La literatura cubano-americana

Una mirada al círculo
 

Alfredo Prieto • La Habana, Cuba
Ilustración: Nelson Ponce

I

Durante los años 80 del siglo pasado se produjo un vuelco cualitativo en la naturaleza de las migraciones que llegaron a los EE.UU. Entonces, por primera vez en la historia, la mayoría de los emigrantes no procedía de Europa, sino del Tercer Mundo, encabezados por mexicanos, filipinos, chinos y seguidos por vietnamitas, coreanos, hindúes, camboyanos, laosianos, tailandeses, iraníes, paquistaníes e incluso cubanos. Este proceso sentaría las bases de una serie de preguntas de plena actualidad y vigencia, que pueden escucharse hoy en sectores diversos de la sociedad, los medios de difusión, las revistas académicas y las universidades norteamericanas: ¿son o deben ser los EE.UU. una sociedad multicultural? ¿Qué significa, en todo caso, el multiculturalismo? ¿Se debe seguir utilizando únicamente el inglés en las escuelas y documentos oficiales? ¿Cómo entender el reclamo de una escuela de Oakland, California, en el sentido de que el llamado ebonics —una palabra que designa el inglés que hablan los afroamericanos— se utilizara en las clases, en lugar del llamado “inglés americano promedio” que se enseña en las escuelas?

Imagen: La Jiribilla

A estas interrogantes pudieran añadirse otras, esta vez desde el establishment WASP, las siglas en inglés de blanco, anglosajón y protestante: ¿perderemos nuestra hegemonía histórica ante el impacto de eso que se denomina —racistamente, añado— “la amenaza carmelita”? ¿Qué hacer con este alud de indocumentados mexicanos, más allá de un muro fronterizo que al final no nos va a resolver el problema, sobre todo porque los necesitamos, pagan impuestos y reportan beneficios netos a nuestra economía? Escribir que los EE.UU. han tenido siempre una relación medio paranoica con los emigrantes, más allá del discurso sobre la tierra de las oportunidades y del famoso soneto “El nuevo coloso” (1883), de Emma Lazarus, inscrito en la base de la Estatua de la Libertad (“Enviadme a estos, los desamparados, sacudidos por las tempestades”…) y el llamado sueño americano, sería un lugar común. El hecho es que según el Buró del Censo (junio de 2012), hoy los latinos ascienden a 52 millones de personas —el 16,7 porciento de la población— y han irrumpido en lugares del territorio norteamericano donde su presencia era, cuando menos, poco común, lo cual desde luego también incluye a los cubanos que, de acuerdo con estadísticas, están en todos los estados —aunque 7 de cada 10 vivan en la Florida—.1 Además, en el área urbana de Los Ángeles la presencia hispana se ha triplicado, y la asiática duplicado. Miami ya no es más dominio absoluto de los cubanos, que ahora deben coexistir con nicaragüenses, guatemaltecos, hondureños, salvadoreños, colombianos, dominicanos, brasileños, uruguayos y argentinos, aunque mantengan por el mango estructuras de poder en varias instancias.

Estas y otras realidades alteran dramáticamente la fisonomía y el ser mismo del país, y plantean un conjunto de problemas para una clase política que al respecto se mueve entre dos polos: por un lado, el temor a perder, como el profesor de Harvard Samuel P. Huntington, “la identidad histórica” norteamericana, el llamado “credo americano” y, por otro, el impacto de esa demografía sobre la producción, el mercado, los servicios y el consumo —un verdadero caramelo para el poder corporativo, impulsor de una creciente propaganda comercial que empieza en la Pepsi-para-latinos y la Inca Kola y termina en la promoción de Jennifer López, Antonio Banderas y Shakira como símbolos sexuales—. Pero también la política misma se ha plegado ante el español, en su sempiterno afán de capturar votos. El más previsor de los “pioneros” que arrebataron a México esa enorme tajada territorial, no hubiera podido imaginar que a partir de las elecciones que llevaron a William Clinton a la presidencia, el empleo del español resultaría cada vez más recurrente en la carrera hacia la Casa Blanca; tampoco las novelas de anticipación, ni el Chaplin de Tiempos Modernos, hubieran podido prever que por la TV se difundirían spots tratando de persuadir a los latinos a votar por demócratas o republicanos en la lengua de Cervantes. Sin duda, el principal error de cálculo del Partido Republicano en las últimas elecciones presidenciales fue no interiorizar que los días del Mayflower hace rato terminaron, a pesar del Tea Party y otros actores. Un conocido analista lo puso así durante la contienda: el camino a la Casa Blanca pasa por el barrio. Obama está donde está por segunda vez gracias a los latinos. Si hay una reforma migratoria como la que ahora mismo se está negociando entre ambos partidos, es por eso.

