Renán Vega habla mientras toma el café, mientras llueve en Macondo

Marianela González • La Habana, Cuba

Esta es una conversación en varios tiempos. Y digo esto no porque el diálogo, propiamente dicho, haya transcurrido a saltos —aunque un poco, sí— sino porque la mayoría de las preguntas o guiños tienen que ver con impresiones que trascienden los 40 minutos de grabación.

Imagen: La Jiribilla

La primera escala fue en la Casa, cuando en noviembre de 2010 le tuvimos entre los invitados a la conmemoración del Bicentenario. Entre los panelistas de aquellos días, Renán Vega Cantor me resultó una revelación y un extrañamiento. Por un lado —sé que le resultaría gracioso—, no podía ser la misma persona aquel hombre de pequeña estatura y actitud retraída que este otro que ajustaba el micrófono y se dirigía con vigor y sin tropiezos a una Sala Che Guevara atestada de gente, llamando por su nombre al pan y al vino, sin descuidar ni un matiz.

Desde entonces, le tengo una “alerta de Google”: “El dolor ronda la Universidad Pedagógica Nacional. Un testimonio personal”, “La burocracia intelectual de la guerra y la creación de una nueva historia oficial sobre la violencia” y “Elogio del pensamiento crítico” han llegado hasta mi correo desde varias decenas de fuentes, como lo hizo hace poco la declaración de la Asociación Americana de Profesores Universitarios a raíz de las amenazas de muerte que recibiera en su país. “Esta campaña de difamación tiene claramente por objeto silenciar al profesor Vega Cantor y limitar su libertad de publicar, enseñar y pronunciarse en relación a asuntos de interés público”, leí.

No podía ser la misma persona… pero ya se me parecía. Y tomaría cuerpo, definitivamente, cuando nos hicieron converger en Mendoza, Argentina, las III Jornadas Internacionales de Problemas Latinoamericanos. Renán presentaba allí la primera antología que sobre la Colombia contemporánea se publicaba en ese país, y su discurso no tuvo medias tintas. “Capitalismo gansteril, paraestado y lumpemburguesía en Colombia”, tituló su texto, y lo iniciaba con una famosa cita: “José Arcadio segundo no habló mientras no terminó de tomar el café (…) La mujer lo midió con una mirada de lástima. Aquí no ha habido muertos, dijo. Desde los tiempos de tu tío el Coronel, no ha pasado nada en Macondo”. Renán Vega Cantor, Premio Libertador al Pensamiento Crítico, seguía pesando no más de unas 110 o 120 libras, y una vez lejos del micrófono, apenas hablaba.

“No aceptes lo habitual como cosa natural”, es una cita de Brecht que le ha servido en sus textos más dolorosos. A este hombre le duele Colombia, y la tercera vez que le encuentro, de regreso ahora a la Casa, ha vuelto a sangrar por la misma herida. Es la misma persona desde hace más de 40 años: “un hombre de izquierda”, me dice, como si fuera sencillo.

Hablemos un poco de esas noticias que nos han estado llegando sobre las amenazas que has recibido…

Eso no es raro. Digamos que es nuestro pan de cada día. En mi caso ha sido noticia porque se le ha hecho difusión, ha habido ruido internacional. Pero en Colombia, las amenazas son cotidianas, y si fueran solo amenazas uno podría decir que son anécdotas, pero son amenazas que se concretan. El asesinato político en Colombia ya es normal. Sobre todo, en los últimos 65 años. Claro, tiene épocas en las que se acentúa y otras en las que disminuye. Pero matan a la gente por lo que piensa, a veces ni siquiera por lo que hace. Desde luego que las personas organizadas son más proclives a ser perseguidas y asesinadas: me refiero a gente que organiza un sindicato, una asociación de campesinos, de derechos humanos, estudiantil y sobre todo, organizaciones que puedan tener algún grado de incidencia en la sociedad, es decir, que sean capaces de movilizar.

Lo que me está sucediendo no es raro, pero está inscrito en un momento muy particular del país: una acentuación de la guerra. Particularmente, tiene que ver con la universidad donde trabajo: una institución pública, la Universidad Pedagógica Nacional, que siempre ha sido muy conservadora, muy de derecha, y en la que llevo trabajando muchos años. A raíz de acontecimientos recientes se ha acentuado una persecución que soporto desde hace unos diez años, relacionada ahora con tres hechos: uno, que logramos fundar un sindicato de profesores, a fines de 2009, del cual soy vicepresidente; dos, que a finales de 2011, se realizó un paro de estudiantes donde participaron algunos profesores; y tres, a raíz de la muerte de tres estudiantes míos en situación bastante confusa ―aunque en realidad no tan confusa en el contexto colombiano―. A raíz de eso, la opinión pública en la Universidad ha estado muy revuelta y polarizada. He escrito sobre eso varios artículos. Uno de ellos, por la postura que adopta, sabía que iba a tener consecuencias inmediatas.

