El desamparo insular*

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana, Cuba

Cuba —en los primeros tiempos bajo la bandera española— era un lugar de tránsito, de escala, y no un destino permanente. La zona oriental de la Isla —pueblos como Baracoa, Santiago y Bayamo— establecían los vínculos con La Española, la primera colonia de España en América. Pero los aventureros españoles venían al nuevo mundo no a labrar, no a establecerse con sus familias en haciendas que debían hacer prósperas, sino sin su familia, a buscar oro, a la rápida aventura de enriquecerse, y también rápidamente sofocaron los humildes yacimientos de Cuba.

El oro y la plata estaban en Nueva España, en Nueva Granada o en el virreinato del Perú, y hacia allá iban rápidamente esos transeúntes después de tocar en la Isla, punto de encuentro entre las Américas, llave del golfo que es capaz de abrir todos los mares, los inacabables mares que la rodean.

En las primeras décadas del siglo XVI, Cuba es el escenario donde actúan voluntades que quieren irse del otro lado de los mares, a las cercanas tierras continentales; que no se interesan por Cuba, pequeña, sin grandes yacimientos, sin aparente capacidad para enriquecer a nadie.

De Santiago de Cuba parte Hernán Cortés a iniciar la conquista de México, defraudando y robando —ladrón que roba a ladrón...— a su jefe Diego Velázquez, “gordo y pesado” según el juicio de Bernal Díaz del Castillo, quien en vano intenta someterlo ante una corte que atiende a los partidarios del extremeño, cada vez más fuerte ante CarlosV gracias a sus triunfos mexicanos.

Hacia los años 30 del siglo, Hernando de Soto, hombre de fortuna e influyente en la corte, llegó a Cuba como gobernador, pero también como Adelantado de La Florida, descubierta por Ponce de León. A don Hernando no le interesaba propiamente la isla que le habían encargado gobernar: tenía en su mente el ensueño de La Florida, donde se decía que estaba la fuente de la eterna juventud.

El Adelantado construyó el Castillo de la Fuerza (entonces el mayor de América), con el propósito de defender la ciudad, ya tomada y saqueada años antes por el corsario francés Jacques de Sores, y organizó una expedición a La Florida que empobreció a La Habana y a toda Cuba, pues don Hernando se llevó prácticamente a todos los hombres útiles para la guerra, que eran también los útiles para la paz. Los alzamientos de los oprimidos indios recomenzaron y, además, la expedición del Adelantado fue un fracaso en toda la regla: él mismo murió en la empresa. Dejó en Cuba a su mujer, Isabel de Bobadilla, quien desde La Fuerza observaba la entrada del puerto por donde debía volver el Adelantado. Don Hernando nunca volvió y doña Isabel nunca hubo de mandar a hacer fuego contra ningún enemigo, afortunadamente para ella, porque los poderosos y relucientes cañones de La Fuerza estaban mal orientados, y no eran capaces de hacer blanco en un barco que entrara a la bahía.Toda la fortaleza estaba mal situada, y podía ser dominada desde la cercana colina llamada la Peña Pobre, luego desaparecida en la urbanización de La Habana, aunque queda en el nombre de una calle, que es también el de una novela de Cintio Vitier.

Tras muchos años y muchos conflictos (entre ellos, otro asalto de Jacques de Sores), La Fuerza tuvo que volver a ser construida en su emplazamiento actual.

En cualquier caso, el cubano vive mirando al mar y pendiente de él, como la trágica gobernanta que don Hernando dejó en La Fuerza allá por 1538.

Del mar vendría asimismo el primer engrandecimiento de La Habana, que sería paulatinamente el de toda Cuba. En la nueva capital de la Isla, recalarían todos los buques que hacían el recorrido entre Cartagena, Portobelo y la península. Esto creó un impresionante comercio de fronteras e hizo de la ciudad, refundada al norte después de haber estado en algún impreciso lugar de la costa sur, la más importante de América por trescientos años. En La Habana se crea un centro de significativas construcciones navales —el segundo deAmérica— y abastecedor de la flota española.

Tan tarde como a finales del siglo XVIII, en los tiempos de la toma de La Habana por los ingleses y los de la independencia norteamericana, La Habana era más populosa que NuevaYork, Philadelphia y Boston, entonces las mayores ciudades de Norteamérica, y solo cedía en populosidad ante México y Lima, las capitales de los dos más importantes virreinatos españoles en América. Disponía de las más feraces tierras de Cuba, desde Trinidad hasta el cabo de SanAntonio. Había conseguido hacerse centro del tabaco torcido al que le daría nombre: el habano.

