Entrevista con Edda Fabbri, jurado de Literatura testimonial

La memoria es un derecho, el olvido una capacidad

Helen H. Hormilla • La Habana, Cuba

Cuando se le mira fijo a las pupilas, no es difícil percatarse de que Edda Fabbri conoce el dolor. No quiero decir con esto que la embargue la tristeza. Más bien, ostenta una bondad detenida, cierta fragilidad y una timidez que luego se disipa en el convencimiento de que vivir es también un acto empecinado. Ella es, digámoslo claro, una mujer de extraordinaria fortaleza, a la que no solo vale admirar como una sobreviviente de la prisión política en Uruguay, sino por el valor de convertir ese tiempo de torturas y horror en relato, en invención, en poesía.  

De los anhelos de la primera juventud, graduarse de médica era el curso lógico que llevaría la vida, pero la realidad supo ganarla a causas más profundas y, con solo dos décadas de existencia, pasó a formar parte del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros (MLN) en 1970. Poco le duró la militancia activa, pues en 1971 cayó presa. Gracias a un plan de su organización pudo escapar ese mismo año junto a otras 37 compañeras, pero nueve meses después volvió a ser detenida y allí se mantuvo hasta que, por presión popular, la ley de amnistía de 1985 devolvió la libertad a los presos políticos. Por defender un ideal, Edda Fabbri fue imposibilitada de transitar por los mejores años de su juventud con libre albedrío. Una historia casi de familia, porque también sus padres y su hermana estuvieron encarcelados.

Todo eso lo cuenta en Oblivion, su primer y único libro, con el cual el Premio Casa de las Américas la distinguió en la categoría de literatura testimonial en 2007. El jurado valoró el volumen como “una historia de gran valor testimonial y literario que demuestra no solo un eficiente uso de las técnicas narrativas sino, además, una valiosa sensibilidad que enriquece y sincera el relato. Se trata de la crónica de una presa política encarcelada en los años de la dictadura en Uruguay, y de su cotidianidad tras las rejas con sus compañeras de prisión”.

La vida cotidiana de las presas políticas en la cárcel de Punta de Rieles resalta en el relato, donde no solo se revelan las consecuencias sicológicas y físicas de vivir en reclusión, sino la capacidad de hermanamiento que es posible encontrar cuando la vida lleva hasta el límite. La historiadora cubana Daysi Rubiera asegura que en este testimonio “la mirada femenina, su olfato, sus sentimientos, se enfrentan y analizan el pasado, el presente, en un acto de recuperación de la memoria que no podía esperar más. La autora sintió el latido de su corazón y el de sus compañeras de encarcelamiento; hurgó en la sangre detenida por los abusos y las angustias, para hacerla fluir como un relato lleno de realidad, de ahí que en cada capitulillo haya dedicación y entrega, pero, también, frustraciones, miedo, audacia, terquedad y esperanza”.

Es un libro que nunca pensó escribir, pero llegó para convertirse en su mirada trascendente a la historia de su generación. Entre los regocijos de haberlo emprendido, estuvo el reconocimiento de la Casa de las Américas, una institución que la ayudó a formarse gracias a la lectura de la revista Casa y a los libros de la editorial distribuidos en la región. Además de Oblivion ha publicado varios cuentos en revistas y en los libros Memorias para armar II (2000) y Exilios y tangueces (2009). 

Cinco años después de ese premio, Edda llegó a La Habana a formar parte del jurado de literatura testimonial en la edición 54 del certamen, una tarea compartida con el argentino Juan Carlos Volnovich y el cubano Félix Julio Alfonso. Fue entonces cuando la abordé, y aunque parecía esquiva ante la grabadora, cada frase fue un hallazgo de emoción, como si fueran escarbadas desde un lugar muy profundo, imposible de aprehender en su totalidad.

¿Qué es lo que motiva a una muchacha de menos de 20 años a integrarse a un movimiento político en el que probablemente tendría que arriesgar su vida?

No me hicieron entrar; yo entré a la organización Movimiento de Liberación Nacional Tupamarus por mi voluntad. Tengo amigos en Montevideo que me hacen la misma pregunta: ¿cómo una muchacha de esa edad decide arriesgar la vida? Es cierto, estuvimos en peligro de muerte y yo tengo la suerte de estar acá; pero otros no sobrevivieron. Los que no perdimos la vida en el sentido literal, pasamos muchos años presos. Se puede decir que crecimos en el espacio de la cárcel. Cuando nos agarraron teníamos 20 años y cuando salimos superamos los 30. O sea, la edad de hacerse como persona, de aprender a ganarse la vida, a construir una pareja, de tener hijos; la edad cuando uno se transforma en adulto, nosotros la pasamos en la cárcel.

Pero lo hicimos porque estábamos seguros de que a través de la lucha armada, a la cual nos entregamos, íbamos a cambiar la realidad, a lograr una sociedad más justa, sin explotación. Y estábamos tan seguros de eso, que pensábamos que de perder la vida y no tener oportunidad para ver y disfrutar esa sociedad, alcanzarla sería suficiente, porque la disfrutarían nuestros hijos o, a lo sumo, nuestros nietos. Estábamos tan convencidos de que iba a ser así, que nunca dudamos en exponernos. No soy única entre la gente de mi generación que tomó ese camino. Fuimos muchísimos los que elegimos luchar por ese ideal.

La experiencia de la prisión es compleja, pero más allá de las heridas, me gustaría saber qué se aprende allí.

