Teatro completo... Estorino: Una vez más

Reinaldo Montero • La Habana, Cuba

Decía Borges que las obras completas no debían ser demasiado completas. Por extensión, un Teatro Completo tendría que cumplir el mismo prerrequisito, y ser copioso, por supuesto, pero podado.

Con libro en mano me preparé para la jardinería borgeana bajo dos premisas, cada una sostenida por un principio.

Premisa 1. Leería de un tirón, más bien en varios tirones, pero lo más rápido posible no el Teatro Completo, sino el Teatro a descompletar, y le daba el gusto, a Borges, y el disgusto, a mi amigo Estorino. Para esta premisa partí del principio, según el cual, los amigos están para joderse.

Imagen: La Jiribilla

Premisa 2. Me impuse una obligación. De modo razonado, que es como decir riguroso, tendría que argumentar frente a ustedes y al lado de la víctima, el porqué resulta necesario usar la tijera y desgajar un buen grupo de hojas. Para esta premisa partí del principio, incontrovertible, de que expurgaría para mejorar la opera omnia de mi amigo, no por hijeputancia en estado puro.

Recuerdo que hace mil años, cuando era joven y poeta, ya no soy ninguna de las dos cosas, empecé a armar un cuaderno de mi variopinta invención, y no se me ocurrió mejor idea que ponerlo, no en las oscuras manos del olvido, sino en las de Eliseo Diego. Eliseo leyó, y a los días me dijo “su libro mejora si le quita estos dos poemas”, y yo, de novísimo, que es como decir de mal poeta, pensé: “mmmm, mejora, sí; pero si le agrego el par de poemas que se me ocurrieron anoche”.

El desmoche que iba a emprender con el Tetro Completo podía caer en saco roto, porque después de hechos mis deberes, es probable que Estorino, lejos de aceptar, me mandara por e-mail una obra que tuviera en salmuera, a parte de Comala…, como diciéndome, “sumar es mi manera de descompletar”.

En fin, me puse para el daño y arranqué la lectura. Y luego de pasar los ojos por las 863 páginas, y lamiendo mis propias heridas, llegué a una conclusión de Perogrullo que reza así: “toda regla tiene su excepción”.

El caso es que me quedé lelo una vez más. Una vez más, sí. Me enorgullezco de ser perito en Estorino. Y el perito no pudo ni quiso evitar el redoblado asombro, ese asombro añejo que me hizo estudiar sus obras hace tantísimo, cuando era asesor de sus montajes, y terminar escribiendo un librillo sobre el susodicho caballero. Así que, con conocimiento de causa digo, lo que hace que este Teatro Completo esté obligado a ser completísimo es, en primer lugar, la coherencia de una obra que página a página nos conduce desde la noche en un oscuro bar, en La Habana, hasta la noche convertida en ordalía, en Corinto.

La primera pregunta que me salta es: ¿por qué no veo en estos personajes y en estas tramas el natural desvanecimiento, la inclemente erosión del tiempo? Intentaré responderla. Ocurre que me vuelve a conquistar la sensibilidad estoriniana, esa que logra mantener a prudente distancia el calco costumbrista y los éxtasis recónditos, la ramplonería que al nacer ya es vieja y el guiñol metafísico que nace muerto. Quizá este moderado radicalismo, sea la clave del triunfo de Estorino.

Pero hay más. El ácido metabolismo de las familias, el antagonismo de los sexos, el machismo endémico, la hembra que se las trae, la voluntad de trascendencia. Estos traumas vitalicios de la cubanía, Estorino los evidencia a veces, y a veces los abstrae, siempre bajo el regusto por lo lúdico, siempre trasmitiendo la certeza de que en cada situación hay más que una historia amarga o carcajeante, hay más que máscaras y teatralidad.

A mi ver, Estorino tiene el arma secreta. Se trata de algo sencillo y ejemplar. Ante todo, evita ser puntilloso con la fábula, y hace que lo que cuenta se convierta en más y más atrayente, mientras más calas inesperadas produce en lo conocido. En lo conocido, sí, aquí no hay giros sorprendentes, golpes de teatro, cosas así. Y este afán de ir a la raíz, que no a la fronda, es acompañado con una dosis estable de aire fresco, pero bajo atmósfera gris, hay que decirlo. La consecuencia es que a fuer de perseverar, Estorino logra que nuestra realidad cotidiana parezca sometida a sus obsesiones. Es la virtud del arte. Uno se llega a creer que así vive la gente, que así piensan, que así hablan, que lo más natural del mundo es que uno tenga más ganas de morir que de vivir.