Por aquella época La Habana vendía frutos, alimentos de todas clases, artesanías, y hacía un efectivo trabajo de reparación en los buques que tocaban su puerto. Constructores de todo tipo, artesanos en madera, cueros y metal formaron una fuerza de trabajo que cobraba en onzas de oro y exportaba directamente en el puerto de la ciudad.

Cuba, como todas las grandes Antillas, estaba olvidada. El resto de sus villas —a excepción de Santiago de Cuba— eran aldeas miserables. Pero La Habana empezó a generar, por la efectividad de su vínculo con el mar y por su envidiable posición geográfica, una grandeza que ya no desaparecería y se comunicaría lentamente al resto de la Isla.

Afines del siglo XVI se construyen los castillos de La Punta y El Morro, para proteger el puerto de un posible ataque inglés.

En las islas todo tiene que venir de fuera, de un “fuera” reforzado por esa obsesiva presencia del mar que las rodea. De alguna manera, las sirenas de Odiseo son ánimas de todos los mares. El mar establece una aterradora, embriagadora frontera. Hay algo detrás de esa enorme masa negruzca que tiembla como un monstruo en las noches. Hay un misterio reclamando su descubrimiento por el hombre que está de este lado pero, a la vez, ese misterio se protege con el terror que el propio mar inspira.

El isleño tiene un poderoso sentido del arraigo en su náufrago pedazo de tierra.Teme lo que viene “de fuera”. Lo sabe algo extraño a sí mismo, algo distinto y, de algún modo, enemigo. Pero, inevitablemente, el “fuera” lo fascina, lo seduce porque es la posibilidad de ser otro, de perderse, de extraviarse, como nunca puede hacer el hombre de las islas, aherrojado por las cadenas del mar. “La maldita circunstancia del agua por todas partes”, es el primer verso del gran poema La isla en peso, en el que Virgilio Piñera entregó, hace más de 50 años, su imagen de Cuba.

Si abandonara esa tierra que lo cerca, que le imponen las poderosas fronteras del mar, viviría en cualquier parte añorando el lugar que dejó. Trata allí de prolongar la presencia de la tierra ausente y se reafirma en sus viejas costumbres y hábitos, que acaso despreciara o subvalorara, atendiendo ahora al movimiento centrípeto del mar, que se impone siempre cuando el centrífugo cree haber triunfado.

La emigración cubana de las últimas décadas es un ejemplo de ello. Por supuesto que siempre hubo emigrantes a los EE.UU., pero esa emigración se multiplica después de la Revolución cubana. Ha sido, en los EE.UU. una inmigración triunfadora porque, para empezar, fue muy diferente a todas las que ese poderoso país de inmigrantes había recibido.

Fue una emigración mayoritariamente rica, integrada por los propietarios cubanos, sus ejecutivos, sus profesionales, al menos en sus primeras oleadas, hasta 1980. Es conocido que de Cuba se marchó la mitad de los seis mil médicos en ejercicio, siguiendo una clientela y un bienestar material que habían perdido. No tengo las estadísticas, pero súmense a ellos los funcionarios, ingenieros, profesionales, técnicos de todo tipo, y se tendrá una idea de la jerarquía de esa emigración. Nunca desde América Latina —tal vez desde ningún sitio del mundo— había llegado a los EE.UU. una inmigración así.

A Norteamérica iban antes los dominicanos perseguidos por Trujillo, a veces para ser asesinados allí mismo por los agentes del tirano, como el vasco Jesús de Galíndez; iban los puertorriqueños pobres que fueron poblando El Barrio de Nueva York, alentados por la fortuna que podían hacer en la gran ciudad del “socio” rico, aunque se sintieran —como Pedro Flores— boricuas “de sangre y corazón”; iban los mexicanos que siguen concentrándose en la frontera que crea el río Bravo, dispuestos a ser peones agrícolas por un salario bajísimo para un yanqui, pero que para ellos es de privilegio; allí van emigrantes sin fortuna de todo el sur, aquellos que esperan ganar unos dólares en la gran nación rica, para luego volver y vivir un poco mejor en la tierra propia. O no.