II

Entre fines de los años 70 y mediados de los 80 comienza a emerger en los EE.UU. un nuevo fenómeno entre los cubanos, un reflejo de procesos culturales característicos de lo que se conoce como crossover. Se trata de un grupo humano, descendiente en este caso del exilio histórico, que vindicaba para sí la categoría de cubano-americanos, en similar sentido a lo que ya había ocurrido con los de otros grupos étnicos emigrados a la Unión, como los africanos, los italianos, los polacos y los asiáticos, en los que la conciencia de una identidad (o identidades) propia, específica y diferenciada ya formaba parte del llamado melting pot, en correspondencia con eso que el sociólogo brasileño Darcy Ribeiro alguna vez denominó “pueblos trasplantados”, es decir, formados a partir de un fuerte y disímil componente migratorio y nutridos históricamente por distintas oleadas provenientes de regiones varias del planeta.

El proceso aparece documentado en varias instancias sociales, una de ellas —y ciertamente no la menos importante— en un chiste del comediante Guillermo Álvarez Guedes, esa especie de Bernal Díaz del Castillo del exilio, quien alude a la nueva realidad con un sentido de crítica, sorna y distanciamiento, toda vez que asimilarse implicaba de alguna manera des-exiliarse y echar raíces en la cultura receptora a menudo a partir de  relaciones maritales con norteamericanos o norteamericanas, o con otros latinos/as, una posibilidad que los cubanos tradicionales nunca tuvieron entre sus planes ante la idea del regreso a un añorado Paraíso perdido. Tal vez por su inmediatez, el cine estuvo, por así decirlo, en la vanguardia testimonial con el estreno del filme El Súper (1979), de León Ichaso, un texto imprescindible sobre los procesos generacionales al otro lado del espejo y, según muchos especialistas, una obra no superada artísticamente por todo el cine cubano hecho después en los EE.UU.

En la literatura, esta categoría identitaria tiene su primera expresión sistémica en la antología Los atrevidos (1988), de Carolina Hospital. Este libro recoge una muestra de la labor literaria de un conjunto de cubanos que se atrevieron por primera vez a escribir en inglés habiendo nacido en la Isla alrededor de los años 50 y partido a edades tempranas a los EE.UU. Y sentaría las pautas para recopilaciones posteriores, como Little Havana Blues (1996), de Virgil Suárez y Delia López, una selección de 32 autores que escribían en inglés —algunos ya conocidos, otros nuevos, muchos salidos del país después de 1960—. Esta generación, llamada 1.5 y ubicada a medio camino entre su cultura natal y la de la sociedad receptora, quedaría reflexionada a nivel teórico sobre todo en la obra ensayística de Gustavo Pérez Firmat (The Cuban Condition. Translation and Identity in Modern Cuban Literature, 1989; Lyfe on the Hyphen. The Cuban-American Way, 1994). Facturado a partir de un corte epistemológico extraído de la Sociología, el 1.5 de Pérez Firmat ha sido sometido a fuego por varias razones: por constituir un constructo que excluye determinaciones como género, raza y orientación sexual; por enraizarse fuertemente en la nostalgia pre-revolucionaria; por tener como modelo la emigración previa al Mariel; y por tomar como uno de sus paradigmas a Ricky Ricardo, uno de los dos personajes protagónicos de I Love Lucy, la popular serie televisiva donde actúa el santiaguero Desiderio Alberto Arnaz y de Acha (1917-1986), cuyos padres habían tenido que salir para los EE.UU., por razones obvias, a la caída del machadato. Ricky —o Desi, es casi lo mismo— fue percibido sin embargo por la cultura anglo con una mezcla de exotismo, asimilacionismo y paternalismo, mediaciones largamente actuantes en el mainstream a la hora de dar cuenta de la otredad cubana, y también latinoamericana, sobre todo desde que en el cine silente el Latin Lover adquiriera un peso abrumador (Ruddy Valentino).

