El otro nombre de Raquel

Eberto García Abreu • La Habana, Cuba

La memoria del teatro crece en el cuerpo de sus hacedores. Trasciende, incluso, el inefable paso de los artistas por los escenarios o las páginas escritas para la escena. La memoria puede acomodarse en los recovecos  de las pasiones y las imágenes que, a veces, se erigen como huellas del empeño recurrente que la creación supone. Pero ahí andan los hombres y las mujeres del teatro, apostando por sus fabulaciones y por la construcción de la Historia mayor que relaciona a los creadores y sus públicos.

Imagen: La Jiribilla
 

Raquel Revuelta no escapó de ese designio, establecido más allá de su naturaleza personal. Su imagen austera se entrecruza hoy, a pesar suyo, con las brumas del divismo, en tanto fue protagonista de acontecimientos artísticos y sociales que rebasaron el ejercicio interpretativo, muchas veces distante del bullicioso acontecer cultural.

Reina de la fama y el embrujo, Raquel se hizo dueña de los públicos desde las primeras décadas del siglo XX y se convirtió en  una leyenda para las generaciones de cubanos que no alcanzaron a verla, palpitante y estremecedora, sobre los escenarios en los cuales se hizo grande.

Raquel fue la primera hija de una familia pequeña. Bajo el signo de Escorpio, nació en La Habana el 14 de noviembre de 1925, cuatro años antes que su hermano Vicente,  con quien estrechó lazos creativos muy valiosos para el teatro y la cultura de su Isla.

“Junto a su cuna, las hadas de los cuentos infantiles parecían haber depositado todos los dones. Un rostro hermoso de sonrisa carismática, una impresionante presencia escénica, una voz inconfundible, una pasión indoblegable. La magnanimidad de las hadas le había entregado el germen de lo posible. Lo otro, los arraigados valores éticos, artísticos, políticos, todo cuanto permanece en nuestra memoria personal fue obra de su esfuerzo, alimentado por la violencia de los huracanes. Los sueños cristalizaron en convicciones, arte y Revolución se fundieron en un mismo proyecto”.

El padre de los Revuelta, llamado Vicente, un español procedente de la región de Santander, llegó a Cuba con 14 años, para evadir el servicio militar y otras penurias compartidas por su familia en su tierra natal. Durante la primera mitad del siglo, en el Centro Montañés de La Habana, cerca del Parque Central, Revuelta aprendió a tocar la guitarra y conoció a una joven cubana, trabajadora de la fábrica de cigarros Regalías El Cuño, aficionada al canto de zarzuelas y cuplés. Su nombre: Silvia Planas.

Al calor de las tertulias organizadas en torno a las trasmisiones radiales de un show de música española, el padre introdujo a Raquel en la declamación y a Vicente en el canto. De aquellas inolvidables lecciones,  Raquel evoca recuerdos muy especiales:

“El primer profesor de actuación fue mi padre.  Despertó en mí el sentido de la honestidad y de la dignidad. Me hizo dueña de tesoros espirituales que me han acompañado en horas amargas y, también, en las felices. En unas, para poder comprender que nada es perfecto. En otras, para saber que todo dolor no es eterno”. 

A los 13 años, Raquel recibió sus primeras clases profesionales de interpretación con la profesora  Enriqueta Sierra, formadora de otras figuras nacientes, entre quienes se hallaba la futura vedette de Cuba, Rosita Fornés.

“Lo más importante, a mi entender, fue la formación ética que adquirí junto con Enriqueta, para quien un artista debía reunir más ‘virtudes’ que ‘virtuosismo’. Y, aunque no he alcanzado ninguna de las dos metas, siempre he luchado por esa máxima aspiración”.  

En los cines del corazón de La Habana, durante los intermedios entre película y película, Raquel recitaba versos, mientras su hermano Vicente cantaba canciones montadas por el entusiasmo y el talento irresistibles del padre y de Silvia Planas.

Alrededor de 1936, Raquel  participa en espacios de promoción de nuevos talentos artísticos tan conocidos como La corte suprema del arte y La escala de la fama, en los cuales conoce a artistas notables, verdaderos mitos populares de aquellos años.

