en el recorrido, con ese mutismo inquietante que lo caracterizaba. En el camino de regreso al hotel, y sin transiciones, nos dijo: “¿Por qué no montamos aquí mismo Blacanieves y los siete enanitos?” Y comenzó a repartir los personajes. Uno siempre dudaba si eso era un juego o si estaba hablando en serio, porque yo en aquel momento estaba dispuesta a creer que podíamos, efectivamente, comenzar a montar Blancanieves… Recuerdo perfectamente quién sería la bruja, y recuerdo quién sería él, pero no lo diré. La visita a la fábrica, al parecer, lo puso a pensar, y también comenzó a descubrir qué animal era cada uno de nosotros. Recuerdo que me bautizó con un conejo.

A veces lo miro y siento deseos de llorar. Sin explicaciones, siento deseos de abrazarlo y protegerlo, aunque sé que él bien podría proteger a unos cuantos. Cuando despedíamos a Eugenio en el sótano de la iglesia de Flora fuimos testigos de otro alumbramiento de Vicente, esas oleadas que le venían de no sé qué parte de su alma y lo hacían volverse algo descomunal, impactante… dolorosamente impactante. Tanta gente hablando y tanta gente alrededor de Eugenio. Vicente estaba sentado a su lado por orden expresa de Eugenio. Y se sacó del cuello un collar hecho de cuentas de papel periódico y le contó que lo hacía su padre, y se lo regaló. También traía un pedazo de tela como verde olivo, muy vieja y maltratada donde pendían la mar de condecoraciones, estrellitas, medallas de todo tamaño, forma y color, rusas, cubanas… Esas eran sus joyas… Y las mostró… Y las regaló… Él, tan inmenso en su humanidad, sintió que no era suficiente, e invitó a uno de esos jóvenes a interpretar una escena de El cuento del zoológico, pero el joven, que sí era un común mortal, no comprendió ese gesto y respondió que solo se sabía uno de los personajes y era el mismo que Vicente siempre interpretó, pero Vicente, sin darle tiempo le dijo: “No importa, yo hago cualquiera de los dos”. Claro que no pudo hacerlo. Pobre muchacho que temblaba. En momentos así hace falta más que una buena memoria y una buena voz. Es el  trance del espíritu y una dimensión que se ensancha y necesita otro tiempo. Y Vicente transitaba ahora esa energía en la que ya no es posible echarse atrás. Entonces, sabiéndose solo, lanzó el reloj al aire y dijo con aquella voz: “Ah, el tiempo…” Y el tiempo se detuvo, sí, se detuvo. Lástima que todos no lo pudieron percibir. Yo sí, estaba allí frente a él y ví sus ojos perdidos cuando comenzó a cantar si yo tuviera un corazón, el corazón que di, si yo pudiera como ayer… Era tan fuerte y tan débil al mismo tiempo, tan grande y tan pequeñito. Estaba entregando su patrimonio más sagrado en un acto de desprendimiento oscuro y lúcido. Yo me sentí las lágrimas y por suerte muchos rieron y creyeron que se trataba de una payasada. Después se sentó muy quieto y yo me senté en sus piernas y lo acaricié, porque sabía que estaba cansado.

¿Qué decir que pueda ser interesante? Nada. He tenido la dicha de conocerlo y sentir que en algún momento le inspiré cariño. Ahora el río ha corrido mucho bajo el puente. Lo miro desde lejos, pregunto por él, le sigo las señas. Y me conmueve encontrarlo, verlo caminar entre la gente indiferente, casi sarcástico. Me conmueve leer que ahora solo es un espectador, y sé que es mentira, porque aún cuando solo deambule por nuestros teatros su presencia es imponente, su presencia es retadora. Él ha abierto una puerta que ya no podrá cerrarse nunca más, por más tormentas que vengan, por más mediocridades que nos impongan, por más dogmatismos que temporalmente imperen, el camino de las preguntas, el vado de la curiosidad y la experimentación, lanzarse a la búsqueda de otros juegos, no dejarse amordazar por lo bien hecho o el traje bien planchado, soñar, ilusionarse y tropezar, pero siempre con ojos de niño inquieto que no hace los deberes. Esa puerta está abierta. El la abrió para nosotros todos. Allá el que quiera quedarse del lado de acá durmiendo la siesta. Yo prefiero husmear tras la puerta para descubrir qué hay detrás de ella.

Siempre he querido que venga a Santa Clara, pero claro, si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar… Ahora recuerdo una vez en Camagüey, él era del Jurado, no sé si presidente. Yo me presenté con Piel de Violetas en la horrible sala Tassende a las 11 de la noche. Imagino los comentarios. Al día siguiente se salió de sus funciones y vino y me abrazó en un largo abrazo y solo me dijo: “Gracias”.

Siempre lo escuché decir que estaba un poco arrepentido de no haberse ido con el Living Theater, tenía la duda de que aquel hubiese sido su camino. También el entusiasmo que le embargó con la entrevista que le concedió Gérard Philip y su deserción de lo que hubiese significado una experiencia intensa. Cuando hablaba de su viaje a Italia, del descubrimiento del marxismo, de Titón y Julio García Espinosa, que de todas formas siguieron por otro camino que él no pudo, también por falta de recursos…

Siempre decimos que nadie es imprescindible, y es verdad, pero es mentira, si se hubiese ido el vacío hubiese sido inmenso, no habría cómo preguntarse por qué ni habría cómo defenderse de los ataques de los que quieren a ratos ser los dueños de la verdad. Por suerte Vicente no se fue, por suerte siguió con nosotros destruyendo certezas. Y la grandeza de su obra puede aquilatarse mejor si pensamos qué hubiese sido si Vicente se hubiese ido y no hubiese revuelto nuestra jungla.

Ahora lo recuerdo sentado en el piso de madera de la sala Hubert D´ Blanck; es Galileo, yo soy Señora Sarti y traigo un cántaro de leche en la escena de la peste. Es Lunes de teatro. El Coro aparece como una provocación. Será un suceso. Veo a Vicente, ajeno a todo, sin zapatos, con sus pies tan largos, sintiendo el calor de las velas encendidas en la rueda de madera vieja. Ha pedido que le peguen las velas porque le gusta esa imagen de sus pies desnudos tentando el fuego…

Así lo quiero recordar. El maestro tirado en el piso junto con sus jóvenes irreverentes, pidiendo calor para sus pies desnudos. Me pregunto cuántos de esos jóvenes han hecho suyo ese calor. Me pregunto cuánto de esa energía me llegó de soslayo y renuevo hoy en mi manera de permanecer inquieta.

Ahora mismo solo quisiera abrazarlo.

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