Selección de poesía

Carilda Oliver Labra • Matanzas, Cuba

Me desordeno, amor, me desordeno

 

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada,
y casi sin por qué, casi por nada,
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mal promesa de veneno;

y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

 

Al dorso de un retrato

 

Mira el retrato...

¡Fíjate bien!:

en lo que tengo tras la sien

hay arrebato.

Y la sonrisa

que por el rostro pasea,

como enfermiza,

es pena fea.

 

¿No has observado

esta nariz?

Es un rarísimo desliz...

¡Vaya pecado!

 

En la garganta

ya casi pura

cantando canta

mi sepultura.

 

No he de ocultarte que por la frente

anda cautivo

un ser ausente,

peor que vivo.

 

Mira mi boca

—¿será de hada, será de bruja?—:

me la he cosido con una aguja;

herida antigua que se sofoca.

Jardín de rasos elementales,

ya no es un vino;

y aunque le corto ala y camino

tiene una furia, sufre unos males...

 

Aquí en el pecho

inútilmente, no sin razón,

loco, maltrecho,

mi corazón

el tiempo olvida;

por una estrella lo cambia todo,

y muy a su modo

hace la vida.

 

Estas orejas

guardan secretos interesantes,

músicas viejas,

voces de antes.

 

Lo que me pierde

y me aniquila

es la pupila

trágica, verde:

jade en que huyo,

mito en desgracia,

hoja de acacia,

luz de cocuyo.

 

A maravilla

el mármol finge

de alguna estatua, de alguna esfinge

esta mejilla;

y sin embargo

es suave y dulce como una pera

y solo espera

un beso largo.

 

¿Y mi cabello?

Pobre tesoro,

pájaro bello,

lluvia de oro,

sube que sube

se enreda siempre con una nube.

 

Soy algo boba,

soy algo miope.

(Uno me daña y otro me roba);

pero ando en sueños siempre a galope.

 

¿Ves este cuello?

Pues se me enfría...

Lleva la muerte como un destello

de poesía.

 

Vida absoluta.

Hay cierta monja que nunca azoro,

hay cierta puta

aquí en mi carne. Con ambas lloro.

 

Cuando mañana se vuelva ayer

no haré del polvo un parentesco:

¡en el retrato siempre parezco

una mujer!

 

Razón del sueño

 

No es el modo casual con que caminas,

ni el dibujo inexacto de tu mano:

es tu ruda tristeza mal vestida

quien se pone de acuerdo con los astros.

 

Cansado de nacer para los ángeles,

tienes todo el dolor de la ceniza.

Alarma cotidiana de mi sangre,

pasajero rebelde de esta herida:

sucedes por adentro de mi carne

y dueles en el centro de mí misma.

 

Hombres que me servisteis de verano

 

Ese que no dejó de ser mi amante

y al que le debo siempre sepultura,

uno a quien nunca quise lo bastante;

aquel, obra de sueño, conjetura...

 

Alguien que jugó a nada y tuvo suerte,

otro que no ha venido de la guerra,

este donde converso con mi muerte

porque me lo disputa hasta la tierra.

 

¡Salid de la memoria evocadora

con vuestro amor, pues tengo frío ahora!

Sabed todos que os llevo de la mano.

 

Vuestras sombras estallan como un mito

de vez en cuando aquí. Sois lo bendito,

hombres que me servisteis de verano.

 

El beso

 

Su eternidad duró tanto

que el polvo devino estrella;

fue el silencio la más bella

palabra que dijo el canto.

Se casaron fiesta y llanto,

tuve lo azul de regreso

cuando —mujer hasta el hueso—

me pareció estar herida

más que nunca por la vida

y... simplemente era un beso.

Su eternidad duró tanto

que el polvo devino estrella;

fue el silencio la más bella

palabra que dijo el canto.

Se casaron fiesta y llanto,

tuve lo azul de regreso

cuando —mujer hasta el hueso—

me pareció estar herida

más que nunca por la vida

y... simplemente era un beso.

 

 

Busco una enfermedad que no me acabe

 

Busco una enfermedad que no me acabe

sino el dolor constante de la vida:

algo para fingir que estoy dormida

detrás de este temblor de escarcha grave.

 

Busco un agua cósmica que lave

la lágrima terrible que me oxida;

busco el morir distinto, y voy herida

por la pena vulgar que nadie sabe.

 

Y así me marcho, sonriendo a todos,

luminosa de gracia y desventura,

con el secreto horror hasta los codos;

 

callándome en el verso y en la prosa,

para que escriban en mi tierra dura:

esta mujer ha muerto de dichosa.
 

Carilda Oliver Labra. Poetisa, abogada, profesora de dibujo, pintura y escultura. Nació en Matanzas, el 6 de julio del año 1922. En la Universidad de La Habana alcanzó el título Doctora en Derecho Civil. Recibió el Premio Nacional de Poesía por su libro Al Sur de mi Garganta en 1950. En 1987 le fue otorgada la Distinción por la Cultura Nacional. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1997. Es autora de una vastísima obra poética, entre cuyos títulos cuenta Al sur de mi garganta (1949), Canto a Martí (1953), Las sílabas y el tiempo (1983), Calzada de Tirry 81 (1987 y 1994), Se me ha perdido un hombre (1992 y 1998), Biografía lírica de sor Juana Inés de la Cruz (1998) y Error de magia (2000).

 

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