Raquel es aceptada en el elenco de la Compañía Teatral de Eugenia Zúffoli, en el año 1939, para ocupar el rol de dama joven. Con esa agrupación actuó en varios teatros y salas capitalinos, entre los que se recuerda, especialmente, el Teatro Principal de la Comedia.

Con Teatro Popular, agrupación fundada por Paco Alfonso a inicios de la década del 40, Raquel Revuelta recorre toda la Isla, actuando y declamando en parques, plazas, centros de trabajo, sedes sindicales y otros escenarios, así revela, a través del teatro, un compromiso cultural y social que será irreversible durante toda su vida. 

Simultáneamente, Raquel se incorporó al elenco dramático de la emisora Mil Diez, inaugurada en 1943. Su voz abría y cerraba las trasmisiones,  convocando a la audiencia a compartir la programación de la emisora, vanguardia ideológica y artística en la historia de la radio cubana.

Durante la década del 40, Raquel trabajó en varios espacios de la Emisora Unión Radio y puso sólidos destinos a su carrera teatral. Memorables fueron  sus actuaciones en la Novela de las Dos y en otros programas de Radio Progreso.

Con el elenco de la Academia de Artes Dramáticas, a los 21 años, Raquel interpretó uno de los personajes más importantes del teatro moderno universal, reto y aspiración para cualquier actriz: la Señora Albee, de Espectros, obra del dramaturgo noruego Henrik Ibsen, dirigida por Julio Martínez Aparicio, en 1946.

Al año siguiente, Raquel recibe el premio Talía a la mejor actuación femenina, por su interpretación en la obra Nada menos que todo un hombre, de Miguel de Unamuno, dirigida por Luis Amado Blanco con el Patronato del Teatro.

Fue fundadora de la Televisión cubana, a comienzos de los años 50. En este medio, Raquel conquistó los sitiales más encumbrados de  la popularidad con Manolo Coego, una de sus parejas artísticas más conocidas en el Canal 4 y con Eduardo Casado, quien le acompañó en la pantalla, los escenarios y en su vida sentimental.

Las actuaciones en El dulce pájaro de la juventud, Un tranvía llamado deseo, La visita de la vieja dama y, especialmente, en Doña Bárbara, bajo la conducción de Roberto Garriga, llevaron a Raquel Revuelta al esplendor de su carrera televisiva.

Resistida a ser manipulada por los medios como a una estrella ocasional, sufrió directamente la crudeza y el absurdo de las fabulaciones propagandísticas tejidas a su alrededor en momentos difíciles de su vida familiar. Una dimensión de su existencia a la cual ella dedicó especiales esmeros. 

Mediante la programación de la televisión, desde los primeros años del triunfo revolucionario, Raquel hizo vibrar al pueblo cubano al leer los comunicados de los días de la invasión norteamericana a Girón.

El naciente cine cubano halló en Raquel Revuelta un rostro de identidad.

Parte de la memoria son sus actuaciones para el cine mexicano en títulos como: Morir para vivir, La fuerza de los humildes, La rosa blanca, Y si ella volviera, realizados en los años 50.

En los primeros años de los 60, filmó en nuestro país Siete muertes a plazo fijoCuba baila y puso voz a la película Soy Cuba, dirigida por el realizador soviético Mijail Kalatosov.

Considerada como una de las películas fundacionales de nuestro cine, Lucía, de Humberto Solás cuenta con la actuación de Raquel Revuelta en su primera historia.

La candidez, la intensidad, el dramatismo, la belleza y el temperamento depositados en Lucía, convirtieron su entrega imborrable en símbolos distintivos de la carrera de la artista y de toda la cinematografía nacional, a la que ella contribuyó con similar excelencia, en otras películas como Cecilia y Un hombre de éxito, de Solás; y en Aquella larga noche, de Enrique Pineda Barnet.

Al lado de sus viejos amigos y camaradas de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, Alfredo Guevara y Julio García Espinosa, Raquel encontró en el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC) otro espacio para defender nuestros valores y urgencias sociales.

Sin embargo, Raquel miraba su biografía interpretativa y confesaba, con cierto pesar, que solo se le recordaría por personajes tan notorios como Doña Bárbara, en la televisión, o su insoslayable Lucía, en el cine.

