Fabular un país, testimoniar una literatura

Edda Fabbri • La Habana, Cuba

Casa de las Américas ha confiado en mi capacidad para desempeñar junto con ustedes esta delicada tarea de jurado.

La hice, esa tarea, no en carácter de profesional de alguna disciplina, que no lo soy. Estoy aquí en tanto agonista de algunos hechos y, principalmente, porque he podido dar cuenta por escrito de algunos de ellos o, mejor, de lo que ellos, años después, me sugirieron, he escrito un libro.

Pasé mucho tiempo en la cárcel, pero no vengo aquí a hablar de eso, no nos alarmemos, hablaré de nuestras miradas sobre los hechos, en lo posible de cómo los escribimos.

A veces, he deseado mirar el pasado con los ojos del historiador. Su mirada me recuerda aquella del Súperman de mi infancia, que podía ver a través de las paredes. La pared en este caso es el tiempo, que nos aleja de lo que pasó, lo disfraza, lo transforma. No sé, en verdad, si los historiadores pueden ver así, a través de esa pared, creo que no. Acaso logren componer una imagen mejor, no menos borrosa pero más amplia, y por eso me gustaría, a veces, poder mirar así. Pero no puedo hacerlo y la razón es simple: no estudié como ellos, no investigué.

Por eso digo, tranquila, que hablo desde mi subjetividad, desde el único lugar que puedo hacerlo. Esa tranquilidad, esa libertad, implica por cierto una dosis igual de responsabilidad. Sé que no me ata el compromiso con ninguna disciplina, no me obliga el rigor con que debe abordarse cualquier saber, pero estoy igualmente obligada: no con la verdad objetiva, si es que eso existe, sino con la mía. Solo si puedo mirarme con cierta dosis de verdad, la que yo sea capaz de soportar, podrán otras personas escuchar mi discurso, creer en él.

Vivimos en un país que no es de fábula. Es el arduo lugar que nos tocó o que elegimos: Uruguay, Cuba, Brasil, esta América.

Además escribimos, ahí empieza la fábula. La que nos acompaña desde el fondo del tiempo. Desde siempre inventamos, desde siempre aceptamos aquel antiguo encanto: contar, escuchar que nos cuenten, escribir y leer, confiar. La fábula es mentira, eso lo aprendemos temprano o tarde pero no importa. Confiamos porque sabemos que ella habla, ella dice siempre, y hay que esperar, a veces, al final para que nos golpee o bendiga su verdad, o cerrar los ojos y creer para oírla mejor.

Que no se nos acuse de escapistas: lo somos. Escribimos entre otras cosas para escapar de unos límites que nos mantienen prisioneros: de la condición social o de género de cada uno, del lugar que ocupa cada uno en esta humana construcción, la sociedad, tan endeble, tan parecida a nosotros. Escribimos para escapar, lo repito, lanzamos nuestro mensaje al mar, nuestro SOS, un grito o un susurro que pretende decirnos y que siempre nos dice.

He utilizado hasta aquí el plural, hay soberbia en el gesto. Podría decirles también que hay humildad, que por alguna razón precisé ampararme en la primera persona del plural. Hay una indefensión en quien escribe, o de ella partimos. Si no es indefensión es incompletud, algo que empieza con “in”, ese prefijo.

Y si me amparé en ese plural, el más extenso, el que incluye a todos los que sobre un papel o una pantalla escribimos para que otro nos lea, debo centrarme ahora en este ámbito más restringido, el de quienes hacemos esto que ha dado en llamarse literatura testimonial.

Si toda literatura es testimonio —no puedo pensarlo de otro modo—, testimonio de un mundo, de un sistema de ideas o de una sola idea, testimonio de la vida de un individuo o de 24 horas o un instante en esa vida —el que precede a su muerte o cualquier otro—, si la literatura es testimonio siempre —digo—, aunque fabule, invente, ¿qué es lo que hace la diferencia? ¿por qué la nombramos así: literatura testimonial?

