Notas sobre la diáspora cultural cubana

Identidad y emigración en la arqueología
del nuevo milenio*

Norberto Codina • La Habana, Cuba
Ilustraciones: Krlos, Zardoyas

Parque Central. Tarde de un domingo cualquiera del otoño neoyorquino. Desde uno de los puentes, cerca del lago, se puede ser testigo de un espectáculo singular. Al final de la explanada suena una rumba de cajón. Nuyorricans, cubanos, afroamericanos, tocan, cantan, bailan, hasta bien entrada la noche. Circulan la comida y el ron, de manos amigas o de vendedores clandestinos (otra vez, y siempre, el contrabando). A la sombra del puente una docena de parejas ensaya pasos de tango, pero no se oye la música de referencia por estar bajo el arco, así la coreografía se mueve, elegante y cadenciosamente, con un yambú de fondo, sincretismo migratorio entre Gardel, Chano Pozo y Saldiguera. Los pasillos de la danza lasciva se cruzan con el sonido del boricua Eddy Bobé y del marielito Orlando “Puntilla” Ríos, dibujándose contra los árboles y los rascacielos.

Ya adentrados en la segunda década del tercer milenio, todavía sigue discutiéndose un tema heredado del siglo XX: la identidad, acompañado a su vez por una definición más traumática, la emigración. Nada tan actual como el conflicto que se genera en la comunión de esos conceptos. ¿A qué país pertenece un emigrado? Sociedades multiculturales, multiétnicas, donde género, clase, economía, política, religión, globalización forman el contrapunteo entre país emisor y país receptor y, en muchos casos, los dos roles en el pasado y en el presente de la misma sociedad. El reflejo de todo esto, en el debate académico de hoy, es fruto de infinitas y legítimas indagaciones, donde sujeto y nación buscan respuestas. Entre todas, la experiencia cubana es, a mi entender, uno de los fenómenos más complejos y ricos de la relación identidad-emigración, por su condicionamiento al diferendo político (yo diría confrontación, en esa relación visceral que podría ilustrarse con la letra de un bolero de Félix B. Caignet, te odio, y sin embargo te quiero) entre Cuba y los EE.UU.

En el contexto de la globalización, donde cultura y hegemonía económica estandarizan los cánones y profundizan desigualdades, nos toca reconocer la identidad cubana y su diáspora. Estamos hablando de una sola cultura escindida por el proceso histórico que prefiguran sus diferentes caminos polarizados entre La Habana y Miami en los últimos 50 años, aunque esas sucesivas emigraciones se ramifican a otros muchos destinos, significativos aunque minoritarios con relación a EE.UU., como pueden ser España, México o Venezuela, o singulares como Islandia o Australia. Está claro que se trata de un proceso tan viejo como los antecedentes de la cubanía, pero también que ese proceso ha catalizado excepcionalmente a partir de la Revolución de 1959. Hoy, solo no puede comenzarse una discusión sobre este tema sin afirmar, como muchos politólogos, que la identidad cubana está tanto en la Isla como en la diáspora. No obstante, son obvias las diferencias. Como le gustaría decir a un estudioso del tema, “el aleph”1 se encuentra en la Isla como espejo y arcano de los orígenes, pero no es patrimonio exclusivo de una de las partes, y el mismo diferendo —que ha influido y manipulado esta relación—, tiene desigualdades, fisuras y matices. Lo que parece obvio para muchos, es que “la nacionalidad no puede existir sin contacto con la nación”.2 En realidad, ¿cuánto de identidad hay en la diáspora? Pienso en la radicada, sobre todo, en los EE.UU. Pero ¿y el resto, esa que va del destierro con militancia política al mal llamado “exilio de terciopelo”?.

