Erotismo y humor en la novela cubana
de la diáspora

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

El tiempo, como suele decirse, pasa volando. Hace ya cinco años que La Gaceta… comenzó a publicar una serie de dosieres dedicados a los escritores cubanos que, por haber debutado en el extranjero, no eran conocidos en la Isla. Cuatro de esos dosieres han aparecido desde entonces de modo esporádico: los dedicados, respectivamente, a los ensayistas y críticos, a los cuentistas, a los poetas y al tema de la Identidad, desde la óptica del exilio.1 Nuestro propósito inicial era incluir también a los dramaturgos, pero hemos optado por dejar esa difícil tarea a los especialistas.2 

En otra ocasión me referí al desamparo crítico en que se hallaban los más jóvenes narradores de la diáspora, debido en parte a su propia dispersión y en parte al hecho de que la crítica internacional había concentrado su interés en la obra de Cabrera Infante, Sarduy y Arenas, un trío al que cierto reportero tuvo la audacia de llamar —por su fama y la indócil cubanía de algunos de sus textos— “los Matamoros de la novelística cubana contemporánea”. Los más jóvenes estaban pagando también las consecuencias de un pecado que no habían cometido, el descrédito en que sumieron a la novelística del exilio cubano los cultivadores de un subgénero conocido como “la novela anticastrista”.3 Quienes han estudiado el corpus coinciden en afirmar que se trata de unas 30 novelas, la mayoría publicadas entre 1965 y 1971, que tienen tres cosas en común: su anticomunismo, su anti-fidelismo y sus escasos méritos literarios.4 Todavía en 1987, refiriéndose a un conjunto más amplio —el de los poetas y novelistas radicados en Miami— un crítico opinaba que al cabo de casi tres décadas no habían producido “una sola obra realmente memorable...”5 

Pero ya en aquellos años estaba surgiendo, con aportes procedentes de sitios muy diversos —EE.UU., Suecia, Puerto Rico, Venezuela, España— un movimiento no articulado aún que podríamos llamar la Nueva Novela cubana de la diáspora. No es casual, en efecto, que la mayoría de los autores incluidos aquí se hayan estrenado como novelistas en la década del 80, cuatro de ellos, precisamente, en 1987. Algunas de esas novelas no están exentas de amargura: en ellas se percibe por momentos el deseo de un ajuste de cuentas simbólico con la realidad política de la Isla. Pero todas, de un modo u otro, ensanchan el espacio de nuestra narrativa con nuevos temas y personajes, y con discursos flexibles y dinámicos que tratan de afrontar creativamente los reclamos obsesivos de la memoria o los apremiantes desafíos del biculturalismo.

A semejanza de lo que viene ocurriendo entre nosotros, el erotismo parece ser una de las constantes más tenaces de la nueva novelística. Es, sin duda, junto con el humor, uno de sus rasgos característicos. Confío en que ambos, convertidos ahora en ejes temáticos o, si se prefiere, en camisas de fuerza por imperativos del espacio disponible,6 logren revelar, en sus articulaciones y fracturas, otras cualidades del conjunto. No me extrañaría que entre ellas estuvieran las que mejor definen a cada uno de los autores y sus respectivas propuestas, pero eso es parte de un misterio que dejo a la sagacidad de los lectores y al esforzado ejercicio de los críticos. 