Podría pensarse que es la voluntad, el deseo del escritor, consciente o no, de referir a una experiencia que es suya y seguramente también colectiva, inevitablemente colectiva. Creo que sería mejor hablar de necesidad, antes que de deseo. Hay una diferencia grande entre esos dos términos. Quiero pensar que la literatura arranca, dentro del individuo, de una zona bastante desconocida por él mismo, no vacía sino, al contrario, demasiado llena. Esa es la zona de su testimonio, ahí está todo escrito, aunque él no lo sepa, en otras letras (un alfabeto indescifrable casi, desconocido). ¿Por qué me detengo en esto? Porque no puedo más que pensar que allí está la verdad, digamos mejor una verdad, sea cual sea, la que va a construir una literatura.

He encontrado, entonces, otra palabra clave para pensar —para que yo pueda pensar— el tema que nos convoca. He hablado de “necesidad”, de una necesidad profunda. Agrego ahora “verdad”, y es un término tan vasto que corro el riesgo, al emplearlo, de no decir nada. No es mi intención. Cuando busco o celebro una verdad en un texto, mío o ajeno, no me refiero a una coincidencia entre lo que ese texto propone y los hechos —o alguna parte de los hechos— de la realidad. De esas coincidencias están llenos otros tipos de textos que no son los que aquí nos ocupan. Llamo verdad a otro vínculo, que el escritor descubre, a veces a su pesar, a veces sin buscarlo, entre aquel mundo oscuro, el de su testimonio, y esta realidad que habitamos. Ese vínculo es único, solo él lo vio y, agradecido o no, pudo escribirlo. No significo con esto que el escritor vivió o vive una realidad especial, nada de eso. Vive, vivimos, lo que tantos. Solo que cuando él —nosotros— puede traducir, que de eso se trata, aquellos oscuros caracteres que lo asedian, en palabras, puede, como otros artífices, construir un puente. No para salvar a nadie, para salvarse. No tenemos nada que explicar, nosotros, eso creo. Hay un solo deber y, parafraseando a Onetti, agrego: el que hubo siempre. Buscar la verdad propia, que es decir la llaga, que es decir la falta, y escribirla. Hablamos porque no podemos decir, explicó alguien, por eso escribimos.

Los acontecimientos a los cuales los textos testimoniales se acercan pueden estar lejos o próximos en el tiempo, eso no importa. Son ya, al tiempo de escribirlos, distantes. Algo muy frágil —la memoria— los atesora; es ella quien los selecciona, los tiñe, los destaca o desdibuja. Algo muy duro, implacable además —la memoria—, no los deja dormir; los escucha, necesita de ellos.

 

Testimoniamos siempre, aun sin proponérnoslo, aun cuando negamos o escondemos. A veces, creo que incluso más en esas circunstancias. Hay quienes piensan que lo que está mostrado no puede decirse. Me explico: el filósofo uruguayo Sandino Núñez, al referirse al poder de la imagen, tan valorado hoy, decía que, según Kant, “lo que se muestra, lo que aparece, obtura cualquier posibilidad de decir, de interpretar o de pensar”. Sandino se refiere a la imagen, cuando escribe esa frase que me convoca; yo tomo esa idea suya y quiero acercarla a cierta escritura muy explícita o que, por querer serlo, se vacía a veces de pensamiento o no le abre un camino al pensamiento. Me sirve para enfatizar la importancia en el texto de aquello para lo cual no teníamos palabras porque no sabíamos qué era, lo descubrimos al tiempo de nombrarlo, la escritura nos lo reveló.

La palabra testimonio es antigua. Juan Carlos me explicó su etimología. Imagino a aquel hombre: tenso bajo el imperativo. Debía decir la verdad o morir. De no hacer lo primero la ira de Yhavé caería sobre él implacable. Si ese hombre temblaba, si él debía contener su temblor, no es porque él se supiera víctima sino porque se asumía testigo. Sus congéneres allí lo colocaban, y él aceptaba. Él dio, ese hombre que imagino, su testimonio parcial. Él dijo lo que pudo, así, temblando. Y ellos le creyeron, no por Yahvé implacable, por su voz, aquel temblor.

 

Ponencia leída en el panel “Fabular un país, testimoniar una literatura”. Casa de las Américas. La Habana, 29 de enero de 2013.

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