Premio Casa de las Américas

Brújula para la identidad de un continente

Cristina Hernández • La Habana, Cuba

Poco después de iniciar la nueva era cósmica profetizada por quienes fundaron Abya Yala, en tiempos en que los países de Latinoamérica y el Caribe se afanan, de una vez, en “andar en cuadro apretado”, cuando hombres y mujeres del pensamiento disertaban sobre el equilibrio del mundo como homenaje a los 160 años del natalicio de José Martí, la Casa de las Américas reanudó las sesiones de su Premio Literario, entre el 21 y el 31 de enero.

Imagen: La Jiribilla

La decisión de convocar en esta edición 54 a un Premio Extraordinario de Estudios sobre las Culturas Originarias de América no resulta fortuita si se atiende a un contexto donde las naciones mestizas americanas reivindican con más fuerza sus raíces y, sobre esa conciencia, encuentran basamentos para su integración. La categoría fungió también como primer homenaje al centenario de Manuel Galich, intelectual guatemalteco íntimamente vinculado a la fundación de la Casa, de quien provienen muchos de los estudios sobre nuestros pueblos ancestrales y sus herencias culturales. “Desde los lenguajes y figuras, las estéticas, los conocimientos y cosmovisiones que nos legaron ―y que nos siguen acercando― las sociedades étnicas (originarias o inmigrantes), América Latina ha logrado configurar modelos culturales inéditos, basados en el sincretismo y el pluralismo”, recordaba en sus palabras de apertura el intelectual paraguayo Ticio Escobar.

Un aspecto que singulariza a este certamen ha sido, justamente, su voluntad de expansión hacia los temas que mueven la América, por eso en 1992 convocó al premio de literaturas indígenas en los idiomas quechua, aimara y náhualt, guaraní, maya y mapuche, y luego ha levantado temas como los estudios de género, las culturas latinas en EE.UU. o la racialidad. “La Casa siempre ha sido demasiado ambiciosa, es uno de nuestros defectos irrenunciables”, advierte Jorge Fornet, director del Centro de Investigaciones Literarias (CIL) de la institución. “Se hubiera podido acomodar perfectamente a los géneros tradicionales, pero se ha ido abriendo permanentemente a otros temas como una manera de asumir nuestro tiempo, porque no puede estar sucediendo la transformación que vivimos en el continente y estar ajenos a ella. La Casa debe propiciar y promover esa realidad. Con el Premio nos ponemos al día, pero también proponemos el camino que la época impone”, indica el investigador.

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Es probable que en esa capacidad constante de renovación se encuentre el secreto de la popularidad que, a pesar de sus más de cinco décadas, sigue manteniendo el certamen. Tanto, que en esta ocasión se alcanzó la cuarta mayor entrega de títulos en su historia, con más de 770 obras de poesía, novela, ensayo histórico-social, literatura testimonial, literatura brasileña y del Premio Extraordinario, llegadas en su mayoría de Argentina y luego de Brasil, Cuba, Colombia, Chile y Perú.

Para Fornet la única explicación posible para esta afluencia está en el prestigio alcanzado. “Aunque hay premios municipales que pueden ser más jugosos en cuanto a remuneración, la tradición de las obras premiadas lo convierte en deseable para los autores del continente. Grandes nombres lo han ganado y, por tanto, las personas que escriben en nuestros países se sienten motivadas a pertenecer a esa nómina”, destaca. Por otra parte está su alejamiento de los intereses mercantiles, lo cual garantiza la transparencia de los jurados, provenientes de distintas naciones y exponentes de tendencias literarias diversas.

“Su obstinada continuidad a lo largo de estos 50 años da fe de que el Premio Literario Casa de las Américas ha logrado sortear las inclemencias de los tiempos globales sin renunciar a las mejores posibilidades que le ofrece cada presente apurado —reflexionó a su vez Ticio Escobar—. Pero también demuestra que el premio supo mantener su compromiso ético con la imaginación y el discurso, con las herramientas que renuevan nuestra visión y nuestra acción sobre la realidad complicada del continente: un territorio zarandeado por vientos hostiles; demarcado por ideas fuertes, sueños porfiados e intensas metáforas”.

Imagen: La Jiribilla

Como es habitual, los jurados en las diferentes categorías vinieron a ilustrar esa diversidad de estéticas y pensamientos que distinguen la literatura de la región. Después de sus trabajosas sesiones de lectura en la provincia de Cienfuegos, compartieron paneles de reflexión en la Sala Manuel Galich de la Casa los poetas Fernando Balseca (Ecuador), Arturo Carrera (Argentina), Rafael Courtoisie (Uruguay), Joserramón Melendes (Puerto Rico) y Teresa Melo (Cuba); los narradores Carlos Garayar de Lillo (Perú), Sergio Missana (Chile), Liza Josefina Porcelli Piussi (Argentina), Yazmín Ross (México-Costa Rica) y Alberto Guerra Naranjo (Cuba); Edda Fabbri (Uruguay), Juan Carlos Volnovich (Argentina) y Félix Julio Alfonso López (Cuba), a cargo de evaluar las obras testimoniales; los cientistas sociales Salim Lamrani (Francia), Renán Vega Cantor (Colombia) y Sergio Guerra Vilaboy (Cuba); y Marcelino Freire, Carola Saavedra y Suzana Vargas, autores de literatura brasileña. Además, Esteban Ticona Alejo (Bolivia), Emilio del Valle Escalante (Guatemala) y Ticio Escobar (Paraguay) expusieron sus nociones sobre el tema “América indígena: pensamiento y creación”, a propósito del Premio Extraordinario que les tocaba evaluar.

