Armando Suárez del Villar: un Maestro de vida

De alguna manera, todos hemos sido sus alumnos. Parte o no del mundo teatral, quienes lo conocen han recibido, a través de su personalidad, un eco de la memoria escénica cubana, a la que él devolvió el nombre de un dramaturgo olvidado y aportó, desde el magisterio, tantos rostros que hoy siguen admirándole. Le tocó, ya se ve desde su estatura, no pasar inadvertido, aunque en su existencia haya habido quienes se empeñaron en alejarlo a veces de los primeros planos. Ha hecho el teatro que quisiera que tuviéramos, y en esos empeños que unen herencia bufa, teatro musical, drama y humor de la colonia hasta gestos más contemporáneos; deja una imagen de sí que por suerte ha recibido ahora, tras larga espera, el Premio Nacional de Teatro.

Imagen: La Jiribilla

Su padre quiso que fuera científico. Pero en el Ateneo de su ciudad natal, Armando Suárez del Villar eligió otro destino. Ser consecuente con esa fórmula de vida le ha costado no poco, pero él es de las escasas personas que conozco que no se detiene en la queja vana, la misma que a tantos talentos cortó alas y manos. En los años 60, bajo el influjo de los Panelo, se unió a la aventura de un Centro Dramático donde rescató obras como Los Cheverones, y llamó la atención por su talento. Improvisó a partir de La visita de la vieja dama un espectáculo que nunca llegaría al estreno, y en el cual se aventuraba con la estética del teatro de vanguardia. Acaso era una señal demasiado obvia de los riesgos que hubiera propuesto, y tal vez por eso mismo se le alejó de los teatros, para confinarlo a la experiencia de la UMAP. He conocido a algunos que de esas y otras experiencias funestas han querido levantar mitos. Armando Suárez del Villar, sumando los recuerdos de aquellos tiempos, se empecinó en levantar una obra. He ahí una diferencia esencial.

En La Habana, junto a Antón Arrufat y en Teatro Estudio, apartó del polvo a Joaquín Lorenzo Luaces. Si me deslumbro siempre ante sonetos de este autor, tan perfectos como “La muerte de la bacante”, o “La salida del cafetal”; cómo no agradecerle que a más de un siglo, Suárez lograra convencernos de lo que sus contemporáneos negaron al dramaturgo gozoso de “La escuela de los parientes” y “El becerro de oro”. Antón lo ha dicho: a Luaces debemos la certeza de que, españolismos aparte, el idioma teatral que se hablaba en la Isla de aquel tiempo ya era cubano, ya era una identidad que podía subir a escalas de risa y conflicto. Eso también es cosa debida a este géminis empecinado que es Armando Suárez del Villar.

Por esos montajes suyos desfilaron actores relevantes, noveles y experimentados. Eduardo Vergara, Adolfo Llauradó, Miriam Learra, Raquel Revuelta, Patricio Wood, Hilario Peña… tantos hasta hoy. Mónica Guffanti se enlazó a él para aquellos espectáculos en los que recomponía el pasado de las letras dramáticas en Cuba no como volúmenes de pesarosa consulta, sino como tejido en la escena misma: “Baltasar” o “El conde Alarcos”. No conozco a nadie que, tras haber visto su puesta en escena de “La reina de las flores”, primorosamente diseñada por Raúl Oliva, no tenga un elogio para aquel espectáculo. Roberto Blanco, Aramís Delgado, Vicente Revuelta: otros nombres a los que sumó a sus elencos, antes de dirigir la mirada a la ópera y la zarzuela, donde también dejó marcadas sus iniciales.

En estos últimos días, durante los ensayos finales de Josefina la Viajera, Osvaldo Doimeadiós, uno de sus alumnos más devotos, me ha ayudado a pensar en Suárez del Villar, calibrando sus posibles reacciones, sus carcajadas, sus comentarios irónicos e imborrables, ante el estreno inminente. Sus anécdotas son sabrosas y forman parte ya de la antología secreta del teatro cubano: ¿no fue él quien estremeció con un sonoro monosílabo a un actor empecinado en convencernos de la virilidad de su personaje? Va, como Estorino, a verlo casi todo. Terminada una función, no duda en dar una nota a quien alguna vez fuera discípulo suyo, con la franqueza y severidad con la cual lo hacía en el aula de clases, allá en la sufrida e inacabada Facultad de Artes Escénicas del ISA. Se ha hecho digno de cariño también a través de sus alumnos, siendo él mismo un maestro constante, un ejercicio del saber enseñar persistentemente. La memoria teatral es ingrata, y por desgracia, los propios teatristas pueden serlo más. Recordar ahora algunos de sus actos más loables es solo una manera de recuperarlo, como alguna vez hizo con el Luaces mismo, para recapacitar sobre el brillo de determinada entrega. Por la esencia sin la cual una vida, teatral y no teatral, debe ser homenajeada.

Tampoco le gustan los homenajes. Compadezco a los periodistas y enterradores en vida que traten de capturarlo para entrevistas y tributos pre-funerales. Se reirá de ellos y escapará. Inventará una salida teatral —como lo fueron aquellos días de lucha alrededor de Los siete contra Tebas: un mito que él desató. Estará en el abrazo de quienes lo queremos y provocamos, de quienes lo acompañamos en funciones a veces insoportables, y nos alegramos con su propia risa cuando el talento de veras cubre el escenario y el teatro vuelve a esperanzarnos. Hace un año le pedí que viviera hasta este enero, para alcanzar el día en que tal vez este premio le llegara. Ha vivido para eso y para más, para simplemente hacernos saberlo vivo. A punto de romper el récord de nominaciones para este galardón, al fin es suyo. Maestro en vida, nos enseñará cómo no adormilarse en esos laureles. En La Habana, en Cienfuegos, todavía tendrá mañana algo por hacer.

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