En más de medio siglo, la eclosión migratoria registra diferentes estadios, desde el exilio histórico, que vive detenido en la Cuba del 58 y el Miami de los 60 (y que, como diría Talleyrand de los Borbones, “ni han olvidado ni han aprendido”), hasta las más recientes oleadas que desafiaron a los “fundamentalistas” para asistir a un concierto de los Van Van. Una de las grandes confusiones que, en mi opinión, sobrevive en Cuba es pensar que el desarrollo de la identidad cubana en los EE.UU. se limita a la que proclaman aquellos que tienen una posición política beligerante. La casi totalidad de los estudiosos del tema coinciden en que 1980 —con la ola migratoria del Mariel, la tercera por su importancia— impuso un punto de giro, cambio que se acentuó con los fenómenos emigratorios de los 90 y el presente milenio. No solo comenzó a ser distinta la relación de los recién llegados con su país natal, sino con su nueva condición ciudadana, lo cual se refleja significativamente en los sucesivos cambios del voto cubano en las elecciones presidenciales norteamericanas que, desde la primera elección de Clinton hasta la más reciente de Obama, fueron produciendo una modificación sustancial en detrimento del tradicional voto cubano-republicano, y en favor del cubano-demócrata.

En las nuevas generaciones va prevaleciendo, pese al esfuerzo por asimilarse en muchos casos, la conciencia de minoría, más acá y más allá de definiciones étnicas o raciales3. Estamos hablando de una redefinición lógica de la identidad, algo que implica para los intelectuales mucho más que escribir en inglés y soñar en cubano.

Imagen: La Jiribilla

El ensayista cubano radicado en México, Ernesto Rodríguez Chávez, pregunta:

¿Qué relación pudiera tener la diáspora cubana con esta nueva manifestación de la emigración, cuando hay un conflicto político que la separa permanentemente del país de origen, cuando se vive en sistemas socio-económicos opuestos y cada parte busca revertir la historia?4

¿Cuándo se empieza a utilizar el término cubano–americano? Algunos lo sitúan a principios de los 80, alrededor del Mariel, como una manera de marcar distancias entre los que ya estaban y los que acababan de llegar. En el campo de la literatura, para poner un ejemplo conocido, Oscar Hijuelos se asocia a lo que se considera como literatura étnica, y así se promueve su reconocimiento del Pulitzer. Pese a sus declaraciones de que le gustaría haber sido músico cubano, su caso es el de un escritor “étnico” pero integrado al sistema. “El alma, es obvio, se ubica en las minorías, consideradas como parásitos por el flujo mayoritario, que es el que todo lo homogeniza”.5 En los casos de Cristina García o Gustavo Pérez Firmat, lo cubano-americano, o el desafío de vivir en el guion, es totalmente orgánico. La primera, solo escribe en inglés6, y el segundo se mueve cómodamente en el bilingüismo y ha teorizado sobre estas posiciones. Pero Emilio Bejel, Achy Obejas,7 Román de la Campa o Uva de Aragón se consideran, como reza el slogan, ciento porciento cubanos. Ellos escriben en inglés y español, indistintamente, y viven en Colorado, Chicago, Long Island o Miami, con estéticas y vivencias diferentes.8

Durante décadas, el estudio y divulgación de la cultura cubana de la diáspora fue en la Isla un tema tabú. Con los textos de la emigración —marginados en Cuba de antologías, diccionarios, etc., por razones esencialmente políticas— se inició a finales de los 70, todavía muy tímidamente, una toma de conciencia frecuente en la historia de la cultura: de pronto se convierten a finales del pasado siglo en objeto de cátedras y eventos cada vez más generalizados.9