¿En qué medida una institución como la universidad pública, aun con su sesgo conservador, tiene influencia en la esfera pública colombiana? ¿Y en qué medida, un intelectual o académico aislado?

No es mucha. En realidad, el grado de influencia de las universidades en Colombia, a nivel masivo, es mínimo. Primero, porque la opinión pública se fabrica esencialmente a través de la televisión, y las universidades no tienen ningún acceso a ella. Por tanto, lo que se difunde a través de los canales son mentiras, y la gente cree en esos canales. En su imaginario, esa es la verdad. Por tanto, uno tiene muy escasas opciones.

En Colombia se lee muy poco y lo que se escribe tiene impacto en un círculo muy reducido. Uno no tiene mucha influencia, pero lo que sí preocupa es que estamos viviendo un proceso muy acelerado de privatización de las universidades. Dicho proceso ha contado con alguna oposición por parte de grupos de estudiantes y, en menor medida, de grupos de profesores. Yo me cuento entre los profesores que lo han denunciado, que han argumentado por qué es un proceso contraproducente para el país. Eso, de alguna forma, se convierte en una razón para que a uno lo pongan en la mira. Y no es extraño, es nuestra cotidianidad. Formalmente existirá la libertad de pensamiento, pero uno no puede decirlo todo. Si lo que se dice tiene cierta incidencia social y afecta determinados intereses, enseguida tiene consecuencias. Así, tengo la hipótesis de que estas amenazas provienen de dentro de la universidad.

Ante esa realidad, teniendo entonces la televisión el control de la opinión pública, ¿qué espacio posible tienen experiencias alternativas de comunicación mediática?

Casi nulas. Hay pocas porque el peso de los medios privados es abrumador. La televisión está monopolizada por dos canales, propiedad de grupos económicos poderosos, quienes controlan también la mayor parte de la audiencia de radio. Hay un solo periódico dominante, El Tiempo. Los medios alternativos existen, pero tienen muy poco alcance. De uno impreso pueden circulan, digamos, mil ejemplares. Hay algunas radios comunitarias de muy poco alcance, apenas en unos cuantos barrios.

Si se llegara a consolidar un medio alternativo de más amplio alcance, en cualquier rama, en Colombia se sabe lo que significaría. Hay antecedentes. Entonces, claro, mientras su radio de influencia sea mínimo, se tolera...

No obstante, colaboras, escribes en esos poquísimos medios escritos que circulan…

Bueno, porque uno piensa diferente. Si uno cree en un proyecto distinto de vida, uno lucha por él. En mi caso, como profesor universitario y como escritor, como colombiano que ha tenido la suerte de estudiar, considero que debo contribuir a desentrañar esa realidad. Uno sabe que esos compromisos no son gratuitos, tienen un costo. Es una opción personal, y es la que yo he asumido.

Esa opción personal, en el resto de América Latina, la hemos conocido a través de artículos, libros e intervenciones, digamos, “incendiarias”, en eventos académicos; pero el currículo de Renán Vega, intelectual militante, ¿a dónde se remonta?

A hace mucho tiempo atrás. Desde mi época de estudiante… ni siquiera en la universidad, hablo de mi época de estudiante en enseñanzas secundarias. Siempre he sido de izquierda. En los últimos años de secundaria estuve muy vinculado al activismo, y hasta hoy. Cuando me formé profesionalmente, decidí poner al servicio de aquellos a quienes les pueda servir, una forma distinta de interpretar la realidad colombiana. Es lo que he hecho en mis libros, en mis clases, en todos los sitios donde me desempeño. Eso también resulta incómodo, pues creo que me he mantenido aun con los virajes de la izquierda. Muchos han sido cooptados por el establecimiento y han abandonado cuanta postura crítica tuvieron. Hace 25 años publiqué mi primer libro, y mi perspectiva sigue siendo la misma. Eso tiene consecuencias, pero las asumo.

¿No te has intimidado nunca?

Uno se intimida, obvio, ante las amenazas… Pero ya que preguntas, no tanto ante las amenazas mismas, sino, al menos en mi caso, ante la pasividad de la sociedad ante esas amenazas, el conformismo y la aceptación. Es lo más grave y preocupante.

¿Cómo interpretas este “proceso de paz” que ha iniciado su curso?

“Proceso de paz” no hay en Colombia, lo que hay son conversaciones. Si pueden o no derivar en un proceso de paz, eso está por verse. Las conversaciones están teniendo lugar en medio de la guerra, eso hay que dejarlo claro. Incluso, de una guerra que en lugar de disminuir, arrecia. Pueden conducir a un fin del conflicto armado, pero está por ver. La paz en Colombia, primero, involucraría a otros grupos, desde el punto de vista armado, y por otro lado, va más allá de la insurgencia armada. Se necesitan cambios estructurales y eso es lo que el gobierno y el estado colombianos no quieren hacer.

¿Cuáles serían esos cambios?

