(Otros) cuentos cubanos

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

Entre los escritores cubanos que comenzaron a escribir fuera de Cuba —un sector importante de lo que suele llamarse la literatura cubana del exilio—, tal vez el género menos favorecido sea el cuento. Son escasos los libros que pudiéramos situar sin reparos entre las muestras más representativas de nuestra cuentística. De este extraño naufragio convendría salvar algunos textos dispersos en revistas y periódicos, así como también —creo yo— los cuentos que pese a todo aportan auténticas visiones arqueológicas de nuestra idiosincrasia a través de un terco costumbrismo que logra rescatar los signos más flagrantes de la cubanía.

Si la escasez es la regla, los autores incluidos son —por el volúmen y la calidad de su obra— la clásica excepción. Todos salieron de Cuba en la década del 60. Lourdes Casal (La Habana, 1938-1981) se insertó por derecho propio en nuestra literatura al ganar, en 1981, el premio Casa de las Américas con su poemario Palabras juntan Revolución. Publicó hace más de 20 años su única obra narrativa, Los fundadores: Alfonso y otros cuentos (1973), libro precursor del que hubiéramos preferido tomar para esta muestra la narración que le da título, de no haberlo impedido el espacio disponible. Roberto G. Fernández (Sagua la Grande, 1950) es un lúcido cronista del exilio miamense: con sus manías, frustraciones y desencuentros cotidianos ha ido modelando sutiles estampas vernáculas en las que prima un tono que me atrevería a calificar, con un oxímoron, de “humorismo patético”. Fernández ha publicado tres libros en español (Cuentos sin rumbo, 1975, La vida es un special, 1982, y La montaña rusa, 1985), y uno en inglés (la novela Raining Backwards, 1989).1 Manuel Cachán (Marianao, 1942), cuya obra narrativa se desarrolló en los años 70, la reunió en dos volúmenes: Cuentos políticos (1971) y Cuentos de aquí y de allá (1977); desde entonces no ha vuelto a frecuentar el género.2 Después de su tardío debut como escritor (Crónica de Mariel, 1992),3 Fernando Villaverde (La Habana, 1938) parece haber descubierto su propio universo narrativo en Los labios pintados de Diderot y otros viajes algo imaginarios (1993), del que también me abstuve de elegir para esta muestra, por razones de espacio, el relato que da título al libro.

Fuera de algunos círculos académicos estadounidenses, estos cuatro escritores son, de hecho, cuatro ilustres desconocidos. Durante 30 años, tres novelistas cubanos —Cabrera Infante, Arenas y Sarduy— acapararon de tal modo la atención de la crítica internacional —y no pocas veces el interés espurio de ciertos medios de prensa—, que contribuyeron, sin proponérselo, a ocultar o arrinconar al resto de la narrativa del exilio... para no hablar de la escrita en Cuba.

De ahí que —hasta donde alcanzo a saber— no existan valoraciones críticas que nos permitan situar en su propio contexto la obra de estos marginados —los incluidos y los no incluidos aquí.

1994

Notas:

1. En 1995 publicó otra novela, Holy Radishes!
2. Rectifico: en 1987 había publicado Al son del tiple y el güiro. que consta de doce cuentos. Más recientemente recogió siete cuentos en Angeles con acento sureño (1997).
3. Véase el apéndice "Los autores", al final del volumen.

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