Diecisiete personajes
en La Gaceta de Cuba

Norberto Codina • La Habana, Cuba

                                           Recordar el futuro es arriesgars
a vivirlo de nuevo.

                                          Félix Pita Rodríguez, Luces de situación

 

Asociado a la revista han sido editados en los últimos años varios libros. Algunos títulos formados íntegramente por compilaciones de textos allí publicados: Mamá, yo quiero saber... entrevistas a músicos cubanos, preparado por el musicólogo y editor Radamés Giro para la Editorial Letras Cubanas; los organizados en torno al premio de cuento de la revista: Dorado mundo y otros cuentos y Maneras de narrar, del que ya se prepara una segunda edición ampliada y actualizada, aparecidos por Ediciones Unión; Memorias recobradas, compilación de los dosieres sobre la diáspora que Ambrosio Fornet diera a conocer en la revista; Siglo pasado y Por los extraños pueblos, basados en secciones y dosieres, fundamentalmente de crónicas, que tuvieron una acogida muy favorable entre los lectores, los dos primeros por la casa villaclareña Capiro y el último por Unión. Y, recientemente, por el sello editorial del ICAIC, Conversaciones al lado de Cinecittá, una serie de entrevistas con figuras representativas del cine cubano que, de la autoría del cineasta Arturo Sotto, publicamos durante año y medio. Estos solo son algunos títulos, sin contar los varios libros publicados de Fernando Martínez Heredia, Desiderio Navarro, Rafael Hernández, Leonardo Padura, Arturo Arango, o en proceso como el de entrevistas de Waldo Leyva, entre otros autores, algunos de cuyos textos claves aparecieron por primera vez en La Gaceta de Cuba; a los que se suma el volumen que el lector tiene en sus manos.

Aquí se reúnen 17 representantes sobresalientes de la escena cubana, cuyas entrevistas aparecieron durante más de tres lustros en nuestra revista, figuras imprescindibles de las tablas y que se han dado a conocer como dramaturgos, directores, actores, bailarines, diseñadores, pero sobre todo como maestros y fundadores, y que con el testimonio de su palabra ejemplifican su legado —algunos ya sea en la diáspora o en el llamado “interior”, cuando se habla de las provincias, o en el corazón de La Habana — a la cultura nacional. Personajes ellos mismos en su decursar por la vida y la profesión que han forjado como una sola realidad a la que entre alegrías, sinsabores, aplausos e incomprensiones, se han consagrado.

Tres de ellos lamentablemente fallecidos en plena actividad creadora, Alberto Pedro, Roberto Blanco y Sergio Corrieri, a quienes de una forma u otra conocí y aprecié, más allá de su profesión, y quiero dedicar este volumen de homenaje a la escena nacional.

Faltan, indiscutiblemente, varios nombres señeros que con su ausencia nos recuerdan lo incompleta que puede ser esta compilación. Las deudas con Bertha Martínez o Flora Lauten, cuyos posibles entrevistadores nos han dejado esperando, son solo dos ejemplos de los muchos que encontrará en falta el posible destinatario de este volumen.

Estos textos, como muchas otras cosas, se justifican por tener lectores cómplices, que no complacientes. Y aunque sean unos pocos, con eso cualquier autor siente que no fue en vano lo que escribió para compartir con alguien más, que sería el tercero en el diálogo.

Estas conversaciones ajenas siguen siendo para el presunto lector la mirada horizontal donde podemos escamotear el plano autobiográfico del entrevistado, siempre y cuando sea una buena entrevista, no tanto por lo que se dice, como por lo que se intuye.

La Gaceta de Cuba ha tenido en Orlando Castellanos, Leonardo Padura, Ciro Bianchi Ross, colaboradores con el oficio de dominar el decálogo del buen entrevistador, sin perder el hilo de la madeja que requiere toda conversación. Algunos como Magda Resik o, más recientemente, Arturo Sotto, dieron a conocer en sus páginas los primeros textos que revelan una madurez en el género.

