Carlos Garayar, jurado de Novela

Ejercicios de búsqueda

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Es la primera vez que el escritor y profesor peruano Carlos Garayar participa en el Premio Casa de las Américas como jurado. Pero no es la primera ocasión en que visita Cuba. Antes, cuando se celebró un congreso por los cien años de Alejo Carpentier —situado (no faltaba más) en lo que podría llamarse las cumbres sin borrascas de la literatura cubana— se presentó como ponente con un artículo sobre uno de los pocos autores de la Isla a cuya literatura ha tenido acceso… hasta ahora.

“He leído algunas de las obras premiadas aquí, pero la distribución es diferente desde los años 60 y 70; entonces, quería venir para ver qué se estaba haciendo en América Latina en materia novelística, a partir de una selección de autores sin el filtro de las editoriales, las cuales dirigen la lectura hacia un tipo determinado de obras. Aunque los premios también tienen una dirección, sobre todo los muy bien provistos, que requieren recuperar su inversión inicial, dejando quizá sin publicar las obras que podrían ser más importantes desde el punto de vista literario, lo cual no ocurre en esta ocasión”, comenta.

El presidente de Casa de las Américas, Fernández Retamar, lo dijo muy claro: no hay más criterio de selección que la calidad literaria, ni ideológicos, ni temáticos, ni nada parecido a un jurado parcial. Pero, ¿cómo se mide entonces una categoría tan subjetiva como la calidad literaria? Para este estudioso de la obra de Vargas Llosa, a la hora de escoger un solo premiado1, y quizá varias “menciones honrosas”, existen algunos parámetros que, a pesar de la ambigüedad del criterio, sirvieron de guía a los integrantes del jurado encargado de evaluar las más de 170 novelas presentadas: originalidad en el enfoque, utilización de recursos modernos para narrar, “porque ya no se puede narrar como en el siglo XIX” —dice—, hondura en el diseño de los personajes, etc.

“Empezamos a leer prácticamente desde el primer día, y nos hemos reunido constantemente para evaluar las lecturas de los demás. De modo que las novelas seleccionadas por cualquiera de los miembros tenían que ser leídas por los demás”, explicó Garayar acerca del proceso de discriminación.

Ha sido sorprendido, desde el punto de vista temático, por las pocas obras policiales, o con tópico claramente político que ha encontrado. “La mayoría de las que me ha tocado leer son existenciales, por decirlo de algún modo, ya que ponen mucho énfasis en la sicología del personaje. Tampoco encontré muchas de ciencia ficción, aunque sí había una o dos de aventuras”.

Le ha sorprendido porque sabe que el mercado literario se orienta en otro sentido. Para Carlos Garayar, la literatura de “éxito” hoy día está marcada por los best seller (que no necesariamente tienen que ser malos libros, “pero en general tampoco son muy buenos”). Esa literatura, según el profesor peruano, se caracteriza por la presencia de estructura policial, aunque no necesariamente tenga que existir un detective, sino más bien la función de búsqueda; por trabajar temas de actualidad, por ejemplo, algún suceso político relevante; por la levedad en el tratamiento de los personajes, que suelen ser muy fácilmente aprehensibles por el lector.

“Es cierto que, de alguna manera, uno siempre se plantea un lector; pero, finalmente, cuando uno trabaja una obra lo hace en soledad, explorando y descubriendo aristas, no sometiéndose a un plan previamente trazado, sobre todo en relación con el lector. La literatura es un ejercicio de búsqueda, y a veces esto significa triturar el lenguaje. La palabra misma es una fuente de sorpresas, de interpretación de la realidad. Ejercer este poder en la forma es también una manera de conocer el mundo.

“La gran literatura siempre ha sido así; se ha vuelto más sencilla con el paso del tiempo, pero en su momento fue estricta, no fue fácil. Hay obras excepcionales que son capaces de llegar a todo el mundo: Cien años de soledad, por ejemplo. Mario Vargas Llosa también presenta esa cualidad, esa forma de totalidad para dirigirse a todos los públicos y a todos satisfacerlos de acuerdo a sus condiciones. Pero eso es algo muy raro. En principio no me opongo a la ‘otra’ literatura, de la que hablábamos. Esa también crea lectores. Finalmente, algo sacarán de esas lecturas, porque no hay lectura perdida. Y, además, es muy posible que buena parte de los lectores deriven hacia obras más exigentes, más reveladoras de la condición humana”, comenta.

Hay en esta ocasión numerosas novelas históricas, que son, según Garayar, una manera directa de observar la relación de la literatura con la realidad. Las sociedades latinoamericanas, que no avanzan al mismo ritmo en todos sus niveles y espacios, son de esa manera re-presentadas en las obras.

“Desde el boom, esa relación no es tan sencilla. Entre otras cosas por el fenómeno de la globalización que nos ha llegado. Porque en los años 50 o 60 era natural para un narrador —quizá no para un poeta, pero sí para un narrador— tener como referente a su propia realidad. Si eras dominicano, pues escribirías sobre República Dominicana. Los europeos, por ejemplo, no se sentían obligados a crear argumentos, por decirlo de alguna manera, sobre la realidad de sus países.

“Ahora, nosotros también hemos llegado a esa globalización, así que podemos asumir otras realidades. Eso ha hecho que la literatura, y la narrativa en especial, ya no se preste para una confrontación entre el mundo representado y el referente real. Las implicaciones de la literatura pasan por instancias simbólicas ahora. Se busca abolir —y he visto algunos casos en esta ocasión—, aunque no del todo, parámetros como el tiempo y el espacio. Eso es producto, por un lado, de la herencia del boom y, por otro, de la influencia de la literatura europea y norteamericana actual”.

Pero, además, existe en el continente —comenta— un serio problema de incomunicación entre las editoriales, de modo que se hace muy difícil conocer las realidades literarias de otras naciones.

“Esto sucedía en los años 70, por ejemplo, porque las editoriales estaban en un momento en que les interesaba la calidad y eran un buen filtro. Sabíamos que, por ejemplo, algo que se publicaba en Seix Barral, si no era excelente, por lo menos no era malo. Lo mismo sucedía con Casa de las Américas, todo lo que se publicaba ahí lo podíamos leer. Ahora es difícil leer un libro impreso en Cuba, porque no llegan. Esa cadena de distribución se ha roto. Por eso vine en aquella ocasión al Congreso por el centenario de Carpentier y acepté con mucho gusto formar parte del jurado de esta edición del premio Casa”.



Nota:
1. El veredicto del jurado en la sección de Novela no había sido decidido en el momento de esta entrevista a causa de la gran cantidad de obras (más de 170) que se presentaron al concurso.

 

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