El discurso de la nostalgia

Ambrosio Fornet • La Habana, Cuba

Nunca me hice ilusiones. Me había comprometido con La Gaceta… a presentar a los lectores una primera muestra de la poesía cubana del exilio —como lo he venido haciendo con otros géneros— y a cada rato me sorprendía a mí mismo aplazando furtivamente la tarea: en el fondo, creía que estaba condenada de antemano al fracaso. La poesía es —fuera de la isla también— el género más dinámico, maduro y consistente,1 y yo no cesaba de repetirme que por muchos que fueran mis contactos y los buenos deseos de La Gaceta…, ni la bibliografía ni el espacio disponibles bastarían para hacerle justicia al movimiento. No siendo yo, además, especialista en la materia, tenía que hallar el modo de hacerme perdonar la osadía, y cierta noche, en el teatro, pensando en la extraña relación actores/público, me di cuenta de que el único modo eficaz y decoroso de lograrlo era asumiendo sin reservas mi papel. Pero las dudas hubieran persistido si, por una parte, no se me ocurre la providencial idea de una selección monotemática —basada en lo que Eliana Rivero ha llamado “el discurso de la nostalgia”—, y por la otra, no aparece, en el extranjero, un amigo diligente, dispuesto a ayudarme (aunque manteniéndose en un discreto anonimato).

Como sé que toda respuesta genuina lleva implícita una pregunta, no me desanimé cuando la opción monotemática empezó a parecerme sumamente riesgosa, tal vez una visión demasiado parcial y simplista de los registros e inquietudes del movimiento, que por mi culpa se vería reducido a una sola de sus facetas y privado de otras igualmente reveladoras y legítimas. Este último reparo se desvaneció con el descubrimiento de un análisis sociolingüístico realizado hace años por dos profesoras universitarias para fundamentar un novedoso proyecto: la primera antología temática de la literatura escrita en los EE.UU. por autores nacidos en Cuba.2 El análisis de contenido puso de manifiesto que había cinco temas recurrentes en la poesía cubana del exilio,3 y examinándolos me di cuenta de que tres de ellos estaban directamente vinculados al sentimiento de nostalgia.

Aquí, la verdadera protagonista del drama es la memoria. Es ella quien sostiene consigo misma, y con cada uno de los sujetos líricos, un monodiálogo que intenta rescatar, al conjuro de los mitos nacionales y familiares, la atmósfera incontaminada de aquel paraíso que primero se vio como perdido y después, con el paso de los años, como irrecuperable. Se advertirá la obsesiva frecuencia con que el espacio y el tiempo, lo individual y lo colectivo se funden aquí en visiones simultáneas, curioso fenómeno cuya explicación pudiera hallarse en la idea, expuesta ya por Rilke, de que la patria es la infancia. De ahí que para estos poetas evocar un tiempo sea recuperar un espacio, y viceversa, y que ese espacio mítico, suprahistórico, suela estar libre de tensiones personales y conflictos sociales. Eso da lugar a poemas narrativos o descriptivos en los que el sujeto lírico, reconciliado con su situación, se entrega al rito de nombrar las cosas como un simple acto de magia.

Pero exilio no es solo evocación —apropiación simbólica del pasado—, sino también, y sobre todo, desarraigo, esquizofrenia, vacío —experiencia del presente—. La Nostalgia carece de astucia. No consigue ocultar por mucho tiempo la sensación de pérdida, de lejanía. Cuando la conciencia desgarrada del poeta se interpone entre su voz y su pasado, y ocupa el primer plano simplemente, el resultado en un tipo de poema tortuoso, enigmático, cuyo inaccesible universo metafórico puede llegar a parecernos incoherente, y que a menudo, sin embargo, acaba conmoviéndonos por su soterrado dramatismo y su propia dinámica interna. El lector no tardará en advertir que algunos de esos textos atípicos, tan diferentes a los demás, también han sido incluidos aquí. Unos y otros, a mi juicio, proceden de la misma fuente. Hay textos, inclusive—como los del último libro que publicó en vida Amando Fernández—, que se abrieron paso hasta aquí contra mi voluntad, forzándome a considerar el tema desde este otro ángulo. En efecto, al final del camino nuestra patria común carece de límites geográficos: no está en los orígenes, sino en las postrimerías, no en el pasado, sino en el futuro, no en la tierra, sino en el polvo. Semejante alternativa traslada el eje de la nostalgia a un plano metafísico, místico —esa añoranza que Santa Teresa expresó con singular vehemencia— y permite a Fernández, por ejemplo, crear poemas-escenarios donde una conciencia lúcida se dedica a escudriñar sus propias reacciones mientras sostiene un diálogo entrañable con la Muerte. Por otra parte, excluí contra mi voluntad, por no encontrar poemas alusivos, a autores que entrarían por derecho propio en cualquier antología.4 Ya había decidido, de antemano, hacer lo mismo con aquellos que hubieran publicado libros en Cuba.5 En suma, los 18 poetas seleccionados pudieron haber sido 30 sin que mermara ostensiblemente la calidad.