La entrevista, cuando es consecuente con su género, es el camino más corto para llegar al entrevistado en cuestión, no importa que aparentemente tome rumbos que se alejan, incluso hasta en sentido contrario, y tenga por momentos más de parábola que de “cara a cara”. Una buena entrevista siempre se agradece, y por difícil, parco, torpe o escurridizo que sea el interlocutor, en el oficio del entrevistador está la clave, y como resultado final, el presunto lector pensará de aquel que responde “que persona tan asequible, locuaz, inteligente y franca es fulana o mengano”.

En el decálogo de la buena entrevista hay axiomas como “no hay preguntas indiscretas, sino repuestas indiscretas” o, solo aparece en el protagónico el objeto de la encuesta, aunque la mano casi anónima del encuestador nos lleve paso a paso o, como suele suceder en los mejores ejemplos del género, el diálogo muestre, a la vez, el rostro del entrevistador y del entrevistado. A estas últimas pertenecen las que compilamos en el presente libro.

El diálogo pleno entre la realidad y la ficción, donde la conciencia del entrevistado se transforma en el testimonio de esas percepciones que son el magma que descubrimos. Como un corte transversal queda el intercambio de preguntas y repuestas. Con sabiduría dice el poeta que evocar el pasado es una forma eterna de arriesgarse con el futuro, y vivir ambos de nuevo.

II

Volver a estas entrevistas, a estos textos, es como redescubrirlos después de su primera lectura en la revista. Ejemplar es la que se hizo a Sergio Corrieri, a la cual coadyuvó la amistad de años y la formación de Waldo como estudiante de teatro, amén de las muchas horas dedicadas al dominó y la poesía que ambos compartieron. Y se descubren historias significativas como la fundación y desarrollo de Teatro Estudio y el Teatro Escambray, o esa experiencia reveladora de los campesinos de la montaña, sin contacto durante siglos con la tecnología más elemental, casi vírgenes en cuanto a intercambio con el mundo exterior, que tuvieron como nueva experiencia cultural en los primeros años de la Revolución el llamado “cine móvil”, ese Por primera vez que también nos hizo llegar Octavio Cortázar, y que los lugareños, según cuenta Sergio disfrutando la originalidad de la imagen, por extensión y con mucha imaginación al referirse a las representaciones teatrales, las bautizaron como “cine personal”. El cubano sencillo, recto, a veces duro con los otros porque él mismo “se llevaba demasiado recio”… El jugador de dominó, el buen conversador, con suerte envidiable para las mujeres pero para nada con pose de galán de cine, aunque Edmundo Desnoes lo llamará el “Mastroniani de los pobres”, imagen que aunque responde a clichés colonialistas, no deja de ser ocurrente y reconoce una asociación válida.

La más antigua de las encuestas que aparece en estas páginas es la que Vivian Martínez Tabares realizara a ese eterno desacralizador que fue Alberto Pedro Torriente, quien fuera en su momento, tal vez, el dramaturgo cubano más popular “y el más conectado con la difícil problemática” de nuestra realidad, lo cual se refleja puntualmente en esta entrevista. Basta recordar el éxito de su ópera prima Tema para Verónica, o sus clásicos Weekend en Bahía1, Manteca o Delirio Habanero. Alberto con su Teatro Mío quiso demostrar, como lo cuenta en el mencionado diálogo, que “no hay mejor preceptiva que trabajar directamente con los actores”, porque “[…] el teatro es una conspiración”.

La carrera de Carlos Díaz, desde los tiempos (hace más de 30 años), en que lo conocí como animador cultural en su natal Bejucal, hasta sus puestas llenas de audacia y desafío, con montajes que han hecho historia en la escena cubana “desde el reto de la parodia […] hasta la imagen más dura o grotesca, pero siempre desde un peculiar culto a la belleza”, al decir de la crítica Martínez Tabares, es otro ejemplo de renovación constante hasta hoy en día, e igual que la de Alberto, su entrevista tuvo indiscutible repercusión cuando apareció por primera vez en La Gaceta.

