Literatura

Carta por un niño de 30 años

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

Parecerá mentira, pero el niño de Senel Paz que fuera El rey en el jardín, niño aquel que luego se desmontó del tren en el que salió de su pueblo del centro de Cuba, llegó a La Habana como quien dice al cielo con diamantes, cumplió más o menos el consejo de No le digas que la quieres y, recientemente, se sentó en un banco de Centro Habana al lado de un pícaro llamado Yhosvany, cumple 30 años.

La obra de Senel, ampliamente comentada, reconocida y transformada en términos cinematográficos, merece, sin embargo, un poco más. No solo de los críticos y editores actuales, sino, sobre todo, del propio autor. Es hora de que le dedique más empeño a la saga de sus personajes, anhelantes como han quedado de continuar contándonos sus infinitas peripecias. Será materia de ensayo (intuyo) el análisis del humor en la literatura de este escritor nuestro; así como también su particular mirada hacia dos aspectos fundamentales: la figura de la mujer, y el estremecimiento que la Revolución causó en la gente monda y lironda del pueblo.

Conmovida ante el hecho de que fue en el año 1983 cuando ocurrió la primera edición de El rey en el jardín (Letras Cubanas), me propongo entusiasmar al público joven esbozando el maravilloso mundo que abrió esta novela, con la intención de quedar en la memoria de quienes tuvimos el placer de conocer, cuando aún era cándido, a aquel primer niño que hoy corre el riesgo de no celebrar su tercera década como es debido.

Resultaría imperdonable, por todo lo que significa, que el público lector de hoy se pierda ante la maraña de los tópicos refritos abordados con una especie de seudovanguardismo muy de moda en la literatura, sin pisar antes la tierra de donde salió la narrativa original que nos dio origen; esa que hizo y hace la generación inmediata al triunfo de la Revolución. Hoy, al cumplirse aniversarios cerrados de varias de las publicaciones iniciales de un grupo de importantes creadores(as), será justo reeditarlos. Comienzo entonces por movilizar a las editoriales cubanas, en aras de considerar la segunda aparición/una nueva aparición cubana de El rey en el jardín.

La versión original divide la novela en cuatro partes, y la siguiente en tres (sin que esto revista gran importancia, ya que los capítulos fluyen por sí solos, con respetuosa continuidad de la trama), un mundo que en la vida real, históricamente, consta de dos grandes momentos: el Antes y el Después no de 1959, sino de algo mucho más trascendental para la vida del niño-centro, del pretexto-criatura, del narrador acucioso que nos cuenta.  

La vida del campo-campo; el entorno mágico de flores, árboles, bestias, gallinas, hojas secas, taburetes, fogones de carbón, cocuyos, mariposas y chivos nos conquista desde esta primera frase: “Allá está mi casa, rodeada de matas y arbustos y con las enredaderas trepándole las paredes”de manera que desde el principio literal, queda explícita la mirada de quien nos cuenta, y sospechamos cómo será el ambiente. El universo encantado de lo rural, primer gran capítulo de El rey en el jardín, no se limita a las bondades de la flora y la fauna. Ni tampoco constriñe su encanto a los diálogos que establecen los niños con los animales y las flores, aunque es obvio que ambas ensoñaciones contribuyen al misticismo de la naturaleza; sino que el mayor atractivo lo constituye el modo en que los humanos  se enfrentan a esos desafíos.

La figura de la abuela, personaje-horcón que Senel enaltece en toda su obra, despliega una increíble comicidad a través de sus historias, solo comparable con la propia del niño, segunda voz narrativa en dicho sentido. Ya sea con humor de expresión (“el cielo, que ya estaba oscuro, se renegritó todavía más… y el viento dijo: Aquí estoy yo, Pancho”), de situación (“si no ganan los rebeldes, nos tiramos bocabajo y yo les echo puré de tomate en el pecho a ver si cuando vengan los guardias matando gente, escapamos”), o utilizando los vocablos típicos de la cubanidad (“Noel fue más bicho que Dios; principio y repunte de tifus; la teja antes que la gotera y el parche antes que el grano”), este libro moviliza la risa de principio a fin.

El segundo gran capítulo: el momento en que la familia se traslada al pueblo (al pueblo en persona) representa un viraje en la existencia de todos. Para bien y para mal provoca varios cambios importantes: la madre joven, hasta entonces sumisa, de cierta forma se libera y comete indisciplinas; sus hijas crecen, aunque mantienen la condición de parecer siamesas indistinguibles, adosadas todo el tiempo; la abuela envejece hasta perder la visión, y tanto ella como el niño disminuyen los rasgos cómicos que los distinguían (“los pueblos son todavía peor que el campo, porque arriba de las miserias  y las calamidades, que son las mismas, está la gente que es mala y sin corazón”). El humor, más grave, reflexivo y aislado, simboliza el padecimiento del desarraigo.

La entrada de los insurrectos a dicho lugar es narrada con énfasis vivencial a la vez que imaginativo; tan cinematográficamente como también son los pasajes anteriores del circo familiar y de la inauguración del primer ferrocarril del pueblo. Desde la perspectiva infantil (solo el niño describe este momento estremecedor), el hecho causa la misma algarabía; el mismo terremoto emocional que la llegada de malabaristas o de vehículos rodantes. En un retorno al realismo mágico de las primeras páginas aparecen “los barbudos tan verdes que parecen matas caminando y cuando las matas los ven saltan a la calle y también van hacia el parque, que parecen rebeldes”.

La partida del niño hacia la Gran Ciudad, punto de inicio para En el cielo con diamantes, y de final para El rey en el jardín, (“iré de pueblo en pueblo haciendo circos o guerras, divirtiendo a la gente de cualquier manera, sembrando higueretas”), lejos de resultar atropellado, es el resorte natural, único y necesario para cerrar y abrir los horizontes a los que Senel Paz dedica su talento.

Ojalá sepamos y podamos beber de los manantiales reales o imaginarios que él crea, aunque tengamos que escupir las mariposas que, caprichosas ellas, insistan en posarse en los pomos, en las tinajas, en las sábanas floreadas. Aunque tropecemos con ellas y tengamos que hablar escupiéndolas, y no valga la pena azorarlas, porque nunca se irán.

El 30 cumpleaños de este niño-Rey fabuloso, de este girasol parlante que a veces parece un chivo, que viene y va en trenes rigurosamente divertidos, y que no cesa de asombrarse ante el desconcierto de un mundo adiamantado, merece (cuando menos), que lo agasajemos con una nueva edición de su libro, y soplemos velitas junto a él.

Comentarios

Muy bien por Laidi y felicidades a Senel.

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