Al menos, dos fundamentales: una reforma agraria que redistribuya la tierra, porque el conflicto armado en Colombia está relacionado con el monopolio de la tierra; y que se garantice la vida para pensar como oposición al establecimiento: que uno pueda escribir, disentir sin temer por su seguridad y por su vida. Son dos reformas fundamentales, y cuando uno conoce la historia, realmente duda que el estado colombiano pueda ceder en eso. Si estos diálogos estuviesen acompañados de movilización social, sería mejor. De hecho, existe, y se le exige al gobierno que no se levante de la mesa hasta que no se logre un acuerdo; pero uno ve como posibilidad que en cualquier momento, cuando lo considere necesario, el Estado se levantará de la mesa con cualquier pretexto para decir: no se pudo. El Estado está por la entrega incondicional de las FARC como si se tratase de una guerrilla derrotada a la que no se le concede nada. Ese es el contexto, y uno debe analizarlo de una manera dialéctica. Ojalá pudiese contribuir a una mejora de las condiciones del país, pero uno lo duda mucho.

En unos días aparecerá, me has dicho, un libro sobre la sociedad colombiana, en el que ofreces “una nueva denuncia histórica”. Será un libro en el que vuelvas, sin duda, a mostrar ese compromiso político e intelectual que mencionabas hace un momento. ¿Qué significa, concretamente, ser de izquierda hoy en América Latina?

Ante eso tengo una perspectiva muy concreta: cuando uno es de izquierda, está con un tipo de sociedad humana, digna, decente, que garantice la satisfacción de las necesidades básicas, tanto materiales como espirituales. En el mundo, hoy, a raíz de la imposición mundial del capitalismo, eso se ha hecho mucho más difícil. Por todos lados uno percibe pérdidas. Pero el capitalismo está atravesando una profunda crisis que muestra que no soluciona los problemas de la humanidad. Incluso, el capitalismo pone en cuestión la propia existencia humana; ahora, ante múltiples y nuevas contradicciones que antes no existían o no eran tan evidentes, como es la cuestión ambiental. Eso sigue estando en la agenda de la izquierda, porque el capitalismo no ha podido resolver esos problemas y nunca lo hará. De ahí que siga siendo necesario pensar en alternativas.

Lo complejo sería el camino entre ese ejercicio de “pensar” alternativas por parte de los centros académicos o intelectuales —en no pocos casos, con cierta rutina de los espacios para ponerlas en común—, y las posibilidades de concretar ese pensamiento en políticas concretas…

Eso tiene que ver con la profunda crisis que el movimiento de izquierda ha venido atravesando durante los últimos 20 años. La apatía, el escepticismo que generó la desaparición de la Unión Soviética fue fuerte en América latina, y todavía están las resonancias, aunque a finales de la década de los 90 se puede distinguir un giro. Ese despertar, digamos, se ha manifestado concretamente en proyectos como el de Venezuela, Bolivia, Ecuador, y ha significado también que mucha gente, en distintos países, haya empezado a plantearse seriamente la construcción de alternativas. En eso estamos mejor que hace 15 años. Al menos, hay proyectos antineoliberales ―no siempre anticapitalistas―, pero las experiencias que existen tienen mucho que decir. Es necesario estudiarlas, conocerlas, y muchos movimientos lo están haciendo. Tarde o temprano, ese ejercicio debe tener resultados.

¿Estás al tanto de las líneas por las que transita el llamado proceso de actualización del modelo económico en Cuba?

No las conozco con detalle. En distintas oportunidades he querido profundizar en el asunto, pero otros temas me han dejado con poco tiempo. Siempre estoy a la expectativa de lo que pasa en Cuba, pues ello para mí va a ser muy importante en el destino de América Latina. Cuba sigue siendo un referente obligatorio ante una dominación que la trasciende para instalarse en gran parte del continente. Colombia, por ejemplo, es el país más proimperialista de América Latina. No sabemos a ciencia cierta cuántas bases militares hay, pero pensamos que más de 15. Un país absolutamente incondicional a la política imperialista. En esa medida, lo que pase en Cuba me parece fundamental, porque alienta y estimula procesos. Para la América Latina, tanto en lo que refiere a políticas concretas como a pensamiento, Cuba es fundamental.

¿Y en qué medida el pensamiento que se produce es coherente con la complejidad del escenario? Tomemos como ejemplos los ensayos que has leído estos días, como jurado del Premio Casa…

Eso es importante valorarlo, sobre todo porque estamos atravesando un proceso de transformación comunicacional. Lo escrito está en vías de desaparición, y sobre todo, lo bien escrito. Aun más en un género como el del ensayo histórico social, con mucha menos repercusión y distribución que otros géneros, como la novela. No obstante, hay indicios para pensar que en la América Latina sobrevive un pensamiento crítico, que busca no solo analizar los problemas reales del continente, sino proponer salidas. Eso se nota en los trabajos que se presentaron. Hay diferencias sustanciales, pero entre el conjunto, trabajos de muy buen nivel.

 

Comentarios

Fue mi maestro por dos años, le debo mi formación política es una especie de comandante intelectual.

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