El ejemplo más ilustrativo se produce a principios de los 90, con el resurgir, y la aparición de otras nuevas, de un grupo significativo de revistas culturales y de ciencias sociales que, como consecuencia de la crisis económica, habían desaparecido del panorama editorial cubano, y que, junto con las contadas que sobrevivían de forma intermitente, atestiguan la voluntad de renovar sus espacios. Como parte de la diversidad y el balbuceante debate de ideas que tiene lugar en Cuba desde esos inciales 90, estas publicaciones proponen, de forma creciente y sistemática, la divulgación de una parte más o menos significativa de la producción académica y artístico-literaria que generan los cubanos en el exterior. Se trata de Temas, Casa, Unión, Revolución y Cultura, Vigía, Opus Habana y otras, así como de revistas especializadas en música, artes escénicas y artes plásticas. Estos esfuerzos expresan el reconocimiento de la existencia de una cultura cubana por encima de las fronteras nacionales, y de hecho contrastan con la intolerancia del mainstream miamense, caracterizado, como se conoce, por proyecciones públicas maximalistas que se oponen a cualquier contacto cultural con los escritores y artistas de la Isla, en el sobreentendido de que son meros amanuenses o instrumentos del Gobierno, y la intolerancia del conservadurismo a ultranza de determinados circuitos dentro del país, obcecados en evitar “la contaminación del enemigo”.

Capítulo aparte merece La Gaceta de Cuba. Durante los últimos 22 años La Gaceta..., fundada en 1962 como publicación de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y que, por tanto —utilizando un término de Arturo Azuela—, podríamos definir como “revista institucional”, sistematizó en sus páginas una línea editorial que ya se venía anunciando a finales de los 80: la presencia de la cultura cubana, sobre todo la literatura, gestada fuera de los límites geográficos de la Isla.

En el complejo y cambiante panorama cubano de los 90, La Gaceta... ha sido reconocida como publicación pionera y principal en propiciar ese intercambio dentro de Cuba. Contando con importantes antecedentes en otros espacios, la revista canaliza de forma protagónica ese anhelo larvado durante décadas de silencio, de reconocernos (cualquiera sea nuestro lugar de residencia) en el corpus de la cultura nacional. Estén donde estén, como escribiera Roberto Fernández Retamar en su poema “Pio Tai”, homenaje a los peloteros de otras épocas, más allá de integrar otros cuerpos literarios, como el multicultural que forma el mosaico étnico norteamericano, muchos incluso de segunda generación, se reconocen también por otros caminos como parte del imaginario artístico y literario cubano.

 

Imagen: La Jiribilla

En el prólogo a Memorias recobradas, libro en el que da a conocer una relación de los dosieres sobre la literatura de la diáspora aparecidos en la revista —compilación que, a su vez, constituye la piedra angular de este temario en La Gaceta...—, Ambrosio Fornet escribe:

Desde que apareció el primer dossier de La Gaceta... se hizo evidente que estábamos dando respuesta a una necesidad profunda, tanto de información, como de coherencia intelectual (...) los dosieres cumplían también una función imprevista —una doble función, de hecho: sociocultural y psicosocial— puesto que a los autores les permitía incorporarse a su ámbito mayor, el formado por los lectores de la Isla, y a nosotros nos permitía recobrar esos fragmentos de nuestra propia memoria colectiva, escindida por el trauma recurrente de la diáspora. No hemos hecho más que empezar, pero de eso se trataba, justamente, de dar el primer paso.10

Aprovecho para subrayar esta idea final, pues como dice el proverbio armenio, para caminar mil millas primero hay que dar un paso. Todo esto dio lugar a un proceso sostenido, que aunque hoy sigue siendo insuficiente, su dinámica emergente ya es ampliamente consensuada. La Gaceta..., que había dejado de salir en agosto de 1990 como consecuencia de la aguda crisis económica que colapsó el mundo editorial cubano, reaparece en 1992 con nuevo formato, periodicidad y ajustes en su perfil, acentuando o madurando propuestas que se apuntaban a finales de los 80. Una de las señales que ya se perfilan claramente en el primer número de su reaparición (enero-febrero de 1992), es la presencia de la cultura cubana de la emigración o el exilio. De los trabajos publicados en ese primer número, merecen señalarse un largo artículo —a propósito de la publicación en Puerto Rico, un año antes, del libro de entrevistas con autores cubanos Escribir en Cuba, de Emilio Bejel, ensayista manzanillero y profesor de la Universidad de Boulder, Colorado; y un inédito de Severo Sarduy, escrito especialmente para la edición habanera de la Órbita de la revista Ciclón, a la que el autor valora como “la que de modo más hondo interrogó sobre la esencia de lo cubano, sobre el fundamento de la nacionalidad”. Todo inmerso en ese proceso que el insigne propulsor de lo carnavalesco y lo barroco define como “un gran río inmaterial e irreversible”, que “arrastra al adepto desde su iniciación”.

