Agua de coco

Mylene Fernández Pintado • La Habana, Cuba

Dieter estaba de un humor de perros. No hacía más que repetir que  quería regresar urgentemente a Europa, que se sentía muy estresado y que estas eran sus vacaciones. Como si Vivian no lo supiera.

En los 15 años que llevaban casados, solo habían venido juntos a Cuba una vez. Dieter no quería hacer viajes largos, así que se quedaban como él mismo decía, dando vueltas por los alrededores, Venecia, París, Barcelona, Amsterdam, y las últimas en los Alpes suizos, donde Vivian pasó todo el tiempo en la cama, leyendo, sin querer esquiar, hacer muñecos ni revolcarse en la nieve como hacían Ali Mc Graw y Ryan ONeal, los felices e inocentes amantes de Love Story.

Había visto la película en La Habana, un domingo por la noche del año 80, mientras daba los últimos toques a una maqueta que debía entregar al día siguiente. Esa escena le gustó mucho: Central Park en invierno, la música de Juegos en la nieve, y Oliver y Jenny,  bonitos y felices, riendo, besándose y jugando, arropados por la siempre cinematográfica Nueva York.

Vivian estudiaba arquitectura y mientras pegaba los últimos cartoncitos de la maqueta, pensó que le gustaría ser esa especie de cenicienta con gafas, inteligente y moderna, que tocaba el piano y se besaba con Ryan ONeal rodeada de copos blancos.

Se graduó cuatro años después y conoció a Dieter en los 90.  Su jefa daba una fiesta al regreso de un viaje a Alemania y se lo presentó como un amigo de Frankfurt, también arquitecto, que se había portado muy bien con ella durante su estancia allá, y que hablaba español con acento andaluz.

Dieter y Vivian se enamoraron hablando del gótico alemán y el barroco habanero, recorrieron La Habana mirando casas despintadas, aceras rotas, el malecón en penumbras y el mar, única geografía citadina que no había sufrido las embestidas del periodo especial.  Eran inmensamente dichosos y La Habana era el continente perfecto de la felicidad, la sensualidad y los buenos augurios para el porvenir.

Se casaron, se fueron a vivir a Frankfurt, y el futuro comenzó a discurrir en una serie de presentes en los que quedaron claras algunas cosas. Dieter no tenía mucho tiempo libre. Vivian no hizo muchos amigos en Frankfurt. Dieter era un esposo maravilloso que no tenía inconveniente en que ella visitara a su familia y amigos una vez al año. Vivian estaba muy enamorada de su marido y trataba de que las visitas fueran cortas y económicas. Dieter podía sobrevivir sin el mar y Vivian fue perdiendo el interés por la mágica nieve.

Cuando regresaban de los Alpes, acordaron pasar el verano siguiente en La Habana. Dieter apenas la recordaba y Vivian le prometió que sería como cuando se conocieron.

La Habana había cambiado. Estaba llena de autos modernos, restaurantes privados, lugares para el turismo y tiendas en divisas. Mucha gente rentaba, vendía o revendía algo.  Otros, le proponían taxis, tabacos o restaurantes, en inglés, italiano o francés.

Dieter empezó sus vacaciones habaneras con mucha tolerancia y los mejores deseos, pero su arsenal de comprensión se agotó rápidamente. Nada funcionaba, según él. Le molestaban el calor, la humedad, los aguaceros torrenciales que duraban cinco minutos, los altavoces con música todo el día, la jerga de los cubanos y su manía de no decir nunca que no. Lo impacientaban las colas en los bancos, en los supermercados, en la gasolinera. Lo irritaba la lentitud de los vendedores, funcionarios y camareros, que contrastaba con la agilidad de la gente para buscarse la vida en cinco segundos y a costa de cualquier cosa.

Fueron a echar gasolina y luego de hacer una larga cola, le explicaron que la bomba estaba rota y que fuera a la de la esquina, que pese a tener colgado un cartel que rezaba fuera de servicio era la que funcionaba. Cuando pagó, no le dieron el comprobante. En la tienda de la gasolinera, le cobraron dos veces una botella de vino y cuando reclamó, le dijeron que esperara porque se necesitaba la jefa de turno para abrir la caja y devolverle el dinero. Le jefa demoró bastante. No había bolsas de plástico para sus compras y se las acomodaron en una caja de jabones vacía que lo hizo estornudar.

—Vamos a la playa —sugirió Vivian, cuando él, luego de anunciar su estrés y sus ganas de regresar a Europa, concluyó recordándole que estas eran sus vacaciones.

El cielo era muy azul, casi sin nubes, el mar parecía un plato de aguas transparentes

—Lindo día —celebró Dieter, ya más calmado.