Pero el teatro, fue el universo creador en el que Raquel Revuelta vivió con mayor plenitud los avatares de la creación artística.

Punto cimero en la larga lista de premios y reconocimientos otorgados a Raquel, lo fue el Premio de la Agrupación de Redactores Teatrales y Cinematográficos como la mejor actriz del año 1956 por su desempeño en  Juana de Lorena, obra de Maxwel Anderson, dirigida por Vicente Revuelta. El espectáculo resultó la génesis  de la obra más importante y sólida de Raquel y Vicente: Teatro Estudio, fundado en La Habana el 1ro. de febrero de 1958. 

De la claridad de Raquel para avizorar el futuro alcance de Teatro Estudio, se desprenden numerosos hechos que forman parte de la trayectoria de la artista, la agrupación y la cultura cubana revolucionaria.

Con incursiones esporádicas en el cine y la televisión, Raquel no abandonó nunca la guía de su grupo. Desde allí ejerció la docencia en la Facultad de Artes Escénicas del Instituto Superior de Arte, de la cual fuera decana a finales de la década del 80 y donde le fue otorgado merecidamente el Título de Doctora Honoris Causa en 1985.

Desde Teatro Estudio trabajó en la fundación, en 1989, del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, experiencia que constituye un punto esencial en las transformaciones del movimiento escénico cubano actual.

El carácter intuitivo y apasionado de sus encarnaciones, así como sus peculiares dotes para el magisterio de la actuación, hicieron de Raquel Revuelta una creadora controvertida y diferente. La impronta del personaje era la seña fundamental de su artesanía escénica, levantada sobre la emoción y los afectos, para llegar por esa vía al intelecto de los espectadores, a los cuales pudo cautivar desde las tablas o las pantallas, siempre con la misma intensidad y dramatismo; rasgos que trascendieron  a su creación de Laurencia en el antológico montaje de Fuenteovejuna, realizado por Vicente Revuelta sobre el texto de Lope de Vega, en 1963.

El escenario del Hubert D´ Blanck, su teatro, guarda entres sus mitológicas imágenes, las que Raquel ofreció en un espectáculo tan significativo como Las tres hermanas, de Antón Chejov, llevada a la escena en 1972 por Vicente, con la participación de Ana Viñas y Martha Farré.

Imagen: La Jiribilla
Raquel Revuelta, Ana Viñas y Marta Farré en Las tres hermanas

 

Su presencia en la puesta en escena de La madre, dirigida por Ulf Keyn a partir del texto de Bertolt Brecht, en 1975, compartiendo el personaje central con Violeta Casal, es otra imagen notable.

Para abrir la década del 80 y en la que fuera su última actuación teatral en Cuba, Raquel trabajó con Enrique Santiesteban, en un montaje de una novel directora, María Elena Espinosa, sobre una obra del autor ruso Alexei Arbuzov, titulada Comedia a la antigua. Su estreno ocurrió en 1981 en el escenario del Hubert D´ Blanck

“Padeció las amarguras del quinquenio gris y diseñó estrategias para detener el golpe. Puso al servicio de ese empeño su prestigio personal, el magnetismo de la otrora estrella de televisión, el respeto ganado a través de su impecable historia política. En esta batalla convergían la solidaridad con sus compañeros y compañeras de oficio dentro y fuera del teatro y la salvaguarda de los mejores principios revolucionarios. Asumió entonces en la vida, como antes lo había desempeñado admirablemente en el teatro, el papel de Laurencia de Fuenteovejuna, voz de mujer justiciera”.

Para constatar sus vivencias de momentos controversiales de nuestra historia cultural revolucionaria, evoquemos las palabras de Raquel:

“Vivimos en un país inestable también, todo ha sido una lucha de anjá. Cuando terminó la parametración, Teatro Estudio estaba lleno de gente, porque a todos los que botaban, yo los recogía. Y así hicimos la gira de Caminando y Cantando, estaban todos los parametrados ahí, no todos, pero sí la mayoría. Hemos estado tropezando, tropezando, tropezando, y no nos hemos podido dedicar a lo que teníamos que habernos dedicado…”

Si Teatro Estudio se reconoce como una escuela en la que se formaron artistas y técnicos de sólida obra creativa, se debe al ejercicio del magisterio de Raquel, Vicente, Bertha Martínez, Sergio Corrieri, Roberto Blanco, Abelardo Estorino, Armando Suárez del Villar, Héctor Quintero y otros grandes creadores de la agrupación en sus distintas épocas.