Cuando Maité y Omar tuvieron este encuentro con Estorino, este tenía 72 años (en la actualidad tiene 87), y los entrevistadores se asombraron de su vitalidad, asombro renovado casi tres lustros después, pues sigue siendo como artista y ser humano, una persona hermosa y vital, porque para él y para su quehacer artístico seguramente se inventó la palabra “entrañable”.

Haber compartido mesa y conversado plácidamente con Harold Pinter y Abelardo Estorino, con uno en Londres, y el otro en El Vedado, es de los pasajes que siempre me acompañarán. Y los asocio porque en su entrevista correspondiente, Abelardo cuenta la anécdota de cuando “en los jodidos 70”, estuvo en una lista de autores censurados junto con el propio Pinter, lo cual dentro de la amargura de las circunstancias, lo tomó como un honor.

El ensayista Carlos Espinosa valora de esta forma la repercusión de su obra:

(En) “[…] Morir del cuento y La dolorosa historia de amor de don Jacinto Milanés […] dos de los mejores textos de nuestra dramaturgia contemporánea […] Estorino realiza un despliegue creativo inédito en su producción anterior, y crea un ambiente onírico y evanescente en el que confluyen diferentes planos teatrales”2. Graziella Pogolotti, al escribir sobre la “educación sentimental” de Estorino, recuerda como en él se produce “[…] esa ruptura, indispensable para la plena emancipación humana, (que) debe producirse desde el interior del entramado social mediante la revelación de la verdad subyacente”.3

La entrevista con Alberto Sarraín es, tal vez, la más emotiva de todas las que se reúnen en este libro, y sin duda una de las mejores, en una compilación donde hay tantas buenas encuestas. Promotor por mucho de una de las experiencias teatrales más importantes fuera de la Isla, Sarraín es, además del talento y la voluntad del trabajo que le acompañan, un gran tipo. Recuerdo una conversación que tuve con él y Estorino a propósito de la historia de Rey Vicente Anglada y su accidentada e increíble carrera como jugador estrella de béisbol, sospechoso y reo de una causa de la que era totalmente inocente, y mánager triunfador de los equipos Industriales y Cuba. No creo que a los dos les apasione especialmente la pelota, pero sí se motivaron con lo que podía ser el argumento para una obra de teatro o una película, lo cual me demostró en ambos casos que en ninguna circunstancia como hombres del teatro pierden su capacidad de imaginar e interactuar con un posible proyecto sobre las tablas.

En cuanto a Sarraín, episodios dramáticos y conmovedores hacen de su diálogo una evocación cargada de honestidad y de la lucha tremenda y desgarradora de un ser humano por encontrarse. De los magisterios e influencias que reconoce en su formación, es un buen ejemplo el breve pero medular retrato que hace de Piñera: “Virgilio, yo creo que es el gran maldito, porque es un definidor y combinador de nuestra cultura. Y él es el gran iconoclasta y el gran profeta. Una personalidad única”.

El actor, director y maestro que es Vicente Revuelta4, tal vez represente como nadie lo que es la escena cubana de los últimos 60 años. Tanto en Teatro Estudio como en Los Doce, nos dejó una lección ejemplar, a la que se suman recordadas puestas que serán eternas en la escena nacional como El alma buena de Se Chuan, o Galileo Galilei.

A Vicente le es válido lo que diría Roberto Blanco al hablar de lo propio y ajeno en el terreno teatral: “A mí nada humano me es ajeno. Creo que es en esa medida en la cual yo concibo la dinámica entre lo propio y lo ajeno”.

Aquí están estos directores que han sido formadores de actores. Y Roberto, como Vicente, Estorino o Hernández Espinosa, han sido ejemplares en eso.