La emigración masiva de toda una burguesía y sus prolongaciones resultó un acontecimiento tan insólito como la propia Revolución Cubana.

Esos emigrantes fueron —todavía lo son— políticamente favorecidos, como se sabe, además del previo favor del dinero y del saber (más exactamente, del know how) que llevaban.

Cierto es que algunos llegaron “con una mano alante y la otra atrás”, la clásica posición con que en Cuba se identifica la pobreza total. Pero otros muchos, no. Además de que la convivencia con un gran grupo de connacionales les permitió el apoyo mutuo.

En 1966 los EE.UU. promulgaron la Ley deAjuste Cubano. Aparentemente, su propósito era “ajustar” la situación de los cubanos llegados después del 1º de enero de 1959, pero ella hizo no solo un ajuste retrospectivo, sino además prospectivo. Cualquier cubano que llegara a ese país por cualquier vía, en cualquier circunstancia, recibía el permiso de trabajo y, al año de su presencia continuada, obtenía la residencia.

Ello fue la solución a uno de los problemas del exilio cubano ya existente en los EE.UU., pero también una permanente incitación al exilio ilegal de nuevos viajeros.

Una amiga cubana que vive en Miami, me decía que, a una playa puertorriqueña frecuentada por los exiliados cubanos, le llamaban la playa de los “tuvos”.No es una falta ortográfica. Los boricuas no se referían a esos cilindros huecos, de hierro o plástico, por los que pueden circular el agua o el gas. Cada cubano exiliado dice que “tuvo” tierras, casas, comercios, fábricas, bancos, dinero, antes de ser expropiado por la Revolución. Que en esto haya una buena cuota del alarde cubano, es perfectamente posible, pero este exilio era en realidad un exilio rico, como no había existido nunca antes otro en los EE.UU.

La gran burguesía cubana del siglo XIX se arruinó en nuestras guerras de independencia, más exactamente en la Guerra de los Diez Años.Ya José Martí no era un terrateniente como lo había sido Céspedes, y Antonio Maceo era un pequeño propietario rural que, ni por asomo, podía compararse en fortuna con Ignacio Agramonte o con Francisco Vicente Aguilera.

Los fines del siglo XIX ven afirmarse una burguesía española en Cuba y producirse un creciente arribo de inversionistas norteamericanos.

La existencia de una renaciente burguesía cubana sufrirá un golpe muy rudo con la ruina, en los años 20, de la industria azucarera de la Isla. Muchos centrales en bancarrota y miles de hectáreas de las mejores tierras son compradas por empresas estadounidenses.

Si damos por buenos los datos de un libro tan poco sospechoso de antimperialismo como el Manual del perfecto idiota latinoamericano, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, en 1935 el número de centrales azucareros norteamericanos en Cuba era más del doble del número de ingenios cubanos. Según los datos del propio ensayo, esa relación había cambiado radicalmente hacia 1958, con el aumento de fábricas de azúcar de propietarios cubanos. Lo que el Manual... no consigna es el volumen de producción de los cuarenta y tantos centrales norteamericanos existentes en ese momento, ni la extensión de las tierras que producían caña para ellos.

Para lo que me interesa señalar aquí, nuestra burguesía criolla perdió a lo largo del siglo XX la auténtica capacidad de decisión sobre los destinos del país, que había querido conformar en el siglo XIX y, con ella, la posibilidad de desarrollar un ideario nacional. Vivía y actuaba dentro de un orden que regían los EE.UU. Por ello emigró masivamente al producirse una revolución socialista, al considerar que ese experimento no podía sobrevivir con la oposición de los EE.UU. No se organizó por cuenta propia para enfrentar el

comunismo en Cuba, sino que se sumó a un proyecto que repetía para Cuba la fórmula que había logrado en 1954, durante el propio mandato de Dwight D. Eisenhower, el derrocamiento del gobierno de Jacobo Árbenz, presidente de Guatemala libremente electo en las urnas.

No es el caso, por supuesto, analizar aquí el más que analizado proceso de Bahía de Cochinos, que los cubanos llamamos Playa Girón, una muestra dramática de la subordinación de nuestras clases ricas y sus políticos a las estrategias norteamericanas, y también de la carencia de pensamiento político propio exhibida por nuestra burguesía.

