Lourdes Casal o la experiencia del biculturalismo

Eliana Rivero • Estados Unidos

Sostengo que los escritores nacidos en Cuba que optan por convertirse en cubano-americanos lo hacen con la aguda conciencia de estar asumiendo una doble identidad. Esto —el hacerse conscientes de su propia diferencia— suele ser una secuela del discurso de la nostalgia y a menudo se manifiesta como una sensación de no pertenecer a sitio alguno, ni en Cuba ni fuera de Cuba. Y es que su tiempo y su lugar se definieron en función de un espacio cultural que ya no existe: la década de los 50.

Tal vez ese sentir halle su máxima expresión en la prosa y la poesía de Lourdes Casal, quien en los años 70 empezó a publicar obras que marcaban el tránsito de la conciencia de inmigrantes a la certeza de un dualismo evasivo y permanente. La autora percibía esa condición híbrida en dos niveles, el existencial y el sociocultural, lo que ilustró por primera vez en su libro: Los fundadores: Alfonso y otros cuentos, publicado en 1973, que contenía significativas evocaciones de una infancia colocada a la sombra de sus abuelos, quienes a su vez habían sido inmigrantes en Cuba. Esta forma de nostalgia reapareció cuando la autora, al contemplar el río Hudson de Nueva York, evocó las claras aguas del Caribe que bañaban las playas de su juventud, en Cuba. En “Love Story, según Cirano Prufrock”, el narrador masculino medita:
Aquí frente al Hudson verdinegro, hay olor a yerba buena y el sol un poco tímido me despierta recuerdos bajo la piel, te has ido y recuerdo mi rostro entre tus pechos el sol y hace doce años que no nado, te recuerdo juegos bajo el agua y el Caribe transparentes Guanabo el agua azul la arena al fondo y las piedras multicolores nácar y el agua bañándome los ojos.1

El lector advierte cómo imágenes de distinta procedencia —americanas unas, cubanas otras— fluyen sin solución de continuidad y cómo ciertos ámbitos geográficos de los EE.UU. sirven para canalizar el flujo de recuerdos que invaden la conciencia del inmigrante.

Lourdes Casal vivió alternativamente en el seno de dos culturas radicalmente distintas y esa experiencia afectó profundamente su visión de la realidad. Su poema “Para Ana Veltfort”, publicado por primera vez en 1976, es un magnífico retrato de la dicotomía que experimenta un cubano —una cubana— fuera del medio cultural en que creció. La persona poética funciona en dos ambientes netamente distintos, pero no encaja del todo en ninguno. El texto, lleno de evocaciones y remembranzas, nos habla de esa conciencia de la doble identidad:

[...] Nueva York es mi casa,
Soy ferozmente leal a esta adquirida patria chica.
Por Nueva York soy extrajera ya en cualquier parte [...]
Pero Nueva York no fue la ciudad de mi infancia,
no fue aquí que adquirí las primeras certidumbres, 
no está aquí el rincón de mi primera caída
ni el silbido lacerante que marcaba las noches.

Por eso siempre permaneceré al margen,
una extraña entre estas piedras,
aun bajo el sol amable de este día de verano, 
como ya para siempre permaneceré extranjera
aun cuando regrese a la ciudad de mi infancia.
Cargo esta marginalidad inmune a todos los retornos,
demasiado habanera para ser neoyorkina,
demasiado neoyorkina para él,
—aún volver a ser—
cualquier otra cosa.2

La Habana es la ciudad-madre, donde radica la identidad, pero Nueva York es una experiencia que habrá de definir para siempre el sentido de marginalidad de la autora. De cierto modo ella se siente extraña —una forastera, una extranjera— en ambos lugares, tanto en el espacio de origen como en el de adopción; y sin embargo, los dos sitios le resultan familiares y conforman buena parte de su ser.

Es en ese tipo de poemas donde se asume de modo tajante la conciencia de una dualidad, aunque la autora había empezado a entreverar ese elemento a sus ficciones en fecha muy temprana (desde 1973). Ya en la citada “Love Story, según Cyrano Prufrock” está presente el doble discurso que toma a La Habana y Nueva York como motivos de reflexión poética. En esa pieza narrativa es evidente que el narrador —un hombre que anda en busca del amor y de la propia identidad— está muy influido, en su sensibilidad y su discurso, por el conocimiento que la autora tiene de Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, clásica entre las novelas cubanas que hablan de la nostalgia por un tiempo que se fue. El lector de Lourdes Casal encuentra en “Love Story...” alusiones a una compleja gama de lecturas y, además, la presencia de la cultura norteamericana, pero advierte, sin embargo, que en esta última los elementos cubanos e hispanos son esenciales para una cabal comprensión del texto:
Ay, poetisa, los tigres no eran tres sino miles [...] Y me senté a tu lado a declamarte discursos impresionantes sobre el destino de la década, lo que se nos habían vuelto los sesenta, el sueño de la razón engendra monstruos (fíjate, piba, terminamos con Nixon de presidente), los gallardos caballeros qué se fizieron (te regalé un poster de Malcolm X), la sociedad de consumo lo deglute todo (te regalé un disco autografiado por Marcuse que estaban liquidando en Marlboro), Peter Paul and Mary se separaron y los Beatles ya no existen...3

