Sergio Corrieri:

Hacer y pensar el teatro

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

En unos breves fragmentos de un diario íntimo rescatado por la antropóloga Laurette Sejourné, Sergio Corrieri describía en una prosa escueta y aparentemente distanciada, el enorme desamparo, que a pesar de su ya larga trayectoria, todavía en plena juventud, sintió al llegar al Escambray. Allí se encontraban dos culturas, y se trataba nuevamente de hacer y pensar en el teatro, para reinventar ese espectador instalado en lo que Roberto Fernández Retamar llamó la otra cara de la luna, la cultura campesina, sumergida, y de saltar al vacío, romper con los hábitos adquiridos, abandonar cualquier intento de paternalismo, imponerse un rigor extraordinario e intentar redescubrir y reinventar el mundo.

Imagen: La Jiribilla

A pesar del desamparo, el trabajo tenaz, sistemático y las sucesivas experiencias condujeron en tres años, entre 1968 y 1971, a la cristalización del primer proyecto teatral nacido integralmente de esa experiencia. Desde la distancia muchos hablaban de un teatro que asumía un recetario gastado; yo también dudé cuando por primera vez vinieron a hablarme del proyecto y sin embargo aquella noche del estreno de La vitrina, sentada sobre la hierba húmeda, empecé a entender. Toda la experiencia profesional acumulada por aquel grupo de actores que se lanzaron  a la aventura, estaba cuajando en un lenguaje escénico que se avenía a las circunstancias, a los imperativos de la locación y al establecimiento de un diálogo con aquel público, en aquellos instantes efímeros de la función para actores y para espectadores se estaba poniendo en juego la vida o más y eso es, quizás, la más alta expresión del teatro.

Sergio Corrieri había venido ya de muy atrás, y de algún modo sintetizaba en aquella nueva ruptura una tradición de nuestro teatro hecha de continuidad y rupturas sucesivas. En los años 50, siendo todavía un  adolescente, desempeñó múltiples papeles y llevó a cabo un aprendizaje a través de directores distintos, a veces  contradictorios. Así pasó por Francisco Morín y por Paco Alfonso, o por Erick Santamaría; pero también experimentó en aquel otro centro de cristalización de la vida teatral que fue Teatro Universitario, y de repente, con toda esa experiencia acumulada, da el primer gran salto.

Aquel joven, muy joven, había entrado a formar parte de los fundadores de Teatro Estudio. Firmante del manifiesto del grupo, fue también actor de esa inolvidable puesta de El viaje de un largo día hacia la noche, la gran carta de presentación de Teatro Estudio, y allí también se estaba haciendo y pensando en teatro, desempeñando una praxis y a la vez planteándose los problemas de la función de ese arte, de la relación entre teatro y sociedad, de la relación entre la creación teatral y su público. Allí también se recogían otras fuentes de la tradición, las fuentes de un pensamiento que había venido de todas partes, que vino de Stanislavski, que estuvo en los debates de la Sección de Teatro de Nuestro Tiempo, y en las publicaciones que entonces se hicieron. Y en Teatro Estudio recibió, desde luego, el magisterio singular de Vicente Revuelta.

Con el triunfo de la Revolución, el trabajo intenso hizo que las noches desaparecieran detrás de los días, y vinieron las múltiples puestas en escena en la sala Ñico López, de Marianao, donde Sergio Corrieri además de actor se fue haciendo director; y vino luego a esta sala Hubert de Blanck donde ahora nos encontramos, el teatro Mella, con la realización de un extensísimo repertorio que incluía a los clásicos como Fuenteovejuna, a los clásicos de  la modernidad como podían ser Chejov y Arthur Miller, a la vanguardia como podía ser, Albee y Maiakovski, en teatro de bolsillo y en teatro para numerosos espectadores. Y también vino entonces la irrupción de Brecht: otro modo de hacer y de pensar el teatro, una irrupción en la que Sergio participó desde El alma buena de Se Chuán hasta El círculo de tiza caucasiano, y Madre Coraje y sus hijos. Brecht, efectivamente, no nos traía solo un repertorio sin precedente, sino que también nos invitaba a todos, como ocurrió en aquellos años, a repensar el teatro y a repensarlo en función de nuestras necesidades.

Con todo ello se estaba preparando el terreno para ese otro gran salto que fue el Teatro Escambray. Y si primero las búsquedas de nuestra escena habían convergido con la tradición nacional y con los mejores logros de la tradición internacional, ahora, sin saberlo, en las búsquedas del Escambray se estaba convergiendo también con lo que hacían en otras partes de América Latina, con las transformaciones que se estaban llevando a cabo en una zona imprescindible del teatro latinoamericano.

Sergio Corrieri, además de fundador del Teatro Estudio y del Teatro Escambray, fue también fundador del cine cubano de la Revolución, desde aquellos primeros intentos de Cuba 58 hasta la obra mayor de Tomás Gutiérrez Alea, Memorias del subdesarrollo, pasando por Mella, por El hombre de Maisinicú hasta llegar alrededor de 14 películas cubanas, y sin renunciar cuando fue ocasión para ello, como se ha dicho aquí, a participar en la televisión cubana en un serial que permanece vivo en la memoria popular.

Sergio Corrieri también, al hacer y pensar en teatro, llevó su línea de desarrollo pasando a través de los grandes debates de la década del 60. Arte y sociedad, revolución y cultura, el papel crítico de la creación artística: todos esos temas recorrieron la época y condujeron nuevamente a repensar el teatro para seguir haciendo. El Teatro Escambray asumió desde su fundación, desde su origen, ese papel crítico y a la vez responsable que tantos intelectuales, de dentro y fuera de Cuba, reclamábamos desde la década del 60. Y ese papel crítico ha sido, y se ha constituido, en una tradición para ese grupo que permanece.

Actor, director, pensador de teatro, Sergio Corrieri, el premio que hoy se te entrega ratifica lo que la historia ha reconocido ya, lo que el agradecimiento de todos te debe, ratifica, además, principios  que por ser fundadores son a la vez principios inexpulsables del teatro cubano; el compromiso responsable con el espectador, el rigor y el rechazo al facilismo y al populismo, el ejercicio de la crítica y la apertura de camino para el autorreconocimiento de todos en ese proceso de creación privilegiado en el que participan los que sientan, los que hacen y también los espectadores que están presentes.

Sergio Corrieri, ¡gracias por todo!

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