Como había dicho Jorge Mañach en los años 30, el tutelaje hizo crecer la indolencia ciudadana. Puesto que los yanquis eran los jefes del asunto, a ellos correspondía hacerles frente a los problemas que el capitalismo cubano sufría.

Yo recuerdo a esos burgueses cubanos de los 50 —los mismos que emigraron en la década del 60— y eran extremadamente norteamericanizados. No porque oyeran a Elvis o a Frank Sinatra (a quienes siempre vale la pena oír), sino por subvalorar lo cubano, fueran los hábitos de comer o de vestir, la música de Matamoros o de Benny Moré, para no hablar de la poesía o del pensamiento filosófico, tan apreciados por nuestros burgueses del siglo XIX, que necesitaban y prohijaban artistas, ideólogos y pensadores. Por regla general, los últimos burgueses cubanos ignoraban sus propias tradiciones, los propios signos de su identidad. No tenían un proyecto propio más allá de enriquecerse. Vivían, muchísimos de ellos, siendo los representantes en Cuba de grandes transnacionales norteamericanas y, todos, enmarcados en un esquema de vida regido por los EE.UU.

En los años 50, Carlos Puebla, cuando tocaba en La Bodeguita del Medio, escribió un cha-cha-chá que satiriza la pérdida del idioma que se va produciendo en Cuba:

Hoy la bodega grocery se llama aquí,

la barbería hoy se llama barbershop;

al entresuelo hoy le dicen mezanine

Y la azotea en penthouse se convirtió.

Refiriéndose a la vida en Cuba en los años posteriores a la II Guerra Mundial, escribió la periodista Ruby Hart Phillips, cuya visión cito (y traduzco) del libro de Louis A. Pérez Jr., Cuba and the United States: Ties of a Singular Intimacy (Georgia University Press, 1997):

Estados Unidos está visto en el espejo de cada aspecto de la vida cubana. La Cuba moderna come hot dogs, hamburgers, hot cakes, waffles, pollo frito y ice cream. Se ha vuelto casi imposible hoy en La Habana encontrar la comida autóctona como malanga, yuca o ajiaco. La arquitectura española permanece solo por su masa indestructible. Los nuevos edificios de apartamentos podían ser confundidos con los de cualquier ciudad norteamericana, y las nuevas casas particulares se parecen a las de La Florida. El mobiliario español se está extinguiendo rápidamente. Refrigeradores, cocinas de gas y eléctricas y unidades de cocina hechos en los Estados Unidos, han cambiado los hábitos en el manejo de las casas.

Seguramente esta afirmación resulta exagerada, referida a toda Cuba, pero es exacta con respecto a nuestra burguesía de entonces.

Sin embargo, en Miami, en 1995, me sorprendí ante la reafirmación de lo nacional que los exiliados cubanos han hecho. Entiéndase: Miami no es La Habana, ni siquiera la de 1958, porque casi no tiene alternativas ideológicas que permitan la aparición de hechos culturales como fueron la sala teatral Prometeo o la revista Orígenes. Es, en cierto sentido, un gran mercado, sin demasiadas pretensiones culturales. Salvo una repetición del teatro vernáculo más comercial, algunas conferencias destinadas a una minoría intelectual generalmente en las universidades, y los llamados “Viernes de Coral Gables” (donde el primer viernes de cada mes se montan e inauguran varias exposiciones), no hay allí mucho más que oír y ver de la cultura artística y literaria cubana. La burguesía emigrada o enriquecida allí, ha repetido puntualmente los rasgos de la burguesía cubana de los 50, tan interesada en el mercado como impasible e indiferente ante la cultura nacional.

En el número 15 de la revista Encuentro, editada en Madrid y correspondiente al invierno de 1999 y la primavera de 2000, el narrador cubano Carlos Victoria publica un artículo que titula “De Mariel a los balseros”, en el que discurre sobre la insatisfacción del escritor como acicate para la creación y, enseguida, señala:

Nos encontramos con que los mejores escritores cubanos que se hallaban exiliados en los Estados Unidos vivían también insatisfechos, totalmente ignorados, publicando sus obras con dinero de sus bolsillos. Me refiero a Lino Novás Calvo, Enrique Labrador Ruiz, Carlos Montenegro, Lydia Cabrera y Lorenzo García Vega. De ellos ya solo queda García Vega, que por cierto aún trabaja cargando víveres en un Publix de Miami; el resto murió en la insatisfacción y el olvido.