Quizá no resulte ocioso subrayar que se trata de un músico, conguero por más señas, que parloteaba, tanto en la serie como en la vida, un inglés heavily accented —era uno de los atributos de su comicidad—, pero colocado en la clase media norteamericana gracias a una unión matrimonial con una pelirroja que en la pantalla siempre se mostraba tan complaciente como perdona-vidas con un esposo que al final del día no cuadraba mucho la caja. No obstante, ni estos ni otros problemas impiden que su figura la reclamen no solo los “cubano-americanos históricos”, sino también los más nuevos, como en el caso de Mellow Man Ace, un pinareño inscrito en su provincia como Ulpiano Sergio Reyes (1967) que se denomina a sí mismo el “Ricky Ricardo del rap”, autor de “Mentirosa”, el primer single de oro de un rapero latino en los EE.UU. (1990). La razón es que el factor integración/fusión pesa más, sin duda, que su longitud casi caricaturesca y del hecho de no ser tenido, a pesar de todo, como un parigual. Bien mirado, ese fue —como lo ha señalado Louis A. Pérez, Jr.— el mismo problema que marcó la imitación cubana de modelos norteamericanos, casi paroxística en el momento en que la Revolución llegó al poder.

Como se sabe, esta generación 1.5 se distingue por su condición bicultural —las dos caras del Juno cubano, según la profesora Eliana Rivero—, esto es, por moverse entre dos sistemas de referencia y valores distintos, aunque con áreas comunes que constituyen resultado de una historia y de la peculiar contribución norteamericana a nuestra identidad, un dato que, a contrapelo de lo que a menudo se asume al otro lado del Estrecho, no se suprime por decreto en 1959. De entonces a la fecha, la categoría ha tenido amplia acogida en los estudios literarios, empezando por investigaciones académicas ya clásicas como la de Isabel Álvarez Borland, Cuban-American Literature of Exile. From Person to Persona (1998),2 que daba cuenta de un fenómeno hasta entonces también inédito: el boom de escritores cubano-americanos que tuvo lugar en la década de los 90 del pasado siglo, encarnado en las obras de Pablo Medina (1948), Roberto G. Fernández (1951), Achy Obejas (1956), Cristina García (1958), Virgil Suárez (1962) y del propio Pérez Firmat (1949), entre otros, y que no puede ser entendido cabalmente si se prescinde de los procesos socioculturales actuantes en la sociedad norteamericana aludidos en el acápite previo, es decir, la presencia hispana y su poderoso impacto sobre las industrias culturales, incluida la literatura impresa por editoriales como Arte Público Press y otras que, sin clasificar necesariamente entre las más grandes, en sus catálogos comenzaron a incorporar de manera creciente a “escritores étnicos”.

Lo cierto es que de entonces a acá han emergido a la luz pública por lo menos dos generaciones de cubano-americanos que reclaman para sí varias categorías identitarias, pero que en todo caso subrayan con mucha fuerza su origen nacional y su doble sentido de pertenencia. Una de las más conocidas es ABCs (American Born Cubans o Cubanos Nacidos en los EE.UU.). Esto remite a la necesidad de divulgar, estudiar y discutir, por ejemplo, la obra de autores apenas conocidos entre nosotros como Ana Menéndez, nacida en Los Ángeles en 1970, quien ha escrito un libro de cuentos bastante coñón sobre los cubanos de Miami (In Cuba I Was a German Shepherd, 2001) y una novela inspirada en una peculiar privatización del Che (Loving Che, 2003). O la de un poeta como Richard Blanco (1968), seleccionado para decir un texto suyo en el acto inaugural del segundo término de Obama, algo que no hizo necesariamente como cubano sino como expresión de la diversidad norteamericana, por su estatus de latino y gay. A él se deben los poemarios City of a Hundred Fires (1998), Directions to the Beach of the Death (2005) y Looking for the Gulf Motel (2012). Blanco se ha definido sí mismo de la siguiente manera: “hecho en Cuba, ensamblado en España y exportado a los EE.UU.”.