(1998)


Notas:

1. Ya citados en esta edición. 
2. Véase, sobre el tema, la antología de Carlos Espinosa Domínguez Teatro cubano contemporáneo (Madrid, Ministerio de Cultura/Comisión del Quinto Centenario, 1992). Es de suponer que el autor también estudie el género en su panorama crítico sobre la literatura cubana de la diáspora (El peregrino en comarca ajena, inédito). Sobre la situación actual del teatro cubano en los EE.UU. véase, en el último número de La Gaceta… (may.-jun. 1998), el final de la entrevista de Omar Valiño a Alberto Sarraín, uno de los principales representantes del movimiento.
3. Solomon Lipp: “La novela anti-castrista” Trad. de Carlos L. Magis Rodríguez. Latino América. Anuario. No. 9. México, Centro de Estudios Latinoamericanos, UNAM, 1976. Lipp predice que el subgénero no tardará en desaparecer, porque los autores son personas que no dominan las técnicas del oficio y, además, ya no tienen mucho que decir (pp. 188, 189). El pronóstico se cumplió, pero solo en parte. Quince años después, con el derrumbe de la Unión Soviética y lo que parecía ser —visto desde afuera— el colapso inminente de la Revolución cubana, el subgénero cobró nuevas fuerzas, esta vez en manos de escritores que se habían formado en el contexto cultural de la Revolución y eran menos proclives al facilismo, aunque no siempre menos vulnerables a las presiones del mercado. Está por hacer un estudio comparativo de las dos fases, con la obra de Reinaldo Arenas como puente entre ambas.
4. Cf. Seymour Menton: Prose Fiction of the Cuban Revolution. Austin/London, University of Texas Press, 1975, pp.215-216. [Existe traducción al español: La narrativa de la Revolución cubana, Madrid, Playor, 1978.] No ha habido consenso en cuanto a la denominación del subgénero. Alberto Gutiérrez de la Solana la llamó, en 1973, “la novela cubana escrita fuera de Cuba” (Anales de la Literatura Hispanoamericana, nos. 2-3, 1973-74, p. 167); Menton, en 1975, la “novela anti-revolucionaria” (ob. cit., p. 215), y Antonio Fernández Vázquez, en 1980, “novelística de la Revolución cubana escrita fuera de Cuba” (cf. su Novelística cubana de la Revolución, Miami, Ediciones Universal, 1980, p. 10.) A juicio de Fernández Vázquez, el corpus podría subdividirse en tres categorías —novelas testimoniales, evocativas y figurativas (ob. cit., p. 13)—, encabezadas, en términos de calidad, por la “evocativa” El sitio de nadie (1972), de Hilda Perera. En cuanto a la narrativa en su conjunto, fue llamada desde muy pronto “del exterior” o “del exilio” (cf. Julio Hernández Miyares: “Notas sobre la narrativa cubana del exilio: la novela”. Envíos: Cuadernos de Literatura. No. l, jul.-sept. de 1971). Hasta donde alcanzo a saber, “diáspora” —una denominación que ha hecho fortuna— es mucho más reciente.
5. Gustavo Pérez Firmat: “Trascender el exilio: la literatura cubano-americana, hoy”, incluido en esta edición.
6. Lo que explica que aquí brille por su ausencia, justamente, un autor como Roberto G. Fernández. En el dossier dedicado a los cuentistas hicimos pasar de contrabando, como cuentos, “Huevos” y “Alpiste”, dos capítulos de su primera novela (La vida es un special, 1981). De su segunda novela (La montaña rusa, 1985) ha dicho un crítico que constituye “un mosaico carnavalesco de las contradicciones e incongruencias que pueblan el microcosmos cubano-americano de Miami”. (Ardis L. Nelson, Dictionary of Twentieth-Century Cuban Literature, editado por Julio A. Martínez. New York/ Westport, Greenwood Press, 1990, pp. 172-73.) A las novelas del autor podría aplicárseles con toda propiedad el término de “cuentinovelas” acuñado por Reinaldo Montero/Luis Manuel García. Por lo demás, Fernández ha escrito sus dos últimas novelas en inglés: Raining Backwards (1988) y Holy Radishes! (1995). Por último, dejo constancia de otras ausencias lamentables: la de Julio Miranda (Casa de Cuba, Caracas, 1990), la de Andrés Jorge (Pan de mi cuerpo, México, 1997) y la de Yanitzia Canetti (Al otro lado, Barcelona, 1997)
 

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