Poesía y política: para otra visión del exilio

Lourdes Gil • La Habana, Cuba

Para empezar, déjenme decirles que mientras me preparaba para esta Mesa redonda,1 pensé que mi enfoque debía rehuir el tipo de análisis que suele hacerse en torno al tema de la política en la poesía, y más exactamente, en la poesía cubana. Pensé, sobre todo, que no debía incurrir en redundancias, puesto que Heberto iba a estar con nosotros aquí y el “caso Padilla” es una demostración palpable del papel que la política ha desempeñado en la poesía cubana contemporánea.

Me pareció que valía la pena, por lo tanto, ceñirme a la poesía que se produce fuera de la Isla —la que no está sujeta a los rigores que se describen en La mala memoria (o Autorretrato del Otro). Sin embargo, una de las primeras cosas que nos viene a la mente en encuentros de esta naturaleza es la diversidad que existe entre los poetas y la abrumadora variedad de sus respectivos puntos de partida —y con esto no me refiero solo a lugares de residencia sino también a estilos, lenguajes, generaciones.

¿Cómo podemos hablar entonces de lazos comunes? ¿Cuál es el denominador común de ese corpus poético, en el contexto político de esta Mesa redonda?

Las numerosas antologías publicadas en estos años, que tienden a clasificarnos de acuerdo con la edad, el idioma o la geografía, son intentos meritorios de organizar nuestro discurso poético; pero debido a la dispersión de nuestra comunidad en el exilio, a la natural impaciencia y a la escasez de medios existentes, esas antologías han sido, en el mejor de los casos, compilaciones apresuradas, documentos bibliográficos incompletos que a duras penas logran proyectar una visión articulada y coherente de la poesía escrita fuera de Cuba.

Hay también, en la literatura del exilio, otro rasgo característico que raramente se menciona pero que resulta esencial para el análisis del discurso poético cubano y su naturaleza política. Por una parte, tenemos a aquellos escritores que empezaron a publicar cuando todavía estaban en Cuba y se dieron a conocer mientras vivían en la Isla. Su obra, casi siempre, está permeada por lo político, a veces de modo explícito y a veces no. Y la vida misma de los autores ha sido afectada profundamente por la Revolución, tanto si se fueron al principio —el caso de Cabrera Infante— como si lo hicieron más recientemente, después de Mariel. Por otra parte, tenemos aquellos que empezaron a escribir fuera de Cuba —y no importa, en su caso, que al salir tuvieran tres o 30 años. Esos escritores ni tienen acceso a editoriales, ni pueden contar con el apoyo de grandes librerías, instituciones culturales o Academias de la Lengua. A estos poetas se les priva de los medios y mecanismos de promoción propios del oficio y deben, o bien crearlos, o bien recurrir a entidades extranjeras. En este último grupo raras veces está presente el tema político. En ciertos casos podríamos decir que la Revolución los ha afectado tangencial o indirectamente, y que, desde sus países de adopción, se han hecho más sensibles a otros códigos lingüísticos y a ciertos movimientos literarios de los últimos 30 años. En otros casos, la ausencia de temas políticos puede responder a un rechazo de la retórica militante que por tanto tiempo ha saturado el corpus lírico de la Isla. Sea cual fuere la razón, lo cierto es que la identidad de este último discurso se configura, a pesar de sí mismo, dentro de un contexto político: el propio exilio. La condición de exiliado prevalece, como un leitmotiv, más allá de las diferencias estéticas y de la apropiación de otras lenguas. Nuestro exilio nos define desde el principio; y es en ese espacio donde construimos una voz y una identidad supratemática.

Hay muchas razones históricas que condicionan la manera en que interpretamos la poesía, con independencia de los deseos e incluso de los intereses del poeta. Por ejemplo, cuando la Revolución define como discurso literario hegemónico todo lo que se escribe dentro de la Isla según sus dictados y preceptos, consigue relegar, como ilegítimo, el discurso que se produce fuera. Es un estigma que marca al escritor cubano a lo largo de su exilio y lo convierte, en general, en una especie de fugitivo dentro de la comunidad literaria internacional.

Esto significa que el poeta que vive y escribe fuera de Cuba —sea en Francia o en España, en los EE.UU. o en Venezuela— habita un espacio político que es, de hecho, un espacio cubano. Y quiéralo o no, acéptelo o no, sea o no consciente de ello, el poeta —o la poeta— constituye por eso un testimonio vivo. No importa que no haya referencias políticas en su obra. La visión que los demás tienen de su escritura, de su voz poética, los inserta en un contexto político insoslayable. De ahí que sea el exilio —como modo de ser y de existir— lo que nos defina en última instancia, pues sitúa nuestra poesía en un marco coherente que desborda las clasificaciones basadas en el idioma y las generaciones. Si acaso, podríamos conformar la generación del sitio. Y con sitio aludo tanto a un lugar como a un estado, porque vivir fuera de nuestro país y seguir escribiendo sobre él (a veces de modo subliminal, como algunos atrevidos que, a tientas, buscan imágenes de Cuba y las trasladan a Miami o a Kansas), significa escribir desde esa plaza sitiada e invisible que habitamos. Nuestros hijos no habitan este espacio, nuestros nietos ya no serán capaces de describirlo siquiera. A ellos pertenecen otro tiempo y otro espacio en el planeta.

 

Nota:

1. Esta ponencia —cuyo título original es "The Politic of Poetry (Another Definition of Exile)"— fue presentada al encuentro de poetas cubanos que, bajo el nombre de "Lazos Comunes", se celebró en el Dade Community College, de Miami, en marzo de 1992. El texto ha sido tomado de Latino Stuff Review (Miami), Verano de 1992.

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