La breve nota editorial que anuncia la reaparición de la revista, con el título de la conocida frase de Fray Luis —“Decíamos ayer...”—, subraya la intención de “ser expresión plena y consciente del quehacer actual de la cultura nacional”. Ahora, ¿qué se entendía desde allí por cultura nacional? Este compromiso inicial y la interrogante serían clave para que la revista se fuera encontrando en los años siguientes, en “una sola cultura nutrida de identidad y diferencias”.

Es significativo el número de textos y la representatividad de la mayoría de los publicados en La Gaceta de Cuba, durante ya cuatro lustros (1992–2012). Desde su reaparición hasta este año (noviembre-diciembre de 2012), La Gaceta... ha publicado 690 textos que abordan, directa o indirectamente, la cultura de la diáspora cubana (o exilio o emigración, como se le prefiera llamar), sobre todo su literatura. De ellos, 286 son de bibliografía activa, 179 de pasiva y 225 que la engloban en otros estudios generales. Hablando de 126 números de La Gaceta..., ello significa un promedio de 33 trabajos al año, y 5,5 por número, al punto de que solo en el número 3 del 99 no aparece una referencia atendible. 

A las razones naturales que provocaron las reacciones de los extremos, dentro y fuera de la Isla, y que tienen comunes denominadores (sobre todo la ruptura familiar y la confrontación política), se suma el hecho más o menos declarado de manipular políticamente lo que sin ser “químicamente puro”, revela la voluntad de la gran mayoría de los intelectuales y cubanos en general: lograr —con el entendimiento cultural, a falta de otros en determinado momento— la base común generada por la necesidad impostergable del diálogo, más allá del espacio propio de la política, y el derecho de todos, sin soslayar las diferencias ideológicas en algunos casos antagónicas, de “pensar a Cuba”.

La nueva política emigratoria cubana, que está obligada a irse perfeccionando en su propio desarrollo, debe catalizar en toda la sociedad lo que tuvo en el intercambio cultural su espacio germinal de reconocimiento. Porque, indiscutiblemente, “ir recuperando sin traumas los ajustes a la idea de la nación dondequiera que se produzcan”, como reza la nota antes citada, nos lleva al borgeano “aleph”, como punto imaginario multiplicado en cualquier sitio con la impronta de alguien que se sienta cubano (más allá incluso de barreras idiomáticas), donde se ve todo replicado al mismo tiempo con y en el aire y el polvo de la Isla.

Con el desafío, parodiando al ilustre ciego, de que se puede decir que el cubano de la Isla y el cubano “de otras orillas” son tan diferentes que cualquiera podría confundirlos. O tan iguales que parecen distintos.

 

Este texto fue escrito a propósito del panel “Cultura y emigración”, convocado como parte de los Ciclos de debates de la Revista de cultura cubana La Jiribilla. Casa del ALBA cultural, La Habana 6 de febrero de 2013.


Notas:
 