Vivian se sintió particularmente felicitada. Pero más allá  de haber propuesto el paseo, se enorgulleció como si ella hubiera encendido el sol y aplacado las olas, lavado la arena y entibiado el agua, colocado a los bañistas y regulado el volumen de sus gritos y risas. La naturaleza es una arquitecta desigual —pensó—. A veces muy descuidada, como si hiciera la maqueta justo antes de presentarla. Como no las hace Dieter. La madre natura, tendría que ser más organizada e imitar a su marido.

Nunca se bañaban juntos. Desde que a Dieter y su ex mujer les robaron la ropa en la playa de una isla griega 20 años atrás, él estableció que uno de los dos se quedaría en la arena al cuidado de las toallas, bolsos y libros.

—Ve tú —le dijo ella— No te apures en regresar, creo que hoy no me bañaré.

Dieter entró al agua y se alejó rápidamente, era un nadador muy bueno. A diferencia de nosotros, —pensó Vivian— Tenemos tantos kilómetros de playas y no creo que hayamos ganado nunca  una medalla de oro en natación.

Miró la arena blanca, cálida y resplandeciente. El mar y el cielo en su eterna apuesta de igualar los azules. Las nubes perezosas y el sol casi eterno y le quedó todo claro. En una piscina cubierta, rodeado de cemento, azulejos y estructuras metálicas, y acosado por ese olor a algo tan limpio que resultaba repugnante, lo mejor que se podía hacer era nadar a ver si a uno se le olvidaba dónde estaba. O para hacerse la idea de que estaba yéndose de allí y que si continuaba nadando, arribaría a otro lugar, esos que tienen olores y colores inventados por Dios o el Big bang.

La playa es para mirar —continuó—. La calma de los días sin viento o las olas agitadas del océano revuelto. Todos los colores que van de los grises a los violetas. Y el sol, entrando y saliendo de su baño diario. Las crestas espumosas que se deshacen para lamer la arena y luego retroceden contentas de su travesura.

Para oír el rumor del agua serena o intranquila, mezcla de misterio y vida. Para yacer bocarriba, sostenido por la densidad salada y dejarse llevar, en el medio de un sándwich hecho de cielo y mar. ¿Cómo disfrutar todo esto cuando eres un combatiente que bracea y patea, con la cabeza  sumergida, coordinando músculos, bocanadas de oxígeno, tiempos y energías?

La playa no tiene nada que ver con los ejercicios ni con el deporte. Es espíritu y sueño, contemplación e inmensidad.

—¿Quieres un coco? —le preguntó un muchacho que Vivian, ensimismada, no había visto acercarse. Un  ladrón de ropa, según diagnóstico de Dieter.

Vivian lo miró y asintió con la cabeza. El muchacho subió a la palmera de la izquierda como si tuviera una escalera y comenzó a tumbar cocos que lanzaba a lo lejos, para que no hirieran a nadie. Después que acumuló una buena cantidad, bajó tan ágilmente como había ascendido y los recogió, haciendo una montaña.

Sacó el machete que colgaba de la cintura de sus pantalones, recortados por debajo de las rodillas, y en pocos segundos abrió el coco y lo ofreció a Vivian. Cuando ella lo tomó, había sido convertido en un vaso de paredes blancas y tiernas llenas de agua fresca. La halló deliciosa y la bebió a sorbos cortos y lentos, para que le durara.

—¿Quieres otro? Mira todos los que tumbé.

—Sí, gracias, está riquísima. ¿Haces esto siempre?

—Sí, vengo todos los días, no es lo mismo un coco de estos que los del mercado. Tú no vives aquí —afirmó como si lo hubiera sabido desde el principio y solo ahora se sintiera con derecho a decirlo.

—Vivimos en Frankfurt, mi marido es alemán.

—¿Te gusta estar allá?

Vivian tardó en responder. No le gustaba pero tampoco le gustaba estar siempre aquí, sin dinero y que el resto del mundo fuera algo que pasaba solo en la televisión, el cine y los libros. Y luego, estaba mal quejarse de vivir una vida cómoda en el primer mundo frente a uno que se ganaba la vida vendiendo cocos en la playa.

—Por algunas cosas sí, por otras no.

No dijo las que le gustaban ni las que no. El muchacho no hizo más preguntas. Abrió otros dos cocos y los puso a su lado.

—Te los voy a aceptar, pero solo si me dejas pagártelos.

—Ni se te ocurra, tú eres cubana como yo. ¿Cómo crees que te voy a cobrar unos cocos?

—Porque es tu trabajo, porque es tu tiempo y tu esfuerzo —Vivian se sintió fuera de lugar, recitando bocadillos de los de allá, organizados y trabajadores, tenaces nadadores de piscinas. Sacó  el dinero de su bolsa y se lo ofreció. —Por favor, es para sentirme bien yo, me gustan mucho los cocos. Tengo problemas en los riñones desde niña.

