Cometa en Montevideo

Edda Fabbri • Uruguay

El cometa llegó y se fue igual que un niño. No digo pasó, digo llegó y se fue aunque sé, como casi cualquiera, que él no llega a ningún lado ni se va. Digo llegó y me refiero solamente a nuestro campo visual, del que después se fue. Digo como un niño porque junto con el cometa llegó a mi cuerpo, que es decir a mi vida, un niño con nombre de piedra.

En la rambla la gente sentada en el murito miraba hacia el mar. Algunos tenían largavistas y esperaban. En el muro había todavía lugares libres y el cielo conservaba mucha luz. A esa hora —eran como las nueve y media— nadie hablaba del cometa. Parecía que no pasaba nada.

Aun así, había que elegir con cuidado el lugar. Antes de que llegara la camioneta de la que salió un grupo de gente con el telescopio, apareció Venus. Decían por la tele que el cometa se iba a ver allí, cerca del lucero. Entonces empezamos a hablar, por Venus, a mirarnos un poco. ¿Será Venus? No; es el lucero. Comentarios así.

Los del telescopio alborotaban en la vereda. Había varios adolescentes que se reían de todo, un niño chico y un hombre joven que desplegaba el trípode y luego intentaba enfocar. Daba tranquilidad pensar que allí había alguien que sabía. Aunque eso nadie lo dijo.

Mientras el hombre se ocupaba del telescopio Pedro corría por la vereda, hacía preguntas y no dejaba tranquilo a su padre, el que sabía. Estaba más ansioso que nosotros y hablaba. Esa era una de las diferencias. El padre sabía además que tenía que cuidar al niño de los autos que pasaban cercanos y de que no se asomara mucho por el murito sobre el mar, y todo eso lo puso de mal humor. 

Venus se hacía más brillante cuando me senté con Pedro a mirar el mar. Sobre el horizonte se estiraba una nube ancha y oscura que de a poco fue tomando el mismo color que el mar, y el horizonte desapareció. Por encima de esa nube el cielo claro estaba atravesado cada tanto por unas nubes como líneas de color gris claro que uno podía contar de abajo hacia arriba como si fueran renglones, numerarlas para poder indicar hacia dónde estábamos señalando. Por encima de la tercera vimos al cometa. Una bomba de humo, dijo Pedro, y eso parecía la cola, elegante en el descenso lento. Venus quedó sola.

No sé cuándo Pedro se acurrucó pegado a mi cuerpo ni supe entonces por qué lo hizo. Recuerdo claramente su cabeza redonda y suave. Recuerdo sus ojos y la boca sin dientes (algunos niños, y Pedro es uno de ellos, pierden todos los incisivos al mismo tiempo). Me preguntó a dónde va el cometa, qué hacía aquella gente en unas rocas oscuras. Miramos un avión y dijo que si él tuviera uno se iría a buscar el cometa, a ningún otro lado. El viento de la rambla no era frío y pensé, cuando le dije que estaba muy bien lo de ir a buscar el cometa, que yo me sentía muy bien con él y que, por cierto, había elegido un buen lugar. Le pregunté si había visto antes un cometa. Me dijo que sí. El avión se iba despacio, la gente de la roca pescaba en la distancia. Fue entonces cuando reparé en su boca, mientras me explicaba. Era en un video que lo vio. Como no tiene ni un diente, Pedro, siempre se le ve la lengua. Él se esfuerza para pronunciar lo mejor que puede las consonantes difíciles. Ese esfuerzo es consciente y parece apoyado por los gestos de las manos, que separa a los costados de la cara como dibujando paréntesis. El Principito se agarró del cometa, me dijo, en el video. Estaba solo en su planeta, por eso se fue. No había nada en ese planeta, solo un asiento para sentarse él. Las manos dibujaron la esfera en el aire, el asiento chiquito. El Principito se agarró de la cara del cometa —siguió— y llegó al desierto. Antes allí se había caído un avión.

Las personas que pasaban miraban el telescopio y dudaban un poco antes de preguntar si había que pagar. Pedro dijo que no, que el telescopio era de su padre y se podía mirar. Nosotros ya habíamos mirado: enmarcado en el círculo estricto del telescopio el cometa parecía arrancado del cielo, de su paisaje. La cola como de humo, la cabeza ciega, sin brillo. Volvimos al murito. Pedro sintió frío o no sé qué. Creyó necesario que lo abrazara y con un solo movimiento puso mis brazos alrededor de su cuerpo. No creo que quisiera dormir. En el horizonte la nube azul oscuro parecía de piedra.

El cometa se fue y yo no sé cuándo va a volver a pasar. Dicen 40 años. Es mucho tiempo. Sé que acercó a mi vida —como dije— un niño sin dientes y confiado. Un niño que hace solo de niño; que puede hacerlo. Con preguntas y deseos extensos, con apuro, mirándose en un personaje que se le parece. El murito de la rambla sigue siendo inmenso, pensé mientras lo dejaba atrás como al horizonte invisible. El cometa trajo un niño o dos. No sé cuándo va a volver a pasar.

Montevideo, 2007

 

Edda Fabbri: Escritora uruguaya (Montevideo, 1949). Durante sus estudios de Medicina se insertó en el movimiento estudiantil contestatario. En 1971 se incorporó a las filas del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros por cuya militancia es apresada inmediatamente y recluida hasta 1985. Durante esos años logró estar en libertad nueve meses, gracias a un exitoso plan de su organización por el cual pudieron fugarse 38 presas políticas. Con su primer libro, Oblivion, obtuvo el Premio Literario Casa de las Américas de literatura testimonial en 2007. En él recoge sus reflexiones sobre la prisión política en Uruguay. Ha trabajado para diversas publicaciones periódicas, y desde 2000 lo hace para el semanario Brecha. Cuentos suyos han sido incluidos en Memorias para armar II (2000) y Exilios y tangueces (2009). En la 54 edición del Premio Casa de las Américas se desempeña como jurado en la categoría de Literatura testimonial.

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