Carlos Victoria es muy joven para haberlo vivido, pero Miami es, en ese sentido, una inquebrantable seguidora de La Habana burguesa de los 50, donde los mejores escritores tenían que costearse sus libros si querían publicarlos, como Lezama o Eliseo Diego; o irse a editarlos a otra parte, como ocurrió con Guillén, Carpentier y Virgilio Piñera.Tal vez no fuera casual que los cinco prefirieran permanecer en La Habana pobre de la Revolución que, sin embargo, los editaba y los reconocía. Para ellos era mucho más rica que la opulenta Habana de los 50, que obviamente no necesitaba escritores. Por lo menos, no para editarlos y promoverlos.

En sus amargas memorias (publicadas póstumamente bajo el título de Antes que anochezca), Reinaldo Arenas cuenta que la gran escritora cubana Lydia Cabrera le llamaba a Miami “El Mierdal”, y el propio Arenas lo definía como un pueblo del far west que ha cambiado los caballos por autos.

Pero Miami era solo un impersonal balneario norteamericano al llegar los cubanos. La presencia de La Florida (que está debajo) y del resto de los EE.UU. (que está detrás) la hacen siempre una entidad rara, un fenómeno de mestizaje de naciones, porque, en buena medida, los cubanos se “cubanizaron” allá, al menos en cierto sentido. Las zonas más ricas del exilio cubano en Miami no han dejado de identificarse con y de subordinarse al sistema en el que viven.

Pero también empezaron a valorar el pedazo de tierra perdido y trataron de aferrarse —se aferraron— a todo lo que la recordara. De pronto, la malanga, la yuca y el ajiaco fueron recuperando su valor.

El cantante cubano Willy Chirino, en un famoso son salsero que no tiene exactamente ese título, pero que todos conocemos por su estribillo de “ya viene llegando”, cuenta su historia de niño llevado al exilio por su padre (en realidad, sin su padre, quien únicamente lo envió a los EE.UU., pues el joven salsero fue un niño “Peter pan”) y cómo trasladó allá una palmera y un bohío, y además, a Benny Moré, a Miguelito Cuní y alTrío Matamoros. Irónicamente, un coetáneo y paisano de Chirino, el poeta y ensayista Gustavo Pérez Firmat, en su libro Life on the Hyphen, comenta que es contradictoria la elección del músico, porque todos sus elegidos permanecieron en Cuba bajo la Revolución. Y ese es justamente el drama del exilio: imaginar el país que se ha perdido, el cual se reconstruye con datos transformados, resemantizados, que vuelven amigo lo que históricamente no lo fue.

Pérez Firmat ve ya otra formación en los que llama los “yuca” (young urban cuban-americans), en quienes se constituye un tercer producto, que ya no es cubano estrictamente, pero tampoco norteamericano, sino que centra su vida en ese guion que divide su origen de su experiencia vital en el nuevo país. Quizá representen otra forma naciente y compleja de la cubanidad, que seguramente establecerá, a la larga, peculiares vínculos con los millones de cubanos arraigados en la Isla, y que habrá que estudiar en su evolución.

O puede parar por ser una de las tantas minorías étnicas, confundida entre mexicanos, puertorriqueños y dominicanos, en ese país de inmigrantes que es los EE.UU.

El anexionismo se ve siempre en Cuba como un peligro. La fórmula de los esclavistas cubanos cuando aún existía la esclavitud en el sur de los EE.UU., y de algunos deslumbrados que veían la fuerza del primer liberalismo norteamericano, declinó rápidamente para las generaciones siguientes, cuando la guerra dirigida por Lincoln derrotó a los confederados y eliminó la esclavitud, y cuando maduró la idea cubana de la independencia. Hubo muchos partidarios, en los EE.UU. en los tiempos de la intervención de 1898, que abogaban por conservar a Cuba o integrarla como parte de la unión americana.

De hecho la intervención norteamericana implicó actos inscritos como humillaciones en la memoria histórica de Cuba. Uno destacadísimo fue la prohibición del general Shafter, jefe del ejército norteamericano en la Isla, de que los mambises cubanos entraran en Santiago de Cuba a la hora de la victoria frente a España.

