La diáspora como tema

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

El tema de la emigración o el exilio en el arte y la literatura cubanos, hasta donde alcanzo a saber, no ha sido estudiado todavía en su conjunto. Ni siquiera existe una bibliografía que pueda darnos un panorama general. Estamos hablando de la emigración y el exilio posteriores al 59 y, por ahora, del tratamiento que han recibido en las obras literarias y artísticas producidas dentro de la Isla. Yo no tengo autoridad para hablar también de las producidas en el extranjero —aunque la presencia aquí de Cristina García pudiera servirme de pretexto para decir algo sobre Soñar en cubano— y tampoco la tengo para hablar de lo producido en Cuba, por ejemplo, en el terreno de las artes plásticas. Voy a limitar mi intervención —un poco improvisada, como verán— a la literatura y el cine.

Me parece que una de las primeras obras narrativas que tocaron el tema fue un cuento de Sergio Chaple, de los años 60, titulado “Camarioca la bella”. Después hubo varias narraciones más, entre ellas una de Hugo Chinea sobre Mariel, o mejor dicho, sobre los sucesos de la Embajada de Perú, cuyo título no recuerdo, que apareció en la revista Unión. Este cuento —el monólogo de un tipo marginal, de un “escoria”, que había logrado meterse en la Embajada— podría verse como la otra cara del de Reinaldo Arenas sobre el mismo asunto. Hay también un cuento muy curioso, de José Antonio Grillo Longoria, que se desarrolla totalmente en Miami; los protagonistas son dos estudiantes cubanos de High School que experimentan en carne propia los rigores de la discriminación a los latinos. Más recientemente han proliferado las narraciones sobre la emigración ilegal o las salidas clandestinas. Recuerdo un cuento de Aida Bahr en el que aparece una balsa premonitoria y, por supuesto, el cuento de Alejandro Robles, “Los muertos”, que ganó el año pasado el premio de La Gaceta de Cuba. La crisis de los balseros, por su parte, suscitó una respuesta literaria inmediata, tal como puede verse en dos narraciones premiadas en el concurso Pinos Nuevos, todavía inéditas: el cuento “Mientras agoniza” de Ronaldo Menéndez, y la noveleta La milla, de Alejandro Hernández. Sobre este asunto Luis Felipe Bernaza, por su propia cuenta, grabó en video un documental que iba a llamarse Cubalsa, título que el propio director consideró demasiado sarcástico y decidió cambiar por Estado del tiempo.

En fin, no pretendo hacer aquí un recuento exhaustivo, ni mucho menos. Pero calculo que una de las primeras y más dramáticas manifestaciones literarias del tema es Memorias del subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, una novela breve publicada en 1966 y llevada al cine dos años después por Tomás Gutiérrez Alea. Tiene un comienzo lapidario: “Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último momento, se han ido ya”. Siempre me ha parecido un modo insuperable de abordar el asunto a través de la tensión, expresa o soterrada, entre los que se iban y los que se quedaban, aunque aquí el que “se quedaba” lo hacía por motivos muy personales. El enunciado pone en evidencia, creo yo, la relación amor-odio que se suscitaba entre los miembros de una misma familia que asumían posiciones políticas opuestas. La primera parte (“todos los que me querían”) alude al desgarramiento, pero en la segunda (“se han ido ya”) uno percibe como un suspiro de alivio: “¡Al fin se han ido!”, es lo que parece decir. La dicotomía se explica por la frase intermedia: esos que se han ido estaban “jodiendo”, es decir, obstaculizando, interfiriendo mis planes, y su partida me deja libre, al fin, para seguir mi camino. Algo semejante podía haber dicho el que se iba, porque también él quería escoger su rumbo libremente. Ambas partes intentan alcanzar una meta, y lo que ambas se proponen hallar, curiosamente, es lo mismo: el paraíso. Lo que ocurre es que cada cual lo busca por caminos diferentes y opuestos. Unos, huyendo del infierno rojo e instalándose en ese jardín del edén que es la sociedad de consumo; otros, quedándose aquí, empeñados en construir su propio jardín, su propia utopía, la sociedad comunista.