A los debates se sumaron las presentaciones de los libros ganadores en 2012, así como de las ediciones del ensayo La belleza de los otros de Ticio Escobar y el poemario Bajo la plumilla de la lengua, de Arturo Carrera. Un concierto del talentoso jazzista Roberto Fonseca, la inauguración de una exposición de Umberto Peña y la presentación del número 269 de la revista Casa, con una buena parte de sus páginas dedicadas al pintor Mariano Rodríguez a propósito de su centenario, estuvieron entre las actividades del programa.

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Finalmente, las obras premiadas ubicaron en Argentina, Cuba y Chile los principales lauros. Pujato, de Gabriel Cortiñas (Argentina) fue el poemario elegido por “destacarse entre los finalistas gracias a su completud y realización dentro de su línea estética, un decir poético comunicativo y una vena narrativa que nos conduce a una épica menor, cotidiana, sobre la extrañeza del trabajo de los foqueros australes”. Las menciones de este género quedaron para Retratos mal hablados, de Leonel Alvarado (Honduras) y Los tiempos de la humanidad, de Cristian Avecillas (Ecuador).

Con un estudio sobre la emigración cubana Jesús Arboleya Cervera se alzó en ensayo de tema histórico-social con el libro Cuba y los cubanoamericanos. Además, el jurado reconoció a Piedras, barricadas y cacerolas: sonido y fuerza de la resistencia en Chile. Las Jornadas Nacionales de Protesta 1983-1987, de Viviana Bravo Vargas (Chile); Diplomacia imperial y revolución. EE.UU. ante la Revolución Cubana 1959-1960: del reconocimiento reticente a la ruptura ominosa, de Carlos Alzugaray Treto (Cuba) y Hemingway, ese desconocido, de Enrique Cirules (Cuba)

El testimonio elegido por unanimidad fue La sombra del tío, de Nicolás Doljanin (Argentina) y hubo menciones para El honor de la cuadra, de Nicolás Goszi (Argentina), Como una espada en el aire, de Sócrates Zuzunaga Huaita (Perú) y Carpentier, la otra novela, de Urbano Martínez Carmenate (Cuba). Domingos Sem Deus, de Luiz Ruffato se llevó el lauro en literatura brasileña, con dos menciones para Carbono Pautado, Memória de um Auxiliar de Escritório (novela), de Rodrigo de Souza Leão y O Mendigo que Sabia de Cor os Adágios de Erasmo de Rotterdam (novela), de Evandro Affonso Ferreira.

El premio de novela fue declarado desierto y, en el Premio Extraordinario, fue distinguido La ciudad ajena: Subjetividades de origen mapuche en el espacio urbano, de Lucía Guerra (Chile) por “su análisis de la identidad cultural en espacios urbanos chilenos y representados en la poesía mapuche contemporánea, hace una contribución importante a los emergentes estudios indígenas en el continente americano”. También se reconocieron los libros Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo, de Luz María Lepe Lira (México) y De la reluctancia salvaje del pensamiento. Memoria social en Los Andes meridionales, de Ricardo A. Cavalcanti-Schiel (Bolivia). 

Además, se dieron a conocer los premios especiales para libros publicados el año anterior en Latinoamérica. El de ensayo Ezequiel Martínez Estrada fue para Lectores insurgentes. La formación de la crítica literaria hispanoamericana (1810-1870), de Víctor Barrera Enderle (México); el de narrativa José María Arguedas para Leche derramada, de Chico Buarque (Brasil) y el de poesía José Lezama Lima correspondió a Tiranos temblad, de Rafael Courtoisie (Uruguay). 

La oportunidad de dar espacio a figuras nuevas en la literatura, de llevar a la imprenta obras relevantes para el desarrollo de las letras en el continente, sigue siendo una constante del Premio Casa de las Américas. La nómina que incluye a Eduardo Galeano, Ricardo Pligia, Roque Dalton, Antonio Skármeta, entre otros grandes autores americanos, sigue incrementándose en cada edición anual.

Y como adelanto de lo que pudiera llegar en 2014, se encuentra la posibilidad de homenajear al Bicentenario de la escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda y los 20 años del Programa de Estudios de la Mujer de la Casa con un premio especial sobre temas de género. Una primicia concedida por Fornet y que, aunque todavía precisa otras confirmaciones, bien vale a manera de augurio de los nuevos hallazgos que hilarán literatura y realidad social americana el próximo enero en La Habana, con el pretexto de un Premio.

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