René de la Cruz:

La base de todo actor es el teatro

Mag Luis • La Habana, Cuba

Este Premio significa mucho para mí, pues es el reconocimiento a más de 60 años de trabajo, que se dicen fácil, pero que han sido muy difíciles de recorrer. Agradezco al Jurado y también al pueblo cubano que tanto apoyo espiritual me ha ofrecido siempre”, aseguró en exclusiva el actor y director teatral René de la Cruz, Premio Nacional de Teatro del año 2006 junto a María Elena Molinet, René Fernández y Eduardo Pascual.

Imagen: La Jiribilla

Con 60 años de carrera artística y 75 de vida, el destacado actor de cine, televisión, radio y teatro, reconocido por sus numerosos proyectos escénicos y cinematográficos, dijo además sentirse “muy bien, muy contento y muy satisfecho con lo que he hecho hasta ahora”. Jubilado actualmente aunque “no retirado porque todavía interpreto algunos papeles, comoquiera que no sean de la envergadura de Julito el pescador o alguno de esos otros del cine”, René de la Cruz ha sido merecedor igualmente de la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier y la Raúl Gómez García, y el Premio Nacional de la Televisión por la Obra de Toda la Vida y su significación en la televisión cubana, en 2006. Ostenta asimismo varios reconocimientos otorgados por los órganos de la Seguridad del Estado, la condición de Hijo Ilustre de la ciudad de Sancti Spíritus, el Premio al Mejor Actor en el Festival Internacional de Cine de Cartagena en 1990 y también, ¿por qué no?, Machetero Millonario en la histórica zafra de 1970.

Las insuperables carencias económicas típicas de los campesinos cubanos antes del triunfo revolucionario del primero de enero de 1959, hicieron posible que René de la Cruz emprendiera el camino que seguían casi todos los jóvenes de su generación: “Venir para La Habana en busca de mayor solvencia económica no solo para mí, sino también para mi familia”. Atrás, relata, quedaba el campo donde había vivido con “un poquito de camisa, un poquito de pantalón y casi nunca zapatos. Antes de venir para La Habana lo único que había hecho en mi vida, cuando todavía no levantaba dos cuartas del suelo como dice la gente, fueron las labores del campo. Es decir, fui campesino y todavía sigo siéndolo”.

Una vez en la capital “encontré trabajo en una tintorería, donde planchaba. Para suerte mía el hermano del dueño de la tintorería era actor de radio, de la COCO y un día me dijo: «ven conmigo para que veas cómo se hace un programa». Después de esa primera vez fui tres o cuatro veces más, siempre acompañado por ese amigo. Sucedió que en una ocasión faltó un actor del programa Sucesos de aquí y de allá, y el Director del espacio me dijo: «léete esto». Lo leí y evidentemente gusto la manera en que lo hice”.

Asegura René que a la semana siguiente “ya me asignaron un papel y me quedé fijo en ese programa”. Por el desempeño de esa labor no cobraba un centavo, “era un trabajo que realizaba de gratis. Pero estaba bien y empecé a sentir que me gustaba aquello, que me gustaba la actuación. La COCO era, como muchas de entonces, una emisora radial de muy poco alcance. Estaba situada en Virtudes y Manrique, ahora Municipio Centro Habana, y solo llegaba hasta la zona del río Almendares, más o menos. Después pasé a Cadena Oriental de Radio, posteriormente a Cadena Azul y, finalmente, a la CMQ, el sueño dorado de todo actor de radio. Esa sí era una emisora de alcance nacional, de gran prestigio, a la que aspiraban llegar todos los actores de aquel entonces”.

