Para Víctor Casaus de Bermúdez

Luc Chessex o la imagen de la memoria y la amistad

Jorge R. Bermúdez • La Habana, Cuba

No creo en generaciones ni en décadas prodigiosas. Para mí hay una sola generación, aquella que en cada uno de los decenios que le correspondió vivir y crear, se erigió desde sus respectivos campos de conocimiento y expresión artística a la altura de su tiempo. Esta verdad, y no otra, es la que hace que la poesía de Heredia, la música de Cervantes y el pensamiento de Martí, por solo citar tres ejemplos excepcionales, sean hoy tan de nuestro tiempo como la poesía de Nogueras, la música de Silvio y el pensamiento del Che. Y, en consecuencia, que la fotografía del suizo Luc Chessex sea tan de la Cuba de los 60 como la mejor de hoy día. Sin obviar, por supuesto, el lugar que ya tiene entre la de aquellos fotógrafos del patio que recogieron en sus fotos la gran épica de la Revolución cubana.

Imagen: La Jiribilla
 

Para quien quiera verificar esta aseveración, en el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau de La Habana Vieja, está expuesta la muestra fotográfica Mirar a Cuba en los 60, de Luc Chessex. Exposición, sin duda, que bien se inserta en la línea de trabajo que siempre ha caracterizado al citado Centro Pablo, como lo llama el pueblo, al dar fe por la memoria pasada lo que de continuidad y valor hay en la presente, base de todo hacer y decir con real proyección en la memoria futura. También es la exposición por la que transitan, “libres en el tiempo, la memoria y la amistad”, al decir de su director, Víctor Casaus. Y le sobran razones para decirlo, porque Luc Chessex es de esos artistas extranjeros del linaje de un Miahle o Garneray, que llegado de la “apacible” Suiza con su cámara Alpa al cuello, no cejó en develarnos la más raigal realidad cubana de los 60, sin distorsión ni manipulación alguna, con la honestidad y apetencia visual propias de quien busca en el país encontrado la realidad de un nuevo tiempo, que también fue el suyo, el nuestro. “Aquí estuve desde el 61 hasta el 69 sin salir, relacionándome con la vida y la gente de aquellos años en medio de un movimiento cultural y artístico muy fuerte”, recuerda Luc. Y aquí quedó su trabajo creador, en revistas como Cuba internacional y Revolución y Cultura; en exposiciones como Fotomentira, junto con otros dos grandes fotógrafos cubanos, Raúl Martínez y Mario García Joya, o como fotorreportero de la agencia de noticias Prensa Latina, entre otras importantes idas y venidas por el ámbito cultural cubano de los 60. Tampoco le faltaron discípulos. Junto con Raúl Martínez impartió talleres a jóvenes fotógrafos, algunos de los cuales hoy son de obligada referencia en nuestra historia gráfica, como Grandal, Figueroa y De la Uz.   

Imagen: La Jiribilla
La Habana, 1970

 

Nadie escapa a su tiempo, y Luc Chessex no escapó al suyo, al punto, que se posesionó de él. Armas tuvo, talento también. Su experiencia cubana le permitió interpretar y aprehender por la lente la realidad otra que al influjo de su revolución diera inicio a los cambios que obraron —y aún obran— en el entonces llamado Tercer mundo (América Latina, África y Asia). Luc dio cuenta de la realidad cubana sin caer en exotismos y, mucho menos, en la visión del turista, en la que tantos fotógrafos extranjeros cayeron después, sobre todo, a partir del llamado periodo especial. A diferencia de estos, él vivió entre cubanos y como cubano en una época de fe, y supo hacerse entender por el pueblo, “desde los acentos inocultables de su francofonía”, como dice Víctor. Supo ver lo que había que saber. De ahí, tal vez, lo que de cubano tiene su fotografía y lo que de él tienen los fotógrafos cubanos que lo conocieron. También en el lenguaje visual la improvisación delata al improvisado. Y Luc demostró que no lo era. Su punto de vista, aun cuando es muy suyo, fue capaz de construir mensajes visuales honestos, hermanados en el interés por demostrar lo que de simpatía, espontaneidad y solidaridad hay en el pueblo cubano…, y en el cubano de a pie. A pie nos conoció, por eso su obra aún anda entre nosotros, después de más de 50 años de pisar, por primera vez, el suelo sagrado de la Isla. 

Imagen: La Jiribilla
Camaguey, 1970

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