Estamos ante una lección de morfología del espectáculo y de interpretación de lo cubano. Aquí nada es nuevo, y todo resulta diferente. Ya Shakespeare lo decía en un célebre soneto, “siempre hablo de lo mismo, siempre de la misma manera”.

Por si fuera poco, el maestro Estorino es también maestro en desacomodos, en incomodidades, en contrastar amores y odios plenos, mostrando certezas a medias, y vidas que buscan otros tipos de vida. La clave radica en que Estorino parece observar a sus personajes con dejadez, y juega a ser ingenuo, o se burla hasta la desfachatez, y también se enseria y desarrolla meandros especulares en torno a los traumas nacionales que apunté, insisto en llamarlos traumas.

Otro asunto es su uso de la memoria. Es recurso que logra poner una veladura a lo que leemos o estamos presenciando. Estorino nos machaca la idea de que la señora Mneme, tan veleidosa, tramposa, disparatada, tan deambuladora con paso nervioso, a ratos tan extraña a nosotros, es el único suceso que en verdad permanece, y es más martirio que testigo de nuestro aprendizaje, si es que algo logramos saber, si es que algo puede ser conocido.

Y en este punto, cuando empezaba a remover par de ideas finales, se me aparece el lánguido espectro de Borges, y murmura.

“La ausencia de la adaptación de Alicia en el país de las maravillas hace que estas obras completas participen de la sana condición de no ser demasiado completas”.

Qué pejiguera. Sí, falta ese juguete escénico, ese detalle, en este libro brilla por su ausencia. No conozco la Alicia… de Estorino, pero mi seso la hace coincidir con la imagen dibujada por el ilustrador John Tenniel, y esa Alicia, que no conozco y conozco, toma té sentada a la mesa con el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el Lirón. ¿O ya ha pasado la hora del té y de ese librito?

“Borges, a ver si nos entendemos. Usted es fanático de los laberintos, el ajedrez, las sagas sajonas y los espejos, tal vez la Alicia de Estorino ande dándose peine justo del otro lado de sus queridos espejos, ojalá que lo haga en compañía de mi admirado Eliseo Diego. Querido Borges, recuerde aquellos versos de Lewis Carroll. //Ha llegado el momento —dice la morsa— / de hablar de algunas cosas: / de zapatos, de barcos, y de lacres / de coles y de reyes / y de por qué el mar caliente hierve / y de si los cerdos pueden volar.// Y justo eso hace Estorino en este ladrillo, señor Borges. Estorino nos habla de gestos gastados como casas viejas y gastadas, como damas marchitas con camelias gastadas, como baile rancio y cigarros gastados, también como zapatos gastados, nos habla de viajes de pesadilla, que sueñan gente de toda laya, incluyo a cucarachas y ratones, nos habla de la fuerza con que un cuño caín cae para siempre sobre un papel impuro, nos habla de gentes con almas ovilladas como coles por culpa de las plagas, de tanto vivo y sobre todo tanto muerto, por culpa de las dolorosas historias de amores secretos, nos habla de tipos que se creen reyes y son unos apapipios, atorrantes los llamaría usted, querido Borges, y esos señores llegan hasta hacerse acompañar por el mismísimo diablo, y no son ni sí ni no, no son nadie, no son nada, y por si fuera poco, Estorino nos habla, de varias maneras, sobre la razón por la cual en este trópico el mar borbotea asolado por rumores y penas hirvientes, y sobre cómo las vacas gordas vuelan, mientras que los cerdos, volantes o no, solo sirven para ser robados. Así que mal que le pese, mi querido Borges, hasta la ausente Alicia en el país de las maravillas figura en este completísimo macuto”.

Ahora falta decirlo. Este enorme volumen me da una satisfacción personal igual de enorme. Una de las cuestiones importantes que me ha pasado en la vida, es haber trabajado con Estorino sus últimas obras, sus últimos montajes, es tener el tesoro de su confianza y de su amistad.

Palabras de presentación del Teatro completo, de Abelardo Estorino. Centro cultural Raquel Revuelta, La Habana, diciembre de 2012.

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