—Mi mamá también —dijo él—. Tienes que tomar mucha agua de coco. Lo bueno sería que pudieras tomar esta todo el tiempo, en vez de la otra. De verdad que no quiero que me pagues los cocos. De verdad.

Vivian no respondió, permaneció con la mano extendida hasta que él aceptó el dinero. Ninguno de los dos sonrió.

—Coge todos estos, son los mejores, si vienes mañana te daré más, pero ahí sí que no me vas a convencer, no quiero ni un centavo —le advirtió muy serio.

—Ok, mañana veremos, hoy solo quiero estos dos.

—El viejo está dándose tremendo baño —se asombró el muchacho.

Vivian pensó decirle que Dieter no era viejo, tenía solo seis años más que ella y no se notaba. Pero el muchacho terminó de recoger sus cocos y se alejó al tiempo que Dieter salía del agua. Era bello Dieter, mojado y semidesnudo, se dijo como si se diera cuenta por primera vez.

Sonriendo, Vivian le mostró los cocos, le dijo cuánto eran buenos y le ofreció el que tenía en la mano. Dieter rehusó. Pero le prometió que una vez en la casa, los cortaría para que ella pudiera comer la masa blanquísima y carnosa.

—¿Le diste algo? —le preguntó ya en el carro, mientras ella trataba de sorber el agua sin derramarla.

—No.

—¿Por qué?

—Me dijo que no quería nada, que era un regalo.

—Debiste insistir.

—Insistí pero no hubo manera de que aceptara el dinero.

—Quizá no insististe lo suficiente. Viven de eso, de tumbar cocos y venderlos a los extranjeros.

—Yo no soy extranjera.

—Estás casada con uno.

—Eso no quita que yo haya nacido y vivido aquí tantos años.

—Entonces, debías ser más solidaria con los que se ganan la vida vendiéndonos cosas a nosotros. Si el día de mañana es tan bueno como este, regresamos y si está ahí, le das su dinero.

—No todo se vende y se compra Dieter, no aquí, y no siempre. Si alguien quiere regalarme algo, no entiendo porqué no cogerlo, porqué debo insistir en pagarlo todo, por qué no puedo aceptar un coco.

—Tres cocos —rectificó Dieter.

—Dieter, ¿porqué eres tan obsesivo con la medida de las cosas? Donde yo digo tremendo aguacero, tu acotas que una lluvia, donde yo describo un molote hay solo un grupo de personas, donde algo es maravilloso, para ti está solo bien. Eres como la hermana de Alicia, ¿sabes la historia?

Dieter no contaba historias, hacía análisis minuciosos de la realidad. No se excedía con los adjetivos ni las metáforas, no usaba superlativos ni exageraba. Los libros infantiles estaban bien guardados en su cabeza. No recordaba las aventuras de Alicia.

—Alicia le propuso a su hermana: juguemos a reyes y reinas —comenzó Vivian contenta— la hermana, que era muy amiga de la exactitud, le respondió:—no podemos jugar a reyes y reinas porque somos solo dos.

Dieter escuchaba divertido, le encantaba esta Vivian cuentacuentos, desmesurada y nerviosa, narrando con la voz, las manos y los ojos. Repleta de inflexiones y gestos.

Vivian estaba acostumbrada a la manera de su marido de beber sus palabras y quedarse mirándola después, como esperando  que ella agregara algo. Esa atención absoluta que nunca interrumpía sus historias se hizo extensiva a los amigos de Dieter, nadie decía una frase hasta el final. Vivian creyó descubrir la causa del desarrollo de la filosofía hegeliana, el teatro de Brecht, las sinfonías de Wagner, la ópera  de Mozart y el expresionismo de Murnau. Ellos podían permanecer en silencio. Pero, habría preferido un término medio entre esta cortesía casi muda y el diálogo siempre salpicado de los cubanos con sus eternas glosas a cualquier comentario.

—Entonces Alicia, que no se dejaba vencer tan fácilmente, propuso a su hermana: “Hagamos una cosa, tú serás uno de ellos y yo, seré todos los demás”.

Dieter rió por primera vez en el día. Tomó la mano de Vivian, la oprimió con ternura por unos segundos y luego la soltó para concentrarse en la conducción del carro. Vivian sintió mucho calor. Tomó su coco y bebió hasta el final. Era deliciosa. Miró por la ventanilla el azul cegador y las palmas amarillas de sol y pensó en toda el agua que Dieter nunca habría de beber.

                          

Mylene Fernández Pintado: Abogada y narradora. Pinar del Río, 1963. Tiene publicado Anhedonia (Premio David, cuento, 1998). Ha recibido dos menciones en el Concurso La Gaceta de Cuba, así como en el internacional de cuentos Fernando González, en Colombia y el Premio de novela en el Concurso Italo Calvino (2002) con su obra Otras plegarias atendidas.

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