No creo que esta visión simplista y maniquea haya producido obras de valor ni aquí ni allá —con malos esquemas no se hace buena literatura—, y, por lo demás, el enfrentamiento no siempre llegaba a adquirir categoría de drama por la sencilla razón de que se pasaba por alto, se “ignoraba”. El que se iba, dejaba de existir, simplemente; desaparecía de mi vista y de mi vida; se convertía en un fantasma. ¿También nosotros, vistos o evocados desde allá, adquiríamos esa cualidad fantasmal? Quizá nunca lleguemos a saber quién fue el que tiró la primera piedra; ¿ellos, que se atrevieron a afirmar que el son se había ido de Cuba, o nosotros, que nos negamos a aceptar que ellos seguían siendo cubanos?

Lo cierto es que nos alimentábamos de negaciones recíprocas, como si yo solo pudiera afirmar mi identidad negando la tuya, que por lo demás no era tan distinta de la mía. Quede claro que no estoy hablando en términos de contradicciones políticas, sino de conflictos dramáticos, que es el terreno propio de lo artístico. Era una situación que se caracterizaba, a mi juicio, primero, por ser históricamente inevitable, dadas las circunstancias, y segundo, por ser culturalmente empobrecedora para ambas partes.

Eso experimenta un vuelco súbito a finales de los años 70, cuando se abre el diálogo entre las dos partes, encabezado —entre los participantes de allá— por los miembros de la Brigada Antonio Maceo y del Grupo Areíto. Uno de los primeros resultados literarios de ese histórico encuentro fue Contra viento y marea, testimonio colectivo del Grupo Areíto que recibió el premio Casa de las Américas y se publicó en 1978. Por primera vez las voces de allá entraban con todos los honores en la historia de nuestra literatura, y eran voces solidarias, no hostiles —un acontecimiento que en el campo intelectual tuvo repercusiones importantes—. Ese mismo año ganó el premio de la UNEAC el testimonio de Jesús Díaz De la patria y el exilio, publicado en 1979. Esa obra era el resultado de la experiencia que el autor, como cineasta, había tenido con la filmación del documental 55 hermanos, donde muchos de nosotros vimos por primera vez los rostros de aquellos que se habían “ido” contra su voluntad, o mejor dicho, no por voluntad propia, sino por decisión de sus padres, puesto que emigraron siendo niños o adolescentes. Esos jóvenes tendían un puente emocional que era muy fácil de cruzar, puesto que no había reproches, ni resentimientos, ni ajustes de cuenta de por medio; uno podía abrir los brazos y decir, sin reservas: “Bienvenidos, muchachos, están en su casa”. Tres años después, en 1981, Jesús Díaz vuelve a tocar el tema en Polvo rojo, una película que contrapone la épica de la Revolución al drama de los que abandonan el país. Ese mismo año Lourdes Casal obtiene el premio Casa de las Américas de poesía con su libro Palabras juntan Revolución, y eso significaba la entrada de la autora, por la puerta grande, al espacio cultural de acá.

Cualquiera hubiera dicho que ya aquello no lo paraba nadie, que todo era miel sobre hojuelas, pero está comprobado que la historia nunca se desarrolla linealmente. Entre los dos premios Casa —el de testimonio y el de poesía, con solo tres años de diferencia entre ambos— se había producido el fenómeno de Mariel. Fue generándose así un arco de tensiones cuyo extremo se selló con el establecimiento —en 1985, si mal no recuerdo— de la llamada Radio Martí. Volvimos a sumergirnos en la atmósfera de los enfrentamientos, pero el puente había quedado en pie y la “comunidad” —como llamábamos ahora a la emigración y el exilio— siguió viniendo en plan de visitas familiares y creó, tal vez sin proponérselo, una situación nueva. Ya no todos fueron recibidos por todos con los brazos abiertos; ya no todos aquí estaban dispuestos a aceptar tranquilamente que de la noche a la mañana los “gusanos” se hubieran convertido en “mariposas”. Pero hubo quien, por el contrario, descubrió que tener una de ellas en la familia, una “mariposa” que viniera cada cierto tiempo cargada de regalos, no dejaba de ser una suerte. Si yo tuviera que caracterizar la nueva situación diría, simplificando al máximo, que el viejo drama, el de los que se iban, fue sustituido por el de los que volvían —de visita, se entiende— y por el de los que se habían quedado, dispuestos a cualquier sacrificio, y ahora veían a los otros volver cargados de maletas. No era fácil tragarse aquel sapo y seguir tan fresco. Al mismo tiempo, los que volvían no eran extraños; eran nuestros hermanos e hijos, nuestros tíos y primos, viejos amigos, a veces hasta nuestras madres... Es decir, el reencuentro tenía siempre esa carga emocional y en no pocos casos obligaba a una reflexión que iba más allá de la anécdota, una reflexión sobre nuestra propia vida y la legitimidad de determinadas conductas. Era como si uno, ante una situación como aquella, necesitara pasar balance y dejar las cuentas claras, para ver si tenía derecho o no a sentirse en paz consigo mismo.