Aunque el teatro para niños apenas está presente en nuestra galería, en las páginas de la entrevista de Rubén Darío Salazar se hace justicia a la leyenda más grande del guiñol insular: los hermanos Camejo y Pepe Carril5.

Pero si de magisterio e historia se trata, hay un nombre ineludible en la cultura nacional, y ese es Fernando Alonso.

De todos los aquí convocados, es el único que solo asociamos a un espacio llamado Teatro por los caminos de la danza. Pero, indiscutiblemente, sin su nombre no se podía tener como completa la representación de la escena nacional.

El diálogo que Tania Cordero logra establecer, me consta que tras varios intentos, con el ser humano y el artista que es Fernando, justifica por sí solo su inclusión en esta reunión de “teatreros”. El lector será el primero en agradecer, por las bondades de la encuesta y sobre todo del entrevistado, la presencia de este “intruso” que nos regala el esplendor de sus enseñanzas.

Otros ejemplos en esa dirección son Arrocha y Molinet, como vasos comunicantes entre el teatro, la danza, la enseñanza artística, el cine, a través de los caminos de la escenografía y el vestuario, donde sus diseños han hecho época.

Eugenio Hernández Espinosa es, como bien se define en este libro, uno de los dramaturgos más relevantes del teatro cubano contemporáneo. En mancuerna con Roberto Blanco estrenó en 1967 y perpetuó en nuestra memoria su siempre recordada María Antonia. Lo más legítimo de nuestras tradiciones ha encontrado un reflejo orgánico en su escritura.

La crítica e investigadora Inés María Martiatu llamó con oportunidad “una Carmen caribeña” esta pieza, de la que escribió: “Escrita en un lenguaje del habla popular sin pintoresquismo […]. Debemos agregar parafraseando a Fernando Ortiz que es un teatro nuestro, donde el negro vive lo suyo y lo dice en su lenguaje, en sus modales, en sus tonos, en sus emociones”.6

No queremos adelantar mucho más de los diversos temas que se abordan, o de las interrogantes que lejos de despejarse provocan nuevas inquietudes entre nosotros, como toda provocación legítima que debe ser un libro como este.

Este título nos devuelve además, representado en obras, grupos, escuelas, puestas y escenarios, parte sustancial de lo más significativo del imaginario teatral de la Isla.

Por eso, considero válido para todos los aquí reunidos, lo que como conocedora legítima y lúcida de nuestra cultura, escribió la Dra. Pogolotti: “La sociedad, en efecto, es la casa compartida por todos, artistas y espectadores, atravesada por el tiempo y por la historia, hecha por nuestras manos y gastada por ellas, portadora de la pesada carga del pasado y animada por el persistente reclamo de aires renovadores”.7



Notas:
1. “[…] una pieza como Weekend en Bahía […] primera que logra presentar con madurez y complejidad de matices el tema del exilio y del regreso de los cubanos que abandonan el país”. Carlos Espinosa. “Una dramaturgia escindida”, prólogo a la antología Teatro cubano contemporáneo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1992.
2. Ob.cit.
3. Graziella Pogolotti. “Una educación sentimental”, prólogo a Abelardo Estorino. Teatro completo, Ediciones Alarcos, La Habana, 2006.
4. Tiempo después de la entrega de este prólogo ocurrió el fallecimiento de Vicente, un imprescindible de la cultura cubana. Su nombre quedará como una leyenda de nuestro teatro, más allá del escenario.
5. Ya en imprenta el libro Escenas entre-vistas, y en fecha reciente, falleció esa institución del guiñol cubano que fue y es Carucha Camejo.
6. Inés María Martiatu. “Una Carmen caribeña”, en la antología Teatro cubano contemporáneo, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1992.
7. Graziella Pogolotti: “Una educación sentimental”, prólogo a Abelardo Estorino. Teatro completo, Ediciones Alarcos, La Habana, 2006.

 

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