El general Calixto García preguntó, alarmado, sobre el porqué de esa orden y el militar yanqui aclaró que respondía a una prevención para evitar que los mambises asesinaran a los soldados españoles desarmados, violaran a las mujeres o devastaran la ciudad. Una ola de indignación recorrió Cuba. Calixto García contestó airado pero terminaría renunciando y negándose a obedecer las órdenes del mando estadounidense. Cuba fue ignorada a la hora de negociar el Tratado de París, que decidía su destino.

Con todo, el punto de vista independentista era abrumadoramente mayoritario en la Isla, y los norteamericanos optaron por el tutelaje que implicó la Enmienda Platt, pero estableciendo formalmente la república cubana.

Hay muy pocos cubanos, incluso entre los proyanquis más desaforados en los EE.UU., que se atrevan a proclamar esa receta como futuro político de la Isla, aunque las fórmulas propuestas por la ley Helms-Burton —la nueva Enmienda Platt, un siglo después— casi la avalen. Ha habido demasiada sangre independentista de por medio como para que ello sea posible.

Yo tengo un amigo que, acaso como contrapartida de esta amenazante doctrina decimonónica, y por su inagotable sentido del humor, ha propuesto a su vez una resurrección del autonomismo, por ser este un tiempo en el que España sería capaz de aceptarlo, con lo cual conservaríamos nuestro idioma, himno, bandera y gobierno, presupuesto propio y solo habría que añadir, cuando la radio de Madrid diera la hora, que es una hora menos en Canarias y seis menos en Cuba. Además, entraríamos inmediatamente en la Unión Europea, lo que no ha logrado todavía ninguno de los países de Europa del Este. A mí, francamente, esa broma me parece un proyecto más serio, más atendible y más viable que el del anexionismo, que no ha triunfado ni en Puerto Rico, tras un siglo de dominio norteamericano.

Cuba recibió una gigantesca influencia estadounidense desde su intervención en nuestra guerra de independencia y, sin embargo, produjo el movimiento antimperialista más vasto de América Latina.Y todo parece indicar que uno de los más potentes y perdurables del mundo.

Sinceramente, ni siquiera creo que el gobierno de los EE.UU., aun en las condiciones más favorables para ello, se arriesgue en una empresa históricamente condenada al fracaso.

Isla que ha sido y es encrucijada, donde la no finalidad se ha convertido en su reverso, y la provisionalidad se ha convertido en destino; tierra de ingravidez histórica, en la que soplan siempre vientos encontrados, impulsados por la borrasca o la calma del mar inacabable; lugar donde se escucha siempre el canto de las sirenas que nos convoca a ser lo que no somos, los cubanos persistiremos en esa identidad que nos hace incólumes a todas las influencias.

Los EE.UU., imponiendo pragmáticamente los valores de su modo de vida, de su way of life, necesitan desustanciar en parte lo que tocan. Desarrollan siempre una simplificación que les impide pasar más allá de lo externo, lo aparente. Solo se pueden apropiar de las cosas esquematizándolas, caricaturizándolas, despojándolas de su esencia y de su dramatismo. Ese es su modo de globalizar.

Mientras más cerca se halla el cubano de una influencia devastadora, más reciamente se resiste a dejarse dominar por ella. Ahí opera esa ingravidez, esa volubilidad de un país regido por las brisas, por el oleaje del mar que fluye y refluye, siempre capaz de escapar de todo lo que intenta transformarlo, por tener un alma inalcanzable que ni él mismo conoce en su plenitud.

Acaso opere en él esa oscilación entre la pertenencia y la desorientación en la que Vattimo veía materializarse el concepto de la libertad.

Antes que el ensayista italiano, CintioVitier lo dijo en 1957, en una página inolvidable de Lo cubano en la poesía:

...tan frágiles, irresponsables e inconsistentes como somos, espiritualmente nos escaparemos siempre, en la sabrosa onda inapresable del pueblo y en la flor alta y libre de nuestra sensibilidad, a las pujantes simplificaciones norteamericanas, del mismo modo que nos escapamos de las ancestrales obstinaciones españolas.

 

*Tomado del libro Por el camino de la mar o Nosotros los cubanos, de Guillermo Rodríguez Rivera. Colección Raíces, Ediciones Boloña. La Habana, 2005.

Comentarios

Una pincelada objetiva de esa realidad cubana que algunos o quizás muchos no han comprendido.

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