Como directora teatral, Raquel Revuelta creó un repertorio de generosos registros temáticos y disímiles estilos. Bajo su tutela subieron a escena obras como La ronda, de Arthur Schnitzler en codirección con Abelardo Estorino, estrenada en 1967 y repuesta en 1984; Los diez días que estremecieron al mundo, codirigida en 1977 con el destacado director ruso Yuri Liubimov, y Doña Rosita la soltera, de Federico García Lorca en 1980.

En realidad,  la última obra de Raquel  fue construir y regalar a la ciudad de La Habana, a la calle Línea, la más teatral de todas las calles capitalinas, al público y al teatro cubano, una nueva sala que ella, en sincera devoción por uno de sus más antiguos compañeros y amigos, distinguió con el nombre de Adolfo Llauradó.

En 1987, realizó una polémica propuesta de La opinión pública, escrita por Aurel Baranga y en 1989 estrenó con sus alumnos del curso de actuación de la Facultad de Artes Escénicas: Abran cancha que ahí viene Don Quijote de La Mancha y La venganza de Don Mendo. Con esas puestas en escena, Raquel se despide del escenario del Hubert D´ Blanck y se ampara  en la Casona de Línea Nro. 505, sede histórica de Teatro Estudio, para iniciar una nueva etapa en la vida de la agrupación, mientras fundaba en ese mismo año, el Consejo Nacional de las Artes Escénicas.

Entre los vetustos salones de la Casona, levantará Raquel su lectura teatral de Concierto barroco, en 1992, a partir de la novela de Alejo Carpentier.

En el patio de la Casona, durante la más cruda etapa de la crisis económica a principios de los 90, Vicente estrena en 1993 el espectáculo Medida por Medida, de Shakespeare, que constituyó un rotundo éxito de público y de crítica.

En esas mismas condiciones inhóspitas y rudimentarias, Raquel dirigió Dolor bajo llave, de Eduardo de Filipo en 1994 con el elenco renovado de Teatro Estudio y el siguiente año llevó a escena El No, de Virgilio Piñera.

Justo a los 30 años de haber interpretado el personaje de Laurencia, en 1993, Raquel se despidió de los escenarios. Lo hizo en Guadalajara, México, frente a un público que la desconocía y, sin embargo, supo reconocerle su altitud artística. Emilio Carballido, figura fundamental de la dramaturgia mexicana, creó especialmente para ella la obra Escrito en el cuerpo de la noche.

Tartufo, de Moliére, fue la última puesta en escena de Raquel, estrenada el 28 de febrero del 2003. El espectáculo pretendía promover un nuevo cuestionamiento de los falsos valores éticos que hoy día se han entronizado en distintos niveles de nuestra sociedad.

Actores y actrices de rigor y oficio como Mario Aguirre, Alina Rodríguez, Verónica López, Osvaldo Doimeadiós y Renecito de la Cruz, formaron parte del elenco, en unión de un equipo creativo de alto prestigio, encabezado por Raúl Oliva, para quien Tartufo fue, igualmente, su última propuesta escenográfica.

En realidad,  la última obra de Raquel  fue construir y regalar a la ciudad de La Habana, a la calle Línea, la más teatral de todas las calles capitalinas, al público y al teatro cubano, una nueva sala que ella, en sincera devoción por uno de sus más antiguos compañeros y amigos, distinguió con el nombre de Adolfo Llauradó.

Abrir un espacio para que otros lo habiten, esa fue en verdad la ofrenda de despedida que Raquel nos depositó en el alma.

“Como en las mejores obras de teatro, Raquel,  es uno de los personajes más contradictorios del reparto. Y el más imprescindible. Las palabras surgen en presente porque resulta difícil hablar de ella y usar verbos en pasado, cuando aún sentimos su fuerte personalidad dando vueltas a nuestro alrededor”.

El 24 de enero del 2004, Raquel se fue y nos dejó el café pago… como dirían cuando alguien muere en los llanos venezolanos, aquellos que señoreó Doña Bárbara