Nelson Dorr:

Un teatrista absoluto

Miren que venir a alcanzar con sus pies el suelo cuando está sentada y nosotras no. Es increíble. ¿Cómo es posible que nosotras, que somos señoras con títulos, no alcancemos, y ella, que no tiene ninguno, se da el lujo de que los pies le lleguen al suelo? No soporto la gente tan atrevida.”1

Según él mismo afirma, fueron esas simpáticas y parlanchinas “pericas” concebidas precozmente por su hermano Nicolás, las responsables de que el muy joven Nelson César Dorromocea Udaeta abandonara sus ya avanzados estudios en la Escuela de Pintura y Escultura de San Alejandro, para dedicarse por entero al universo del teatro.

Imagen: La Jiribilla

Debido a tal decisión, perdimos a un artista plástico probablemente notable, pero ganamos a un teatrista absoluto que a lo largo de su carrera ha llegado a acumular la inigualable y asombrosa cifra de 250 puestas en escena en calidad de director.

Muchos sostienen que lo que de un creador se recuerda es el último o más reciente de sus títulos. Y esta conclusión responde a una cierta lógica. Pero es también por esa causa que se hace necesario muchas veces recurrir a la memoria porque con ella se completa la verdadera historia. Y en esa que nos retrotrae 50 años atrás, vemos a un intrépido Nelson Dorr dirigiendo grandes autores de la dramaturgia universal en cuya relación podemos detenernos en nombres como O´Neill, Odets, Ionesco, Aristófanes, Lorca, Gorki, Albee e incursionando en todos los géneros escénicos, pues en su rico haber posee la dirección de comedias, dramas, poemas, comedias musicales, zarzuelas, operetas, óperas, así como también espectáculos de ballet y de danza.

Las más brillantes y destacadas figuras de la escena nacional han encabezado elencos dirigidos por él y así es que recordamos a Adela Escartín como la Luciana del carnicero o a María de los Ángeles Santana vistiendo los llamativos ropajes de tía Mame o impregnando con su gracia una casa colonial.

Impresionado ante la puesta en escena de Adolfo de Luis, El pagador de promesas, del brasileño Alfredo Dias Gomes, llegó también a sus manos para vestirlo en la presencia conmovedora de Adolfo Llauradó en los escenarios del Teatro Martí, en La Habana, y el Rubén Darío, en Managua.

Y también en nuestro recuerdo permanece una larga capa escarlata en la amplia escena del Teatro Mella llevada por un formidable José Antonio Rodríguez para la tragedia del Rey Cristóbal.

Incluso consiguió que Rosita Fornés vertiera confesiones en el barrio chino y que Consuelo Vidal diera la vuelta al mundo en 80 días, así como que una fierecilla nombrada Asenneh se dejara domar en el antológico personaje shakesperiano por su látigo directriz. Y en el caso que nos ocupa, cuando decimos “látigo directriz” deberá entenderse literalmente como…. “látigo directriz”.

Sus puestas en escena de Tosca, Butterfly, María la O, My fair lady, La corte del faraón están entre lo mejor de todo lo realizado en Cuba para el género del teatro musical y, además de esto, a muchos de los que tuvimos la oportunidad de verlo nos resulta difícil olvidar la teatralidad y maestría de su montaje de un texto guilleniano: la “Elegía a Jesús Menéndez”.

A su vasta labor como director de escena, sumó desde muy temprano sus cuantiosos aportes pedagógicos y, no solo en nuestro país, sino también en más de una docena de ciudades de América, Europa y África. Y por si todo esto fuese poco, en los últimos años, el director, el maestro, sintió también inspiración para la inquietud literaria del dramaturgo. No por gusto señalábamos al principio que hablábamos de un teatrista absoluto.

Por su capaz y apasionada entrega, así como por la valía del conjunto de su obra, soy de los que piensan que este era un premio justificadamente merecido desde hace ya tiempo, pero también valoro el hecho de que nunca es tarde para hacer justicia, y que con la entrega de este reconocimiento todos los que de una u otra manera hemos tenido que ver en ello, estamos realizando un límpido y bienvenido acto de justicia y que, como dijera Martí, honrar honra y no se debe tener miedo de honrar a quien lo merezca.

Así, pues, que continúen sus criaturas, sus personajes, sus demonios y sus dioses, sus duendes y gigantes o sus enanas “pericas” enunciando:

“Señoras y señores, esta es la función más grande de los siglos. Jamás será igualada. Verán ustedes como esta representación llegará a los oídos de todos que la escucharán y se encantarán. Atención, atención, comienza la función, ¡la gran función comienza!”

Palabras de elogio en la entrega del Premio Nacional de Teatro 2011.
Nota:
(1 y 2) Fragmentos de Las pericas, de Nicolás Dorr.
 

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