* Compendio, reducido y corregido, especialmente para esta revista, de otros textos publicados sobre el tema.
1. Cf. Leonardo Padura Fuentes: “Tiene la carabina el camarada Ambrosio” (entrevista con Ambrosio Fornet), en La Gaceta de Cuba, 5 de 1992, pp.4-6.
2. Norberto Codina: “Diálogo, cultura y exilio las dos mitades del cubano” (entrevista con Francisco Aruca) en La Gaceta de Cuba, 4 de 1992, pp. 40-41.
3. En un estudio reciente sobre el conjunto de la población emigrada, aparecido en el periódico mexicano La Jornada (8 de febrero de 2013, p. 31), se plantea que “los hijos de los inmigrantes en EE.UU. alcanzan un nivel de vida superior al de sus padres y muy similar al de las otras personas nacidas en este país, según un análisis divulgado este jueves por el centro de estudios demográficos Pew Hispanic. Los inmigrantes adultos de segunda generación, un grupo de unos 20 millones de personas nacidas en EE.UU. de al menos un padre extranjero, ganan más dinero, tienen mayor nivel educativo y logran comprar una vivienda, indicó el estudio, con base en cifras del censo”. Está claro, por lo ya sabido, que la experiencia cubana es distinta, pero no deja tener puntos comunes, sobre todo en las segundas generaciones.
4. Ernesto Rodríguez Chávez: “Algunas propuestas para definir la identidad cubana en su relación con la diáspora”, 1999 (inédito). Ver Jorge Duany “Ni exiliado dorado ni gusano sucio: la identidad étnica en recientes novelas cubano-americanas”, en Temas, 10 de 1997, pp. 22-30.
5. Islan Stavans: “Oscar Hijuelos: me hubiera gustado ser un músico cubano” (versión de la entrevista publicada por Linden Lane Magazine, tomada de El Papel Literario, Caracas, 13 de mayo de 1990), La Gaceta de Cuba, 5 de 1993, pp. 26-27.
6. “No es el caso discutir si la memoria pertenece al que habla o escribe, o a sus padres: todos nacemos desde el primer abuelo y sus recuerdos, demasiadas veces, nos encauzan el sueño”, Waldo Leyva, “Trópico de semejanzas” (Entrevista con Cristina García y Achy Obejas),  La Gaceta de Cuba , 5 de 1995, pp.54-57.
7. Vitalina Alfonso: “Nacer en La Habana, una definición”, (entrevista con Achy Obejas) La Gaceta de Cuba, 5 de 1999, pp.24-29: “Toda mi vida tiene que ver con que nací en La Habana y no me crié en Cuba. (…) He estado siempre, por tanto, buscando en medio de toda esa jungla de definiciones, de categorías, de etiquetas y posibilidades. Por ello me es más interesante no separar en ningún momento la cuestión de la sexualidad de la cuestión de que soy cubana.” Esta entrevista es muy interesante para el tema de la identidad, no solo cubana, sino latina en general, entre los escritores que viven en los EE.UU.
8. Ver, entre otros textos, Román de la Campa: “Norteamérica y su mundo latino: antología, globalización, diásporas”, en Apuntes Posmodernos, Miami, 1999-2000; María Cristina García, “Los exiliados cubanos y los cubano-americanos. Treinta años en pos de una definición y cultura en los EE.UU.”, en Rafael Hernàndez, comp. : Mirar el Niágara,  centro Juan Marinello, La Habana, 2000, pp.437-460; Jorge Duany, ob.cit.
9. El reconocimiento oficial de una llamada comunidad cubana en el exterior, a fines de los años 70, hizo en rigor insostenible esa exclusión, pero entonces, por un conjunto de circunstancias, el problema no fue abordado y se siguió asumiendo en última instancia como tabú, lo que condicionó, por ejemplo, la lamentable ausencia de escritores que vivían fuera del país del Diccionario del Instituto de Literatura y Lingüística, al margen de casuísticas concurrentes. En todo caso, hoy una de las problemáticas fundamentales del debate consiste en las jerarquías literarias, diferencias aún alimentadas por prejuicios políticos, y la negación de los derechos de autor de algunas figuras significativas del exilio (Cabrera Infante, Reinaldo Arenas) para publicar en la Isla. No obstante, el hecho mismo de que esto se discuta en distintos espacios públicos en Cuba, marca una diferencia difícil de obviar en el sentido de que hoy existe un necesario debate cultural más abierto, con independencia de que se compartan o no las respuestas posibles. Como es obvio, sólo de la polémica puede nacer el consenso.
10. Ambrosio Fornet: Memorias recobradas, (compilación de dossiers de La Gaceta de Cuba) Editorial Capiro, Villa Clara, 2000, pp.9-12.

 

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