A título personal aprendí el valor del grupo para sostener al individuo. Valorar a mis compañeras, con las cuales conviví todos esos años. Ellas me salvaron la vida, no en una balacera, sino porque gracias a ellas yo no enloquecí, que es también una forma de perder la vida. Lo hemos hablado mucho entre nosotras, porque después de salir de la cárcel nos seguimos encontrando y conversamos. A veces pasa que cada una siente que tiene una deuda enorme con las demás, hay compañeras que me han dicho que así como siento que ellas me salvaron, ayudé a salvar a otras. Nos ha llevado años comprender que estamos en deuda unas con las otras, que juntas contribuimos a salvarnos.

Esa solidaridad entre mujeres se percibe también en su libro.

La solidaridad tiene que ver con el ser humano, no solamente con las mujeres. Eso lo pude constatar en las lecturas de los libros aspirantes a este premio de testimonio, y sobre todo en el libro que resolvimos por unanimidad premiar.

¿Qué la hizo contar esa experiencia en la cárcel?

Muchos años después de haber salido sentí la necesidad de escribir. Surgió principalmente en algunos encuentros de mujeres que, muchos años después de estar fuera, resolvimos juntarnos y hablar de nuestras experiencias. No nos juntamos por una cuestión de género, o porque no sintiéramos distintas o especiales con respecto a los hombres, sino porque estábamos juntas en la cárcel. Ese encuentro nos reunió para conversar sobre lo que vivimos. Éramos cientos de mujeres hablando a la vez, riéndonos, gritando. Ahí se decidió formar talleres más chicos para conversar otros temas y luego surgió el libro Memorias para armar, del cual salieron tres volúmenes.

Con posterioridad se formó otro grupo en el cual participé, que dio una serie de charlas de dos generaciones: la de los que habíamos estado presos y los más jóvenes, que pudieran ser nuestros hijos. De esa experiencia, que fue muy rica, volví a mi casa y comencé a escribir, sin la idea de que realizaría un libro, sino porque sentía la necesidad de comunicar lo que a mí me quedaba y rescataba en la memoria a partir de esas reuniones. En algún momento que no sé definir se transformó en un libro.

¿Guardaban esas páginas un interés de denuncia, de narrar una parte de la historia de su país?

Nunca tuve esa intención de contar la historia de mi país, porque no me considero preparada para eso, aun cuando soy uruguaya. No soy yo quien va a contar esa historia. Pero sabía que tenía cosas para decir, las mías, en las que creo. Lo que conté no es solo mi experiencia, son más bien mis reflexiones acerca de las cosas que vivimos.

¿Tiene que ver esto con la idea de que este libro no es tanto realidad como invención?

He dicho que el libro es invención, pero me gustaría que entendieran que eso no significa que las cosas concretas que cuento sean inventadas. Los episodios y hasta los nombres de las personas son reales. Invención es el libro, que es un artefacto, una creación. Creo que por eso fue premiado por la Casa de las Américas.

Ha venido a la Casa a evaluar libros de testimonio. Pensando en este género como vehículo para perpetuar memorias y experiencias, ¿cómo lo define usted?

Lo intenté responder en el panel en el que participé aquí, y aunque tenía esas palabras escritas desde Montevideo, sabía que le iba a querer agregar algo más a partir de la experiencia que tuve acá con mis compañeros del jurado.

En pequeñas palabras diría entonces que una obra de literatura testimonial, que no significa lo mismo que un testimonio, es una obra literaria en la cual, partiendo de la experiencia o las experiencias de una o muchas personas en un lugar y tiempo determinados, se logra construir un mundo, una propuesta, una verdad que el autor tiene para decir. Y si no una verdad, al menos una pregunta.

A partir de lo que ha podido apreciar como jurado de esta categoría en el Premio Casa, ¿qué tendencias aprecia, qué temas se están trabajando?

No percibo la predominancia de un tema sobre otro, pero he notado una forma de testimoniar o de recoger testimonios que consiste simplemente en acopiar historias de personas que han pasado por experiencias importantes; pero el autor que recoge esas experiencias casi siempre lo hace como un periodista que está grabando, sin agregarle a ese texto algo que sea su propuesta, su indagación. Lo he visto en algunos casos que leí, y me parece que el autor de literatura testimonial puede hacer mucho más que transcribir un testimonio, así como mismo cuando tú presentes esta entrevista no será solo lo que registró tu grabador de mis palabras, sino tu selección y por tanto estarás construyendo algo nuevo.

Usted ha reivindicado la necesidad de la memoria, pero también del olvido. ¿En qué consiste esa idea?

Es una pregunta que yo también me hice tiempo atrás. Yo no reivindico la necesidad del olvido. Lo que reivindico es el derecho del individuo a olvidar. Es clarísimo que un pueblo, una sociedad, tienen el derecho de tener a su disposición toda la información acerca de lo que pasó. Eso es un derecho de los pueblos y en América Latina muchos están luchando por tener acceso a la información de lo que le sucedió a sus padres, a sus abuelos, a lo que pasó en su país y en los países hermanos. Cada uno hará lo que quiera. Recurrirá a esa información y si desea saber más estudiará, se informará y sacará sus propias conclusiones.

Pero cuando hablo del derecho al olvido me refiero al individuo. Como mismo tiene derecho a disponer de la información, a que no se le oculten cosas, también es legítimo que pueda olvidar. En la vida de toda persona es probable que hayan pasado cosas buenas y malas, y aquellas que causan dolor puede que algún día se borren de nuestros recuerdos. Afortunadamente todos los seres humanos tenemos esa capacidad.

Edda, después de tantos años de cárcel, ¿cree que valió el sacrificio?

Ese sacrificio teníamos que hacerlo. Lo vivíamos como una opción ética. Entonces, no me arrepiento de haberlo hecho, de haber sido parte del MLN. Nuestros hijos nos reclaman también, nos preguntan lo mismo que tú ahora. En ellos hay un dolor profundo, porque de alguna forma están todavía pagando ese precio.

 

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