Ellos han publicado un centenar de cuadernos, cada uno de los cuales equivale a una hazaña; se trata, en la inmensa mayoría de los casos, de ediciones costeadas por los propios autores y destinadas a un público exiguo, arrinconado a su vez en pequeñas editoriales y claustros universitarios. La obra de conjunto es, por tanto, un acto de fe en la capacidad del ser humano para crear y comunicarse aun en las circunstancias más adversas. Vista desde afuera, en bloque, puede dar una impresión de caos. “Uno de los rasgos reveladores de la poesía del exilio —observa León de la Hoz— es la inexistencia de una estructura poética dominante; cuanto se percibe es una estructura caótica.”6 No se trata probablemente de que no exista, ni de que haya tantas corrientes como autores, sino de que ha faltado una crítica sistemática capaz de organizar ese magma y revelar sus tendencias ocultas. Por lo demás, ciertas características del corpus están determinadas por factores sociológicos poco conocidos fuera de los grandes centros de la emigración. Aludiendo a los cubanos cuyos padres emigraron a los EE.UU. antes de 1980 —en su mayoría blancos de clase media— Burunat y García señalan que, a diferencia de lo que ocurre entre los escritores de procedencia mexicana y puertorriqueña, los cubanos no afirman su identidad enfrentándose a la cultura dominante, sino mostrando su “apego a los antepasados y a las tradiciones del país de origen”.7 Eso, en cuanto a factores externos; en cuanto a los propios del oficio, habría que ver cómo se sitúan esos poetas ante el canon —quiénes son sus precursores y mentores dentro y fuera de la Isla, por ejemplo—, cuál ha sido, en cada caso, la evolución interna, cómo establecen sus particulares jerarquías en el contexto de la literatura del exilio... Sobre estos y otros tópicos el lector hallará sugestivas ideas y una valiosa información en los trabajos críticos que acompañan esta muestra, así como en los que publicamos hace un par de años aquí mismo, en La Gaceta…, al inaugurar la serie.8

Un último vistazo al material me hace sentir moderadamente satisfecho. Nunca me hice ilusiones, es cierto, pero creo que por el momento hemos llegado, como dijo el poeta, hasta el límite de lo posible.

1995

Notas:

1. Me refiero al practicado por los autores que comenzaron a escribir y publicar en el extranjero (y no solo en los EE.UU.).
2. Silvia Burunat y Ofelia García, Comp.: Veinte años de literatura cubanoamericana. Antología 1962-1982. Tempe (Arizona), Bilingual Press/Editorial Bilingüe, 1988. Téngase presente que las compiladoras, a diferencia de otros críticos, llaman "cubanoamericanos" (sin guión intermedio) a todos los autores que, habiendo nacido en Cuba, residen y escriben en los EE.UU., por lo que se supone que hayan ido adquiriendo conciencia "de una identidad cubanoamericana" (ob. cit., p. 11).
3. Agrupados por las autoras bajo los rótulos siguientes. "1) Cubanismo y afrocubanismo; 2) Recuerdos y añoranza; 3) Raíces y familia; 4) EE.UU. y el exilio, y 5) Política y revolución." (Ob. cit., pp. 16-17.)
4. Es el caso de Octavio Armand (1946), Lourdes Gil (1951), Iraida Iturralde (1954) y Carlos Díaz. De Carlota Caulfield (1953) y Ricardo Pau-Llosa (1954) solo conseguí poemas en inglés. En la poesía de Uva Clavijo suele haber una nostalgia militante que pone el énfasis en lo político, variante no contemplada aquí, como tampoco lo fue la de aquellos autores que, al afrontar el tema, se encogen de hombros y siguen de largo, elaborando en el ínterin lo que pudiéramos llamar el contradiscurso de la nostalgia (el caso de Gustavo Pérez Firmat).
5. El más interesante de los cuales tal vez sea Reinaldo García Ramos.
6. Cf. León de la Hoz, Comp.: La poesía de las dos orillas. Cuba (1959-1993). Madrid, Ediciones Libertarias, 1994, p. 47. Una valoración polémica de esta antología —y del tema de la poesía del exilio, en general— puede verse en Víctor Fowler: "La tercera orilla", Unión (La Habana), no. 18, ene.-marz. 1995.
7. "El cubanoamericano siente su escisión cultural y lingüística ante la sociedad norteamericana, pero no se siente discriminado, acechado o perseguido por ella. Por lo tanto, la literatura cubanoamericana no incluye la necesidad de mostrar un activismo étnico en lucha contra la sociedad anglosajona. A diferencia de la literatura mexicanoamericana y la nuyorriqueña, en la literatura cubanoamericana la etnicidad queda definida no como diversidad y diferencia en continuo choque con la cultura dominante, sino como apego a los antepasados y a las tradiciones del país de origen." Silvia Burunat y Ofelia García: Ob. cit., p. 14.
8. Véanse, en este volumen, "Trascender el exilio; la literatura cubano-americana, hoy", de Gustavo Pérez Firmat, y "Cubanos y cubanoamericanos: perfil y presencia en los Estados Unidos", de Eliana Rivero.

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