El (otro) discurso de la identidad

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

Quienes creen vivir en la “aldea global” —el espacio sin fronteras creado por el desarrollo de los medios electrónicos de comunicación— rechazan de plano la noción de Identidad, tanto si se refiere al concepto de Nación como a la categoría de Cultura. Bajo esa óptica —y en vísperas ya del nuevo milenio— la idea de “cultura nacional” parece un risible anacronismo. De ahí que se insista en la necesidad de pensar la cultura situándola por encima de un espacio geográfico determinado —lo que se llama, con un término casi impronunciable, desterritorializar la idea de cultura—, negándose por tanto a valorarla como la concreción, a nivel simbólico, de una experiencia histórica precisa. Para quienes no vivimos en el centro de la aldea global esa pretensión carece de sentido.

Por otra parte, es obvio que la vieja noción de Identidad se nos ha hecho problemática. Véanse, si no, los debates y ponencias sobre el tema recogidos en el volumen Cuba: Cultura e identidad nacional (1995), publicado conjuntamente por la UNEAC y la Universidad de La Habana. Se trata de la Memoria de un simposio en el que participaron numerosos académicos, escritores y artistas cubanos residentes dentro y fuera de la Isla. A lo dicho allí1 me permitiré añadir lo siguiente: cuando la noción de “identidad” se confunde con la de “homogeneidad”, como suele ocurrir, nos retrotraemos de golpe al limbo de las “esencias” nacionales o regionales, de esas “idiosincrasias” que deben ser preservadas de toda contaminación para evitar que se desintegren al contacto con la atmósfera cosmopolita del mundo contemporáneo. Así, huyéndole al peligro que implicaría desterritorializar el análisis de la cultura, caemos en otro equivalente, el de inmovilizar la cultura que estudiamos. Porque, aplicado a fenómenos inseparables del tiempo y la historia, el principio de identidad tiende a fragmentar nuestra visión de la cultura y nos obliga a privilegiar, dentro de ella, los elementos estáticos. Si cediéramos a la sinuosa tentación de la nostalgia, acabaríamos reconociendo en la arqueología y el folclor los únicos espacios legítimos de la actividad cultural. Es inquietante, por otra parte, que un mismo término, según la escala en que se aplique, sirva para designar aquello que nos asemeja y aquello que nos diferencia de los demás.
Pero sería insensato renunciar a ese concepto, por equívoco que parezca, porque en países como el nuestro —y en general de América Latina y el Caribe—, sometidos a largos procesos de colonización cultural, la Identidad se ha impuesto con un signo ideológico positivo: remite al derecho de cada nación o cultura a preservar y desarrollar los valores autóctonos para contribuir con ellos —y acceder con ellos— al fondo común de la cultura universal... incluyendo, por cierto, los contactos vía satélite y la posibilidad de navegar por el ciberespacio. Lo que se plantea entonces, una vez más, es la dramática contradicción entre Identidad y Modernidad, problema que desborda los límites de este dossier y forma parte de una contradicción más vasta.

En el más viejo mandato de la cultura occidental, formulado a través de un oráculo (“¡Sé quien eres! ¡Atrévete a ser quien eres!”) se enlazaban estrechamente las nociones de audacia y autenticidad. Creo que la categoría de “identidad cultural” conserva aún el carácter desafiante de esa exigencia primigenia. De hecho, las estrategias de la identidad siempre han surgido en el interior de culturas que se sienten amenazadas por el predominio del más fuerte —la metrópolis de turno— y por un discurso hostil o ajeno a los intereses nacionales. Es lo que intenta recordarnos la fábula que abre el dossier:2 que en Cuba, desde Saco hasta nuestros días, toda reflexión sobre la identidad ha de entenderse en el marco más amplio de las relaciones con los EE.UU., pues ser cubano es, entre otras cosas, la forma más radical de no ser norteamericano que se haya dado por estas tierras. Aplicada a las ideas de pueblo y nación —como nos muestra el primer ensayo del dossier—,3 la categoría de identidad empezó siendo una sustancia metafísica, las credenciales de un linaje siempre vuelto hacia el pasado, y ha terminado asumiéndose como un proyecto histórico, una empresa común orientada siempre hacia el futuro.
Pero no dedicamos este dossier a un tema, sino más bien a una perspectiva: la de los autores incluidos aquí, cubanos residentes en los EE.UU. que aportan una visión otra —contrapuesta o complementaria— con respecto a la que predomina entre nosotros. En el testimonio de cuatro mujeres, la idea adquiere nuevas dimensiones y una intensidad particular por cuanto es vivida en carne propia como conflicto, como núcleo dramático. Algo semejante ocurre en el proceso mediante el cual el exiliado o el emigrado, al establecerse en el enclave de Miami, va pasando de la nostalgia a la resignación y descubriendo, sin sorpresa, que sus descendientes encaran otras problemáticas, entre ellas las propias del cubano-americano.4 Hay, por último, visiones polémicas que impugnan aquellas que muchos de nosotros sostenemos sobre los temas mencionados.5 Coincidentes o discrepantes, cada una de estas perspectivas puede contribuir a enriquecer las nuestras y promover un diálogo necesario.

(1996)


Notas:

1. Ver Apéndice, en este mismo volumen.
2. “Fábula sin ficción", de Louis A. Pérez, Jr.
3. Lucrecia Artalejo: “Sobre el concepto de identidad nacional”.
4. Cf. Gustavo Pérez Firmat: “Vivir en la cerca: la generación del 1,5”.
5. Cf. Antonio Vera León: “El uno y su doble”. De hecho, la nota editorial que lo precede, en La Gaceta…, subraya sus discrepancias con este trabajo.
 

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