III

En los 90, en Cuba se produjo un proceso de apertura en torno a la literatura de autores exiliados/emigrados y cubano-americanos, hasta entonces sujeta a exclusiones y tabúes. Revistas culturales y de pensamiento como La Gaceta de Cuba y Temas dedicaron dosieres a este y otros temas relacionados con la cultura cubano-americana —las artes plásticas, la música, el uso del español et al.—; luego se comenzó a publicar, hasta donde resultó posible, la obra de sus escritores y ensayistas, así como a discutir problemas como la dinámica lengua-literatura, globalización, nación e identidad, lo cual condujo incluso a polémicas entre críticos y teóricos a ambos lados del Estrecho.  

Este nuevo fenómeno se corresponde básicamente con procesos socioculturales que tienen lugar por entonces en el escenario cubano, caracterizado entre otras cosas por un sostenido incremento de la emigración al calor del periodo especial y por las visitas de la llamada  “comunidad cubana en los EE.UU.”, que comenzó a ingresar al país después del Diálogo del 78 —ocasión en que el Gobierno y el exilio moderado se sentaron a conversar—, y se reforzaron durante la segunda mitad de los años 90, al calor de políticas de la administración Clinton que, por motivos nada amigables, posibilitaron un mayor contacto entre las dos orillas y en general una mayor fluidez de los intercambios académico-culturales entre Cuba y los EE.UU.

Por su parte, los debates internos en torno a la cuestión identitaria y el reconocimiento de que la cultura cubana es una sola, característicos del fin de siglo cubano, implicaron la rectificación de cortes político-epistemológicos que limitaban lo nacional a los bordes de la Isla. Sobre esta base se erige la validación de una literatura cubana por encima de las fronteras nacionales. La posición prevaleciente, por lo demás sujeta a discusión y crítica, consistió en validar la lengua española como carta de ciudadanía literaria, de manera que, según esta lógica, quienes no escribieran en español no podrían formar parte de la literatura cubana. Pero el problema de este planteo consiste en que las literaturas nacionales han sido desafiadas y puestas en crisis por cosas tales como los procesos de transnacionalización, la porosidad fronteriza y el in/between. Como resultado, hoy la lengua no puede adoptarse como indicador exclusivo ni de literaturidad ni de pertenencia. Y si se mira para atrás, el fenómeno no es inédito en la historia de la cultura: Milton compuso sonetos y poemas en italiano (L´Allegro, Il Penseroso); Garcilaso escribió en latín; Conrad era polaco y fabulaba en inglés. Por no mencionar un caso clásico, el de Kafka, que siendo checo, rayaba la página en alemán.

¿Qué hacer entonces con todos ellos? ¿Renunciar a traducirlos por aquello de traductor/traidor? ¿Dejarlos fuera del juego solo porque lo hagan en una lengua distinta al castellano? ¿O porque no escriban en habanero, como Cabrera Infante? Y en los casos de switch code, en que, como camaleones, alternen o combinen el inglés con el español, ¿incluir en la literatura cubana solo lo escrito bajo la sombra de Cervantes y no de Shakespeare?

No tengo todas las respuestas. Pero tal vez no somos lo que hablamos, sino lo que somos a condición de escribir bien en cualquier vaso comunicante.

 

Este texto fue escrito a propósito del panel “Cultura y emigración”, convocado como parte de los Ciclos de debates de la Revista de cultura cubana La Jiribilla. Casa del ALBA cultural, La Habana 6 de febrero de 2013.
 
Notas:
 
1. Pew Hispanic Center (2012). Los cubanos son la tercera población más grande de origen hispano en los Estados Unidos (1,9 millones), equivalente al 3,7% de esta.
2. A este estudio de la autora, que enseña en Holy Cross, MA, le seguirán los libros Identity, Memory and Diaspora: Voices of Cuban-American Philosophers, Writers, Poets and Artists, coeditado con Jorge Gracia y Lynette M. F. Bosch (SUNY Press, Nueva York, 2008) y Negotiating Identities in Cuban-American Art and Literature, coeditado con Lynette M. F. Bosch (SUNY Press, Nueva York, 2009).

 

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