Ser o no ser cubanas:
variaciones sobre el tema

• Estados Unidos

Ruth Behar

A mí, como judía cubana criada en los EE.UU., donde solo se puede marcar una casilla en el apartado de la procedencia étnica, me han preguntado a menudo sobre la autenticidad de mi cubanía. ¿Cómo es que, siendo yo judía, me declaro cubana? ¿Acaso mi identidad cubana no es un simple accidente histórico, una escala en el trayecto de la diáspora judía? No siendo en mí lo cubano algo profundo, que lleve en la sangre, ¿a quién estaba yo tratando de engañar?

En nuestro medio, nunca pensé en esa identidad “mezclada” como algo extraño o contradictorio. Cada uno de mis abuelos llegó a Cuba de joven, por su propia cuenta, en busca de una América que no podían alcanzar porque, siendo judíos procedentes de Polonia y Turquía, el Acta de Inmigración y Nacionalidad de 1924 les vedaba la entrada a los EE.UU. Mis padres nacieron en Cuba y como muchos de sus amigos se forjaron una sólida identidad judeo-cubana [...] Reunidos en Nueva York después de la Revolución, comíamos matzoh durante una semana, en la Pascua judía, y luego nos íbamos con El Grupo al restaurante La Rumba, a comer frijoles negros, arroz, plátanos fritos y bistec de palomilla. En más de un sentido, los miembros judíos de El Grupo no se diferenciaban de los demás inmigrantes cubanos de la primera generación.
 


María de los Angeles Torres

Cada vez que atravieso las barreras de tiempo y espacio que separan dos culturas y sistemas económicos diferentes, me convenzo más de que no quiero ni necesito aceptar que mi identidad se defina en términos de esto o aquello, obligándome a tomar una u otra posición. Mi identidad es algo mucho más complejo. Nací en La Habana. Me crié en Texas. Me radicalicé con los chicanos. Volví a Cuba y por tanto fui desterrada de mi comunidad. Ahora vivo en Chicago, pero también en La Habana, emocional y profesionalmente hablando. Siempre estoy de regreso.

Soy “blanca” cuando despierto en La Habana pero también soy “otra”, debido a mi experiencia migratoria. De nuevo soy “otra” cuando realizo el vuelo de 30 minutos a Miami, porque entonces ya no soy “blanca” y porque mi compromiso de volver a Cuba y mantener una relación normal con mi país de origen me hace políticamente “otra” entre los cubanos de Miami. Llego a Chicago y de nuevo soy otra, esta vez porque soy latina en una ciudad que se define en blanco y negro.

Siempre seré mujer y madre, y siempre seré cubana. Siempre habré nacido en La Habana, con una madre que nació en Meneses y un padre que nació en Matanzas. Mis bisabuelos nacieron en Matanzas y en Meneses, de pades nacidos en España, en las Islas Canarias, y también en Caibarién y Meneses. Mi identidad está hecha de múltiples identidades y experiencias. Lo único que me propongo es ser coherente. Durante años sentí que iba dejando jirones de mi identidad en distintas partes del mundo; ahora comprendo que no tengo por qué aceptar categorías que me quiebren internamente. Al contrario, debo elaborar nuevas categorías, nuevos espacios sentimentales y políticos en los que puedan congregarse mis múltiples identidades. Regresar es un acto de exorcismo.
 


Lillian Manzor-Coats

A pesar de [los] obstáculos, hay cubanos de ambas orillas que piensan seriamente en la conveniencia del diálogo y creen en [...] la necesidad de buscar opciones metodológicas para estudiar, sobre bases históricas, aquellos productos culturales que han sido “divididos” o “dispersados”. La necesidad, en otras palabras, de investigar en qué sentido las culturas cubanas forman parte de los flujos y las corrientes más generales de “nuestra América”. Esto no significa, necesariamente, que yo promueva, en el terreno de la cultura, un desplazamiento de lo nacional a lo internacional. Lo que hago es subrayar las insuficiencias de las categorías culturales e historiográficas relacionadas con un concepto “modernista” del estado-nación. Sabemos que el concepto de estado-nación excluye a un gran porcentaje de la población mundial. Sabemos también que una gran parte de esa población está compuesta de exiliados, refugiados, ciudadanos sin estatus legal y otras categorías de personas no pertenecientes a un territorio determinado. Más aún, el concepto de estado-nación se relaciona con sistemas de significación convencional que presuponen la existencia de una identidad nacional única, vinculada a una zona geográfica específica; es decir, la “cultura nacional” presupone un espacio geográfico específico con fronteras estables y bien delimitadas. Sin embargo, los desplazamientos, el cruce incesante de fronteras y la heterogeneidad cultural nos obligan a examinar bajo otra luz el problema de la “identidad nacional”; se trata de desarticular, a nivel teórico, lo que ya la historia misma separó, no pretendiendo atar la “cultura nacional” a un marco geográfico específico ni a una historia plana.
 


Cristina García

Para mí, ser cubana era en gran medida un asunto de familia. Mi vida, en cuanto a eso, estaba bifurcada. En casa me sentía muy cubana y había interiorizado mi identidad. Cultural, temperamentalmente y en todos los demás sentidos, me sentía muy cubana. Ese factor era parte importante de mi identidad.
Por otro lado, mi identidad cubana no tuvo la misma relevancia en los demás aspectos de mi vida. Era una situación esquizofrénica, aunque sin connotaciones negativas. Yo me crié con niños irlandeses, italianos y judíos. Vivíamos en un vecindario judío donde yo solía tomar el autobús para asistir a una escuela católica. Después nos mudamos para una zona de Brooklyn Heights donde había gentes de todas partes. Yo fui a una Secundaria en Manhattan donde todos mis compañeros eran irlandeses e italianos. No conocía prácticamente a ningún cubano, salvo mis primos, y a un par de puertorriqueños. [...] [Mi madre] siempre insistía en que mi hermano, mi hermana y yo habláramos español en casa. Nos inculcó un gran sentimiento de orgullo personal. No crecí sintiendo que yo era inferior o que el español no fuera tan bueno como el inglés. Mi madre era muy celosa con respecto al idioma y se daba cuenta de que el idioma y la cultura marchan hombro con hombro. Se esforzaba muchísimo para asegurarse de que nosotros supiéramos que éramos cubanos. Mi padre, no tanto. La mayor parte del tiempo estaba fuera, trabajando. Y él no es exactamente cubano. Nació en Centroamérica; su padre era español y su madre guatemalteca, medio india. Se crió en Cuba pero lo mandaron a estudiar interno a Canadá, así que creció hablando francés e inglés. Tuvo una educación más internacional. Mi madre, en cambio, es cubana, cubana, cubana... De pies a cabeza. Sus raíces son muy profundas.
 


* Fragmentos tomados de la compilación de Ruth Behar Bridges to Cuba / Puentes a Cuba.
 

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