Pensar desde Cuba

Graziella Pogolotti • La Habana, Cuba

Por su naturaleza, el ensayo es un género híbrido, escurridizo ante las prisiones del ordenamiento académico, despojado de marcas eruditas, centrado en el predominio del yo. Toma las palabras en las grandes encrucijadas de la historia, inscrito en su tiempo, antidogmático y antiautoritario, transgresor de certidumbres construye su universo desde lo particular concreto, matriz fundamental de nuevas perspectivas integradoras. Nombrado por Montaigne, su inventor, fue capaz de conjugar el saber acumulado en su biblioteca con la experiencia de jinete incansable, observador de la vida y las costumbres de los hombres, intuitivo relativizador del legado de una cultura atesorada como bien propio.

Se ha convertido en lugar común afirmar que, junto a la poesía, el ensayo se sitúa en la línea mayor de la literatura cubana. Valdría la pena indagar acerca de las razones de la vitalidad de un género que transita de Varela a Martí, renace en el siglo XX como crítica acerba respecto a los males de la república en José Antonio Ramos, prosigue en la exploración de la cubanía con el acercamiento al choteo en Mañach y con el redescubrimiento de Martí por aquel, por Marinello y por una larga nómina de seguidores. Por su aliento literario, a pesar de la paciente investigación que la respalda, la obra de Fernando Ortiz y, sin lugar a duda, su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar, se sitúan en la órbita del ensayo. Ese carácter corresponde, así mismo, a las reflexiones carpentereanas sobre la narrativa, la ciudad y la música. Algo similar ocurre con trabajos de Guy Pérez Cisneros y Marcelo Pogolotti. Antes, la vanguardia había presentado sus credenciales en pasajes de Barraca de Feria, de José Antonio Fernández de Castro, quien rompió así los compartimentos estancos del periodismo.

A vuelo de pájaros y a modo de hipótesis inicial, puede considerarse que, en medio siglo transcurrido, hubo momentos de auge y de silenciamiento.No se trata de ofrecer un recuento detallado de las expresiones ensayísticas en los últimos dos siglos, sino de valorar su alcance y razón de ser en el proceso de construcción de la cultura cubana. Tal empresa no será obra individual, sino resultante de un debate abierto y participativo, revelador de continuidades y espacios de silencio al margen de propósitos propagandísticos, teniendo en cuenta siempre su hibridez sustancial, hecha de afición subjetiva de un punto de vista, de meditación y análisis, de micro observación y síntesis, de testimonio personal, imaginación e intercambio de saberes. Por esta vía oblicua, podrá comenzar a salvarse una de nuestras carencias fundamentales: el examen valorativo de la literatura cubana a partir del triunfo de la Revolución.

A vuelo de pájaros y a modo de hipótesis inicial, puede considerarse que, en medio siglo transcurrido, hubo momentos de auge y de silenciamiento. Lo primero, en el esplendor de los 60, cuando no todo fue miel sobre hojuelas, puede atribuirse al efecto estimulante de un momento de suma creatividad en los diferentes ámbitos de la vida, al estallido de una impaciencia acumulada y al apremio por renovar las coordenadas respecto al lugar de Cuba en la historia y en el mundo. Fue la etapa de convergencia en La Habana de muchos y disímiles caminos. Sobrevino luego la contracción. Un dogmatismo fundado en certidumbres inamovibles se impuso sobre la singularidad dialógica de la subjetividad, rechazada también en nombre de la objetividad científica.

Eran los avatares de la guerra fría, pero en ese marco general intervinieron otros factores, nada despreciables en el campo de la cultura. De la insurgencia guerrillera, América Latina había pasado a la sombra trágica de las dictaduras. La práctica genocida se ensañó con los sectores intelectuales para la instauración de un capitalismo salvaje. Cuba se encontró aislada de su espacio natural, mientras la rebelión del 68 derrotada constituía signo simbólico de un radical cambio de giro en el ordenamiento de la vida académica y en la función social de los hombres y las mujeres de pensamiento.

Preludio de los 80, el conceptualismo apuntaba hacia la necesidad de situar las ideas en el centro de la creación, a la vez que el pensamiento se beneficiaba de una atmósfera renovadora. No se produjo, sin embargo, una ambiciosa reflexión integradora de los problemas de cultura y sociedad. Se abrieron las fronteras a múltiples corrientes de la contemporaneidad, todo ello confinado al abordaje de ramas específicas del saber. Las aguas tranquilas duraron poco. Los tiempos huracanados se avizoraban en el horizonte y no tardaría en derrumbarse el campo socialista. Al desconcierto universal, se añadió el triunfalismo de quienes proclamaban el fin de la historia. Como si un ácido corrosivo hubiera caído sobre zona sensible, se manifestó una inflexión hacia el minimalismo.

