Cincuenta y cuatro años de transparencia literaria

Marilyn Bobes • La Habana, Cuba

Decía el escritor cubano Leonardo Padura en una entrevista reciente que todos los premios eran cuestionables: desde el Nobel hasta el de la Ciudad de Santa Clara. Y, en cierto modo, tiene razón.

No se puede valorar una obra literaria a partir de la subjetividad de un jurado. El margen para la equivocación o la estrechez de miras para percatarse de la trascendencia de un manuscrito forman parte de esos errores humanos relacionados también con la diversidad de gustos y concepciones estéticas. Estos últimos existen y existieron  a lo largo de toda la historia de nuestra civilización.

Sin embargo, cuando los intereses del mercado o las consideraciones políticas determinan el otorgamiento de cualquier galardón, los premios se vuelven más cuestionables. Y hay abundantes ejemplos en este mundo de hoy, donde las exigencias del consumo y los monopolios editoriales ejercen su dictadura mediática.

Es quizá por ello que el Premio Literario Casa de las Américas, convocado por primera vez en abril de 1959, a solo tres meses del triunfo de la Revolución cubana, puede considerarse (o, al menos yo lo considero) como el más prestigioso de los que se entregan en este continente y más allá de él.

El hecho de que, en alguna ocasión, pudiera haber sido concedido a una obra que no soportó, medio siglo después, la prueba del tiempo, no empaña su condición de instrumento cultural para el conocimiento y la valorización de las letras de Nuestra América, sin que ningún elemento extraliterario condicione su propósito altruista de dar voz a quienes no consideran como una mercancía la acción de convertir en palabras su universo íntimo o la realidad circundante, siempre a partir de la honestidad y de un compromiso  total con la Literatura (con mayúsculas).

Creado con el objetivo de estimular y difundir las letras del continente latinoamericano, en el Premio Casa coinciden autores consagrados y noveles, muchos de los cuales han conseguido un lugar destacado en el favor de los lectores gracias al prestigio de un galardón que no ha cesado de engrandecerse a lo largo de la inestimable suma de 53 años.

En sus inicios, el Premio Casa se llamó Concurso Literario Hispanoamericano, pero en 1964 tomó el nombre de latinoamericano cuando se incluyó en él a los autores brasileños. Un año después, adoptó su identificación actual.

De igual manera a los géneros literarios tradicionales (poesía, cuento, novela, teatro y ensayo) se fueron sumando con el transcurso del tiempo el testimonio, la literatura para niños y jóvenes y las literaturas de expresión inglesa, francesa e indígena.

No existe en ningún lugar un premio tan abarcador de identidades, tan aglutinador ni cuya celebración constituya un encuentro de autores prestigiosos, que acuden como jurados cada año, con un público que  espera ansiosamente el mes de enero para disfrutar de esta verdadera fiesta de lecturas y reflexiones. Como si nos miráramos en un espejo o, mejor todavía, a través de un calidoscopio de coloridas diversidades unitarias.

Personalmente, me enorgullezco de ser acreedora de un premio de cuento y otro de novela en este certamen. No soñé nunca con un reconocimiento mayor, y saber que soy poseedora de ese tesoro, me ocasiona un sentimiento de timidez cuyo origen relaciono con el inmenso respeto que siempre me inspiró este reconocimiento extraordinario.

No lo cambiaría por ninguno de aquellos concursos de nuestra lengua que ofrecen cuantiosas sumas de dinero del otro lado del Atlántico. Y aunque, como afirma Padura, todos los premios son cuestionables, lo que no deja lugar a duda en el Premio Casa es la limpidez y la limpieza con que se otorga. De ahí que cada año participen en él centenares de autores que confían en la pureza de sus dictámenes.

A este Premio están vinculados, de una forma o de otra, mis autores latinoamericanos más preciados. Como aprendiz de escritora mucho les debo a todos ellos. Gracias a Casa de las Américas adquirí un sentido de pertenencia con la región de la que hoy me siento ciudadana.

Las editoriales que sustentan el monopolio del mercado en todas las lenguas pueden seguir llenando los bolsillos de autores valiosos o no,  a los que, por diferentes motivos, han decidido promover. A mí permítanme la pequeña vanidad de mis Premios Casa. No los cambiaría por todo el oro del mundo. Ni por toda la absurda fama que los emporios informativos le conceden a los dueños absolutos de los mercados.

  

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