Como se comprenderá, esa atmósfera cargada de reflexiones y tensiones morales, donde abundaban los dramas de conciencia, era el espacio ideal para la proliferación de obras artísticas y literarias. Y una buena parte de las mismas se centró en el problema de reencontrarse con aquellos fantasmas que resultaban ser de carne y hueso; con el deseo, la necesidad, la obligación, la dificultad, la alegría, la imposibilidad de reanudar relaciones normales con ellos.

En los diez últimos años aparecieron una serie de obras, tanto literarias como audiovisuales, que trataban el tema con pasión y rigor. Lejanía, filme de Jesús Díaz estrenado en 1985, lo aborda de frente: cuenta la historia de una madre que vuelve después de diez años de ausencia y se reencuentra con su hijo y con la incómoda mirada de su nuera. En 1986 se publica la novela de Rolando Pérez Betancourt Mujer que regresa, y al año siguiente la de Gustavo Eguren La espada y la pared, donde el que regresa es un hombre que había sido enviado de niño a los EE.UU. y ahora está tratando de hallar sus raíces. Una de las obras más logradas de esta etapa es Weekend en Bahía, pieza del joven dramaturgo Alberto Pedro, en la que una pareja no tan joven reanuda una vieja relación amorosa que nos permite descubrir que ni ella, que se fue, ni él, que se quedó aquí, encontraron sus respectivos paraísos, porque al fin y al cabo cada uno lleva dentro sus propios cielos e infiernos, modelados casi siempre por experiencias muy personales e intransferibles. Otro largometraje dedicado íntegramente al tema es Vidas paralelas, de Pastor Vega, estrenada en 1993: el doble conflicto simétrico de uno que está aquí, y quiere irse, y otro que está allá, y quiere volver. Más recientemente se estrenó Reina y Rey, de Julio García Espinosa, cuya segunda parte cuenta la historia de un matrimonio que viene de visita, dispuesto a llevarse para Miami a la anciana que fuera su criada, y nunca llega a saber que la anciana es incapaz de abandonar a su perrito (que sin embargo la ha abandonado a ella). Estela Bravo ha hecho reveladores documentales sobre los cubanos concentrados en Perú y los EE.UU., el último de los cuales es Havana-Miami, y Luis Báez publicó una interesante colección de entrevistas, Los que se fueron... Estoy citando de memoria y de pronto caigo en la cuenta de que, después de 1968, fue hacia 1972, en la película de Humberto Solás Un día de noviembre, donde creo haber encontrado por primera vez el tema de la familia dividida, aunque tocado tangencialmente (lo que también ocurre, por lo demás, en filmes como Bajo presión, de Víctor Casaus, y Papeles secundarios, de Orlando Rojas; en novelas como Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz, en piezas teatrales como Confesión en el Barrio Chino, de Nicolás Dorr...). Podría hablarse asimismo de un cuento de Leonardo Padura cuyo título no recuerdo y hasta del giro sorpresivo mediante el cual se introduce el tema en Fresa y chocolate..., pero en aras de la brevedad terminaré refiriéndome a dos filmes que constituyen también puntos de referencia ineludibles. El primero es el cortometraje de ficción de Ana Rodríguez titulado “Laura”, que forma parte del largometraje Mujer transparente, estrenado en 1990. “Laura” es la historia de una muchacha que permaneció aquí y está esperando a una amiga que “vuelve”. Es, de hecho, la historia de un examen de conciencia. Tiene una de las secuencias más estremecedoras del cine cubano de estos años, una secuencia breve, resuelta con un montaje paralelo de multitudes, en imágenes de archivo, gritando “¡Que se vayan!” y, en contraposición, imágenes de los “comunitarios”, recién llegados, abrazando conmovidos a sus familiares en el vestíbulo de un hotel. Como podrán imaginarse, se trata de una mirada crítica no exenta de amargura pero, al mismo tiempo, de una gran autenticidad y lucidez. El otro filme es un documental, en video, hecho por un equipo de realizadores del ICAIC asesorado por Mercedes Arce.2 Está editándose todavía. Se grabó íntegramente en Miami y otras ciudades de los EE.UU. Es el testimonio de una decena de personas —todas mujeres, por cierto— que formaron parte de los 14 mil niños que entre diciembre del 60 y octubre del 62 fueron enviados por sus padres a los EE.UU. en el marco del Programa Peter Pan —o como nosotros le llamamos, la Operación Peter Pan—. No creo que entre las manipulaciones destinadas a desestabilizar a la Revolución en los primeros años, haya habido una más tortuosa que aquella relacionada con la supuesta supresión de la patria potestad. En fin, se ha ido acumulando un material que bien merece ser clasificado y estudiado, porque sean cuales sean sus valores artísticos, no cabe duda de que todos son testimonios de una época y radiografías de uno de los traumas más dolorosos y persistentes de nuestra sociedad.