Resultante de un proceso de gravitación natural, se había ido produciendo un acercamiento a la posmodernidad. La crisis de los metarrelatos y la exploración de zonas oscuras de la realidad se manifiestan sobre todo en el terreno de la ficción. Una zona considerable de la producción ensayística se elabora en el entorno de la academia, donde proliferan los estudios monográficos atemperados a las orientaciones teóricas del momento. Con abundante empleo de los metalenguajes en boga, renuncian a la formulación de auténticas interrogantes y optan por someter la indagación a los planteamientos de una hipótesis preestablecida, lo que parece derivar hacia el reforzamiento de una perspectiva dogmática. Las nuevas generaciones egresadas de las universidades reciben, desde su formación inicial, la impronta de un modo de pensar mimético y carente de creatividad.

En ese panorama, Ella escribía poscrítica, de Margarita Mateo, aparece como un texto de singular relevancia. Su hibridez genérica —testimonio, ensayo, ficción— reconstruye, desde lo más profundo de una subjetividad desconcertada, la atmósfera de un tiempo de crisis económica y de quebrantamientos de certidumbres. Aunque no lo asumiera en términos programáticos, la óptica femenina, traspasada por los apremios de la extrema precariedad —apagones, tareas domésticas, procurar el sustento de cada día— y por la íntima exigencia de una práctica profesional, encuentra en la escritura asidero y sentido. La voz testimonial ficcionalizada enhebra el hilo conductor en el rescate de un conjunto de fragmentos aparentemente dispersos.Lo culto y lo popular se interpelan y se contaminan mutuamente. El panorama introductorio sobre el fenómeno de la posmodernidad en Cuba no rehúye, para establecer las coordenadas básicas, la perspectiva histórico-cultural, pero la conservación y la entrevista subyacen en el rescate del grafiti y de las marcas dibujadas sobre la piel.

El sujeto escindido que articula el discurso en Ella escribía poscrítica, apegado en apariencia al modo de un tejido flexible a los fragmentos de una realidad múltiple —social, cultural, literaria— reconstruye la coherencia mediante una pluralidad de acercamientos críticos. Sustituye el autoritarismo de un enfoque teórico impenetrable a las voces de una circunstancia temporal movediza por la exploración de un texto que transita entre las angustias de la cotidianeidad y las variadas manifestaciones de la creación humana. Lo culto y lo popular se interpelan y se contaminan mutuamente. El panorama introductorio sobre el fenómeno de la posmodernidad en Cuba no rehúye, para establecer las coordenadas básicas, la perspectiva histórico-cultural, pero la conservación y la entrevista subyacen en el rescate del grafiti y de las marcas dibujadas sobre la piel. Por otra parte, entrevistas y procedimientos narratológicos coexisten en la presentación de Cañón de retrocarga, de Alejandro Álvarez Bernal.

La obra de Montaigne cristalizó en una etapa matizada por el germinar de cambios bajo los nutrientes de una profunda crisis. En el caso de Francia, el derrumbe de las antiguas certidumbres, dominadas por el imperio del dogma, condujeron, agudizadas por circunstancias históricas y sociales específicas, a una sangrienta guerra civil. Las heridas, con su carga de rencores e intolerancia, tardarían mucho en cicatrizar. Con el sinuoso recorrido de sus ensayos, Montaigne estaba asumiendo la incertidumbre como punto de partida. En diálogo abierto con el lector, estaba sembrando pistas para que cada cual encontrara su camino hacia las verdades a través de la observación de la realidad sin descartar por ello el sustento de la cultura letrada, tal y como le enseñara latín su padre, reinventando el habla viva en el quehacer cotidiano para llegar luego al lenguaje de los clásicos.

También nosotros vivimos una época crítica, con rumores de apocalipsis que renacen con rumores fatídicos inspirados en falsas interpretaciones del calendario maya, guerras interminables que llenan las páginas de los diarios, disgregación del sujeto ante la fascinación por los objetos, deterioro de las relaciones interpersonales avasalladas por el entretenimiento y la manipulación mediática, derrumbes económicos que cercenan presente y porvenir, miseria creciente contrapuesta a abundancia descomunal, reverdecer de un pensamiento dogmático basado en el autoritarismo de la academia, mercadeo improductivo de retóricas estériles. Hay que volver a nombrar las cosas, devolver al pensamiento, rescatar la inocencia de la mirada virginal para recuperar el contexto creativo con el mundo concreto de las cosas y empezar la renovación haciendo saber a todos, como lo hiciera el niño en el cuento de Andersen, que el rey está desnudo.

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