“El problema de la radio era, y a mi juicio sigue siendo, saber leer muy bien. Yo tenía segundo grado de escolaridad. Pero fíjate si comenzó a gustarme la actuación, tenía tanto interés en ella, se me adentró tanto la idea de ser actor, que llegaba al estudio antes que nadie y cogía el libreto y empezaba a deletrear cada palabra y así poco a poco hasta que lo leía de corrido porque me lo había aprendido de memoria. Cuando me paraba delante del micrófono era un «león», no me equivocaba ni una sola vez. La gente creía que yo estaba leyendo y muchas veces me elogiaban. Nunca se enteraron que tenía solo un segundo grado cursado en una escuela pública y, para olmos, del campo, donde malamente te enseñaban el abecedario y a escribir tu nombre.

Imagen: La Jiribilla

“Así comencé a ser actor, como aficionado, sin abandonar mi trabajo en la tintorería. Para suerte mía los programas comenzaban a grabarse después de las doce de la noche y a las ocho de la mañana ya yo tenía que estar levantando la plancha. Estando en la radio comencé a involucrarme en el teatro al que llegué también a través de un amigo. Donde primero hice teatro fue en la Artística Gallega, en La Habana Vieja. Para el teatro sí me superé un poco a través de un cursito de unos meses por el que pagaba cinco pesos mensuales. En ese curso aprendí algunos elementos básicos de actuación, lo demás lo iba poniendo yo”.

Después de haber recorrido la radio, el teatro, la televisión y cine y haber conquistado innumerables premios y reconocimientos, el destacado actor asegura que no se quedaría con ninguno de ellos, sino con el campo, “porque es más cómodo y no tienes compromiso ninguno. El único compromiso es trabajar y hacerlo bien, mientras el cine, la radio, la televisión y el teatro, y el arte en general, son muy comprometidos, al menos para quien los toma en serio. Yo lo tomé muy en serio y, aunque me acostado casi la vida, me siento orgulloso, satisfecho y muy contento de lo que hecho hasta ahora”.

“Quisiera que los actuales jóvenes actores trabajaran tanto como lo hice yo. También pertenezco a otra época en la que había mucho trabajo. Estaban abiertas todas las salas: Campoamor, el Payret, Arlequín… Es decir, que había muchos teatros y ello permitía que los jóvenes se desarrollaran más. Reconozco que en estos momentos la situación del país es muy difícil y los pocos recursos con que contamos hay que destinarlos a otras ramas mucho más importantes, mucho más necesarias, como la salud, la educación. Hacer una película, un programa televisivo es algo muy costoso. Es una realidad insoslayable que no podemos ocultar. Considero que en el pupitre del Instituto Superior de Arte o de cualquier centro de superación actoral se aprende la teoría, pero es ese enfrentamiento directo con el público lo que verdaderamente forma al actor. La base de todo actor es el teatro, es lo que conforma todo para después hacer cine, radio y televisión. Hasta hace poco estuve haciendo teatro. Mi vida la he dedicado al teatro, al menos la parte que me quedó de la de campesino, de la de tintorero”.

Hace más de 10 años se exhibió en la televisión cubana la serie “Julito, el pescador”. No son pocos los cubanos, y posiblemente más allá de nuestras fronteras, que continúan identificándolo con ese personaje, que representó mucho en su vida personal y profesional: “Fue la culminación de un trabajo realizado durante largo tiempo. Hacía años venía desempeñando papeles en la televisión y de buenas a primeras se presenta “Julito, el pescador”, que fue el colofón de toda mi carrera artística. Todavía quiero mucho a ese personaje y todavía continua significando mucho en mi personal y profesional. Junto con el personaje quiero mucho al escritor y al director de la serie, así como también al verdadero Julito. Se llama Juan Saíz y es mi gran amigo actualmente y debo reconocer que me ayudó mucho. Yo no sabía nada de pesquería, no sabía ni siquiera remar. Él me enseñó a pescar y a dominar por completo un pez y hasta un bote. Sacar un pez grande del agua resulta muy difícil, tuve que estudiar y practicar mucho.

“Cuando interpreté “Julito, el pescador” solo tenía del personaje su parte humana. Esa parte la traía conmigo del campo, donde aprendí a ser más humano. Lo demás me lo enseñó Saíz y por ello y por su amistad sincera, le estaré siempre muy agradecido”.   

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