Verónica Lynn:

“Soy actriz: lo logré”

Marianela González • La Habana, Cuba

Verónica Lynn ha estado en mi vida desde que tengo memoria. Y confieso que bien me gustaría que fuese un privilegio. No lo ha sido: toda Cuba ha visto madurar a esta mujer en sus pequeñas pantallas;  La Habana, sobre todo, ha presenciado su evolución en las tablas; desde otras orillas, los febriles perseguidores del séptimo arte reconocen por su rostro al cine cubano. Sin embargo, me queda un consuelo: no han podido ni toda Cuba ni La Habana ni los cinéfilos forasteros, verla desarmar con serenidad las preguntas que llevan formulando, quizá, desde que tienen memoria. Responde una por una, como si repasase un script. Mientras, un segundo cigarro se consume de abandono, a un lado de la mesa.

Imagen: La Jiribilla
Verónica Lynn en Aire frío de Virgilio Piñera

 

Familia humilde, según sus propias palabras; escuela de monjas…

Y a los 15 años en una escuela pública, donde estudié mecanografía, taquigrafía, inglés, costura, bordado…. ¡y todas esas cosas que les enseñaban a las muchachas!

¿Cómo llega la actuación? No creo que haya estado entre “esas cosas que les enseñaban a las muchachas” en los años 30…

No… [Ríe] La actriz ya venía cuajando desde que era una niñita. Hablaba sola, jugaba con cuquitas mientras mis hermanos hacían otras cosas. También era muy amante del cine y de la radio, que en aquella época tenía mucha fuerza. Ir al cine ya se hacía más difícil. Pero cuando vi a Shirley Temple en una película, dije: “¡Yo quisiera ser como ella, hacer lo que ella hace!” Y no bailé ni canté, pero fui actriz. Lo logré.

¿Su formación fue autodidacta?

Empírica, completamente. Claro, hasta que en la televisión gané en un programa de concursos para ser actor o cantante. Así pasé a formar parte de la programación dramática del medio; pero lo más importante es que allí, precisamente, conocí gente del teatro. Yo no conocía las tablas y me invitaron a hacer una obra. Me fascinó. Así me fueron llamando para otras puestas y en una de ellas conocí a Toraño, el único que vivía de actuar en aquel entonces. René de la Cruz era tintorero, otros trabajaban en oficinas…. Pero conviviendo en ese medio, supe de Stanislavsky y me di cuenta de que mi visión y mi desempeño cambiarían cuando yo encontrara a alguien que me diera clases sobre las propuestas de ese hombre tan maravilloso del que hablaban. Entonces, llegó Andrés Castro, director de Las máscaras, y fue el primero en darme clases. Así entré en un conocimiento mayor, y en el 60 paso a formar parte de uno de los grupos profesionales que recién se habían creado. Hasta ese momento, todo lo hacía gratis.  A partir de ahí, tomé muchos cursos, estuve de oyente en miles de conferencias y no dejé pasar un libro que tocara a mi puerta.

¿Es Stanislavsky, entonces, quien le permite ser la misma, de alguna manera, en la televisión, la radio, el cine, el teatro?

Totalmente. Es una herramienta para entender por qué estamos en escena, por qué somos este personaje, por qué asumimos esa sicología. Y te permite hacerlo desde una veracidad.

¿Cuál de esos medios prefiere, después de haberlos explorado y de haber triunfado en todos?

Todos, todos, todos… El cine tiene la ventaja de que lo que haces perdura más. La televisión, con la facilidad de grabar, también. Y el teatro es un hecho único: es magia, queda solo en la mente de los espectadores que fueron ese día a ver la obra. Y en tu mente, nunca es igual una puesta a otra. Me encanta. Y la radio también.

¿Por qué dejó de hacer radio?

No porque no me gustara. Dejé de hacer radio en un momento determinado porque cambiaron muchas circunstancias y quedaba poco espacio para trabajar en otros medios. Pero es una escuela para los actores…

…y sin embargo, hoy es la última opción que consideran los jóvenes actores, ¿por qué será?

Es que hoy, desgraciadamente, la radio es demasiado anónima. Antes había muchas revistas e incluso periódicos, donde se hablaba de los actores de radio, se reconocían. Ahora, con los festivales de la radio, eso se ha impulsado algo, pero no lo suficiente. No obstante, lo sigo recomendando: la radio le da al actor la capacidad de tomar muy rápido el personaje, trabajas mucho la dicción, la articulación y la interpretación en la lectura. Y el radio llega a todos los rincones, es maravillosa.

¿Qué opina del teatro en televisión?

No se está haciendo; debería…. Se hizo mucho teatro en televisión y fue importantísimo, porque amplió la cultura de la juventud. Es un género que impulsa el hábito de la lectura. Fueron espacios muy importantes; pero eso murió. Es una lástima.

