Mario Balmaseda:

Columna de luz

Gerardo Fulleda León • La Habana, Cuba

Pocos nombres en nuestra escena contemporánea tienen ese hálito de leyenda viva que suscita el de Mario Balmaseda, hombre de dos siglos, sin lugar a dudas ha sabido poco a poco y a base de talento ganarse ese sitial que muchos anhelan alcanzar.

Imagen: La Jiribilla
Mario Balmaseda en el Carillón del Kremlin

 

Nunca pensé que aquel jovencito esbelto e introvertido al que conocí, en mis años de bachillerato, en una fiesta en casa de las hermanas Anadría y Nersa Luisa Caballero y que, teniendo ya sus preocupaciones literarias que le han acompañado siempre, traía bajo su brazo el primer disco de Elena Burke, donde por cierto ella cantaba un  “Marea Baja”, de antología; iba a ser el mismo que un día, algunos meses después,  me toparía en una función de aficionados haciendo un pescador, su primer rol en escena, en Los fusiles de la madre Carrar, de Bertolt Brecht, dirigido por Chucho Hernández, en aquella avanzada de teatro popular que se llamaba Extensión Teatral. Pero mayor sería mi asombro, pues como todo un adelantado, estaba entre los primeros siempre, al hallarlo vestido de miliciano entre los alumnos del Seminario de dramaturgia del CNC, que cobijaba en el Teatro Nacional de la Plaza de la Revolución, la poeta y ensayista Mirta Aguirre. Antesala este del mítico Seminario de Osvaldo Dragún y Luisa Josefina Hernández.

Allí se destacó con sus obras Fila de sombras, El último agosto y Permiso para casarme, estrenada  esta última en las Brigadas Covarrubias donde comenzó a perfilarse su interés, en serio, por la actuación dramática. Y tanto  así fue que luego profundizó sus estudios teatrales en la entonces República Democrática Alemana.

Mario, pudo optar por ser dramaturgo, soldado —había estudiado en una academia militar en su pubertad—, o payaso —una afición desde su infancia por los circos que pocos le conocen— pero optó quizá por la más riesgosa de todas las posibles profesiones: la de actor.

No obstante, a esta ha sabido llevar como credo el afán de indagación de un dramaturgo, la disciplina y el rigor de un soldado y el carisma de un hombre de circo.

 Versátil, apasionado y lúcido creador. En las cerca de 30 obras de teatro en que ha actuado, Mario ha dado muestras de una tenacidad y desbordada imaginación y un rigor expresivo poco común, gracias a lo cual nos ha regalado interpretaciones memorables como el Lenin de El Carrillón del Kremlin, de Nicolai Pogodin; el Bolívar de Humboldt y Bolívar, de Claus Hammond; el Dimitrov de El rojo y el pardo, de Ivan Rodoev, plenos de  singularidades y de ese toque de humanismo  con el que sabe expresar y diferenciar sus roles.

Capaz a su vez de animar con sutilezas al Manolo de Mi socio Manolo, de Eugenio Hernández Espinosa, sin caer en estereotipos o maniqueísmos populistas, desempeño por el cual ganara uno de los múltiples galardones que ha recibido en vida como actor, en un Festival de Teatro de Camagüey. O su controvertido protagónico en Alto Riesgo, también de Hernández que legara una vibrante caracterización a las tablas.

Sus innumerables puestas en escena  como director  han tenido esa sabiduría de lo meditado, pero transformado en dinamismo y vitalidad teatral y humana. Bastaría con citar su Andoba, de Abraham Rodríguez, ese clásico de la dramaturgia contemporánea, que ha quedado como un icono a la hora de la representación de lo popular. Él  ha sabido siempre encontrar en sus puestas en escenas el ángulo novedoso, la percepción social adecuada que, unido a su gran talento como artista, le ha servido para expresar lo mejor de su técnica actoral para conmovernos desde el teatro, el cine o la televisión.

Sería injusto no hablar ahora del Mario Balmaseda actor de cine y TV, pues él es de los que ha dignificado y ayudado a enaltecer entre nosotros, con su presencia en estos medios, el arte de la interpretación escénica. En su más de 15 filmes realizados entre los que se destacan sobremanera su trabajo en Los días del agua bajo la dirección de Manuel Octavio Gómez; De cierta manera, de Sara Gómez; La última cena, de Tomás Gutiérrez Alea, y ese Antonio, legendario y vivo como un contemporáneo en Baraguá, de José Massip; siempre  ha logrado personajes contradictorios y cercanos a nuestra sensibilidad en la pantalla grande, para nuestro disfrute.

En la pequeña pantalla su aporte interpretativo en muchos programas como Un bolero para Eduardo, La gran invasión y otros tantos podría resumirse si nos referimos a su desempeño, junto al otro laureado, esta noche: Sergio Corrieri, en la serie televisiva En silencio ha tenido que ser. Esta serie  ha acaparado la admiración de todos siempre que se ha exhibido. En ella ambos dan lo mejor de sí, que es mucho, en el arte de la interpretación escénica. David y Reinier  nos acompañarán de por vida en el imaginario televisivo.

No quiero agotarles con más enumeraciones, ni enrojecer al amigo Mario Balmaseda. Pero quisiera tan solo confesarle a este último que no voy a olvidar nunca sus cambios de dinámicas y ritmos, sus tonalidades en la voz y los gestos en aquel Lenin que noche tras noche vimos muchos en el Mella como una clase magistral de actuación; ni a aquel personaje menor en  Divinas palabras, de Ramón del Valle-Inclán, bajo la tutela de Roberto Blanco, donde este señor actor moviendo una cinta, como  a un supuesto perro, le daba vida a nuestra imaginación y a la de cientos de espectadores. Solo me queda  ahora asumir como mías, no lo podría decir mejor, las palabras de la poetisa Nancy Morejón: “la columna de luz que ha plantado en el seno de nuestras tablas el nombre de Mario Balmaseda”, lo hace merecedor de este galardón. Felicidades, Mario.

 

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