Alusiones a directores de cine franceses y actores de Hollywood, a líderes del movimiento por los derechos civiles, a tiendas de Nueva York y a legendarias figuras de la música aquí corren parejas a los recuerdos de la ciudad natal, las referencias a su vida nocturna, las letras de canciones populares de los años 60 y el remedo coloquial de textos literarios medievales.

El inglés es todavía un punto de enlace; esa segunda lengua opera como un instrumento cultural que aún no ha pasado a formar parte de las voces y los ritmos literarios “naturales” de la autora. Esta escribió sobre todo en español, pero las obras que publicó en los últimos cinco años de su vida —fueran ensayos, críticas de cine, poemas, cuentos o artículos— se vieron fuertemente permeadas por la doble visión del escritor bicultural. Aun al final de su vida, la dolorosa convicción de que esa realidad escindida era un hecho insuperable, que debía ser asumido y vivido cotidianamente, encontró su expresión más adecuada en la reiteración de estímulos provenientes de La Habana y Nueva York. Lourdes Casal tenía su propio “cuento de las dos ciudades”, que era como un reflejo de su temor primordial a la erosión del tiempo, ese nivelado inexorable que hace desaparecer los contornos bajo el polvo y borra el mundo de los objetos cotidianos. Ella ya había explorado el tema cuando escribió “La Habana 1968”:
Que se amarillea y se me gasta
perfil de mi ciudad, siempre agitándose
en la memoria y sin embargo
siempre perdiendo bordes y letreros.
4

Ese mismo temor a no poder apresar la realidad, a perder por completo la memoria, todavía asaltaba a la poeta años después, mientras penaba por enumerar los rasgos de su ciudad adoptiva, la otra fuente de su propia identidad. Así, leemos en el texto “Domingo”:

Recorro las calles de este New York vestido de verano,
con sus guirnaldas de latas de cerveza [...]
obsedida por la pasión de nombrar,
azotada por la furia de fijarlo
y recrearlo todo en la palabra,
esta batalla irremediablemente perdida
contra la caducidad de todo,
esta batalla incesante y dolorosa
contra la erosión,
el tiempo y el olvido,
que lo devoran todo.
5

En su evidente angustia, esforzándose por apresar fugaces imágenes de la realidad, Casal enfrenta al lector a la inquietante experiencia de una posible pérdida de la identidad, una identidad que, para el cubano radicado en los EE.UU., se define en función de espacios impregnados por la savia de ambas culturas, de ambos países.

Es, por tanto, con Lourdes Casal que los escritores cubanos residentes en los EE.UU. comienzan, como inmigrantes, a reivindicar su dualismo cultural. Más importante aún, las obras de Casal dan testimonio de un hecho: son el primer intento logrado —entre esos escritores— de convertirse en cubano-americanos en el verdadero sentido del término. Los gentilicios unidos por guiones —quienen los ostentaban solían denominarse “americanos guionizados”— apuntan al reconocimiento de lo híbrido en grados diversos, tanto en el plano existencial como en el sociocultural. Desde mediados de los 70, algunos escritores cubanos residentes en los EE.UU. se empeñaron en llevar a cabo esa tarea, la de reconocerse a sí mismos como “otros”. Y no solo por imperativos étnicos o genéricos, sino también —lo que resultaba ser decisivo para ellos en esa etapa— por su irrevocable situación histórica.

*Fragmento de "(Re)Writing Sugarcane Memories: Cuban Americans Literature". Tomado de Paradise Lost or Gained? The Literature of Hipanic Exile. Edited by Fernando Alegría & Jorge Ruffinelli. Houston, Arte Publico Press, 1990. 

 

Notas:

1. Lourdes Casal: Los fundadores: Alfonso y otros cuentos. Miami, Ediciones Universal, 1981, p. 69.
2. Este poema apareció originalmente en Areíto (Verano de 1976), p. 52, y fue incluido más tarde en el volumen póstumo Palabras juntan Revolución, La Habana, Casa de las Américas, 1981, p. 60-61.
3. Lourdes Casal: "Love Story, según Cyrano Prufrok". Capítulo I. "Beatriz encontrada with a little help from my friend, from Johny Weismuller to Jean-Luc Goddard." En Los fundadores, ob.cit., pp. 72-73.
4. Lourdes Casal: Palabras juntan Revolución, ed. cit., p. 49.
5. Ibid., p. 58

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