En los últimos años ha empezado a imponerse el criterio de que la cultura cubana es una sola —cualquiera que sea el lugar de residencia de los escritores y artistas— y, en consecuencia, han aparecido antologías donde están representadas las dos partes, la que trabaja dentro y la que trabaja fuera de la Isla. Quien primero llevó a cabo un proyecto de integración semejante —quizá un poco prematuro, pues apareció en 1981, frescas todavía las secuelas ideológicas de Mariel— fue Edmundo Desnoes con la atrevida y discutida compilación Los dispositivos en la flor. Ahora, entre 1993 y 1994, más de diez años después, aparecen en Madrid sendos volúmenes dedicados al teatro y la poesía de “las dos orillas”, preparados por Carlos Espinosa y León de la Hoz, respectivamente, y en la Michigan Quarterly Review, los dos volúmenes editados por Ruth Behar y Juan León. Todos han suscitado polémicas, tanto acá como allá. Creo que en ambos lados la mayoría vota a favor, pero hay algunos —los menos— que dicen: “Juntos, ni muertos”, y otros, más flexibles y numerosos, que se limitan a advertir: “Juntos, pero no revueltos”. A mediados de 1993, La Gaceta de Cuba —uno de los órganos literarios de la UNEAC, interesado en dar a conocer aquí la obra de los cubanos que se iniciaron como escritores en el extranjero— me pidió que le preparara sendos dosieres con los autores más representativos de cada género. Ya han aparecido dos, el primero dedicado a los ensayistas y críticos, y el segundo a los cuentistas; y está a punto de aparecer el tercero, dedicado a los poetas.3 Es nuestra manera de afirmar, en la práctica, que la cultura cubana es una sola, lo que no quiere decir que estemos tratando de inventar una nueva versión del paraíso —esta vez un paraíso letrado— sin contradicciones, malentendidos o polémicas.
 


Notas:
1. Intervención en el Encuentro “Cultura e Identidad Nacional” (Universidad de La Habana, 23-24 de junio de 1995). Cf. Cuba: cultura e identidad nacional, ed. cit., pp. 124-130.
2. Aludo a Del otro lado del cristal (1995), cuyo equipo de realización incluye a Marina Ochoa, Manuel Pérez Paredes y Guillermo Centeno.
3. Apareció en el cuarto número del año bajo el título de “El discurso de la nostalgia”. Más recientemente (jul.-agost. 1998) se publicó el dedicado a los novelistas (“Erotismo y humor en la novela de la diáspora”). Véanse los sumarios respectivos en “Los dosieres de La Gaceta”, primer apéndice de este volumen.

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