Ud. perteneció a varios grupos de teatro y también estuvo invitada, como actriz, en puestas de otras agrupaciones…

La primera Virginia Wolf la hice invitada por La Rueda…

Y ahora dirige su propio grupo, Trotamundos. ¿Qué importancia le concede al grupo en la formación de un actor?

Es una formación muy especial. El hecho de que una persona esté siempre al frente de un grupo de actores, de creadores, que se conozcan y comuniquen es vital y, además, inclina al actor a una estética, a una poética. Le ayuda a encontrarse. Por ejemplo, el actor de Flora Lauten tiene una poética diferente a otros. Yo me hice actriz en el teatro realista, sicológico, algo que me gusta mucho y que me ha marcado. Pero el teatro en general me fascina, lo mismo bailando una suiza en el escenario que leyendo un texto sentada…

¿Qué obras recuerda con más cariño?

Siempre diré que Santa Camila de la Habana Vieja. Existe una Verónica antes y después de eso.

…¿y Aire frío?

Igual, me marcó mucho. Y no reniego tampoco los tantos personajes que hice en televisión y cine: Fortunata y Jacinta, Doña Perfecta… los recuerdo con mucho cariño porque a todos les puse pasión.

Ud. suele decir que un personaje, para que sea tal, requiere un conflicto. ¿Cuál sería el suyo, si Verónica fuera un personaje?

Ser cada vez mejor actriz, aunque los años no perdonen. Las circunstancias a veces no ayudan, por la premura o por lo que sea; pero gracias a la voluntad y a la técnica, es posible avanzar. Eso le diría siempre a todo actor: no te conformes. Pues así pasa con la vida: no te conformes. Nunca es suficiente.

Su última interpretación para el cine fue La anunciación, un filme que tocaba el tema de las generaciones. ¿Cómo percibe ese conflicto en la sociedad cubana? ¿Cómo se ve en el teatro, coexisten o chocan?

Hay que tratar ese tema siempre. El joven tiene sus conflictos. Aunque estemos en una sociedad tan justa, que ofrece muchas posibilidades de superación y satisfacción espiritual, es importante dialogar y abrir espacios. Hay problemas sociales que es necesario enfocar con franqueza y que atañen mucho a la juventud. Y pasa igual con el teatro y otros medios. No hay suficientes espacios televisivos, ni grupos de teatro, desgraciadamente no se hace tanto cine… esa es una pesadilla para los jóvenes. El arte es una forma también de expresión de sus sensibilidades y la manera que muchos escogen para accionar sobre la sociedad.

¿Cree en la función social del artista?

Totalmente. El teatro no es algo didáctico, pero ayuda al hombre a pensar, sobre todo los teatros —estoy hablando de la multiplicidad de espacios dramáticos donde el intelecto se mueve—. Divertirse no excluye: cuando algo te interesa, te divierte por sí mismo en el sentido de que te concentras en lo que está pasando. Y ahí entran los demás valores. Si el espectáculo te agarra, está logrado.

En los últimos años se ha dedicado a la dirección…

Empecé hace pocos años dirigiendo aficionados, pero ahora estoy trabajando con profesionales. Me lancé.

¿Se siente complacida en ese rol?

Yo sé dirigir actores. Mi carrera se ha inclinado hacia la actuación y de ahí me sale la técnica. Lo que sí reconozco que me cuesta más trabajo es la concepción del espectáculo. Es ahí donde creo que el quehacer debe irme dando caminos.

Hay muchos directores jóvenes hoy en escena. Como actriz, ¿le interesa el trabajo de algún grupo en especial?

Me gustaría muchísimo que esos jóvenes me dirigieran. Incluso, he hablado con algunos para hacer coproducciones, como en el cine. La última Quién le teme a Virginia Wolf, la hice junto al Buscón, de José Antonio Rodríguez.

Junto con José Antonio obtuvo el Premio Nacional de Teatro

Eso fue una felicidad. Primero, fue un reconocimiento muy feliz; pero además fue el último año en que se le dio a dos teatristas juntos… y con José Antonio, no pudo haber sido mejor. Es un primerísimo actor, lo admiro muchísimo y es además un gran amigo.

¿Le ha quedado algún personaje que le gustaría hacer en el teatro?

No. El personaje que no hice no me ha quedado como algo enquistado. Representé todas las hijas de Bernarda, ahora me toca Bernarda.

¿Qué significa para una actriz, para una mujer hermosa como Ud., el paso de los años?

Madurar. Lo malo es que ya se hace tarde para personajes más jóvenes, pero llegan otros que también te dan la posibilidad de crecer.

 

 

Comentarios

pienso que deberian instruir un poco mas a las personas interesadas en realizar las pruebas para el Instituto Superior de Arte

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